Qué es aquello que distingue la fe cristiana de la religión de los antiguos egipcios?
 
En las discusiones de teología fundamental y dogmática siempre reaparece, incluso hoy, este argumento de que es precisamente la confesión de Cristo, hijo de Dios, la nota distintiva entre el cristianismo y todas las otras religiones.

Precisamente es todo lo contrario: con la doctrina de la filiación divina del Salvador, el cristianismo sigue atado a representaciones "paganas" muy extendidas, y la cuestión se pone de manera totalmente nueva, incluso para el cristianismo:

      qué significa, en lel universo de la simbólica mítica, esta fe en una filiación divina?
Todo sigue siendo de Eugen Drewermann
 
Jesús no es el primer 
que los hombres hemos tenido
Toda la concepción de hijo de Dios, nacido de una virgen, cubierta por el Espíritu y la luz, estaba ya perfectamente elaborada unos cuantos miles de años antes que el cristianismo en el Antiguo Egipto, y era una realidad viva en los actos cultuales.

Hemos de admitir, reconociéndolo, que la teología de la filiación divina no es un concepto específicamente cristiano:

    el concepto central de la fe cristiana pertenece a la gran religión, por tres veces milenaria, de las tierras del Nilo, y representa, con la doctrina de la inmortalidad de Osiris, el don más precioso que el espíritu del antiguo Egipto haya legado al cristianismo.
Eso ya lo decía
 
aquel viejo escéptico 
del Eclesiastés
Coh 1, 9-10
Es importante constatar que en el mundo de la simbólica también está en vigor este texto del Cohelet: 
    Lo que pasó, eso pasará;
    lo que sucedió, eso sucederá:
    nada hay nuevo bajo el sol.
    Si de algo se dice: «Mira, eso es nuevo!»,
    ya sucedió en otros tiempos
    mucho antes de nosotros.
Inventar,
repitiendo
los mismos símbolos
La dinámica constitutiva de la historia de las religiones no consiste en "inventar" nuevas formas de expressión. 

Toda religión, cunado piensa y plasma lo "divino", lo hace desde la luz de unas formas (arquetipos o modelos originales) siempre las mismas. 

La verdadera riqueza, lo que es nuevo en la historia de las religiones, no son los símbolos, sino la interpretación de estos símbolos. 

    Y en este nivel de la interpretación de los símbolos, el cristianismo ha sabido hacer aparecer una novedad decisiva en el contexto del símbolo de la filiación divina.
¿Qué queremos decir
cuando designamos
a Jesucristo
como el "hijo de Dios"?
 
 

Cuando decimos: 

Creo en Jesucristo, 
el hijo único de Dios,
confieso que de verdad en mi vida he hecho, con Cristo, todas las experiencias que el aniguo egipcio asociaba a la persona del faraón.
 Sólo si en su encuentro con la figura de Jesús se experimenta como "nacido de nuevo", 
podrá creer em este hombre de Nazaret como "nacido(de nuevo) de la Virgen".

Y sólo a partir del momento en que descubra la figura de Jesús como una nueva oportunidad de recomenzar todo desde el principio y de poner fin a una vida que tiene todas las apariencias de una muerte prolongada,  
podrá designar la persona de Cristo como divina. 

    ¿Qué sería, pues, de Dios si el no fuera el origen de la vida, la fuente de la luz, la condición de la verdad?
Pero, entonces,
qué es aquello que distingue
la fe cristiana
de la religión
de los antiguos egipcios?
 
 
 

Una cosa es clara: 
la fe en la filiación divina de un hombre no puede, 
per si misma, 
fundamentar la diferencia entre el cristianismo
y la fe faraònica egipcia.

 En el nivel del simbolismo de la fe,
    hay una identidad perfecta entre la religión de los cristianos y la de los antiguos egipcios

    i ha una identitat perfecta entre la religió dels cristians i la dels antics egipcis.

