REFLEXIONES DE UN ANCIANO SOÑADOR 

 

                             

Para publicarse en el 2008

 

 

 

La nostalgia me rinde como melancólica añoranza me invade sin cesar.

Mis ojos impávidos escrutan los confines lejanos , donde arrobé auroras fúlgidas y vésperos plácidos. ¡Que idilio!. En pleno vértigo extraño y en medio de una apostasía lírica reinante, forjé un poema inmortal. Sin temor, sin embarazo, con la naturalidad de lo espontáneo y lo ineluctable del sino, nos dimos a una pasión deliciosa.

 

Teníamos para este grande amor tesoros ocultos, maravillosa historia y un tesón pertinaz. Nuestra ternura y ardor venían de muy atrás, databan de más allá de nuestros primeros coloquios, en el génesis o en el éter, en el avatar o en la concreción: dos partículas de vida insurgían en demanda de simpatía y afinidad. Sintonizaron nuestras almas y la melodía del amor brotó a raudales. Y aquél amor fue como un himno de primavera, tierno, soñador y suavemente inquieto. La magia y el embrujo nos sumió en un sueño edénico y ausentes de la realidad nos dimos a la ilusión, nos retomamos en las alas de a fantasía y nos perdimos en los mirajes oplascentes de un cielo especular. Nuestras cartas urdieron la promesa del encuentro y volcaron su angustia y reclamo en tonos doloridos e impetuosos.

 

La lejanía y el tiempo se conjuraron contra nosotros. La timidez de la amada dió pábulo a ello. Entonces mi alma deambuló:   rodó sin cesar y sin piedad. Perdí la fe. En un mundo sin Dios ni ateismo. Llegué hasta la soberbia.

 

Cayeron al peso de mi orgullo todos mis ídolos. Iconoclasta, sin cielos para los dioses, sin altares para la divinidad. Ángel rebelde, viviendo solo para la imposibilidad de acabar, me abandoné a un panteísmo nihilista erigiendo una filosofía para justificar mi destino.

 

       Hay un requerimiento de la naturaleza, un alma telúrica de la tierra, que exige a la ilusión una parte de realidad: ahí donde se concibe el ideal ahí debe plasmarse. 

 

Yo no sé si algún genio oculto en mi amasó mis ideas con las maravillas de las auroras y ocasos de ésos paisajes y tomó de su cielo y campiña la pureza y el verdor primaveral o si la mano de un hada que me hubiera acariciado en mi regazo pasó por la pradera esparciendo sus encantos, yo no sé. Pero siento que entre yo y el paisaje hay una eterna comunión.

 

Sin esta metafísica del amor y del paisaje que tienen tanto poder de sugestión y de poderío que hacen que todas las cosas se traduzcan en todos los idiomas de mí ser y los ademanes de mi vida, no podría hacer estas reflexiones.

Creo que de no estar yo enamorado del amor me reiría de mi violencia y de mi obcecación, hasta me asaltaría la duda de que mi afluencia pasional no fuera sino la euforia de un egoísmo.

 

        Todo ditirambo en el amor es una necedad que denuncia su vulgaridad y futilidad. El amor dulce y puro no necesita adornarse ni que a cada hora se predique. La ternura es más íntima cuando  es menos afectada y es más perdurable por recatada que por decantada. El juramento diario hace prosaico el acto y suele ser moneda falsa que hasta las más incautas desechan de la circulación.

 

 He callado cuando voces atronadoras pugnaban por hacerse escuchar. Solo el silencio y la esperanza-tesoros de melodía y ternura – han sido las únicas panaceas de mi alma. De no ser rudo y frágil cuántas lecciones de mesura y ponderación habría aprendido en la soledad y cuánta sabiduría hubiera escuchado de aquella virtud teológica.

      

   Por fortuna existen sitios y seres para demostrar que todavía la mujer es el eje sobre el cual gira la felicidad del hombre y sin cuya imagen la misma belleza perdería su sentido y el amor su objetivo.

 

       La distancia y el tiempo dan al amor un título de nobleza y mayores fuerzas de incitación. Ganar la distancia o hacer que retroceda el horizonte para admirar a la amada no es alegría profunda y obra de milagro? El tiempo y la distancia dan su inmensidad al amor puro, a su vista el universo se dilata y un escenario simbólico aflora en perenne excitación. La distancia es al universo como el tiempo a la historia: paisaje y monumento. El mérito de la distancia es que a su término está la amada transida de inquietud y ternura. El mérito del tiempo es que a su constante se han acrisolado las promesas y se han fundido dos almas.

