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Sant Ignasi de Loiola 
        i la pena de mort
Cuadre de Coello restaurat. Autèntic retrat de Sant Ignasi
Una mula més "tolerant"... que ell
 

Pues, yendo por su camino, le alcanzó un moro, caballero en un mulo; y yendo hablando los dos, vinieron a hablar en Nuestra Señora; y el moro decía que bien le parecía a él la Virgen haber concebido sin hombre, mas el parir quedando virgen no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían.
La  cual opinión, por muchas razones que le dio el peregrino, no pudo deshacer. Y así el moro se adelantó con tanta priesa, que le perdió de vista, quedando pensando en lo que había pasado con el moro. Y en esto le vinieron unas mociones que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber, y también le causan indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dijese tales cosas de Nuestra Señora, y que era obligado volver por su honra.
Y así le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado hacer.
El moro, que se había adelantado, le había dicho que se iba a un lugar que estaba un poco adelante en su mismo camino, muy junto del camino real, mas no que pasase el camino real por el lugar.
Y así, después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto: scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y la daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar.
Y haciéndolo así como pensó, quiso Nuestro Señor que, aunque la villa está a poco más de treinta o cuarenta pasos, y el camino que a ella iba era muy ancho y muy bueno, la mula tomó el camino real, y dejó el de la villa.

Autobiografía
cap II

 

En los países recuperados por las autoridades católicas, éstas siguieron el programa que Ignacio de Loyola trazó ya en 1554, en la célebre carta dirigida a Pedro Canisio, apóstol de Alemania.

Al dictar esas instrucciones que acabamos de leer, San Ignacio caminaba en el sentido deseado por la Iglesia romana de su tiempo. Paulo III había creado en 1542 la Congregación de la Inquisición, y ésta ocasionó la huida de Italia de todo un grupo de humanistas heterodoxos 

En 1564, Pío IV, siguiendo las recomendaciones de las sesiones XVIII y XXV del Concilio de Trento, publicó un primer Index de libros prohibidos. 

El Concilio de Trento fue uno de los puntos culminantes de la historia del mundo católico. "Cuanto más lo estudiamos..., mejor comprendemos xu extraordinaria importancia en la vida íntima de la  Iglesia". Fue el vasto crisol donde se confirmó y perfeccionó la purificación..., el punto de reunión de todas las fuerzas católicas de la Reforma, la abrupta afirmación de posiciones antiprotestantes. Para rechazar con más fuerza la justificación por la fe sola, exageró el valor de las obras y desarrolló la noción de mérito. El Concilio, frente a Lutero y Zuinglio, que se habían burlado de las indulgencias y de las peregrinaciones, frente a Calvino, que había ironizado sobre las reliquias, mantuvo todas las formas tradicionales de piedad; confirmó también el culto a las imágenes.

Por temor a favorecer la idea luterana del sacerdocio universal de los fieles -escribe L.E. Halkin (12)-, no quiso acercar el celebrante a los asistentes,  mantuvo de hecho la misa como un espectáculo piadoso. Por esto el Concilio exaltó el ceremonial y lo justificó, con argumentos psicológicos. 

El concilio no sólo conservó los siete sacramentos, sino que rechazó también la comunión bajo las dos especies, querida por Lutero y antaño concedida a los utraquistas de Bohemia. La "presencia real" fue afirmada con fuerza frente a las teorías zuinglio-calvinistas. Altares monumentales y grandiosas procesiones simbolizaron el triunfo del Santísimo Sacramento contra la herejía, "con objeto de que los adversarios sean confundidos por su gloria o llevados a renegar de sus errores". Pero no se concedió a los laicos ni la Biblia ni la misa en lengua vulgar. Para oponerse más rotundamente al protestantismo, el arte de la Contrarreforma inventó el confesionario, exaltó a la Virgen y a los santos y opuso el "triunfalismo católico" a la modestia y desnudez de la Reforma.

