Marusa ya sabe lo que quiere ser
Marusa es subnormal. No, no
subnormal del culo como pudiera serlo un gilipollas cualquiera. Ella es
subnormal. Recordaré toda
mi vida el día que me dijeron que el llamar subnormal, idiota, tonto y todas esas
cosas a los otros tenía un
significado. Bueno, y la que se montó cuando me enteré de lo de hijo de puta.
Ese día le reventé el labio a mi compañero de mesa. Pero no era
esto a lo que yo me refería. Ella está subordinada a un fallo genético, sin
llegar al encefalograma plano. Marusa es morena, tiene unas peludas cejas y
se ha quedado estancada en los quince años. Marusa no pronuncia la erre
después de la te, y le cuesta hacerlo tras las pes. Parece que el maldito
alfabeto se le quedara enganchado en alguna parte del paladar antes de
formarse al salir de entre sus labios, siempre secos. - ¿Y tú qué
eres?.- Preguntó un día cuando coincidimos en el autobús. El aguacero de
telón de fondo. Me mira. No sabe quién soy. - ¿Yo? - Sí, tú. - ... Yo... yo
- ¿Eres
peluquera? - No, no soy
peluquera. - Pero tú te peinas muy bien ¿Por qué
no eres peluquera? - Hice algún
cursillo de peluquería, pero ese no es mi oficio. Yo trabajo en una portería.
Soy portera. Ella me observaba el peinado, lo
sopesaba, calibraba el color caoba del mismo, y la angulación de sus rizos. - Yo no sé qué
quiero ser… ¿Qué es un ecologista? - ¿Ecologista?
Es uno que se preocupa por la naturaleza. - Eso no, no, no.- Movía con
nerviosismo la cabeza.- Eso nunca. - Pues es un
trabajo muy bonito. - Tampoco
quiero ser camionera. ¿Tú querrías ser camionera? - No, no me
gusta, es un trabajo de hombres. - Pero los
hombres son iguales que las mujeres. - Uy, qué va,
hay mucho machista por el mundo adelante. - ¿Sabes lo
que me dijo mi madre una vez? Que detrás de todo gran hombre hay una mujer
importante. - O una mujer
lista. - No, es
importante, importante, no lista... – Se quedó dubitativa, mientras la lluvia
resbalaba por el exterior de los cristales, cansada de tanto caer. – Y modelo
tampoco quiero ser. No me gusta que me vean en la tele... - Es muy
sacrificado, sí... - Barrendera
tampoco... no. - ¿Y tú qué
quieres ser, entonces? - ¿Yo? ... no
lo sé. Así era
Marusa: domada por un marchito carácter dócil e infantil. Ese día el autobús
se quedó sin poder salir de un culo de saco, y acabamos todos bajándonos en
el frío y continuando nuestro trayecto a pie. - Hasta luego,
Carmela.- Se despidió de mí sin mirarme, marchándose en sentido opuesto al
mío. Yo me quedé
perpleja. ¿Cómo sabía mi nombre? La gente no
entiende que en este mundo tiene que haber variedad, que sino nos morimos del
asco en la más gris de las rutinas. Las modas, las corrientes de cualquier
tipo no hacen más que colgarnos una y otra vez en la frente un cartel que
pone : “Borregos”. Y quien sea diferente no se aceptará entre la sociedad. Y
ya está. No hay más que hablar. Marusa lleva
siempre un chubasquero amarillo, llueva o haga sol. Uno de esos con capucha.
