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PELIRROJOS No creo que
todas las personas tengan una historia que contar que realmente merezca la
pena. Pero como yo siempre he dicho, no tengo abuela, y creo que la mía sí
merece la pena escucharla... Primero me
presentaré: me llamo Alfonso del Riojal de Abajo, y no siempre fui moreno,
sino que antes era un hermoso chiquillo de pelirrojos cabellos y un mar de pecas nadando en mis
mejillas. Dice mi madre que de los disgustos de la vida, fui perdiendo
aquella imagen angelical que tenía. Nací y viví casi toda
mi vida en un pueblo de la seca Castilla; o lo que es lo mismo en el más puro
campo. Pero mi piel, blanca como la leche no me permitía jugar a la pelota en
la plaza del pueblo, con el resto de los niños, por lo que hasta mi pubertad
me pasé el tiempo encerrado en casa, mirando para las paredes de cal, y sin
hacer gran cosa. Recuerdo lo largos
que se hacían los días cuando no podía hacer nada más que esperar a que
llegara la noche para poder salir y disfrutar un poco del aire sano. Supongo
que este encerramiento involuntario fue el causante de mi aislamiento en el
pueblo. La verdad es que las pocas veces que salía, iba con la tía a comprar
algo, y por el camino las gentes me miraban raro: yo no era moreno y fuerte
como ellos, y mi tez pálida les hacía dejar su partida de póker y salir a la
puerta de los bares, con palillo royendo sus dientes, a verme pasar. Me veían
pasar en silencio, creo que hasta los perros se callaban cuando yo, de la
mano de tía Magdalena salía a dar un paseo. Tía Magdalena me agarraba fuerte
la mano, y me decía al oído que no hiciera caso, y que mirara bien recto al
infinito: “Tú no te encojas, has de estar orgulloso de cómo eres”... Pero
cómo iba a estarlo, si hasta mi madre me decía Recuerdo con especial
pena las situaciones que me hacían pasar de humillación cuando, durante la
madrugada, escribían con tinta roja: nazis fuera. “Mamá, mamá, qué es un
nazi?” Mamá no me contestaba, era tía Magdalena, que me cogía cuando no había
nadie y me decía que la gente del pueblo me confundía con unos señores muy
malos de Alemania, pero que yo no era así. A veces incluso tiraban piedras a
las ventanas, rompiendo los cristales en mitad de la noche. Nunca le vi la
cara a ninguno de mis agresores, pero sabía perfectamente quienes eran. Pero llegó la
pubertad y mi cuerpo empezó a transformarse. Me hice un hombre alto, de
marcados rasgos, y hasta empezaba a crecerme el primer vello sobre el labio.
En la farmacia del pueblo me agencié con una crema de protección total, que
jamás entendí porqué mamá no me suministró ya de niño, y decidí que 15 años
de analfabetismo eran suficientes. Tomé lecciones aceleradas de absolutamente
todo y absorbía lo que el maestro me quisiera enseñar como una esponja. Un
buen día me dijo que ya estaba preparado para leer yo sólo mi primer libro y
me dejó, lo recuerdo bien, una vieja edición del Principito. Era una edición
ilustrada, pero tardé mucho tiempo en conseguir terminarlo. Al acabarlo me
preguntó el maestro: ¿Qué has aprendido del libro?. Y mi respuesta fue que a
veces las cosas no son lo que parecen. “No era eso lo que pensaba yo... pero
creo que tienes toda la razón”. Como iba diciendo la
pubertad me iba transformando, y empecé a darme cuenta de lo bello del sexo
opuesto. No sé si bello o simplemente atractivo, pero me gustaba cuando las
chiquillas me sonreían y reían por lo bajo cuando yo las miraba; las veía
andar, bamboleando unas cinturillas de avispa, y me parecía haber ascendido
al paraíso. Debía andarme con cuidado pues a sus padres no les hacía ni pizca
de gracia que las mirase, aunque supongo que mi gran imponencia hacía que
ahora bajasen la mirada cuando se cruzaban conmigo por el pueblo. Pilar fue la primera;
no sé lo que me encandiló de ella, supongo que lo mismo que las demás: ser
una hembra. Un día, después de
salir de casa del maestro, vi como me vigilaba desde su ventana, y cuando se
percató de que yo la miraba, corrió a esconderse tras la cortina. Esperé a
que anocheciera cerca de su casa, y cuando iba a darle las sobras a los
gorrinos, le tapé la boca, y agarrándola con fuerza me la llevé hasta el
casetón de las herramientas. La verdad es que no tuve que forzarla, pues se
me deshizo en los brazos como si estuviera hecha de mantequilla,
prácticamente se desnudó ella misma y el resto fue una lucha, apacible, de
gemidos y suspiros. Pilar dije que fue la primera, ¿no?. Bien, las siguientes
no sabría ordenarlas, pero sí (creo) nombrarlas: fueron todas y cada una de
las puras y virginales hijitas de los machos ibéricos del pueblo Nadie sospechaba
nada, pues la educación sexual en aquel momento era nula, y una no estaba
embarazada hasta que el bombo empezaba a abultar bajo el mandil. Y fue éste,
y no otro, el momento de mi planeada fuga: cuando el bombo de Pilar empezó a
hacerse notar. Me marché para la capital en el autobús de los jueves. Y no
volví a saber nada de nadie, ni de mi familia, ni cualquier cosa que tuviera
que ver con el Riojal de Abajo. Lo primero que hice
en la capital fue teñirme el pelo de negro, y luego buscar trabajo. Nunca más
volví a pensar en mi pueblo, ni en mi infancia; a pesar de que de vez en
cuando mandaba alguna furtiva carta sin remite a la tía Magdalena diciendo
que todo iba bien. Hará un año me casé, con Èlise, una muchacha clara y extranjera . Nunca le hablé de mi
pasado, y ella, prudente no me preguntaba demasiado. Pero como no me parecía
justo aquello, decidí un buen día, no contarle cómo había sido yo de niño,
sino que lo viera ella con sus propios ojos. Así que quise ir al pueblo tras
nuestra Luna de miel para que conociera donde yo me había criado. Aparcamos el coche en
las afueras del Riojal, y cogiéndola fuerte de la mano, la pasee por el
pueblo. Poco o nada había cambiado. La diferencia era que al pasar ante las
tascas ya no me miraban con los ojos quedos a mí, sino a Èlise. Y sin hablar
nos seguían con la mirada hasta que desaparecíamos entre las calles. Èlise
creo que comprendió mi infancia, y sintió la incomodidad que yo sentí. No
quiso seguir mucho rato allí, pero yo le pedí que aguardase un momento, que
quería ir al parque del pueblo a ver a las futuras generaciones corretear
entre los columpios. Asintió tímida y hacia allá nos encaminamos. Nos
asomamos al parque, aunque ella esta vez no comprendió nada, y pude comprobar
con alegría cómo una treintena de chiquillos pelirrojos jugaban animadamente
amparados bajo vise. |