Cochabamba, Bolivia. 1997 (24-30 agosto)

III Encuentro-Taller de Teología India

PALABRAS DE APERTURA

Quiero compartir con ustedes en este momento de gran importancia una reflexión que otros hermanos indígenas de la región Mayense de Mesoamérica elaboraron para su encuentro hace dos años, pero cuya vigencia sigue teniendo actualidad hasta ahora.
En uno de los libros sagrados de nuestros pueblos, el Pop Wuj, aparece el siguiente texto:
Cuando en el pasado sobrevino varias veces la oscuridad y la noche, como resultado de crisis globales o parciales de nuestros pueblos, los pobres buscaron la seguridad de un pequeño cerro y ahí, en ayuno y oración, esperaron apesadumbrados el advenimiento del Sol que debía calentar la vida del mundo nuevo. Y la señal que les llenó de gozo era la estrella de la mañana, que precede al amanecer.

Hoy, en circunstancias similares a las del pasado, los hijos de los pueblos originarios de este continente, nos reunimos también en oración, al amparo de los cerros o Apus de este grandioso valle de Cochabamba para compartir nuestros gozos y esperanzas, nuestras tristezas y angustias, ante realidades nuevas y estrujantes que nos vienen del mundo actual. Hemos llegado acá para hacer juntos una experiencia de fe, y para testimoniar que el Dios de nuestros padres, que es el mismo que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, no nos ha abandonado, y que, a pesar de plagas y sequías incontables, en los sembradíos de los tiempos modernos está germinando la semilla indígena de la vida que sembraron en nosotros nuestros antepasados. Nuestras iglesias, aún en medio de contradicciones, van abriendo espacio a la presencia indígena en ellas. "Se les apareció Juan Diego", el indio está resucitando de la tumba de siglos a que lo han metido. Los rostros milenarios de Dios, que celosamente guardan nuestros pueblos y que antes eran ignorados y hasta condenados, están ahora apareciendo, ante la mirada de fieles y pastores de la Iglesia, como admirables rosas, que fueron cultivadas en el invierno frío impuesto sobre nuestros pueblos. Estas flores son las que ahora venimos a entregar como ofrenda de solidaridad para todos los que quieren recibirlas.

Podemos decir que la voz indígena de nuestros días es como la moneda perdida y olvidada de la parábola de Jesús, que volvemos a encontrar, después de barrer cuidadosamente nuestra casa, para volver a ponerla en orden, ya no desde la perspectiva de quienes buscan dominarnos, sino desde nosotros mismos. Esa moneda perdida y encontrada puede ser acogida por los demás con la alegría de quien halla un tesoro muy valioso (Cfr. Lc. 15, 8-10), si unos y otros nos abrimos al don de Dios y de los hermanos. A quienes dudan de que de Nazaret, es decir, de los pobres pude venir algo bueno, nosotros los indígenas, con los hechos, podemos responderles: Hermano, hermana, ciertamente no tenemos oro no plata, pero lo que tenemos eso compartimos contigo: nuestra fe inquebrantable en el Dios de la Vida, ven y bebe de nuestros cántaros ancestrales.

A los hermanos de las iglesias que nos han visto como presas a conquistar o como enemigos a vencer, les reiteramos que somos aliados de la misma causa: la causa de Dios, la causa de la vida, la causa del bien. Unamos todas nuestras fuerzas para que triunfe la vida frente a los proyectos de muerte que tratan de imponernos. Para la Iglesia y para la sociedad debemos de sostener lo que un hermano de Paraguay dijo recientemente: Los indios no somos el problema, somos más bién la solución. Dicho ésto con la humildad y la responsabilidad que el caso amerita.

Hoy nos encontramos en verdad en un Kairós de gracia, que podemos aprovechar. Que el Espíritu nos ayude a vivir plenamente este tiempo propicio. Y los antepasados nos guíen por el camino correcto.

Vinto, Cochabamba, Bolivia
25 de agosto de 1997