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LOS TERAPEUTAS

según Filón de Alejandría

Un resumen-extracto de unos cuantos capítulos de Vita Contemplativa

Después de haber escrito sobre los esenios, quienes han consagrado a la vida activa su celo y sus esfuerzos... Voy a tratar a continuación (siguiendo el orden de mi trabajo) de los que se entregan a la vida contemplativa.

La opción de estos filósofos nos viene manifestada por su propio nombre: terapeutas (sanadores, curanderos) es su verdadero nombre; y, ciertamente, su arte de curar -del que ellos hacen profesión- es superior al que se practica en nuestras ciudades, ya que ésta sólo tiene cuidado de los cuerpos y la de ellos cura también los espíritus sometidos a esas enfermedades penosas y difíciles de curar, causadas por los placeres, los deseos, las penas, los temores, las codicias, las tonterías, las injusticias y por la multitud infinita de otras pasiones y de otras miserias.

Y si se llaman terapeutas, es porque han recibido una educación conforme a la naturaleza y a las santas leyes y al culto del Ser.

Entre todos aquellos que hacen profesión de piedad, ¿quién puede ser comparado a ellos?

¡Que esta raza de los terapeutas, cuyo esfuerzo constante es el de aprender a ver claro, siga aferrada a la contemplación del Ser, se eleve por encima del sol sensible, y no abandone nunca esta regla de vida que conduce a la felicidad perfecta!

Y no eligen este género de vida por estar determinados a ello ni por la costumbre ni por los consejos o ánimos de otros, sino que tocados de un amor celeste, sufren el "mono" de la posesión divina... hasta que llegan a ver el objeto deseado.

Entregan sus bienes a sus hijos y a sus hijas, a sus parientes: les dan la herencia ya en vida. Y los que no tienen familia lo dejan todo a sus compañeros y amigos. Es preciso que aquellos que han obtenido la riqueza de la visión espiritual abandonen la riqueza ciega a aquellos cuya inteligencia está todavía ciega.

En esta huida sin retorno, una vez dejados sus bienes y no retenidos ya por nada, abandonan sus hermanos, sus hijos, su mujer, su padre, su madre, toda su numerosa familia, sus amigos, la patria en que nacieron y en la que crecieron, ya que la fuerza de la costumbre ejerce también un fuerte atractivo.

No irán a establecerse a otra ciudad -eso sería como cambiar de amo, no liberar-se-, sino que ellos habitan más allá de las murallas, en el campo, en zonas aisladas, buscando la soledad. Y no lo hacen por una misantropía inhumana, sino porque saben que es inútil y además dañino mezclarse con gente de otro tipo.

En muchos lugares, por todo el mundo, los encontramos, pero es en Egipto donde más abundan, sobre todo en las cercanías de Alejandría, en un lugar muy adecuado, sobre una colina de mediana altitud al norte del lago Mareotis. Sus casas son muy sencillas, ofreciéndoles sin embargo las dos protecciones necesarias: contra el calor y contre el frío. Ni muy cercanas las unas de las otras, ya que buscan fervientemente la soledad; pero tampoco muy separadas, pues desean vivir en comunidad y poder ayudarse mutuamente ante posibles incursiones de los piratas.

En cada una de ellas se encuentra una habitación sagrada, llamada santuario o ermita, donde ellos se retiran para cumplir los misterios de la vida religiosa, sin llevar nada consigo -ni bebidas, ni alimentos, ni nada de lo que es necesario para las necesidades del cuerpo-, sino sólo las leyes, los oráculos de los profetas, los himnos y todo aquello que permite que la ciencia y la piedad se engrandezcan y alcancen su plenitud. De esta manera su pensamiento se aplica sin descanso a Dios, e incluso en el sueño no ven otra cosa que las maravillas de la virtud y del poder divino.

Acostumbran rezar dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Durante el día se consagran enteramente a estos ejercicios: leen las santas Escrituras y estudian la filosofía alegórica tradicional, ya que creen que el sentido literal es el símbolo de una realidad escondida. Poseen libros de autores antiguos, iniciadores de su secta, que han dejado numerosos documentos del género alegórico, los cuales constituyen sus modelos a imitar. No se dedican sólo a la contemplación, sino que también componen cantos e himnos de alabanza a Dios, escribiéndolos con los ritmos más solemnes.

Pasan, pues, seis días dedicados a la filosofía, sin salir de sus ermitas, sin -ni tan siquiera- dirigir su mirada a lo lejos.

El séptimo día se juntan para la reunión común. Toman asiento según la edad, con una actitud conveniente. El más anciano y más versado en la doctrina se adelanta y habla: la mirada tranquila, la voz tranquila, con reflexión y sabiduría; sin habilidades oratorias, su explicación destila la exactitud de pensamiento, fruto de sus investigaciones. Así, pues, sus palabras no alcanzan sólo los oídos, sino que, penetrando hasta el alma, hacen en ella su morada.

Este santuario común en donde se reúnen cada semana tiene dos galerías, una destinada a los hombres, la otra a las mujeres, quienes, teniendo el mismo fervor y los mismos principios, escuchan juntamente con ellos. Estas dos galerías están separadas por una mampara que no llega hasta el techo por una doble razón: respetar el pudor que conviene a la naturaleza femenina y permitir que ellas puedan oír cómodamente sin que ningún obstáculo intercepte la voz del orador.

Filón de Alejandría
Sobre la vida contemplativa

Gracias por la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
2 Febrero 2003
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