 

 No recuerdo el nombre del romano que solía decir que nunca se encontraba más acompañado que cuando estaba solo.. Aquél debió tener un alma privilegiada y una fantasía de artista, además saboreó sin duda el plácido dolor de la melancolía. Este mal enferma al corazón pero da al espíritu una aureola de mártir y un consuelo agradable. La melancolía es la flor de la felicidad. Flor nostálgica que busca la esperanza y el amor como supremos tesoros de salud.

 

Los que hemos visto sobrevenir a la melancolía sabemos el placer que brota de una alma convaleciente que reclina su frente en el pecho de la amada.

La melancolía es una enfermedad de linaje blasonado, ataca solo a las almas nobles. Acampa y reina en la aristocracia sentimental.

 

Aparece la melancolía de un exceso de amor o de un amor incomprendido, algo así como un lampo de felicidad y una gota de amargura son el fondo del mal. El cuadro ofrece un horizonte infinito satinado de rosa thé y animado del tono nostálgico de los ocasos marinos. La melancolía tiene su paisaje. Los lirios blancos anidan ternuras inexpresadas en los valles y esperan con su toca de novias al amado ausente que no vendrá. Los helechos se empinan en asecho del bien que a su vera le ha de brindar su cariño; la violeta apura sus fragancias en la esperanza de que su perfume ha de concitar la curiosidad que la descubra bajo la enramada y la alondra da su allegro matutino en la confianza de que nadie se le ha anticipado y en la tenue esperanza de que el somnoliento amado lo escuche.. Tiene la melancolía su cielo empalidecido por los suspiros, nublado por la congoja y rematado por un combo azul-blanco y especular; tiene su poesía peculiar y su música propia.

 

Tiene su filosofía y tiene una fisonomía misteriosa bañada como con jajos de luna y destellos de aurora. Mal tan dulce no debería ser curado.

 

Sin embargo los que sufrimos de él tendemos las manos en busca de la panacea que es el ser amado, volvemos la vista a la soledad y el campo que es el ambiente y el alcanzar del corazón herido. La soledad con su arrullo melancólico mece al alma, el campo con su majestuoso espectáculo lo embelesa y ambos dos lo transportan al mundo de la ilusión, donde la imagen de la amada está en plena oración.

 

       Feliz el amante que puede desahogar sus tormentos con el llanto.

Cuántos traumatismos o deformaciones interiores se evitarían si todos los hombres pudieran vaciar en sus lágrimas la amargura que los corroe. Una tempestad en el mundo sidéreo del alma cuántos estragos ocasionarían si una lágrima no la condensara en roció apacible.

 

Las lágrimas se cuajan como perlas y toman su perfume de aquella flor del amor llamada la melancolía. Entonces una lágrima se hace bella y tiene el encanto de lo inefable y lo sublime del consuelo. Quién no ha llorado no conoce la elocuencia del amor ni la dulzura del consuelo. El amor como todo lo noble y grande tiene que alimentarse del dolor y extraer de él su tenacidad y firmeza, su lenguaje y su música. El llanto es el verbo de amor y la música su expresión rítmica. Sin ellos no puede haber grande amor o todo amor noble está destinado a descender a la vulgaridad y perderse en la promiscuidad anónima de los amoríos de trastienda.

 

       Cuando las lágrimas no vienen a orear el rostro febricitante del enamorado, un llanto interno se desencadena haciendo gemir el alma como un mártir y bullir al corazón como un caldero. Sucede entonces lo horrible, el dolor y la amargura se exacerban, hincan, desgarran, corroen y se convulsionan en el silencio sin que una mano piadosa o enamorada llegue a enjugar aquel llanto espiritual que ciega la vista y quema el rostro del alma. El llanto sin lágrimas es el más cruento, obra como un vendaval y arrasa inmisericorde como el fuego que arroja lavas o como el cierzo que congela, pero como si todo eso no fuera sino un fecundizante o un fermento brota en el espíritu una flor de esperanza y aflora a la fisonomía el perfume del consuelo y la sonrisa del amor.

 

Una lágrima en los ojos de una mujer enamorada es una joya inapreciable y un tesoro poético que deslumbra y subyuga; en los de un hombre, es un título de nobleza y de hidalguía que convence. La fe de los amantes no tiene más pura fuente que el manantial de un llanto sincero.

