ACEITE DE CRÓTALO

Aquí en España todo el mundo invoca el estado de derecho a mansalva, sobre todo cuando el invocador quiere zanjar sin más una cuestión peliaguda, usualmente con el estribillo de “como no podía se de otra manera” o eso tan manido de “los países de nuestro entorno”; o simplemente quiere insinuar que él es un afecto a la cosa democrática, gracias por la valentía, señor ministro.

 

Desde luego que eso del derecho es mejor que la torcida arbitraria improvisación juzgadora por y de parte de quien reparte el bacalao… o parte al niño, como famosamente sugiriera Salomón con la mayor de las astucias. Pero la entronización de ‘ La Ley ' no quiere decir que ‘la ley' sea buena, ahí está el sancocho del ‘aborto para todas' como demostración de que eso del estado de derecho puede se algo muy, pero que muy sinuoso. En cualquier caso, es la supremacía de la ley lo que traza la raya separadora de las sociedades civilizadas y las que, o no lo son tanto, o son bárbaras a secas.

 

Ya dentro de la ley penal, el más grande logro en ella acaso sea la metalegal aceptación de la acción sustitutoria por parte del Estado, esto es, la renuncia de los ciudadanos a dirimir sus diferencias a gritos o a puñetazos; en suma, dejar a un lado la ley del Talión, que, no crean, también tiene su aquel.

 

Grande es la cesión y enorme el esfuerzo de contención que una tal convención implica; y por eso el Estado debiera ser muy escrupuloso en la administración de un bien tan grande tanto que, ya lo hemos dicho, constituye uno de los pilares de la civilización.

 

Por eso tiemblan los cimientos de la democracia, de la convivencia y de la justicia cuando cierto químico prodigioso especializado en el aceite de crótalo se arroga la facultad de prestar amables oídos a ciertas expresiones de compunción venidas de tremendos criminales que tienen en su haber decenas de viles asesinatos, perpetrados además con todas las agravantes que hay en los libros y, albarda sobre albarda, en flagrante persecución de un crimen de Estado, un ataque que si venido de allende nuestras fronteras movilizaría nuestros ejércitos. Casi nada.

 

Tras ponerse el aludido la mano en la oreja para captar la evanescente palinodia, se convierte en abogado defensor de los enemigos de la Patria , término este aquí utilizado para mejor entendimiento de las personas que habrán de leer esta carta, ya que él desconoce el significado de una palabra que le produce ronchas por debajo de la barba cuando la oye, seguro que sin saber por qué, puro reflejo pauloviano que suele ser en estas gentecillas de la izquierda marxistoide. En fin, asegurándonos ladinamente el de la barba que sus defendidos son buena gente, que han reparado el mal causado y que desde ya se pasan al vegetarianismo ovilácteo, sin más trámite ni consulta se apresta él a dispensar favores penitenciarios a esa tropa antiespañola.

 

Mentir suele ser pecado, pero cuando se hace a favor de asesinos repugnantes, convierte al del viático en un ser repelente para quien los males del infierno se antojan insuficientes.

 

Todo esto no lo digo yo solo, léase si no este corto tratado en sentido común y en aceptación de la naturaleza humana venido de la pluma de dos profesores de la Autónoma madrileña, don Enrique Baca y don José Lázaro (la negrita es cosa mía):

 

Toda víctima, por el mero hecho de serlo, siente un violento deseo de venganza y no puede evitar sentirlo. De cuantas leyes se han descrito en la historia de la psicología, la del Talión es quizá la que está más profundamente inscrita en la naturaleza humana. No hay sociedad posible sin la dolorosa renuncia a ese profundo impulso. No hay víctima que no quede desgarrada por el conflicto entre la necesidad psicológica de la venganza directa y el imperativo social de resignarse a la justicia. No hay civilización que pueda sostenerse sin la imposición de tal imperativo. No hay justicia que pueda éticamente imponer esa renuncia a las víctimas más allá de lo estrictamente necesario ( que ya es mucho ).


Entre las escenas más repugnantes del periodismo contemporáneo (la elección no es sencilla) destaca la del típico reportero que acerca el micrófono a la madre de la chica violada cuyo cadáver acaba de ser descubierto y le formula la brillante pregunta: “¿Perdona usted al asesino de su hija?” Todos hemos interiorizado la negación de los instintos y pulsiones que, con el malestar consiguiente, es, según Freud, el fundamento de la cultura. Por eso la mayor parte de las madres son capaces de morderse la lengua y balbucear la respuesta políticamente correcta: “Lo que yo quiero es que esto sirva para que nunca vuelva a suceder.” Pero, en algún caso excepcional, algún familiar tiene la valentía de decir abiertamente al periodista lo que todos, absolutamente todos, piensan en ese momento: “Cuando maten a su hija, perdone usted al asesino, imbécil. Yo al de la mía sólo quiero descuartizarlo con mis propias manos.”

