Ese día, la ciudad no me parecía ya tan sórdida ni tan triste como me lo había parecido otras veces, y a pesar de que la noche anterior no me fue muy bien en la cama con mi compañera, hasta los pasajeros que diariamente se hundían conmigo en los túneles del "metro" se me presentaban ahora algo más alegres a como, con mi pesimismo de los últimos años, acostumbraba a verlos otros días. Me tomé una "sanmiguel" en el bar subterráneo de Torras y Bages, y me compré un disco de Albinioni en un bazar de ocasión próximo a la discoteca en la que trabajaba limpiando mesas y fregando suelos; todo por horas. Hoy, por primera vez, y desde hacía, no sabía ya cuanto tiempo, me encontraba con los ánimos suficientes como para mirar de frente (cosa que no solía hacer casi nunca) la desgracia y tristeza ajenas. Observaba, con delectación de poeta, casi, y hasta con el mismo interés que mostraría un sociólogo ante el fenómeno humano, a los obreros que regresaban a casa charlando por grupos en las esquinas del andén o comentando las noticias de algún periódico deportivo ya arrugado y manchado de café; miraba casi con gusto a los escolares que corrían -bulliciosos y felices- entre la gente, persiguiéndose y golpeándose con sus maletas hinchadas de libros...; y acompañaba con la mente, lleno todo yo de buenos deseos, a los últimos turistas del verano ya agonizante (era Septiembre) que consultaban en ese instante los planos iluminados de los expositores, mirándolos con la misma estúpida expresión en sus rostros con la que muy posiblemente, mirarían a la Gioconda, a la Torre de Pisa, o (más cercana, allí, en la propia ciudad) el patriótico templo de la Sagrada Familia; sus manos convulsas apretaban fuertemente un amasijo multicolor de planos, avisos de hoteles, y billetes de autobús...

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