En medio de nuestra plegaria eucarística es el momento del compromiso personal, en el silencio "de tu cuarto con la llave echada", como nos aconseja el evangelio de Mateo (Mt 6, 6).
No es el momento de peticiones infantiles, dirigidas a un Dios, del que nunca llegamos a saber si nos acaba escuchando a no.
No es el momento de pedir al "Deus absconditus", al Dios escondido detrás de un silencio impenetrable, que se preocupe de los pobres, de los enfermos, de los refugiados... Un Dios escondido que, a lo largho de la historia, poca consolación ha podido aportar a los millones y millones de vencidos y explotados (Raimon Panikkar).
En medio de nuestra plegaria eucarística es el momento del compromiso personal. Ya hace unos cuantos años, a mediados del siglo pasado, un cristiano, el pastor protesyante Dietrich Bonhoeffer, desde una cárcel del règimen nazi, nos animaba, con voz profética, que nos era preciso vivir "etsi Desus non daretur".
"Etsi Deus non daretur", vivir como si Dios no existiera, vivir aunque Dios no existiera, era el reto que uno de los profetas del siglo XX nos hacía.
Y esta voz profética, surgida desde una cárcel, nos urgía a tener un lenguaje nuevo: orar y hacer justicia entre los hombres, un lenguaje, quizás totalmente irreligioso, pero liberador como el lenguaje de Jesús.