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PONCIO PILATO EN FILÓN DE ALEJANDRÍA

Uno de sus lugartenientes [de Tiberio César] fue Pilato, a quien se designó para gobernador de Judea. Este, no tanto por honrar a Tiberio cuanto por apesadumbrar a la multitud, dedicó en los palacios de Herodes, dentro de la ciudad santa, unos escudos chapados en oro, que no llevaban dibujo alguno ni ninguna otra cosa de las prohibidas por nuestras leyes, excepto cierta lamentable inscripción que expresaba dos cosas: el nombre del autor de la dedicatoria y el de aquel a quien estaba dedicada.

Pero, cuando la multitud tuvo noticias del asunto, el que ya había cobrado estado público, llevando a su frente a los cuatro hijos del rey, que no eran ni en dignidad ni en fortuna inferiores a reyes; a sus restantes descendientes y a las personas de autoridad entre ellos, rogaron a Pilato que rectificase la violación de las tradiciones que suponían esos escudos; y que no innovase en las ancestrales costumbres, conservadas sin alteración por reyes y emperadores durante todas las precedentes edades.

Habiéndose opuesto él firmemente, pues era inflexible por naturaleza y de una terca arrogancia, gritáronle ellos: "No provoques una sedición, no des lugar a una guerra, no destruyas la paz. No redunda en honra del emperador el deshonrar antiguas leyes. No tomes a Tiberio como pretexto para ultrajar a nuestra nación, que él no desea anular ninguna de nuestras costumbres. Si sostienes lo contrario, muestra una orden suya, una carta o algo análogo, para que cesemos de importunarte y elijamos delegados que eleven nuestra petición a nuestro soberano".

Esto último lo exasperó de un modo especial, pues temía que, si la embajada se concretaba, expondrían también el resto de su conducta en el gobierno, describiendo su venalidad, sus insolencias, sus pillajes, sus ultrajes, sus atropellos, sus constantes ejecuciones sin juicio previo, su incesante y penosísima crueldad.

Siendo, pues, hombre rencoroso y colérico, se encontraba en difícil situación, pues ni se atrevía a anular lo que había sido dedicado, ni quería hacer cosa alguna que redundase en placer de sus gobernados; pero, al mismo tiempo, no ignoraba cuan rígido era Tiberio en estas cuestiones. Viendo esto, los dignatarios de los judíos, comprendiendo que estaba arrepentido por el hecho pero que no quería dar muestras de ello, escribieron a Tiberio una carta con muy vehementes súplicas.

Cuando éste la hubo leído, ¡vaya cosas que dijo sobre Pilato, vaya amenazas que profirió contra él! Hasta qué grado se puso furioso, aunque no era hombre de irritarse fácilmente, no hay por qué referirlo, pues los hechos hablan por sí solos.

En efecto, enseguida, sin aplazarlo para el día siguiente, le escribió una carta en la que lo censuraba duramente innumerables veces por la osadía de violar lo establecido, y mandábale descolgar los escudos inmediatamente y transportarlos desde la ciudad capital a Cesarea, la situada sobre el mar, llamada Augusta en memoria de su abuelo, para que fueran colocados en el templo de Augusto; cosa que se hizo. De ese modo se salvaguardaron ambas cosas: el honor debido al emperador y la norma seguida desde antiguo con respecto a nuestra ciudad.

Sobre la embajada ante Cayo (De legatione ad Gaium)
XXXVIII, 299-305

Extraído de:
www.juliocarreras.com.ar/FilonV.pdf

Gracias por la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
15 enero 2013
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