Mi correspondencia con...

...Manolo Fortuny

Subject: Re: Manolo Fortuny
Date: Wed, 13 Jul 2005 21:47:25 +0100
From: Miquel Sunyol
To:

Hola Manolo:

Si me hubieran llegado a decir a mi que podría enviar un e-mail al Tchad, yo que pude estar tres años sin recibir una llamada telefónica.

Ya me ha dicho Alvaro que este año no te toca venir y que pasarás la época de lluvias con la tranquilidad que da el no poder circular por las carreteras. Esto quiere decir que me podrás dedicar un poco de tiempo, aprovechando tus bien reconocidas cualidades de escritor.

El tema supongo que ya te lo imaginas: la visita del P. Arrupe del año 70. Por ahora ya tengo hecha la etapa de Valencia y la de Barcelona. Ahora me toca la cena en El Picarral. Según el catálogo tú serías uno de los participantes.

¿Qué me podrías decir de todo eso?

"Todo eso" quiere decir si tuvisteis una discusión interna entre recibirle o no (como hicieron los de Valencia y Barcelona). ¿Por qué esa actitud diferente? ¿Cómo preparasteis la visita? ¿Hicisteis un escrito-guión? ¿Qué le disteis para cenar? ¿Cómo fue la conversación? ¿Qué temas se trataron? Y también -¿por qué no?- qué consideraciones personales harías ahora, después de más treinta años, de las diversas actitudes que se adoptaron? Y todo lo que quieras...

No me digas que estás muy lejos ya de todo esto: tengo respuestas desde Cuba y desde Nicaragua... Quedaría muy bien una desde el Tchad (así se vería la internacionalización de la Compañía y que el continente de Africa está muy presente).

Todo esto lo puedes ver a partir de http://www.sunyol.net/miquel

Otro tema. Dedico un tiempo de mi jubilación a hacer el archivo de Misión Obrera. He comenzado con todos los documentos que tenía ya recogidos Jesús Jiménez para su trabajo de Licencia. Supongo que me dirás que todo lo que tenías se lo pasaste al siguiente… Si tuvieras alguna cosa o algún documento más personal digno de ser conservado en el archivo… sería bien recibido. Pero de eso podremos hablar el año que viene…

Mañana me iré a Girona para ver a… , que no hace mucho lo han operado de próstata.

Agradeciéndote tu colaboración, muchas gracias.

Miquel
sscu@tinet.cat

Subject: de Manolo Fortuny
Date: Sun, 11 Sep 2005 07:14:18 +0100 (Paris, Madrid)
From: P. Lomazzi
To: sscu@tinet.cat

message joint

Kyabé, 9 septiembre 2005
Manolo en su oficio de fotógrafo

Benvolgut Miquel:

Para empezar, felicitarte porque te has decidido a escribirme en catalán.

Recibí tu e-mail del 13-07-05. Me sorprendió que me escribieras, pero no el motivo: nadie más que tú podía estar haciendo este tipo de investigación. Es verdad, como dices en tu mensaje, que "quizás ahora podrás escribir ya que tenéis la estación de lluvias". Me costaba ponerme a escribir haciendo un salto tan grande, pero ayer mismo decidí ponerme delante del ordenador.

Para mí es un reto por dos razones: porque me hace pensar la vida sobre elementos que quedan bastante lejos, y estoy acostumbrado a reflexionar las cosas que escribo tres o cuatro días más tarde de haber sucedido. ¡Y tú me hablas de cosas sucedidas hace treinta y cinco años!, como bien sabes.

En segundo lugar es un reto porque todas las personas evolucionan con el tiempo, y las cosas que yo pensaba hace treinta y cinco años y las circunstancias que vivíamos entonces eran muy diferentes de las actuales. Por esta última razón empezaré describiendo estas circunstancias personales y ambientales.

