CRÓNICAS DE "EL MISTRAL"
EL CEMENTERIO DE SALOBREÑA

La vista más hermosa del caserío de Salobreña la disfrutan sus muertos. La vieja costumbre (muy sana por otra parte en aquellos tiempos) de construir los cementerios lo suficientemente alejados de sus hogares como para que el tufo a podre no les amargase el cotidiano vivir, (que ya sin ese tufo, en aquellos tiempos no dejaba de ser un mal vivir), ha devenido en una nada despreciable ventaja para la tranquilidad y el sosiego de estos benditos despojos. El afán de colocar estos restos familiares en lugares bien ventilados al albur de todos los vientos de la rosa ha convertido estos lugares, en la actualidad en los puntos geográficos de nuestra patria donde se goza de las vistas panorámicas más hermosas y, si ustedes quieren, más cinematográficas. Desde las puertas del Camposanto de Salobreña se podrían escribir las páginas más apetecibles para cualquier escritor amante de los paisajes. Si mi maestro Josep Pla estuviese enterrado aquí y le dieran “recado de escribir”, como decían los antiguos, este payés intelectual podría añadir aún a su Cuaderno Gris algunas páginas verdaderamente estimables, porque, francamente, a poco que uno domine la prosa, el paisaje es tan sugerente que los adjetivos suelen dar en la diana al primer intento, y las metáforas nacen frescas y espontáneas, sobre todo si uno ha nacido, como le sucede al viajero, en esos trocitos de nuestra costa donde el pinar crecido junto al mar produce esa mezcla de aromas que participan del mar y de la montaña y que los indígenas de estas latitudes reconocemos enseguida y en cualquier lugar de esta costa en el que en ese instante nos encontremos.
En primer plano, y un poco a nuestra derecha, un pino de tronco recio y de copa ancha, espesa y apretada, con temblores náuticos y que poco a poco, invernada a invernada se ha ido comiendo a un joven ciprés que junto a él crecía. Bajo la sombra que este pino proyecta en el suelo cuando el sol llega al ángelus cabrían perfectamente cuatro o cinco vehículos de los denominados “utilitarios“, y de aquellos tiernos “seiscientos” que alegraron nuestra adolescencia cabrían al menos seis, lo que no está nada mal. Una ardilla baja de vez en cuando desde sus buhardas más altas para recoger las piñas que se han caido del arbol; el viajero podría jurar ante la Biblia –o cualquier otro icono sagrado de nuestra cultura occidental- que la ha visto regatear tronco arriba, veloz como un mal pensamiento que regresa al cerebro, cuando al llegar a las proximidades del Cementerio, interrumpió, inmisericorde, el silencio plácido de su siesta con el desagradable runruneo del “Turbo dos punto ocho inyeccion diesel” que empuja al Mistral por las carreteras de España. Cuando llega la noche, se encienden, automaticamente los tres o cuatro focos que se encuentran a su pie, focos que en un derroche de mal gusto y peor leche se dirigen hacia el interior de la verde y hermosa cúpula vegetal donde vive nuestra amiga, suponemos que, a estas alturas de la película, con un par de cataratas en ambos dos ojos dignas de la Clínica Barraquer de Barcelona u otra más gorda que haya surgido. El viajero, esa misma noche, después de lavarse los dientes y de cambiarse de muda, de pie ante el árbol, como la O’hara de lo que El viento se llevó jurará solemnemente dirigirle una epístola (con póliza y todo) al señor alcalde de Salobreña para ver de echarle una mano a esta pobre ardilla a la que los políticos horteras del siglo veinte pretenden (¡no con mala intención Dios me libre) dejarla ciega, del todo. Todo se andará y amén. Confiemos en que la crisis económica que nos atenaza sirva al menos para que estos ediles de dudoso gusto estético dejen de electrocutar con trillones de watios (por otra parte carísimos) a cualquier pedrusco vagamente estructurado que se halle en su término municipal y que halla rozado siquiera de lejos el final del siglo diecinueve. No perdamos la esperanza…Virgo clemens, Ora pro nobis.
