Pero los años
Pero los años son
tan pocos,
y uno piensa, los
montes no se acaban ,
ni el mirar a las
aves y las lunas más allá
de los monjes que
encierran las tardes,
ni mirar , y tocar las cosas amadas
de la penumbra,
lejanas entre
los pies insípidos
de la inteligencia,
sumidos en pozos de
memoria salada ,
alimenticias ,
finitas y convertidas ,
como un cuerpo que
vacila su caminar
ante el aroma
pérfido de las enredaderas
del jardín que
antaño te construyeron ;
ni preguntar el
porqué del goce
o el porqué del
dolor o por los mundos solos,
esto último preciso
en las naves del atardecer,
navíos atrevidos
del cuenco de tinieblas,
intactos del beso,
la piel , la arena.
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