  1. Tenía 25 años, el año 1970. Hacía dos años que había salido del filosofado de Sant Cugat en donde se movían tantas cosas en aquellos últimos años del franquismo. Cuando llegué a El Picarral me encontré con un equipo de 4 sacerdotes jesuitas, dos de los cuales llevaban la parroquia y los otros dos eran sacerdotes nuevos a quienes el obispo no les permitía trabajar. Yo, como entonces en el barrio era el Manolo, el que vive con los curas, no tuve ningún problema para ponerme a buscar trabajo. Entré a trabajar en una fundición, a cinco minutos de casa, el primero de septiembre de 1968.
    En aquellos momentos yo tenía muy poco peso dentro de aquel grupo de jesuitas tanto a nivel social, como ideológico y teológico. La llegada del P. Arrupe a España la recibimos en El Picarral como una ola de preocupación que se extendió rápidamente entre todos los equipos de Misión Obrera en el Estado español. En aquel tiempo era un joven que había sufrido un desclasamiento importante en su vida, igual que muchos otros compañeros jesuitas.
    Y estábamos viviendo muy profundamente las tensiones políticas y económicas que vivía la clase trabajadora de aquel tiempo. Oír que el P. Arrupe llegaba a España y que iría a visitar a Franco para agradecerle -ahora no podría decir qué tipo de ayuda que habían recibido en el Japón- provocaba una reacción automática en un contexto diario de lucha desde la clase trabajadora al lado de tantos grupos políticos que luchaban desde la clandestinidad contra la dictadura. Para redondear la situación hay que reconocer que estas circunstancias nos hacían vivir un maximalismo ideológico que nos impedía una cierta serenidad a la hora de tener un diálogo con otras personas, y del cual ahora todavía me siento avergonzado.
    A nuestra casa nos llegó la noticia de que los otros compañeros no recibirían al P. Arrupe. Tuvimos una reunión en casa y se decidió: si los otros no lo quieren recibir, tienen muy buenas razones para hacerlo y nosotros también estamos de acuerdo, pero ¿por qué no recibirle y decirle todo lo que no ha podido oír de los otros?
    Con este argumento quedó justificado para nosotros el acoger al P. Arrupe en casa, y decidimos que cada uno de los cinco hablaría de un tema con toda libertad, siendo conscientes que entre todos debíamos expresarle las tensiones de la Misión Obrera española del momento. El patíbulo del buen P. Arrupe estaba preparado.
    Al saberse que nosotros recibiríamos al P. Arrupe en el barrio de El Picarral de Zaragoza, se creó una cierta expectativa entre los grupos políticos de base, y todavía más por parte de la policía secreta de aquel tiempo. De hecho unos amigos nos dijeron que uno de los policías había intentado grabar lo que decíamos aplicando un minúsculo micrófono en la cerradura de la puerta.
    También habíamos hablado días antes sobre lo que le daríamos para cenar. Siguiendo el estilo maximalista antes mencionado, teníamos que ser consecuentes con el tipo de vida que llevábamos. En aquel tiempo, una señora del barrio nos preparaba la comida y nos la traía en una fiambrera de aquellas de aluminio. Decidimos ofrecerle una cena de este mismo estilo: una ensalada de tomate, una fiambrera llena de sardinas asadas, pan y un porrón de vino. Todo puesto en medio de la mesa y que cada uno se pusiera en el plato lo que quisiera comer. El porrón iba pasando de mano en mano. El grupo de tres o cuatro jesuitas que acompañaban al P. Arrupe vivían la situación con mucha tensión, y un signo de lo que digo podría ser las efusivas risas que todos hicieron cuando el P. Arrupe agarró el porrón y bebió con no demasiado acierto cayéndole parte del vino fuera de la boca. A nosotros nos pareció un hecho simpático de cercanía, pero aquella escandalosa risa de los otros nos pareció sobrera. Y llegó el momento de hablar.