        La constancia a través de tan variadas mutaciones de la vida es un don que rebalsa los estrechos moldes de la virtud. El alma de la virtud es la bondad y la bondad cubre con su manto de bien y dulzura a las acciones humanas haciéndonos ver las cosas como a través de un calidoscopio. El alma de la constancia es el amor. Sin este substractum? Qué sería de la constancia al que la realidad la acicatea diariamente mostrándole a cada paso la faz del engaño y del olvido? El amor da a la constancia un poder de providencia y misericordia. Sin ello surgiría el odio y devendría la indiferencia. Así como la virtud sin la bondad es una palabra vacía, la constancia sin el amor es una idea estéril y como toda esterilidad condenable y abominable.

 

       La flor y nata del placer está en la pregustación, es saborear el goce en cuanto insinúa y sugiere y no en cuanto satisface. El verdadero amor es como el artista que es más feliz que cuando concibe que cuando crea y gusta más de las emociones precedentes al placer que siempre están muñidas de pudor angélico y de efusión mística. La fantasía y la imaginación con su incitación y vuelo dan al presentimiento del goce una espiritualidad majestuosa jamás superada por la realidad.

 

En la antecámara del placer reside todo el encanto de la dulzura. Es aquí donde un juego de ilusión y de visión decoran el cuadro y ofrecen un lujo soberbio que magnífica y sublima y que haces más querido el conato y el presentimiento y más bello el paroxismo.. El arte y la belleza que busca todo gusto refinado están allí, es el palacio mágico donde el placer se idealiza y vitaliza.

 

       Ya el galanteo es premonitorio de grandes dichas. El floreo locuaz rebota inteligente y voluptuoso encendiendo la pasión amorosa. La cortesía elegante y fina del ingenio concita la gracia y provoca una delicia primorosa que insensiblemente abre las puertas del corazón y da paso al brote de una lascivia disimulada al que la lisonja y la gracia disimulan y añaden fascinación.  Todo encanto de la seducción está en la delicadeza de la galantería. Es el arte del amor. Sucede como en la música clásica donde todo el portento armónico está en el preludio que irrumpe estremeciendo el alma y transportándolo a un exótico cenador acústico donde la melodía sugiere y obra milagros. Poco da el fondo de la partitura. Es como en el sol que es más grandioso el espectáculo cuando alborea en la aurora que cuando posa en el cenit. Y nada más obvio que su explicación: todo lo que exalta la imaginación va más allá de todo lo que ofrece la realidad. En lo que primero el anhelo es infinito e insaciable y en lo otro la experiencia es limitada. Y es que lo mejor y lo bueno no esta siempre en lo que tenemos y aprendemos sino en lo que ambicionamos y perseguimos: lo que radica en la esfera de la idealidad y que con su destello nos seduce y atrae. Muchas veces la antecámara del goce es sólo una quimera y es entonces cuando más enardece y más obliga creando una atmósfera de maravillosa expectación y dando lugar a que el ingenio se luzca en el grato lance de procurar el placer y de porfiarlo .

   El amor no es un valor de abstracción. No es un tema filosófico, ni se debe ni se puede teorizar sobre él.

 

 Nada más estéril que la palabra e infecundo que la promesa verbal cuando se trata de él.

 

Es un axioma sentimental nutrido de emociones puras y crudas y animado de un afecto expresivo y de un afán de placer y satisfacción exigentes y total. Tiene su base en el alma, pero es el los sentidos donde aquella belleza interior florece, resplandece y crea el placer y la felicidad. Vive tanto de la inspiración del alma como de la emoción sensorial. La satisfacción es su sublimación aunque no todo su fin. El amor es como un kaleidoscopio a través del cual el mundo se nos ofrece maravilloso. Estas mismas frases están bañadas no se de que raras fragancias, que fluye al imaginar el rostro paterno y la imaginación me envuelve en un torbellino.

   No se como expresar todo lo que el recuerdo sugiere y provoca la memoria de mi padre Doctor Eleodoro Olivera Cortés. Mi léxico y dicción de suyo parvos se entumecen y ofuscan. Los bocetos cuando no se esfuman resultan estrechos  y los tintes cuando no manchas empalidecen, se desmayan los tonos y los vocablos disuenan. El ritmo y el acento fugan despavoridos; las frases chirrían como vigas de un edificio que se derrumba. Dónde encontrar el estilo florido y conciso?, la oración silente , el verbo fúlgido, el giro incisivo, la locución mórbida o la expresión sutil e incorpórea?. Mieles y pensamientos divinos deberían ser recogidos en copas griegas y nectarios árabes, cincelados por genios hechizados y en topacios de la Reina Saba o con el oro embrujado del templo de Milita. Y cuando se hubieran agotado todos los recursos de la literatura y apurado la riqueza y la pedrería de todos los tesoros debería abrirse un crédito a la elocuencia y erigirse monumentos que guarden el portento y la gloriosa perenclitud de las ideas y de la belleza, del amor y de la felicidad triunfantes para ejemplo y lección de la posteridad y como testimonio irrefutable del sentimiento y de la admiración. Qué otra cosa significarían los templos de Chefren de la IV dinastía faraónica, el de Chichen Itza del Imperio Maya, el templo de Chavin de Huantar, de Cotosh, del Señor de Sipán, el Castillo de Pashash en Cabana, de Clarin-Irca en Corongo, las Ciudadelas de Cuélap y Machu-Picchu en Perú, el espíritu se satisface y mitiga su ansiedad en la expresión que dan los espacios infinitos y la magia sublime y musical que ofrece la arquitectura.

