-¿Pongamos que hablo de Madrid?
-Venga.
-¿Cuáles son los rincones de Madrid en los que usted "se deja la vida" en la canción?
-El barrio Lavapiés, en el que sigo viviendo, y los rincones del Madird más antiguo, no del Madrid moderno, neoyorquino, sino del Madrid con olor a callos y a calamares fritos y a vino de garrafón...
-Mucho color, por aquí.
-Sí, me gusta mucho este Madrid de pueblo, de lo poco que queda de casticismo. Y la plaza de Tirso de Molina es la frontera con el Magreb. Ahí viven muchos moritos maravillosos y una colonia de gitanos en la que viven todos los Carmona y todos los Habichuela, Enrique Morente... Y los bares más flamencos de Madrid están aquí, Casa Plata y El Candela. Está el Rastro al lado, lo cual para mí es fantástico porque me gustan mucho las cacharrerías, los barquitos de madera y otras cien mil tonterías que aunque no valen nada calientan el corazón. Y como yo no conduzco, pues desde aquí voy andando a la plaza Mayor y a la Puerta del Sol, La Mandrágora está aquí al ladito... En fin, todos los sitios que yo tengo más dentro están aquí.
-¿Sigue viviendo con el horario cambiado?
-Sí, me he levantado a las ocho de la mañana, pero porque ayer me acosté a las tres de la tarde, después de no dormir dos días.
-¿Esas rutas nocturnas son por el barrio?
-Sí, ahora voy mucho a un bar que se llama El Paladar, en recuerdo a los "paladares" de La Habana, que son restaurantes clandestinos de una o dos mesas, a los que me lleva Pablo Milanés. Estás cenando con la familia, ves el culebrón que ponen en la tele, entras al baño y te encuentras dos bragas colgadas donde deberían estar las toallas...Me pareció una cosa fantástica. El "paladar" de Madrid está en una calle que tiene un nombre maravilloso: Angosta de los Mancebos.
-¿Por qué cambió la última estrofa de "Pongamos que hablo de Madrid", en la que pedía que le enterraran en su tierra andaluza?
-Porque no podía seguir cantándola diciendo eso que ya no pienso. Madrid es mi casa, la ciudad que mejor me ha tratado, a la que más agradecido le estoy. No me quiero morir en ningún sitio, pero cambié la estrofa para decir: "Cuando la muerte venga a visitarme/no me despiertes, déjame dormir./Aquí he vivido, aquí quiero quedarme."
-¿Cómo vendería usted Madrid a un ciudadano barcelonés con perjuicios ancestrales?
-A mí me divierte mucho una broma que alguien hacía sobre Lluís Llach, que era que le jodía un poco que lo quisieran tanto en Madrid porque no podía quejarse, ¡ja, ja, ja...!
Madrid es una ciudad que permite la doble nacionalidad, puedes empezar a ser madrileño cuando llegas a la estación de Atocha, pero sin dejar de ser andaluz, gallego o catalán. Y nadie puede imaginarse a los madrileños desfilando al son de un himno de Madrid o detrás de una bandera de Madrid. Madrid es una ciudad completamente abierta, es un mestizaje absoluto, y ¡ojalá siga así!, porque eso a mí me parece fantástico para la capital del Estado. La capital del Estado tiene que ser abierta y no tener un carácter excluyente ante nadie.
-Ese es un Madrid muy idílico.
-Bueno, a su lado está el otro Madrid, el Madrid muy antipático de los ministerios, de la sede de la política, de las covachuelas de los funcionarios. Eso es muy desagradable, pero lo es en cualquier ciudad del mundo. La Barcelona de la Generalitat también es desagradable.
-¿Y cómo es el Madrid municipal?
-El Madrid municipal tuvo una época gloriosa, la de Tierno; tuvo una época no tan mala, la de Barranco, y ahora llevamos una muy mala, y no lo digo en un sentido estrictamente político, porque me encantaría que Álvarez del Manzano fuera más listo y más sensible, pero no lo es... ¡Han tenido concejales que fumigaban putas! Y ahora tienen a otros que las quieren meter en un gueto, y quieren ponernos a dormir a la hora que les dé la gana. No sé para qué sirven mis impuestos: si yo vivo de noche, que me lo respeten.
-¿Qué queda de la "movida" madrileña?