  2. Lo que me queda en la memoria de aquella conversación: es una lástima que la memoria visual que todavía guardo de aquella cena no se haya mantenido al mismo nivel en cuanto a la memoria de los contenidos. Los acompañantes del P. Arrupe habían decidido darnos un tiempo limitado a cada uno, controlado reloj en mano, no en la mano del P. Arrupe, sino en la del jefe del protocolo. Todos, por turno, fuimos diciendo lo que habíamos preparado para decirle. . Estábamos acostumbrados a vivir dentro del conflicto y vivíamos convencidos de que el conflicto era bueno para ayudar a crear situaciones nuevas y positivas, dentro del criterio de acción utilizado por los grupos de izquierda de aquel momento: "Agudizar las contradicciones".
    Lo único que recuerdo y no lo olvidaré nunca es el título del tema que yo escogí para exponerle a Arrupe: La vergüenza de ser jesuita. Intentaré describir desde qué experiencia vi como lo más natural hablarle de este tema.
  1. En aquel tiempo yo trabajaba en una empresa de fundición de acero, pero como ayudante de laboratorio. Por allí, de tanto en tanto, venían los dos jóvenes ingenieros técnicos, que de hecho eran clase media, y hablaban de los hijos del todopoderoso contable de la empresa que iban al colegio de los jesuitas. Ellos se sentían clase inferior y sin poder adquisitivo para llevar los hijos a un tal colegio. Yo me mantenía en un rincón secando los vasos sin ningún derecho a participar en aquella conversación, pero abriendo del todo mis oídos que escuchaban cosas que me llegaban tan adentro.
  2. A la hora del "bocadillo" nos reuníamos todos los trabajadores, uno sentado sobre un rollo de hierro, el otro sobre una vagoneta del tren de fundición, cada uno donde se encontraba más cómodo para desenfundar aquel bocata envuelto en una hoja del periódico local del domingo anterior. En aquella conversación, tan espontánea y a la vez de un lenguaje tan directo sobre temas de salarios, sobre temas políticos, sexuales y anticlericales, era una expresión bien conocida la palabra "jesuita" para lanzarla contra alguien a quien se quería insultar, ya sea para calificarlo como falso o como traidor. Ellos no sabían que yo era jesuita. Años más tarde me elegirían como delegado de empresa por parte de los trabajadores.
  3. Por aquel tiempo, no recuerdo exactamente las fechas, se realizó la operación venda de los terrenos del antiguo colegio de los jesuitas de El Salvador, en el centro neurálgico de la ciudad. La prensa local hablaba a menudo de ello y se hablaba de que la operación supondría entre unos 600 y 900 millones de pesetas de aquel tiempo. Eran cifras astronómicas en aquel momento. Yo recuerdo que en aquel tiempo ganaba 3.000 pts al mes. No es de extrañar, pues, con todo lo que acabo de contar, de que nunca nos dejasen participar en la discusión de aquella operación.

