PASADO EL OTERO
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Pasado el otero, el río te lleva
en brillante patena de oro viejo,
del oro alquímico del temple fiero,
en nido verde, de verdes repleta.
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Una negra diadema te corona
con dos negras espadas afiladas,
altivas, aunque por fin derrotadas,
siglos de nobleza sobre la roca.

Altivas espadas que al sol penetran,
cubriendo tu halo el rojo terciopelo
de sangre hospitalaria  sobre el velo,
brumoso velo que a tus ojos ciega.
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La luna madre que blanca solloza,
recuerda el ardor del joven guerrero,
la lenta labor de olivo aceitero,
porque agoniza lentamente  ahora.
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La luna hija, entre los juncos tiembla,
bebe sedienta los átomos rotos,
brillantes metales, azogue y oro,
átomos de la ambición conversa.
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Una hermosa guirnalda de luciérnagas
te cruza silenciosa contemplando
tu oscuro rostro por ti mismo ajado,
faz de este pueblo de triste mirada.
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Y tú, derrotado pero aún altivo
te inmolas en la pira del orgullo,
y te engañas con que el futuro es tuyo,
huyendo del presente, tú cautivo.

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