Uno de esos sin cremallera que se mete por la cabeza. De ese día en
adelante, coincidíamos siempre a las ocho menos diez en el primer autobús de
la mañana. A veces quería hablar y se sentaba a mi lado, otras seguía de
largo hasta acurrucarse en el asiento posterior. - ¿Por qué la
lluvia moja? - Porque es
agua.- contesté - ¿Y el agua
por qué moja? - Porque... es
húmeda - Ah... –
pasaba la mano por el cristal, dejando una estela seca a su paso, y se
llevaba los dedos hasta la lengua.- Claro. Con los ojos
desorbitados, perdidos uno en el techo, otro en el suelo, saborea la sucia
gota de agua que ha recogido del cristal. Algunos odian
a los negros, por ser negros de mierda. Otros a los sudamericanos, por ser
sudacas asquerosos. Y hay quien odia a los subnormales. Pero nadie tiene la
culpa (¿culpa?) de nacer como ha nacido. Lo más importante va por dentro,
como la procesión. - Mi madre me
ha dicho que a mí en vez de traerme el médico en el hospital, me trajeron
cuatro ángeles blancos venidos del cielo. Los inocentes
tampoco tienen hueco para respirar en este mundo. Aquí hay que ser malvado. Hay
que mentir. Hay que luchar. Pero, no, no le contesté nada a Marusa. Sólo me quedé observándola,
no sabía muy bien si con pena o con admiración. Una calle,
como un vertedero, plomiza y angosta, amparada bajo cuatro faroles ámbar que
daban una luz mortecina a algunos garitos empodrecidos: -Mira, esta es
la calle de los Vinos, ¿Ves, Marusa? - Sí, veo,
veo. - ¿Sabes por
qué se llama así? - Porque
venden Vinos.- contestó como si le estuviera preguntando la cosa más estúpida
del mundo. - No, es que
antes los marineros se venían aquí a tomar sus vinitos a mediodía, y la buena
gente se merodeaba por esta zona en busca de conversación. Pero hoy no es más
que un lugar para borrachos desorientados y personas indeseables. Marusa clavaba
su nariz contra el gélido cristal del autobús y con un “¡ah!” perdía en vano
su halitosis. Siempre
iguales unas a otras las aburridas gotas de lluvia en su incesante caída. Y
el cielo seguía encapotado, y las gaviotas sobre las redes de los marineros
con manos desteñidas por un salitre enemigo. Pasaban los días, y Marusa
también. Me sonreía de vez en cuando y me enseñaba una dentadura torta que
iba de la mano de una risotada seca, como la de un caballo. Por la mañana
Marusa no tomó el autobús; viernes, pensé, tal vez se haya quedado
descansando de toda la semana. El lunes, en su parada no se subió más que una
vieja destartalada. Martes y prosigo sola mi trayecto. Miércoles, parece que
hoy ya no llueve tanto. Jueves, el asiento contiguo al mío bosteza desganado.
Y regresa, de nuevo, el viernes, solitario, sin cargar sobre sus lomos la
simpleza de Marusa. ¡Qué demonios! Ni que fuera mi hermana pequeña. Aquella noche
me paseé por los Vinos, enfurecida conmigo misma por todo y por nada. Entré
en el último bar de la última acera y pedí un tumba. Ante mí un vaso corto
con un líquido espeso, del color de un ojo amoratado; lo golpeo secamente
contra la barra y para dentro. La barra está pegajosa. Apoyo mis codos
envueltos en lana y veo a través de un espejo pardo una risa hueca conocida - ¡Marusa!.-
Ya no lleva su chubasquero amarillo. Levanta las
pobladas cejas y me mira, vacía o ilusoria. Apoya una mano en el hombro del
chico sobre el que está sentado y con la otra me saluda - Marusa, ¿qué
haces aquí? - Déjanos en
paz.- Salta un bigote azulado.- No ves que la cría está a gusto. Marusa,
inmóvil, enarca las cejas, se encoge de hombros y se olvida de mí. - No creo que
este sea el mejor sitio para ti.- Insisto. - ¿Quieres
largarte?.- El bigote, de fruncido ceño, coge a Marusa por la cintura y la
sienta en su otra rodilla. La miro a través del espejo. Ella no
me mira a través del espejo. Lleva carmín en los labios y un arrugado
cardado. Huele a perfume barato, lo siento desde la barra. Con pasitos
cortos: - Mira, yo creo que este no es sitio para ti.- me dice esto al oído,
escupiendo al hablar.- Será mejor que hagas lo que él dice, vete. Se aleja
bamboleando una pelvis deformada, cogiendo de la mano al bigote e invitándole
a subir por unas roídas escaleras de madera. Y fuera vuelve a caer otra
tromba de agua. Me cubro la cabeza con la cazadora y me alejo corriendo en la
oscuridad, dejando atrás el cartel luminoso que suscribe: “Bagdad”. Marusa ya sabe
lo que quiere ser. |