El monte donde se encuentra nuestro Cementerio desciende en suave declive hasta la costa; las antiguas casas de labranza que poblaban esta ladera han sido recicladas ahora por sus herederos en pequeñas viviendas de una sola planta, imitando todas ellas, fatalmente, el estilo arquitectonico urbano, y aunque no se ven ya sobre sus fachadas los caracteristicos aperos del viejo oficio, siguen conservando cada una de ellas el manojito de olivos o de almendros salpicado de unas pocas viñas. Al fondo de este terraplen y al otro lado de la carretera se levanta, blanco y retorcido como un zigurat, el caserío de Salobreña, coronado por el espolón negro de la antigua fortaleza árabe. Detrás de todo esto, fundiendose en la lejanía con el cielo (como dice el bolero de Antonio Machín) se extiende una inmensa llanura de un azul algo desleido, de la que el sol, a estas horas del mediodia arranca destellos de luz, un campo de estrellas blancas. Es el mar.
El viajero, una vez aparcado (y asegurado sobre el terreno) el Mistral, se sienta, descalzo, como un patriarca bíblico, junto a una acequia que corre a lo largo de la pared sur del cementerio, a refrescarse los pies con el agua y la cara con la brisa del mar.
....Y aunque tiene los ojos castaños (el viajero) y algo ya resecos por los muchos mirares, se le vuelven en ese instante, azules y se les tornan frescos cuando los moja en el azul del mar. Recuerda un relato leido en su adolescencia en un libro de Azorín titulado Una hora de España en el que se describe el rapto de una pareja de pastorcillos a manos de unos berberiscos venidos desde la otra orilla. Azorín nos dice que... “Allá lejos se ven venir por el mar dos velas blancas. Lentamente las dos velas se van haciendo mayores......Todo es silencio en el vasto y luminoso panorama”.
El viajero hunde la mirada en el horizonte por ver de descubrir alguna vela que venga raptarlo también a él y lo lleve a navegar por este hermoso y entrañable mar nuestro. Pero el milagro no se da. El viajero echa la cabeza hacia atrás y abre las narices todo lo que de si le dan sus bisagras para no perderse ni un hálito de esa brisa marina en la que su memoria olfativa percibe olores de antaño, con suaves pinceladas de tomillo, romero y de otras que no por desconocidas le resultan menos deliciosas. Cuando se recuesta sobre la pared morisca, el caliche, cruje como papel seco y la brisa arranca del hojaldre blanco que se ha desprendido algunas mariposas de cal de muy cortos vuelos.
Una señora vestida de negro y pelirroja entrecana que camina lenta como una tarde de agosto sube la cuesta que viene del pueblo
El viajero le pregunta algo que ya sabe por haberlo leído en la puerta de entrada:
-Señora. ¿a qué hora abren el Cementerio?
-En viniendo Antonio
-¿Y quién es ese Antonio si puede saberse?
-Pues el sepulturero; usted se hará cargo
Y la pelirroja entrecana saca de la faltriquera una mano con más nudos que una higuera, y con ella, con la mano, se persigna al llegar a la verja del camposanto.
El viajero recuerda para su propio sayo aquellos tiempos gloriosos en los que las iglesias y los cementerios permanecían abiertos y sin vigilancia las veinticuatro horas del día, y cuando una iglesuca se encontraba en una aldea poco frecuentada por los amantes de las piedras añejas (servidor entre ellos) siempre había un letrerito colgado de la puerta que decía: la llave la tiene la señora Tal o el señor Cual, o….para ver la Iglesia pedir la llave en el bar, porque se supone que solo hay un bar, “ese bar”. Pero en los tiempos que padecemos esto tampoco es ya posible. El cura viene con su coche o moto desde la capital a dar la misa en la tarde de domingo. Después del ite misa est una pequeña tertuliaen el porche romanico de la iglesia, y a salir pitando para la capital con un acelerón a la moto o al coche y con la llave de la iglesia en el secreter.