 

     Pero tamaña empresa cuando no amilana coibe por su magnitud. Y las escasas fuerzas que sobran están hebetadas o anonadadas, postergadas en la contemplación, cegadas por el deslumbramiento que irradian. Y un ánimo rendido por la pasión no tiene poder para reaccionar y mucho menos para exigir que mis mal cultivadas facultades y menguados dotes den frutos óptimos y magistrales para hablar de un padre . Habré púes de resignarme a lo parco y limitado de mis alcances, procurando solo a falta de ornamento y lujo, vestir mis ideas y sentimientos, con ropajes limpios y sencillos enjugados en vertientes campesinas y secado sobre rosales y amapolas silvestres. De otro lado el ropaje del amor como el de la verdad es la naturalidad y sencillez. Cuanto más se aleje el rebuscamiento mayor aflorará el candor y la gracia se den plácidos como el rubor de vírgenes aldeanas que ignoran el lustre que les hace adorables.

 

   Apartemos toda afectación o vana elegancia que muchas veces no sirve sino para anubilar el brillo de las ideas y el esplendor de la belleza, no se diga que el ropaje rico y aderezo de valiosa pedrería oculta la oquedad del alma y la mezquindad del corazón. Las galas literarias muy convincentes en las Justas oratorias o torneos académicos si bien comprometen al amor, antes bien y, muchas veces el lenguaje florido distrae la mente y deja en ayuno el corazón.

 

   Estamos congregados en este acto, en esta casa, en este templo y en el hogar de la buena amistad, rememorando al maestro, al jurista, al amigo con el calor de nuestros afectos y el fulgor de nuestra admiración.

 

Este ambiente de cordialidad y aquel magistrado de la sinceridad me excusa de toda diplomacia y protocolo y solo oficia en estos momentos el rito llano de una ceremonia familiar y la formula sencilla de la expresión fraternal.

 

   De alguna manera más sobresaliente habríamos podido celebrar este homenaje si se tratara solamente de tributar un aplauso a sus méritos excepcionales . Pero nunca habríamos logrado de otra manera que en la de ésta ocasion de expresar nuestro afecto al profesional, padre ejemplar, esposo, amigo dilecto y abanderado de la justicia y al hombre de fino tacto social. Por eso, en esta efeméride atentos a las más viejas liturgias cristianas cantemos nuestros salmos y partamos nuestro pan porque ansiamos que  Eleodoro Olivera Cortés participe en el más allá, no solamente de nuestro orgullo sino también del aroma de nuestro recuerdo.

 

Esta fiesta es la ovación a un hombre y a una idea. A un hombre que en medio de la complejidad de la justicia social y cultural supo vivir con la belleza y sencillez de los hombres sabios y prudentes.

 

   Sin duda en las páginas de José Ingenieros y Ernesto Hello, de Federico Nieztche y la Rochefocaul ha visto éste hombre la semblanza de su personalidad y sin saberlo, ignorándolo quizá, gustó la sencillez y la gravedad moral, el don pulcro y la noble solicitud de los personajes que pasan su augusta y humilde hombría en el mundo. En la antigüedad Praxiteles representó a su Venus absolutamente desnuda pero eternamente virtuosa y casta: no fueron menos sensibles Jesús y homero, Shekespeare y Rafael.

 

   Gentil, sin afectación; sereno en la dificultad; más profundo que brillante; mas  firmeza en la idea que colorido en la forma; más  sustancia que sonoridad en el pensamiento; con más entusiasmo que cálculo Olivera Cortés excavaba los surcos de la idea, levantaba la cerviz , tendido el brazo desnudo y firme tras las huellas del progreso y el esfuerzo de la justicia.