Allí donde la situación política lo permitía, la Iglesia romana empleó para la reconquista de las almas los más diversos métodos: aquí la dureza recomendada por Ignacio de Loyola; en otros sitios, la persuasión que practicaba Francisco de Sales (1567-1622) cuando fijaba proclamas en la puerta de los protestantes de Thonon. La Iglesia romana multiplicó las diócesis, construyó o reconstruyó templos, creó seminarios, universidades y colegios, y utilizó la incansable y fiel actividad de las órdenes religiosas. Jesuitas y capuchinos fueron excelentes agentes de la reconquista. El padre José seguía los ejércitos de Luis XIII durante las guerras de religión que asolaron nuevamente Francia entre 1620 y 1629, y se esforzaba por fundar conventos de capuchinos en cada ciudad reocupada por las tropas reales. Los jesuitas se establecieron en las regiones francesas de mayor influencia protestante.

Jean Delumeau 
La Reforma 
Nueva Clío nº 30 
Barcelona (1977)

D'una carta
de Sant Ignasi a Pere Canisi


Y ahora procuraré indicar brevemente lo que en este negocio sienten algunos graves teólogos de nuestra Compañía de juicio y doctrina, y animados de muy especial afecto de caridad para con la Alemania.

Y lo primero de todo, si la Majestad del Rey se profesase no solamente católico, como siempre lo ha hecho, sino contrario abiertamente y enemigo de las herejías, y declarase a todos los errores hereticales guerra manifiesta y no encubierta. Éste parece que sería, entre los remedios humanos, el mayor y más eficaz.

De éste seguiríase el segundo de grandísima importancia: de no sufrir en su Real Consejo ningún hereje, lejos de parecer que tiene en gran estima a este linaje de hombres, cuyos consejos, o descubiertos o disimulados, es fuerza creer que tiendan a fomentar y alimentar la herética pravedad, de la que están imbuidos.

Aprovecharía también en gran manera no permitir que siga en el gobierno, sobre todo en el supremo, de alguna provincia o lugar, ni en cargos de justicia ni en dignidades, ninguno inficionado de herejía.

Finalmente, ¡ojalá quedase asentado y fuese a todos manifiesto, que en siendo uno convencido, o cayendo en grave sospecha de herejía, no ha de ser agraciado con honores o riquezas, sino antes derrocado de estos bienes! Y si se hiciesen algunos escarmientos, castigando a algunos con pena de la vida, o con pérdida de bienes y destierro, de modo que se viese que el negocio de la religión se tomaba de veras, sería tanto más eficaz este remedio.

Todos los profesores públicos de la Universidad de Viena y de las otras, o que en ellas tienen cargo de gobierno, si en las cosas tocantes a la religión católica tienen mala fama, deben, a nuestro entender, ser desposeídos de su cargo. Lo mismo sentimos de los rectores, directores y lectores de los colegios privados, para evitar que inficionen a los jóvenes, aquellos precisamente que debieran imbuirlos en la piedad. Por tanto, de ninguna manera parece que deban sufrirse allí aquellos de quienes hay sospecha de que pervierten a la juventud; mucho menos los que abiertamente son herejes. Y hasta en los escolares en quienes se vea que no podrá fácilmente haber enmienda, parece que, siendo tales, deberían absolutamente ser despedidos. Todos los maestros de escuela y ayos, deberían tener entendido y probar de hecho con la experiencia, que no habrá para ellos cabida en los dominios del Rey, si no fueren católicos y dieren públicamente pruebas de ellos.

Convendría que todos cuantos libros heréticos se hallasen, hecha diligente pesquisa, en poder de libreros y de particulares, fuesen quemados, o llevados fuera de todas las provincias del reino. Otro tanto se diga de los libros de los herejes, aun cuando no sean heréticos, como los que tratan de gramática o retórica o de dialéctica, de Melanchton, etc., que parece que deberían ser de todo punto desechados en odio a la herejía de sus autores. Porque ni nombrarlos conviene, y menos que se aficionen a ellos los jóvenes, en los cuales se insinúan los herejes por medio de obrillas; y bien pueden hallarse otras más eruditas, y exentas de este grave riesgo. Sería asimismo de gran provecho prohibir bajo graves penas que ningún librero imprimiese alguno de los libros dichos, ni se le pusiesen escolios de algún hereje, que contengan algún ejemplo o dicho con sabor de doctrina impía, o nombre de autor hereje. ¡Ojalá tampoco se consintiese a mercader alguno, ni a otros, bajo las mismas penas, introducir en los dominios del Rey tales libros impresos en otras partes!