 

Tan sana muestra de sinceridad desde el punto de vista psicológico suele despertar una escandalizada condena desde el punto de vista sociológico. La renuncia al deseo de venganza es una inevitable obligación social, pero la negación social de su necesidad psicológica es una segunda agresión que la parte necia de la opinión pública realiza contra las víctimas de la primera. Y desde el punto de vista psicoterapéutico, el reconocimiento de esa necesidad psicológica es un paso imprescindible para poder ayudar a la víctima a que supere lo antes posible su condición de víctima elaborando el necesario duelo.

/ ……………/

 

Los sentimientos de venganza son tan psicológicamente necesarios como socialmente inadmisibles. Ahora bien, si la acción sustitutoria de la justicia nunca es fácil de aceptar para la víctima, se hace imposible de asumir cuando no es comprensible, cuando a la víctima le parece más una burla cruel que el ejercicio propio de la respuesta civilizada frente al crimen….

 

Llegado a este punto inserto los socorridos puntos suspensivos porque, desde el propósito e intención de esta carta, todo lo que se diga después es redundante.

 

Vaya a continución este otro antiguo, breve y magistral disertación sobre el mismo tema, esta vez de la pluma de un tal Mariano Arnal, sin más descripción curricular:

 

En latín la llamaban vindicatio, (compuesta del elemento vis , vim, que significa fuerza, más dico, dícere, dictum, que significa decir, recurrir a, imponer) el recurso a la fuerza. Es pues este concepto de la vindicatio tan antiguo (y tan moderno) como el andar de pie.

 

La civilización nunca se ha planteado la renuncia a la venganza. Traducido de modo que se entienda: nunca ha renunciado al uso de la fuerza para responder a la violencia sufrida porque no habría manera de vivir en paz si la sociedad no respondiese con violencia a los violentos. (Bueno, hoy sí, hipócrita y temerariamente, rompiendo la baraja o haciendo los detentadores del poder tabla rasa cuando políticamente les conviene, volviendo a empezar el juego legal como si nada hubiera pasado).

 

Pero pasan los milenios y seguimos pareciéndonos a nuestros viejísimos antepasados: lo que hace tres mil años se llamaba venganza de la sangre hoy se llama tratamiento diferenciado de los delitos de sangre. La venganza de la sangre (homicidios y asesinatos) se ha sentido en todas las culturas no como un derecho, sino como un deber . Y salvo hipocresías, es como lo sienten todos aquellos con sangre caliente circulando por sus venas. Tanto es así que si el vengador reacciona en caliente, los jueces, que en las venas tienen sangre y no tinta, le aplicarán cualquiera de los atenuantes e incluso algún eximente al caso. Incluso si reacciona con alevosía: hace poco se dio en Francia la absolución de una mujer que, a lo madame Bovary, envenenó a su maltratador.

 

La modernidad nos obliga a la hipocresía. Defendemos con una impavidez pasmosa doctrinas que no se sostienen en pie a pesar de estar amojamadas. Hacemos como si nos creyéramos eso de que las penas de prisión no tienen carácter de venganza, sino de rehabilitación. ¿Por qué, pues, se las sigue llamando penas; y a las cárceles centros penitenciarios en vez de ‘centros de rehabilitación'?

 

Luego viene la consideración que merece la noción del arrepentimiento esgrimida por el magnánimo ministro tartufo: ¿tiene él una pócima mágica que aplicada en el pecho (o en la lengua) del supuestamente compungido garantiza la sinceridad de un tal pronunciamiento? Si así, debiera revelarnos tan importante descubrimiento para introducir en el código penal los delitos de pensamiento, algo que ya consiguiera George Orwell en su 1984 , tiemble el mundo entero y sobre todo los constructores y operadores de los llamados polígrafos: las máquinas de la verdad, para que se entienda.

 

En cuanto a la petición de perdón, ahí sí que existe una prueba objetiva sobre la que actuar, léase las propias palabras del suplicante. Mas, ¿acaso habrá de valer esta simple demostración de contrición sin oír a las víctimas? Porque incluso en los generosísimos términos (setenta veces siete, dijo Aquél) en que el sacramento de la penitencia se dispensa, existe la posibilidad de una negación de la absolución, por ejemplo cuando la gravedad de la falta exige la intervención del obispo o incluso del Papa. O sea, sin perdón de las víctimas, de todas ellas (sí, en plural, porque estamos hablando de asesinos múltiples) no hay sino una proposición inatendida, un sonido en el vacío, tal como pasa cuando alguien pide una cantidad por la venta de su casa, nadie acude al reclamo y luego lo llama ‘precio'.