¿Y los Cementerios?
Dejémoslo estar.
Después de la señora pelirroja acuden dos mozas del lugar acompañadas de otra que por la edad puede ser la madre de una de ellas, (o de las dos si son hermanas)
El viajero, sin sacar los pies de la acequia donde el agua que baja del monte le está refrescando las leguas del camino pregunta por el Castillo:
-Hermosas mías ¿Se puede visitar el Castillo?
-Si señor. Si se puede.
-¿Y quién o quienes del pueblo pueden concederme el permiso para ello?
-Usted vaya. Vaya en paz...que ya una vez allí ya le pedirán la cuota...¿Verdad tú? –ese <<¿verdad tú?>> se lo ha espetado con mucha retranca a su compañera que también se desternilla de la ocurrencia y de la ignorancia del viajero en remojo.
-No se molesten señoritas....pero es que me ha hecho la mar de gracia esa palabreja de la cuota aplicado al ticket de entrada....Un servidor, por supuesto, se queda con la palabra de ustedes, “la cuota” es mucho más castiza, más española.....No sé como decirles. Baroja, en esto, me daría la razón.
-¡Anda! ¿Y quién es ese señor? suelta una de las bellas cariátides..
-Hijas..pues un señor que vivía en Madrid y escribía libros.
Las risotadas frescas con sabor a hierba buena de las mozas se interrumpen de golpe al traspasar la verja, ahogadas en el bemol más alto por la severa mirada de la dueña que las acompaña. El viajero, después de haber refrescado las incipientes cataratas de sus ojos en las caderas de las muchachas, se afana de nuevo en su terapia acuática moviendo los dedos en la camarrana de la acequia como dos gusarapos feos y viejos.
CEMENTERIO DE SALOBREÑA AÑO 1898
CONSTRUIDO POR INICIATIVA DEL SEÑOR
ALCALDE. D. HIPÓLITO MARTÍN MENDIGO-RRI SIENDO CURA PROPIO DON MANUEL TERUEL DARDE BAJO LA DIRECCIÓN DE DON ANTONIO IZQUIERDO PEREZ. |
La verja cede en silencio. No gime esta vez como sucede casi siempre en estos pequeños cementerios rurales y marineros. El conserje no está visible y el viajero se interna por los pasillos sepulcrales.
Trata de buscar, como hace siempre, la parte más antigua del cementerio, las tumbas más veteranas de la pequeña gusanera. Todos los nichos son modernos. Muy modernos. De la década de los cincuenta apenas cinco o seis nichos. El cementerio se erigió en el año 1898 como dice la leyenda de su puerta. Mi maestro Azorín, en estos casos acudía a la serie ininterrumpida de interrogantes, interrogantes puramente oratorias, que no esperan respuesta alguna ni mediata ni inmediatamente: ¿Quién sería este don Antonio Izquierdo Maestro de Obras que le brindó a sus convecinos tan piadosa obra civil?
La parte más antigua del cementerio se encuentra al fondo, aunque, de la época razonablemente cercana a la época de su construcción quedan pocas tumbas.
Al viajero, por la fecha de su fallecimiento se fija en la lápida de un niño: E. M. N. que falleció el mismo dia, mes y año en el que el viajero cumplía sus dieciseis años. El viajero, hasta que no cumplió los dieciseis años no germinó en sus entendederas el sabio gusanito de la responsabilidad, y andaba, antes de esos años, hecho un auténtico chisgarabís. Así que el dos de mayo del año mil novecientos sesenta y cinco –dicho queda- el viajero se hizo algo más responsable y estrenó su primer traje de pantalones largos y chaleco, nacido de las tijeras y agujas que sabiamente manejaba un sastre del pueblo llamado El Abuelo; se compró en El Tesoro Escondido su primer encendedor electrónico y en el carrillo de su amigo Bernardino adquirió su primera cajetilla de cigarrillos rubios. Pues bien, ese mismo día, en que el viajero se asomaba a la vida con sus primeros pantalones “de hombre”, ese día, en la otra orilla y entre las blancas casas del pueblecito marinero de Salobreña este angelito de E.M.N. con apenas seis años de vida ascendía a los Cielos. Su vida, apenas estrenada, era segada sin piedad por la Dama de Negro.