No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; y a los convencidos de ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de pecados públicos pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías.

Los predicadores de herejías, los heresiarcas y, en suma, cuantos se hallare que contagian a otros con esta pestilencia, parece que deben ser castigados con graves penas. Sería bien se publicase en todas partes, que los que dentro de un mes desde el día de la publicación se arrepintiesen, alcanzarían benigno perdón en ambos foros, y que, pasado este tiempo, los que fueren convencidos de herejía, serían infames e inhábiles para todos los hoinores. Y aun, pareciendo ser posible, tal vez fuese prudente consejo penarlos con destierro o cárcel, y hasta alguna vez con la muerte; pero del último suplicio y del establecimiento de la inquisición no hablo, porque parece ser más de lo que puede sufrir el estado presente de Alemania.

Quien no se guardase de llamar a los herejes "evangélicos", convendría pagase alguna multa, porque no se goce el demonio de que los enemigos del Evangelio y de la cruz de Cristo tomen un nombre contrario a sus obras; y a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud.

Los sínodos de los obispos y la declaración de los dogmas, y señaladamente los definidos en los concilios, serán tal vez parte para que vuelvan en sí, informados de la verdad, los clérigos más sencillos y engañados por otros. Aprovechará asimismo al pueblo la energía y entereza de los buenos predicadores y curas y confesores en detestar abiertamente y sacar a luz los errores de los herejes, con tal de que los pueblos crean las cosas necesarias para salvarse, y profesen la fe católica. En otra cosas que pueden tolerarse, acaso convendría cerar los ojos.

Hasta aquí hemos tratado de las cosas que toca a desarraigar los errores; hablemos ya de las que ayudan a plantar la sólida doctrina de la verdad católica...
 

Roma, 13 de agosto de 1554
 
La carta sencera la podeu trobar a la pàgina 924 de les OBRAS COMPLETAS (3 edició) de la B.A.C.

El P. Iparraguire, autor de la introducció i de les notes a les cartes d'aquesta edició de la B.A.C., exculpa Sant Ignasi tot recordant la història del segle XVI i la mentalitat religiosa dels homes d'aquells temps.

Así acabó por comprenderlo Lutero, cuyo espíritu se orientó hacia la intolerancia. Así lo comprendió Calvino, como lo hizo ver a Miguel Servet. Así lo comprendieron Enrique VIII e Isabel I, que hicieron imposible en Inglaterra toda oposición de palabra o por escrito.

I afegeix:

Es en este contexto histórico y dentro de este espíritu donde hay que juzgar los medios propuestos por San Ignacio, ideas que son las mismas que expresó el canciller Tomás Moro en su Apología. Prefiere teóricamente el buen ejemplo a las medida coercitivas, pero sabe que el mal está demasiado extendido para que triunfase sólo la primera medida".

Però en aquells temps també hi havia altres veus. Per exemple, la de Fra Antonio del Corro, un dels dotze frares que van fugir del convent de San isidoro del Campo (Sevilla), els quals, cansados de las incertidumbres de su superior entre un evangelismo de esencia seglar y una espiritualidad fundada en el ascetismo del claustro, es decidien per penjar els hàbits i fer camí cap a Ginebra

Segons Marcel Bataillon, Antonio del Corro

...es a todas luces un heredero de las tendencias irenistas del erasmismo español, que lo hicieron enfrentarse al sectarismo de las jóvenes iglesias reformadas. Veáse el pasaje de su Lettre envoiée à la Majesté du Roy des Espaignes (1567), donde reclama amnistía para los delitos de religión y libertad de conciencia en el suelo de España.