 

Sí, ya sabemos que nuestro Fouché particular (¿o debiera decir Maquiavelo?) se muestra presto al perdón y a los pelillos a la mar; pero ¿tendría la misma galante disposición si el arrepentido suplicante fuese Pinochet, pongo por caso, supuesto que el inefable Garzón hubiese cobrado aquella pieza y ésta estuviese todavía viva? Corresponde a cada cual contestar a esta pregunta y con ello situar en la escala de lo hipócritamente benevolente la actuación del ministro aficionado a la carne de faisán…

 

Para terminar, en sostén de la tesis de que, en efecto, la nuestra es una justicia trufada de hipocresía y falsedad (o sea, que no es justicia), invito al amable lector a leer la siguiente carta:

 

Habitación de un hospital malagueño. En ella, Rebeca, una niña nacida con el síndrome de Down está peleando su primera batalla por la vida. Acaba de sufrir una intervención quirúrgica en su pequeño pero ya doliente corazón. Junto a ella, sólo sus padres que, apenas hechos a la dura realidad de la condición de su hija, han de soportar su segunda prueba. Que no será la última. De pronto, aún en pleno post-operatorio, el padre de esa criatura es arrancado de la habitación del hospital -todo su universo y su vida en esos momentos- y trasladado a un centro penitenciario donde ha de cumplir un resto [de tres meses] de condena. Allí quedan solas con su lucha la niñita de seis meses y su madre, inglesa, que a duras penas chapurrea el español.

 

Cualquiera puede pensar que ese hombre ha de ser poco menos que una alimaña. Desde luego, un grave peligro para la sociedad a la que se quiere preservar de él con tanta premura que el juez no puede esperar ni siquiera el alta clínica de esa criatura. Pues no. Ese hombre es un antiguo capitán de la Guardia Civil , hoy desposeído de su carrera por abandono de destino, un delito para el que se fija en el C.J.M. una pena de entre seis meses y tres años y que, en consecuencia, ni siquiera lleva consigo la separación del servicio. Claro que nuestro hombre lo cometió en la madrugada del 24 de febrero de 1981, ¡toda una circunstancia modificativa! Y, por si eso fuera poco, alguna mente calenturienta le atribuyó el transporte de un misterioso maletín...

 

En estos casos siempre hay alguien informado que con gesto de suficiencia, dice: Dura lex, sed lex. Y yo digo que eso, aquí y ahora, es una descomunal estupidez. ¡Cuántos casos en que esa ley es aplicada con singular indulgencia! ¡Cuántos en que ni siquiera se aplica! De todo ello sirva como muestra la pléyade de asesinos encarcelados que abandonan sus rejas en fines de semana o en vacaciones señaladas. Y tantos criminales de ETA que no llegan a cumplir ni un tercio de sus condena o son indultados o ‘reinsertados'. Y tantos otros a los que el Estado mantiene en el Caribe con cargo al Presupuesto. ¿Para qué seguir? Sólo el que se empeñe en cerrar los ojos a esta realidad puede negar la evidencia.

 

¿Ley? ¿Justicia? Lo que acabo de relatar no entra ni con forceps en lo uno o en lo otro. Es, como siempre, como ya he dicho alguna vez, puro rencor o pura cobardía, materializada en el miedo al ‘qué dirán', sentimientos nada recomendables y que no hacen sino sembrar vientos cara al futuro.

 

Lo que acabo de contar no se produjo por exigencia del Derecho o la Justicia. Si no atenta contra ambos, le falta poco. Y, en cualquier caso, una decisión así debiera ser motivo de vergüenza y rubor entre personas civilizadas. Pero, son bienes tan escasos...

 

Y bien, obligado es desvelar el secreto: esta carta abierta firmada por Ricardo Pardo Zancada apareció en la hoy extinta revista Iglesia-Mundo*** cualquier semana del verano del 89. El innominado capitán en ella soy yo. El mensaje, desgraciadamente, el mismo de siempre desde que España empezó a desdibujarse: justicia selectiva, o sea, justicia sectaria, o sea, nula justicia.

 

Yo hace tiempo que cerré esa herida, máxime porque mi hija Rebeca acaba de cumplir veintiún añitos, arrebatados a la muerte. Mucho debe ser el dolor de las víctimas sobrevivientes y los deudos y amigos de quienes perecieron a manos de los del hacha y la serpiente, el leit motif de esta otra carta abierta. Pero aún así lo importante es saber que en esta clase de alcaldadas, las víctimas somos todos porque una de las figuradas piedras angulares del imaginado edificio que como nación nos cobija acaba de rajarse. Sus ya también agrietadas paredes y su bóveda no son de piedra sino que están hechas de un sutil material cuyo deterioro no se traduce en cualquier ominosa lluvia de cascotes sobre nuestras cabezas sino en la aparición de un boquete por el que se nos cuela la selva.

 

¡Quousque tandem, Catilina…!

 

Gil Sánchez-Valiente Portillo

*** La revista Iglesia-Mundo apareció en España en los años 70, auspiciada por el obispo José Guerra Campos y el almirante Luis Carrero Blanco, como respuesta a la política de Pablo VI y el nuncio Luigi Dadaglio, quienes por medio del cardenal Tarancón fomentaron la disensión entre el clero español con el objeto de permitir el desenganche entre la Iglesia española y el régimen de Franco para preparar la democracia.

 

 

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