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Después para algunos Dios y para otros la clase obrera,
y para muchos las dos cosas.

Umberto Eco
El Péndulo

LOS DOS ABSOLUTOS

Im memoriam
de Lluís Caparrós Escánez

Un día, hace ya muchos años, haciendo una semana de Ejercicios de san Ignacio, dijiste un disparate, un disparate bastante gordo. ¡Cómo sería de gordo que todavía lo recuerdo! Dijiste que había dos absolutos: Dios y la clase obrera.

El disparate no era considerar la clase obrera como un absoluto ni hablar en unos Ejercicios ignacianos de la clase obrera. El disparate era afirmar que había dos absolutos. Y esto lo afirmabas después de haber hecho todos los estudios de filosofía y teología de un jesuita.

No es que hubieses estado distraído en las clases ni que no hubieras "empollado" las tesis de metafísica del "unum per se" o las de teología sobre el "De Trinitate"

No, nada de todo esto. Tu afirmación sobre los dos absolutos era la prueba de que la formidable maquinaria de los jesuitas no había sido capaz, en tantos años, de destruir tu doble convencimiento, tu doble compromiso, con el que llegaste al noviciado.

Este doble compromiso te lo había metido en lo más dentro de tu cuerpo el "ver, juzgar, actuar" de la JOC; te lo había enseñado el trabajo, la reflexión y la lucha de un joven militante obrero.

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Tu afirmacción sobre los dos absolutos la habías encontrado leyendo los evangelios. También allí hay una pregunta sobre el absoluto, sobre "el primero de todos", sobre el primero de todos los mandamientos (Mc 12, 28). La respuesta era clara y no podía ser otra: "Nuestro Dios es el único Señor". A una pregunta clara y precisa una respuesta corta y definitiva.

Pero el evangelista se da cuenta que la pregunta por "el primero de todos" conduce al engaño, a un reduccionismo, y añade, sin dilación alguna, completando la respuesta por "el primero": "Y el segundo es semejante... Ama al prójimo". El prójimo era para tí, como cada día recitarías a primera hora, "todos nuestros hermanos de trabajo", id est, la clase obrera.

En otros rincones del Nuevo Testamento se nos dirá que sólo la segunda parte ("amar el prójimo") da validez a la primera parte (1Jo 4, 20):

...porque quien no ama a su hermano que ve,

no puede amar a Dios, a quien no ve.

Lluís, has amado al hermano, a la hermana, que uno puede ver;

has afirmado, pues, el absoluto que nadie nunca ha visto ni oído.

Gracias por la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
22julio 2014
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