Del grup d'aquests dotze frares fugats -quasi tots ells cremats en efigie en l'auto de fe celebrat a Sevilla el 26 d'abril de 1562- formaven part Casiodoro de Reina (el traductor de la Biblia del Oso, el text de la qual es va publicar el 1569 a Basilea) i Cipriano Valera (qui va revisar el text anterior i el va imprimir a Amsterdam el 1602). És la famosa versió castellana de la Biblia, la Reina-Valera.

Gràcies per la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
Octubre 1999
Última revisió: 11 octubre 2007
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Sant Ignasi tingué una consulta amb els PP. Laínez, Salmerón, Olave, Frusio i Polanco


 

Bernardino Ochino o Bernardino de Siena
  
1447 Neix a Siena, fill de Domenico Tommasini
1534 Ingressa en els caputxins, ordre de la família franciscana fundada el 1528, que havien establert un convent a Siena
  Brillant orador sagrat, predica penitència per tot arreu d'Itàlia
1536 Comença a participar en el grup espiritual dirigit per Juan de Valdés, en el qual també hi assisteixen senyores de la noblesa (Júlia Gonzaga, Victoria Colonna...) i Pere Vermigli, Carnesechi. És així iniciat en les idees místiques i protestants alemanyes
1538 És elegit com Vicari General dels caputxins
1541 Reelegit, contra la seva voluntat, com Vicari General. El seu nom sona també com a futur cardenal
  Comencen lluites internes i ja es fa sospitós d'heretgies
1542 Acusat davant el Tribunal de la Inquisició és cridat pel papa a Roma per a retractar-se. 
De camí a Roma es troba amb Florencio Vermigli, qui li aconsella la fugida a Suïssa. Passa un temps a Ginebra
1545 El trobem a Basilea i , més tard, a Ausgburg
1547 Al rendir-se la ciutat d'Ausgburg a l'emperador (Carles V), s'escapa després de moltes peripècies, a Estrasburg. I després a Londres, invitat per Cranmer, arquebisbe de Canterbury. 
A totes aquestes ciutats es presenta com predicador de la comunitat evangèlica italiana
1553 Maria Tudor, la Catòlica, reina d'Anglaterra. 
Un cop més ha de fugir, aquest cop a Ginebra i Basilea. Més tard el trobem dirigint la comunitat evangèlica italiana de Zuric
  Els seus escrits, com El Laberint i El Catecisme li fan guanyar no pocs enemics, i els seus Trenta Diàlegs, escrits a instàncies del Consell de Zuric causen escàndol en no defensar suficientment la Trinitat i la monogàmia
1563 Per tot això i tenint com enemics els calvinistes, és expulsat del país. 
Passa a Polònia i a Moràvia
1565 Mor a Moràvia
 

 
 
 


 

Pere Vermigli
 
  
1500 Neix a Florència
  Ingressa de molt jove a la Congregació de Canonges Regulars de Sant Agustí a Fièsole
  Es dedica a la predicació i a l'ensenyament de teologia i filosofia
  Superior del col·legi de Sant Pere de Nàpols
  Comença la seva amistat amb Juan de Valdés, qui el vol convèncer de les noves idees reformistes
  És nomenat Visitador General de la Congregació. La seva severitat li fa guanyar moltes antipaties
1542 Denunciat per la seva dubtosa ortodoxia en els sermons, és cridat a presentar-se davant el Capítol General, reunit a Gènova 
Fuig a Zuric, i després passa a Basilea i Estrasburg 
Es declara ja obertament per les noves idees. Accepta una càtedra de Teologia a Estrasburg
1546 Es casa
1547 Cridat per Cranmer, arquebisbe de Canterbury, es trasl·lada a Anglaterra.
1548 Doctorat en Teologia. 
S'encarrega d'una càtedra de Teologia a Oxford
1553 Maria Tudor, la Catòlica, reina d'Anglaterra. 
S'escapa a Estraburg, i d'aquí a  Zuric
1562 Mor a Zuric