EL TRIUNFO DE LA ILUSIÓN

Las elecciones autonómicas catalanas del pasado 1 de noviembre de 2.006 habrían sido un suma y sigue de no ser por la esperanzadora representación parlamentaria que depararon para el bisoño partido encabezado por un joven abogado barcelonés llamado Albert Rivera. Sólo tres eran las opciones políticas con fundadas aspiraciones de obtener escaños parlamentarios: la totalitaria formación del PUC (Partido Único de Cataluña), el acomplejado PPC (Partido Popular de Cataluña) y, por fortuna para los amantes de la libertad, el partido CCPC (Ciutadans-Partido de la Ciudadanía).
El PUC, formación hegemónica en Cataluña desde el advenimiento de nuestra sedicente democracia (es decir, el PRI catalán), concurría a este proceso electoral con las urticantes hierbas de rigor: los convergentes y unidos señores que tienen un problema llamado 3%; los “peperufianescos” amparadores por vía serigráfica de escatológicos caricatos destinados a hacer méritos ante los nacionalistas para evitar el cierre de la espita de las subvenciones gubernamentales; los ecologistas tipo sandía (como diría, en afortunada ocurrencia, el periodista Alfonso Ussía, ya que son tan verdes por fuera como rojos por dentro), cuya “iniciativa” política a favor del procomún resulta, tras tres años de tripartito, ignota; y finalmente, los conmilitones del criminal Lluís Companys, uno de cuyos lemas electorales (“Humanos como tú”) nos permite comprender, con el apoyo del cicerónico adagio latino “Errare humanum est”, tanto desafuero de los Rovireche´s boys.
El PPC, como lamentablemente viene siendo costumbre desde que el señor Aznar cometiera la felonía de entregar al muy poco honorable Jordi Pujol la cabeza del principal activo de su partido en Cataluña, el catedrático de Física nuclear Alejo Vidal-Quadras, nos ha proporcionado durante la campaña otra indigesta ración de mendicante actitud ante una de familias del PUC, la convergente. Como el puesto de palafrenero de CiU, tal y como apalabraron en La Moncloa Arturito Menos y el colaborador con banda armada, ya estaba reservado para la fracción socialista del PUC que encabeza el cordobés nesciente de las esencias “nacionales” catalanas (el Virolai y el Zoo d'en Pitus), el PPC del señor Piqué (y del señor Rajoy, conviene no olvidarlo) se ha humillado infructuosamente ante el enemigo, para indisimulada irritación de sus sufridas bases y votantes tradicionales.
Ante tan desolador panorama político, sólo la aparición hace cuatro meses de “Ciutadans-Partido de la Ciudadanía” ha logrado ilusionar a aquellos catalanes conscientes de su hodierna condición de metecos. Con la esperanza de abandonar su lacayuna existencia bajo la férula del totalitarismo impuesto por el PUC y tolerado, para ignominia de esta democracia sin demócratas, por las instituciones que deberían haberlo combatido sin miramientos, cabe 90.000 amantes de la libertad han dado el primer paso para sacudirse los grilletes. La triple representación parlamentaria en que se ha traducido tal caudal de sufragios adquiere tintes de heroicidad, ya que se ha producido a despecho de las martingalas urdidas por los fámulos periodísticos al servicio del PUC, tan azacanados ellos en la preterición de la voz redentora de Cataluña. Constatado tan vitando comportamiento, un servidor no puede por menos que sumarse a ese higiénico proceder que, puesto en práctica hace pocos días por el dramaturgo Albert Boadella con finalidad experimental, sucede al alivio intestinal.
Muchos eran los que, aun deseándolo, desconfiaban de las posibilidades que tenía CCPC de llegar al Parlamento de Cataluña. Esa falta de confianza les ha hecho apelar al manido “voto útil”, que, en el supuesto de que su destinatario haya sido el acomplejado Piqué, habrá demostrado ser tan manido como inútil. Y no digamos ya si la mentada prevención ha encauzado el voto en dirección al partido de la pringosa Nocilla. En tan lamentable hipótesis, amén de manido e inútil, el voto llevará la irrefragable marca de la necedad. Para ser justos, debo decir que también hay personas que, conscientes del error cometido al no haber optado por el único partido cuyos estatutos prohíben expresamente a sus dirigentes vivir de la política de manera vitalicia, han manifestado tener propósito de enmienda.
Los enemigos de la incipiente formación han tratado de desacreditarla insinuando, cuando no afirmando abiertamente, que se ha financiado de manera sospechosa. Se creen los facinerosos del PUC que todos se comportan como ellos: que tienen una generosa “Caixa” que, a cambio de futuras concesiones, se dedica a condonarles multimillonarias deudas crediticias; o que pueden recurrir a las mordidas de los presupuestos de las obras públicas, 3% mediante, para sufragar los cuantiosos gastos que sólo en una proporción mínima son cubiertos por las cuotas de sus afiliados. No son capaces de entender que a veces la falta de numerario logra suplirse con ilusión; la ilusión de quien se sabe defensor de algo que sólo ansían los grandes espíritus: la libertad. Alguno de esos maledicentes enemigos, el periodista del diario “Avui” Sebastià Alzamora, ya se percató de ello, reflejándolo en el remate de su crónica sobre la presentación oficial de la campaña de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía en el Palacio de la Música de Barcelona:
“¿Friquis? Tanto como ustedes quieran, pero ojo: el Palacio de la Música estaba lleno hasta la bandera, y pocos partidos pueden presumir de generar tal euforia entre sus seguidores”.
Por Felipe V
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