-Nada. Madrid se ha quedado sin conciertos, sin "veranos de la Villa", sin fiestas de San Isidro... Es un Madrid que invierte en los ricos y no en los pobres, que pone discotecas y bares de diseño, pero no se dan conciertos gratis como en época de Tierno. Es una tristeza, el poder lo tienen los porteros de las discotecas. El Madrid municipal, que en época de Tierno se parecía bastante al Madrid real, ahora se ha hecho avaro, cicatero, discriminador, puritano, estúpido.
-¿Conoció al profesor Tierno Galván?
-Claro. Era el único que me llamaba señor Sabina. Y sigo siendo muy amigo de Juan Barranco, pero la última vez me ha dolido no poder votarle porque las elecciones estaban tan manipuladas que mi voto hubiera ido directamente a González y yo no estaba dispuesto a eso. Así que lo que hice fue hacerme candidato de Izquierda Unida por mi pueblo, Úbeda; fui el último de la lista.
-Bueno, dejemos la canción y su filosofía.
-Vale, pero antes quiero que desde el "Madrid" de Agustín Lara hasta dos años de "Pongamos que hablo de Madrid", en que los Leño hicieron una canción, Madrid era una ciudad que no se podía cantar; no hay canciones sobre Madrid durante veinte años. Luego hubo una eclosión de canciones sobre Madrid que aún no ha parado.
-Recomiende una ruta para pasear de día.
-Partir de este barrio, de Lavapiés, pasar por la plaza Mayor a desayunar y a leer el periódico. Ir andando por la Carrera de San Jerónimo hasta el paseo del Prado, saludar a Valle Inclán, que está allí puesto, con su bufanda, e ir a tomar el aperitivo al café Gijón, que todavía existe... Hasta hace poco estaba allí la tertulia de Manuel Vicent, de Tola, de "El Algarrobo", de Raúl del Pozo, que aunque todavía van ya no fichan. Pero sigue yendo la gente a pasarse los apuntes y la meretrices, ¡ja, ja, ja! Y buscar las tascas antiguas, donde dan callos y hay todavía tapeo, como Maxi, aquí en Lavapiés, donde ponen los mejores callos, y el caldito de Lhardy, en San Jerónimo, y la cervecería alemana, en Santa Bárbara, con ambiente de toreros y flamenco.
-¿Un lugar para comer?
-El mismo Lhardy, que es el restaurante más antiguo de Madrid; está en las novelas de Galdós. En Lhardy se ha conspirado, se han derribado gobiernos y hacen un cocido maravilloso. Lhardy es mi preferido. Y después de la comida se toma uno un cafelito en el café Comercial , en Bilbao; incluso en el Hispano, en La Castellana, y a echarse una siestecita.
-Ahora bares de copeo nocturno, pues.
-Hay para todos los gustos. Yo me tomo copas en un sitio que se llama El Café, en la calle Belén, y donde en los últimos años coincido con una tertulia sobre todo de gente de cine a la que vienen Jaime Chávarri, Benito Rabal, Juan Echanove... Es una tertulia interdisciplinar, golfa y divertida. Y cuando la noche se alarga y termina uno en sitios de pésima reputación como el Max, donde acaban las últimas putas, los últimos maricas y la policía...
-Escenario de sus canciones.
-He escrito muchas canciones en el Max, sí. Está muy cerca de la Puerta del Sol. Casi todas mis canciones están escritas en bares. Yo escribo en bares, y no por una puesta en escena; yo trabajo ahí como en Madrid se ha hecho toda la vida; González Ruano escribía sus artículos en cafés, y Miguel Mihura sus obras.
-Su famosa ranchera fue escrita también en un bar, claro.
-En varios, y es real. Cualquier músico del mundo que haya hecho giras sabe que es real. Es una canción que todo músico le debe a esa chica que primero te abre un bar cuando ya está cerrado y que te trata como dios y que a lo mejor te da una propina. Y también a cualquier músico le ha pasado: volver un par de años despúes a ese sitio y no existir ni bar ni chica; lo del banco ya es una exageración, pero es el sentido en que va el mundo; se cierran bares o discotecas para hacer bancos.
-¿Por qué prima la tristeza o la melancolía en sus canciones?
