Luceares
Estaba la penumbra en mil hilos de luz
de vino
Y el aire aromaba de suave ensueño la
melancolía
Y de pronto una niebla pasó
delicadamente sobre el cielo
La noche la miró pasar y no pudo dejar
de mirarla
La siguió
Sus ojos parecían dos soles rojos
encendidos
Y el alma se encabritó
Y la siguió la siguió
Ella huía huía como cierva blanca
Entre las lunas de su incierto bozo
Y ya oscuro entre las sombras una
sombra
De precaución languidecía
En cada flor cerrada que recogía
Apretadas y dormidas
En su mano el astro de rocío
Quería quería, ay, hacerla soñar
Anduvieron horas y horas eternas
La niebla que se iba la noche que no
pasaba
Hasta que cansada y desesperada
La niebla se detuvo a tomar aliento
Y la noche en sorpresivas moras
Se le apareció:
Iba a gritar; pero al ver el rostro
amado, ay,
Se puso a llorar
En los hombros oscuros humedeció su
dulce penar
El olivo la consoló y la consoló
Se serenó y se tendió en la hierba
El moro se tendió a su lado
La cuidó y la acariciaba
Las horas y el frío iban pasando
Estando ellos dos
De pronto ella comenzó a aromar su
mirra
Y el incienso del cierzo
Al olivo húmedo llegó
Vio él que estaban las brasas en sus
mejillas
Delicadamente le fue quitando el bozo
Y descubrió su torso blanco
Vio que tenía dos crepúsculos lilas
apuntando al cielo
Y los besó suavemente
Ella se estremeció como cierva herida
Y su miel de oro corría y corría
Entremedio de la noche y el día
Y él apartó la noche del día
Y a casa entró y entró
Mojado de húmedo rocío
La niebla se estremecía en mil auroras
Y él sentía que era el ardiente sol
Así estuvieron por largo tiempo
Hasta que las alburas vinieron
Y se derramaron con brío todas las
mañanas
En la fuente de la hermosura
Y el incienso
Fue testigo de la dulce leche que el
cielo
En los labios de la aurora
El sol ardiente en el vino vertió y
Vertió hasta que la copa se colmó
Se colmó
De risas y el firmamento despertó.
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