Grisaleas en Momentos tortuosos.



     A medida que pasan las horas, acumulando sus extraños minutos, así se acumulan las hojas débiles, y medio resecas por el pasado verano, que agoniza en determinados días, y sigilosamente los nubarrones matizan el cielo que antes brillaba en gules, y de crisol el sol encumbrado hacia su ruta definida de su eje centralizado en el más cálido Zoroastro aliado.

Las tardes en sus nubarrones aletargando el tiempo, y dejando secuelas de terríficos momentos aún no bien archivados en el calendario inútil de la vida, del quehacer diario, o del impulso inerme de hallar un respiro de paz, armónica y feliz, se torna difícil  el enumerar las horas aciagas, las horas que volando dejan los inmensos gritos en ecos lastimeros, los de los humanoides perfilados en recuerdos, la in animación rutinaria de los elementos atrofiados, la madre natura en un perfil delicado, sin aquella majestuosidad del otrora anhelado por el servil, o por el codiciado ser que en anhelos virtuales, paseaba en incógnita vigilia por las lontanas preferidas.

Ya se nos agrisó el silencio, ya no es silencio de esos que cunden de calma y tranquilidad, son ahora los más asilenciados momentos que están difícilmente arropa- dos por el gris que cubre en manto sedicioso por todos los lares mundanos. El agrisamiento natural de las resolanas tardías, que en el horizonte vemos solo  unas imágenes de calculados giros, y nos estremecen los etéreos sonidos calando una estructuración miedosa que perfora el entendimiento, y nubla las miradas de la expectativa frugal, esa que antes nos permitía el pensar de libres suposiciones, y de encomiables perspectivas que se hacían antes del amanecer sombrío.

Ahora y así seguirá un retumbe de odio clasificado, en el temor inédito de quienes lo profesan, si en los mas sencillos terruños, son con el sabor a un amanecer de tenores ocultos, y si es de medio día, el surcar gaviotas o águilas desorientadas, sin nidos ni pocilgas de el sutil encuentro ameno, y si es el del atardecer, ya no se ve ese sol de los Venados que en reflejos de ocres y naranjas, simulaban un reguero inmenso de naranjas en espera de su gran cosecha.

Solo vemos el emparamado sol, con pijamas de nubes ciegas, arropado por míseras nubes de grises velos, amenazas de lluvias sin congelar cristales, solo de gotas demoradas en su ciclo; y entreverados en los cirros lejanos, se divisan algunos cúmulos prestados del pasado invierno y lacerados en los extracúmulos en filas encadenadas de nubarrones olvidados por el tiempo celeste.

Los amaneceres con simples grillitos corean con ciertas ranitas desprevenidas, y losciervos retumban en sus lugares de acumulada intemperie. Cada rincón de tierra selvática tiene su prominente odisea para rehacer lo cotidiano, y en lontana pesadumbre la inercia global de seres que esconden su imperioso afán de vuelos escanciados en el duro matiz del obligado rito, se van desperdiciando con las horas matinales, para hallar de nuevo un horizonte de vigilias añoradas, pernoctando su simpleza del respirar lisonjero, y dejar en cada sitio veraniego, una posdata de imposible recuerdo.

Ya han pasado algunas horas de la tragedia natural y de la propuesta por quienes consagraron sus mas crudos lamentos, y ahora se dedicarán quizás a  ver en remembranzas de la impunidad soslayada en el misterio,  y seguir quizás una ruta incierta, en medio del oleaje diario de supervivencias indecisas.

Tardará la eterna soledad de ser acompañada por el tertulio afable de la integridad humana, y seguirá el episodio secuencial de los retornos, los que acallaron las causas, y dejaron vívidos los efectos. Seguirán los eternos dislocados terruños girando al viento que otea en las montañas del deploro, y sembrarán mas los incautos gérmenes de la astucia carcomida por el mal trato permitido.  Veremos en el devenir de los días, mas nubarrones sin halagos, solo llegarán con el mártir del indeciso grisáceo, encubriendo los momentos que fueron vividos por los que ya no tienen su visión de prosperidades pacificadas, solo una sombra de deseos simples entre el redoble de tambores, y un repicar de campanarios, con el clásico arrebato comunal, y allá en los sembradíos, quedarán los nuevos Camposantos que inaugurara aquella parca que se fugó de los cementerios soleados, donde los lirios sin su perfume solamente desquebrajó a su paso, para reinar su paz sepulcral, y en nuestro rutinario camino, solo ver que se alejan cada vez mas, del eco viviente de unas horas que nos dieron integridad y amor filial.

Mis grisaleas de aquellos momentos de fatídica tortura.

Lleva mi ideal, sepultando mis recuerdos.