Desde el punto de vista de la historia de las religiones, 
    deberáimos incluso hablar de una dependencia perfecta del cristianismo respecto de la religión del Oriente antiguo, y precisamente en aquello que constituye la afirmación central de la tradición de la fe cristiana,
...si no fuera que la psicología de las religiones nos obliga a pensar, con más fuerza aún, en un verdadero redescubrimiento de los modelos originales y arquetipos de interpretación de experiencias históricas que nunca han dejado de surgir -¡independientemente los unos de los otros!- en las religiones de los pueblos.
Seguir las huellas dejadas por el pueblo de los antiguos egipcios, el primero que en la historia de las grandes culturas, creyó en la filiación divina de un hombre Para poder comprender toda la fuerza y toda la riqueza de la simbólica de la filiación divina, del nacimiento virginal, del anuncio angélico... 
es inevitable para la fe cristiana, si se quiere comprender a sí misma, meditar y repensar las imágenes religiosas correspondientes del antiguo Egipto, 
    ya que es sólo a partir de aquí que podremos determinar los campos de experiencia a los cuales nuestro vocabulario cristiano quiere referirse.
El faraón,
una persona corporativa
Para un egipcio,
el rey tenía más bien la función de persona corporativa
esto es: en él estaba encarnada de manera ideal la imagen del hombre, del hombre tal y como estaba llamado, por su naturaleza, a llegar a ser a los ojos de los antiguos egipcios. 

En la figura del rey se hacía presente aquello a lo que cada uno, en virtud de su destino humano, tenía parte, con su único título de miembro de una misma religión y de un mismo pueblo.

    Por muy grandiosa que fuera la concepción egipcia de la filiación divina del faraón, la forma arcaica de la persona corporativa, bajo la cual aparece por primera vez este simbolismo, no deja de ser necesariamente ambivalente, i aquí se sitúa el verdadero punto de arranque del desarrollo cristiano, en lo que éste tiene de novedad y de profundización.
En un solo y único...

La libertat del hombre, 
cuando es proyectada sobre uno solo, 
no deja de ser una contraverdad en la medida en que debe ser afirmada como la no-libertat de todos

En la medida en que el ser verdadero del hombre, su dignidad y su grandeza se afirman y son representadas en uno solo, el contenido de aquello que quiere significar el símbolo no puede, formalmente, llegar a ser la verdad de todos

Con otras palabras, en la medida en que la forma de expresión simbólica en su exterioridad arcaica se mantiene como lo esencial, obstaculiza la apropiación de su propia verdad espiritual...

¿De qué manera podemos apropiarnos
de la inagotable riqueza
de las imágenes e ideas
del antiguo Egipto?
Si nos quedamos en la exterioridad de su expresión, desde estos faraones egipcios del Nuevo Imperio, iríamos a parar -en línea recta y desde el punto de vista histórico- a los Asirios y Babilonios, con su adoración sin límites del poder guerrero, y a la corte persa de Persépolis y a las temerarias expediciones de conquista de Alejandro el Grande, para acabar en la realeza divina de los Césares romanos.

Pero si queremos partir de la significación interior del símbolo religioso de la figura del hijo de Dios, estas imágenes del antiguo Egipto nos conducen en línea recta a los dogmas de la Iglesia primitiva. 

Y es ahora, a partir de aquí cuando el cristianismo puede gloriarse de haber recogido, con toda su fuerza espiritual, el simbolismo central del Egipto antiguo y de haberlo elevado, en su pura interioridad, a la categoria de expresión central de su propia fe.

¿Quién es
el "Rey de reyes", 
el "Rey de la gloria",
el "Rey eternal"?           
Ap 17, 14, Ps 24, 10, Ps 29, 10
El verdadero "Rey" para Jesús es quien vive la idea de la filiación divina como si fuera una verdad válida para todos y quien se esfuerza por captar la dignidad real de todo hombre, incluso la que yace escondida en el rostro más desfigurado.
    Loque comenzó en el Antiguo Egipto bajo la figura de una pretensión a la libertad de uno solo, se cumple en el cristianismo bajo la forma de una libertad para todos que rompe todo yugo de esclavitud (Gal 5, 1)

    Loque se estableció en el antiguo Egipto como filiación divina del "hijo del sol",
    encuentra su cumplimiento allí donde es dado a los "hijos de la luz" de llegar a ser "hijos adoptivos de Dios" (Gal 4, 5; Ef 5, 8)


 
 
 
 
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