El P. Arrupe no intentó en ningún momento refutar lo que nosotros le decíamos, y se mostró siempre muy atento en lo que le manifestábamos. Una vez cubierta aquella rueda de intervenciones, tan dura en muchos aspectos, todos nos quedamos con el descanso de la tarea ya cumplida.

El del reloj dijo que era la hora de irse. El líder ideológico del grupo de casa dijo que el P. Arrupe estaba en nuestra casa y que todavía había cosas para decir. El P. Arrupe le dijo que hablara. Le dejaron hablar un poco, y, al cabo de tres minutos, el jefe de protocolo dijo que se había acabado. Nuestro compañero dijo que si no podía hablar al P. Arrupe en su casa, que se iba. Se levantó y se fue, subiendo las escaleras, a la planta alta de nuestra vivienda. Para mí fue un momento muy crítico, pues no llegaba a imaginar lo que suponía aquel gesto de nuestro compañero: si quería decir que dejaba la Compañía o qué. De hecho el P. Arrupe ya no intervino más. Cuando nos despedíamos, nuestro compañero bajó y el P. Arrupe se le hizo el encontradizo y le habló de un modo muy tranquilo dándole ánimos. Verlos hablar solos y a parte, me dio tranquilidad.

A nivel ideológico, uno de los grandes defectos que vivíamos en aquellos momentos -así lo califico ahora pasados ya todos aquellos años- era un simplismo de análisis muy gordo. Aquel simplismo era característico de muchas reivindicaciones obreras y nos hacía caer siempre en un gran maniqueísmo. Todo era una cosa de buenos contra malos. Creo que a lo largo de toda aquella visita el P. Arrupe siempre fue el bueno, lo sentíamos como nuestro P. General, el nuestro, aunque tuviéramos que ponerle cuestiones muy duras y le habláramos con toda sinceridad, sabiendo y confiando que nos escucharía, como efectivamente hizo. Los malos de la película en este caso fueron los que le acompañaban y creo que fueron los que se lo pasaron peor.

Supongo que alguna de las preguntas de los otros compañeros iría en el sentido de preguntarle por qué iba a visitar a Franco, pero no lo puedo afirmar con certeza, ni tampoco qué respondió el querido P. Arrupe. Durante muchos años he pensado en esta visita, cómo la vivimos, cómo la padecimos, y la calidad humana y espiritual que nos demostró el buen P. Arrupe. Siempre le he quedado muy agradecido por todo ello.

Manolo Fortuny SJ
Kyabé (Txad), 35 años después.

Subject: Re: de Manolo Fortuny
Date: Tue, 13 Sep 2005 21:48:39 +0100
From: Miquel Sunyol
To: P. Lomazzi

Hola:

Muchas gracias por tu colaboración y por la ilusión que me ha hecho recibirla desde Kyabé. Tu escrito es de los que "justifican" mi intento de "recogida de documentos y de trozos de memoria".

Posiblemente la semana que viene iré a Zaragoza y tenddré una charla con Luis Anoro (supongo que es él a quien tú llamas "lider ideológico del grupo"), pues ahora ya me toca hablar de la etapa del P. Arrupe en Zaragoza. Ya hace tiempo que me puse en contacto con Carmelo Martínez: ahora lo volveré a hacer. Recordaba bien la cena de las sardinas. También recordaba esta cena Moragues, con quien hablé largo a principios de verano.

Ya se sabe que yo aquí
no lo acertaba

Cuestiones menores de estilo: cuando dices "Es una lástima que la memoria visual que tengo de aquella cena no esté al mismo nivel de la memoria de los contenidos", supongo que quieres decir que tienes más "memoria visual" que "memoria de contenidos". Si es así me tomaré la libertad de cambiar el orden la frase.

Supongo también que escribes el catalán como se habla y se escribe en Mallorca. Habré de buscar otro "corrector" que no sea nuestro Ignasi Anzizu, el cual, a veces, después de hacerse rogar mucho, me corrige mis escritos en catalám (cuando quiero, como en tu caso, que las cosas salgan bien).

Finalmente ha sido Ignasi
quien ha corregido.
Estuvo un par de años
en el colegio de Mallorca

Cuando publique en la web todo esto de Zaragoza, ya te avisaré.

Saluda de mi parte al P. Lomazzi: lo recuerdo bien. Las primeras semanas en el Tchad las pasé en Bedaya, en su casa, donde Sariego y yo hicimos el aprendizaje de la lengua con el P. Mounier(¿) (no sé si este nombre lo digo bien). En vez de Bedaya he estado a punto de poner Bekamba, pero he tenido la buena idea de consultar la primera carta que escribí desde el Tchad a mi familia que, bien archivadas por mi padre, recuperé al cerrarse la casa de Barcelona.

Te repito las gracias.

Miquel

No te pido que saludes a los conocidos de "mi" sector, pues, después de más de treinta años, no creo que me recuerden

Los otros
testimonios
Luis Anoro
Eugenio Arraiza
Mario Cuartero
Carmelo Martínez