Tras el vidrio que protege a la lápida se encuentra una foto suya de medio cuerpo. Al viajero, el niño E.M.N., le recuerda a uno de aquellos niños que salían en las películas españolas de los años cincuenta, corriendo en pandillas por los descampados de las afueras de aquel Madrid de coles, garbanzos y zurcidos. Y si fuerza un poco la imaginación no le resulta difícil descubrir en la desteñida foto de E.M.N. a ese hijo de Cassen, en la película “Plácido” de Berlanga, al que el genial actor ya fallecido mandó con los duros para pagar la letra del motocarro y que (eso creía Cassen/Plácido) con sus modestos portes municipales iba a sacar de pobres a la familia, incluido el cuñado cojo... Y su señora ya se iba a librar de tener que calentarle al niño (al pequeño) sus biberones entre el intenso olor de urea fermentada. Recuerde el lector que la esposa de Cassen regentaba uno de aquellos urinarios trufados de lejía que poblaban en la gris posguerra el subsuelo de las Plazas de Callao, Sol….y que tanto juego le daban a los escritores costumbristas de la época.
Por los años en que el niño E.M.N. comenzaba a corretear detrás de sus hermanos por las callejas próximas al castillo, comenzaban a aparecer ya por nuestras latitudes los primeros turistas que nos llegaban del civilizado norte. Sentados en sillas de cine de verano bajo la cúpula fresca de un cañizo al lado del mar saboreaban, oyendo las frescas canciones de temporada del Duo Dinamico o de Rocio Durcal, sus primeras sardinas al espeto mojadas con tinto y “casera”. En cuántas fotos de estos turistas, se pregunta el viajero, no habrá salido, el angelito, al fondo, con su dedito diestro metido en la nariz y mirando para el objetivo de la cámara. Posiblemente, en estos instantes, en alguna ciudad provinciana de Suecia o Noruega, en el domicilio de la Señora Bjorsön, profesora jubilada, ésta, sentada en su sofá esté mirando con cierta nostalgia aquellas fotos que hizo en el pueblecito de Salobjeña, en el viaje de fin de carreras. ¡¡Hans!! ¿Me oyes Hans? ¿Y quién sejá ese ninio que se mete el dedito en la nariz..? ¿Qué nunca te lo dije? ¡Ay Señor, cómo pasa el tiempo!
A la mañana siguiente, el viajero, asentadas sus posaderas en la sala de lectura de la biblioteca municipal abre de nuevo la edición facsimil del Diccionario Madoz por la página correspondiente a la letra “S” y lee..
“Es [Salobreña] población de grande antiguedad. Ptolomeo hizo mención de ella bajo el nombre de Salambina o Selambina. En el tratado de Geografía de El Edrissi se lee Salobania. En las actas del Concilio Eliberitano al que asistió su párroco Silvano Se ha escrito Segalvina”.
El Diccionario Espasa Calpe nos dice que...<<En su término se producen cereales, caña de azucar, pasas, legumbres, patatas, etc etc. Fábrica de aguardientes, alcoholes, azucar y miel de caña...Sindicato Agrícola Catolico, Círculo de Labradores, Escuelas, Telégrafo, Aduana. Puerto con importante comercio de exportación e importación y de cabotaje. Conserva resto de un antiguo castillo que se levantaba en una empinada roca al oeste de la población. Esta fue en la Edad Media una fortaleza importante en la que estuvo preso Yusuf en 1408, después rey de Granada por muerte de su hermano.>>
Por Alberto Núñez García- Escritor -