-Pues porque creo que las mejores canciones del mundo son las que hacen llorar. La felicidad produce unos polvos estupendos o unas risas con los amigos, pero no produce canciones. La melancolía es un perfume que le viene muy bien a una canción. La vida en sí es triste, acaba siempre con un fracaso, que es la enfermedad, la degeneración física o la muerte; los amores nunca acaban bien, nada acaba bien... Yo creo que la crónica de todos esos fracasos la tienen que dar las canciones.
-¡Uf! Volvamos a Madrid, que no deja de ser más "light" pese a un tráfico caótico.
-¡Ja,ja,ja...! Sí, esto es un zoco árabe y que crece mal y de cualquier manera. Pero es nuestro y lo queremos así , feo y con granos. Y hay una cosa que tiene Madrid y que no tienen ni Barcelona, ni San Sebastián, ni Granada, por hablar de tres ciudades que amo, y es que Madrid sigue siendo el "poblachón manchego" que decía Galdós. La Puerta del Sol es la plaza del mundo que siendo cosmopolita es la más pueblerina, y eso, por más ejecutivos agresivos con Motorola que uno vea por ahí, seguirá siendo como era. Esa cosa pueblerina me parece entrañable y maravillosa.
-¿Le interesa algún museo?
-Claro, me interesan los tres: el Reina Sofía, el Prado y el Thyssen, aunque este aún no lo he visto. Solía ir al Prado a ver si caía alguna alemana, ¡ja,ja...! Al Prado se ha ido mucho a ligar, de toda la vida, a hablar de conocimientos pictóricos delante de las alemanas. A mí la pintura me gusta mucho, me gusta mirar; mirar cosas bonitas educa la vista, la sensibilidad, y eso nunca viene mal.
-Esta es una ciudad con muchos parques. ¿Le gusta alguno?
-He ido al Retiro una vez; a la Casa de Campo cruzando para ir a Prado del Rey, y una noche que me atacó muy seriamente un gato al que amaba. Mi mánager se lo llevó y lo dejó en la Casa de Campo. Entonces yo empecé a sufrir como nunca había sufrido por ninguna mujer de las miles que me han dejado y me pasé una noche buscando a mi pobre gato por la Casa de Campo sin encontrarlo.
-¿Y dónde desconecta?
-En los hoteles. Los amo más que mi casa.
-¿Es cierta la canción, "hotel, dulce hotel, hogar, triste hogar"...?
-Sí, sí, sí...Cuando tengo la casa muy llena de gente yo me voy a un hotel, y me invento pretextos para irme. En la Feria de San Isidro, por ejemplo, me voy al Wellington, porque allí están los toreros y me gusta verlos.
-¿Se atreve a decir si es del Real Madrid?
-Digamos que soy muy amigo de Valdano, pero porque escribe muy bien, ¡ja, ja...! La competencia futbolística entre Madrid y Barcelona, siempre que no pase a mayores, me divierte. Yo creo en el derecho a la autodeterminación, no sólo de Cataluña, sino de un pueblo o una aldea, del mismo modo que creo que cuantas menos fronteras y banderas, mejor.
-¿A qué hotel va?
-Cambio constantemente. La última vez estuve en uno que se llama Copacabana, un hotel pequeñito en el que se está muy bien. La vez anterior estuve en el Riviera, donde hice una canción, "Postal de La Habana", que aún no ha salido, que es un hotel que tiene la ventaja de tener debajo el palacio de la Salsa. Al Habana Libre no voy mucho, porque es una especie de monstruo, pero como allí alguna vez, para rememorar cuando comía allí Cortázar.
-¿Y a la Bodeguita del Medio va, o es demasiado turístico?
-Sí voy, y también al Floridita, que lo han reconstruido tal como era y tiene un sabor maravilloso. Sobre lo turístico, bueno, primero que hay todos los malentendidos del mundo, y segundo que en La Habana, dicho con todo el cariño del mundo, casi todos los sitios a los que uno puede ir son para turistas.
-¿Qué es lo que más le gusta de La Habana?
-La Habana vieja, que es bella incluso en el deterioro; conozco muy pocas ciudades a las que le siente bien hasta el deterioro, hasta el desmorone. También me gusta el Malecón, con toda la bullanga que hay, donde todo el mundo se te acerca a proponerte algo.
(Entrevista aparecida en el diario "La Vanguardia", el 21 de Agosto de 1995)
"Pongamos que hablo de Madrid" (J.Sabina/A.Sánchez)