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PONCIO PILATO EN FLAVIO JOSEFO

Los estandartes

Cuando Pilato fue enviado por Tiberio como procurador de Judea, llevó de noche a escondidas a Jerusalén las efigies de César, que se conocen por el nombre de estandartes. Este hecho produjo al día siguiente un gran tumulto entre los judíos. Cuando lo vieron los que se encontraban allí, se quedaron atónitos porque habían sido profanadas sus leyes, que prohíben la presencia de estatuas en la ciudad. Además, un gran número de gente del campo acudió también allí ante la indignación que esta situación había provocado entre los habitantes de la ciudad. Se dirigieron a Cesarea y pidieron a Pilato que sacara de Jerusalén los estandartes y que observara las leyes tradicionales judías. Pero como Pilato se negó a ello, los judíos se tendieron en el suelo, boca abajo, alrededor de su casa y se quedaron allí sin moverse durante cinco días y sus correspondientes noches.

Al día siguiente Pilato tomó asiento en la tribuna del gran estadio y convocó al pueblo como si realmente desease darles una respuesta. Entonces hizo a los soldados la señal acordada para que rodearan con sus armas a los judíos. Éstos se quedaron estupefactos al ver inesperadamente la tropa romana formada en tres filas a su alrededor. Mientras, Pilato les dijo que les degollaría, si no aceptaban las imágenes de César y dio a los soldados la señal de desenvainar sus espadas. Pero los judíos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, se echaron al suelo todos a la vez con el cuello inclinado y dijeron a gritos que estaban dispuestos a morir antes que no cumplir sus leyes. Pilato, que se quedó totalmente maravillado de aquella religiosidad tan desmedida (to. th/j deisidaimoni,aj a;kraton), mandó retirar enseguida los estandartes de Jerusalén.

Guerra de los judíos
L. II, 169-174

El tesoro del Templo

Después de estos hechos, Pilato provocó otra revuelta al gastar el Tesoro Sagrado, que se llama Corbán, en la construcción de un acueducto para traer el agua desde una distancia de cuatrocientos estadios. El pueblo se indignó ante este proceder y, como Pilato se hallaba entonces en Jerusalén, rodeó su tribuna dando gritos en su contra. Sin embargo Pilato, que había previsto ya este motín, distribuyó entre la multitud soldados armados, vestidos de civil, y les dio orden de no hacer uso de las espadas, sino de golpear con palos a los sublevados. Desde su tribuna él dio la señal convenida. Muchos judíos murieron a golpes y otros muchos pisoteados en su huida por sus propios compatriotas. La muchedumbre, atónita ante esta desgraciada matanza, quedó en silencio.

Guerra de los judíos
L. II, 175-177

Los samaritanos

El pueblo de los samaritanos tampoco se vio libre de desórdenes. En efecto, fueron engañados por un individuo al que le importaba muy poco mentir y que combinaba todas las cosas para agradar a la gente. Este individuo les exhortó urgentemente a que subieran con él al monte Garizín, que es para ellos la más santa de las montañas; afirmaba enérgicamente que les mostraría a los que llegasen allá los vasos sagrados ocultos en aquel lugar, ya que Moisés los había depositado allí. Juzgando creíbles sus palabras, algunos samaritanos tomaron las armas y se establecieron en una aldea llamada Tiratana, en donde acogían a todos los que acudían a unirse a ellos con el fin de realizar todos juntos la subida a la montaña. Pero incluso antes de que emprendieran la ascensión, Pilato puso fin a su empresa enviando jinetes e infantes que cayeron sobre los que estaban reunidos en la aldea; durante el combate [el destacamento romano] mató a unos, hizo huir a los otros y capturó finalmente a muchos prisioneros. Entre estos últimos, Pilato mandó matar a los jefes y reservó la misma suerte a los más influyentes de los fugitivos.

Una vez apaciguados estos desórdenes, el consejo de los samaritanos fue a buscar a Vitelio, personaje de rango consular que era gobernador de Siria y acusó a Pilato de haber matado a los que habían perecido, afirmando que no se trataba de una revuelta contra los romanos, sino que aquella gente se había dirigido a Tiratana para huir de las violencias de Pilato. Vitelio envió entonces a Marcelo, uno de sus amigos, para administrar a los judíos y ordenó a Pilato que marchar a Roma a dar explicaciones al emperador a propósito de las acusaciones de los samaritanos. Después de diez años de estancia en Judea, Pilato se apresuró a volver a Roma para obedecer las órdenes de Vitelio al que no podía contradecir; pero antes de que llegara Roma, murió Tiberio

Antigüedades de los judíos
L. XVIII, 85-89

Para los textos de
La Guerra de los judíos,
traducción de
Jesús Mª Nieto Ibáñez
en
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS

Gracias por la visita
Miquel Sunyol

sscu@tinet.cat
15 enero 2013
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