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Un beso y otros mil (Carta a José) Hola mi amor, Cuánto tiempo ha
pasado sin que pueda hablar contigo. Se me hace eterno, ¿sabes? Los días se
alargan sin quererlo, como intentado hacerme más daño con sus horas de goma. Ya ves, me pasan
estas cosas. A veces por la mañana cuando me levanto creo toparme con tu
reflejo en el espejo. He de mirar dos veces y muy fijamente, mientras corre
el agua fría por el lavabo. Aguzo la vista y revuelvo las sábanas. Pero tú
nunca estás. Ya no. A veces, José, se me olvida cómo era cuando estábamos
juntos. Cosas de cría que tengo. Sólo quería escribirte para decirte que aún
echo de menos despertarme con tu cuerpo caliente a mi lado. Pero ya me conoces,
soy una melancólica estúpida y gusto llorar por tonterías. Así estoy otra
vez... Ha pasado más de un año desde la última vez que te abracé, y aún me
duele sólo de pensarlo... Era Martes,
¿recuerdas? Claro, claro que lo recuerdas. ¿Cómo olvidarlo? Era un día
hermoso de primavera; la noche anterior habíamos tomado unos vinos, y caímos
en la cama muertos de sueño. Por la mañana el despertador se hizo el perezoso
y quiso que no lo oyéramos. Cuando te despertaste ya era tarde, pero corriste
porque aún querías llegar. Yo te miraba desde la cama, con la cabeza dándome
vueltas. Qué guapo estabas cuando no te afeitabas, y aquel día con tu traje
serio de chaqueta y una sonrisa burlona entre los labios. “- ¿No me besas,
José?”- te pregunté desde la manta. “-Llego tarde. Por la
noche cariño, te doy un beso y otros mil”- y desapareciste por la puerta. Cerré los ojos
tranquila y me eché otro rato a dormir. Nunca más te volví a ver, aquella
sería la última vez. Quiso el maldito destino que un coche en sentido
contrario entrase en tu carril y aquellos mil besos que me prometiste se quedaron
junto al asfalto de la nacional principal. Te escribo José,
porque aunque guarde la carta en un cajón y nunca más la vuelva a ver, tú me
puedes oír; y aunque no estés ya a mi lado, este es mi modo de enseñarte que
me acuerdo cada mañana de ti. Supongo que para ti es más sencillo; no te
tienes que preocupar, ya ha pasado todo, y sólo te queda la eternidad, y
observarme mientras me llega la mía. Pero yo, tan sola como estoy ahora, cada
mañana deseo morir. No tengo motivos para sacar los pies de entre las sábanas
y emprender un nuevo día. ¿Por qué... Para qué... o mejor dicho... para
quién? Sólo, tras mucho pensar se me ocurre que tú me miras, desde donde
estés, y tiras de la manta para que salga a vivir. Si me levanto cada mañana,
que sepas que es por ti. Te quiere siempre,
Elisa. PD: Esta boba no
olvida que aún le debes un beso y otros mil |