Las pepitas de Catalina

En Aracabo, a inmediaciones de Cabana Catalina Pashas laboraba en los molinetes y cada vez que advertía incrustado o suelto alguna chispa o pepita de oro insensiblemente se la echaba al seno, los mozos que las mismas faenas trabajaban con Catalina sabían de la predilección de ésta y al final de la jornada diaria con una discreción inaudita hendían las manos en el seno y soltaban allí el puñado de chispas, de paso aquellas manos topaban las "pepitas" de los senos y como si hubiera estallado una corriente aquellas manos salían electrizadas, en el camino los mozos se disputaban el privilegio de acompañarla y el asedio amoroso era creciente, Catalina que no alentaba a ninguno se creía obligada on sus "proveedores" a disimular por igual la zalamería de su sonrisa como gratitud compensatoria, Cata tenía veinte años y hacía cuatro que pallaba diariamente para si de veinte a treinta gramos de oro, la mina era un emporio y no se reparaba en menudencias, alta y esbelta era Catalina, una belleza campesina arrogante y turbadora, en la piel de canela el sol fulgía reflejos de ónix, sus piernas garbosas y fuertes, las caderas suculentas y el torso exhúbero, en el pecho enhiesto las dos pomas de los senos, duros y rebosantes, pugnaban por volar, y los pezones, es decir "las pepitas de oro" que superaban a los de Bethsabé en la pintura de Rembrandt, eran las falenas refulgentes de la lubricidad victoriosa, el cuerpo se había burilado en los molinetes de las minas y aquellas piernas que movían una mole de granito de diez quintales tenía a raya a sus pretendientes.

El dueño de las minas se enamoró de Catalina, es decir que ansió abrevar en fuente tan codiciada, se las arregló para que aquél quintal de cuarzo con chispas de oro que fuera el orgullo de su colección fuera a aumentar el tesoro de catalina.. una noche tropezó catalina con una jauría de sátiros que se habían apostado para asaltarla, el lazo que anuló sus brazos dejó libre los pies, aquellos pies que molían cuarzo, molieron costillas aquella noche, al siguiente día tuvieron que enyesar aquellos huesos y examinar las magulladuras que el lazo
hubiera causado en el torso de Catalina, y cuántos estuvieron en el acto se deslumbraron ante las "pepitas de oro" que llamaban a los senos de catalina, eran más próvidos y más ricos que los cuernos de la abundancia, aquellos senos de bronce pulido llevaban dos broches de rubí por pezones, los vecinos de Llactabamba celebraban el primero de mayo aquella antigua leyenda de las nupcias del sol con la primavera, don Anlogelio Soria hacia de sol y Catalina de primavera.

El platero Simón Espinoza, célebre descendiente de los orfebres Espinoza y Calamaca de Chunapampa confeccionó las sandalias de Catalina con hebras de oro maciso ribeteado los contornos con engarces de esmeraldas y rubíes, el correaje era una áurea cadena que remataba en broches de brillantes, una túnica de lino blanco flotaba por los hombros y el torso y una falda corta cubría las caderas, los brazos desnudos eran rebosantes y una diadema de perlas con borlas de hilo de oro a los lados ceñía la frente imperial, un mes antes Catalina había sido sometida a un masaje diario con ungüentos, resinas y yemas de huevos de canario mezclados con finísimo polvo de oro nativo, aquél cuerpo escultural tallado en cuarzo o marfil deslumbrante y espléndido, en medio de la espalda había un surco ensoñador que el sol encandilaba haciendo aflorar el deseo, de allí fluía aquél garbo sensual que seducía a la multitud.

La fiesta para entonces duraba ocho días y recorría de casa en casa llevando en andas a Catalina, en los solares se bailaba y las pallas de "la primavera" hacían la delicia de la mocería, en las noches proliferaba la aventura idílica, y Catalina que siguiendo la tradición acabaría casándose con con Aulegelio Soria prendía el geniceo ofreciendo la maravilla de sus encantos y rindiendo a los más avezados galanes, célebre los besos y abrazos de Catalina, los labios que ambicionaban su boca deberían recorrer el cuerpo, satisfacer la ansiedad de los pezones y acabar en los suyos ardientes y anhelantes, después de éstas caricias los varones favorecidos podían consolarse de sus magulladuras con el recuerdo de los gloriosos holocaustos..

El encomendero don Segismundo corrió en la subasta del castillo de Pashas consiguió que en la postguerra de Catalina se incluyera sus sandalias de oro, aquellas fueron a parar a España a cambio de un título de nobleza, y como don Aulogelio Soria fuera el señor del cacicazgo de Llactabamba, aquellos principados volvieron a unirse bajo los auspicios de Catequilla, divinidad rebelde instalada en nuestros lares, después de haber vaticinado.