La noche, dulce , asesina

 

 La noche, dulce, asesina,

envió sus famélicos perros allí donde

seres perfectos y lúcidos

mezclaban sus pasos, enredaban siluetas,

y en el contacto de sus leones íntimos

los mutuos deseos se atenazaban, implacables.

   Entonces el aullido de la música

hizo recuento de traiciones  y promesas,

a la luz del aire recién entrado,

hasta tocar a los cuerpos sin mácula.

  Centrada la noche en su máquina compleja,

lágrimas y escapularios adornan las almas

de quienes, huyendo del infierno

a degustar los brotes nocturnos

del deseo, la pulpa musical y joven,

esa cuerda rota de cansancio,

sangre y placer extendido,

extenúan los túneles de sus vidas,

con risas eléctricas y alcohol loco

devorando a arañazos sus cabellos,

consumiendo palacios en sus estómagos,

dejándoles desnudos,  tibios y puros

para que los torvos perros entren

en el vidrio de sus espíritus

y los alimenten con ladridos tiernos.