 

   Este homenaje es también la ovación a una idea: el culto a un magistrado probo. Enciende él en la mente antorchas refulgentes, ensancha en el corazón afectos inefables. Sus palabras eran el ave halada que hiende espacios y descorre velos al infinito. Tiene la frente de Minerva, la cabellera de Apollo y el brazo de Protéo. Penetra en el enigma, da paletadas policromas en el paisaje y esculpe querubines.

 

   Cuando la vida de un hombre ha logrado moldear sus principios y forjar sus ideales, cuando ha alcanzado concebir sus fines propios y embellecerlos con una ética individual substrayéndolo de la promiscuidad y tiene un eje de referencia y una órbita vital, ese hombre tiene personalidad y se evidencia su dignidad cuando actúa en la vida como actuó Eleodoro Olivera Cortés, con arreglo a sus normas, consecuente con su credo religioso, con su ética social y con su orientación filosófica jurídica.

 

         Obra de amor es el apostolado del jurista y maestro . Obra de creación que le identifica a Dios y lo eleva por encima de los padres. Amor y creación cuyas fuerzas secretas tienen la virtud esencial de transformar al amante en la persona que ama, al creador en el ser que crea, de identificar los ideales y los ensueños con el objeto de la pasión y de plasmar la belleza concebida con la encarnación del ser idolatrado y con el resplandor de la ilusión perseguida. El amor convierte la conciencia vulgar en una personalidad creadora y esta conversión es tanto más eficaz cuanto es más pertinaz la idea y más sentida la emoción. Conjunción de fuerzas que subliman al maestro y lo impelen a no vivir otra vida que la de sus alumnos e impregnarse de sus modalidades y armonías y lograr en un rato de misticismo la figura buscada del discípulo, futura proyección de su cerebro y corazón, de sus ideales y sentimientos.

    Pero quién es amante apóstol? Desde muy antiguo los términos abundan y lo enuncian. Los griegos a toda obra o concepción grandiosa llamaron magistral y a sus artífices maestros. Aparecieron las ideas directrices y surgió el precepto básico, emergiendo entonces el preceptor. Las ideas y los credos erigieron escuelas y los hombres profesaron una doctrina y apareció el profesor. Las doctrinas se ilustraron y se sustentaron en los foros o en las cátedras y advino el catedrático.

 

    Los Helenos armoniosos y divinos, maestros de la cultura, junto a la noble elegancia del pensamiento nos enseñaron el ritmo bello de la forma y forjaron hombres como dioses. Sócrates y Pericles sintetizaron su época. Los romanos supremamente distinguidos concibieron un tipo de hombre cuyo símbolo más fiel está en la Loba del Capitolio y las testas de Cicerón y Julio César. Los europeos occidentales insurgieron reaccionarios y liberales e hicieron aflorar los temas pedagógicos y jurídicos dando a relucir a Concorcet y ofreciendo un Nuevo tipo de revalidación entre Kant y Napoleón sus más conspicuos exponentes. América se quedó a la deriva, aparecieron reformadores como Sarmiento y hombres libérrimos como Bolívar y san Martín.

 

    Pero en Europa como en América el tipo de hombre se amputó y mistificó dando paso a la tecnocracia y a la especialidad. La postergación del ideal y la promiscuidad de los problemas de la vida dieron al mundo etapas anodinas contra cuya inercia la humanidad reacciona en una inquietud de hacer primar la profesión de hombre y la profesión de técnico. En este empeño pedagógico, en esta ansiedad de un ideal y de un maestro el Magisterio obtuvo carta de ciudadanía regular y aparecieron los maestros, pero con ellos los simuladores apurados en ofrecer un tipo de hombre a la humanidad y un contenido a la cultura. En este estado sintomático en el que los fariseos disputan a los maestros la palestra. El ojo avizor no los confunde. El maestro tiene un ideal que servir y el simulador una empresa que explotar. El maestro se guía por las corazonadas de su pecho y las aletadas de su frente, el simulador por el interés. El uno persigue la perfección, el otro el rendimiento. Tipos del primero son aquellos hombres del Perú que en las estribaciones de los Andes, desnudos y macilentos apalean el alfabeto diariamente y cantan el Himno Nacional. Tipos del simulador están en algunos bancos dorados en las escuelas oficiales y los sillones aterciopelados de algunos liceos particulares, los unos afanados por cobrar la paga suculenta o en colocar algunos millares de sus libros y los otros en arbitrarse algunos centenarios de prosélitos que explotar.

 

    Los maestros sienten, los simuladores calculan, aquellos tienen inquietudes; estos codicia. Los primeros sobrellevan sus fatigas por devoción los otros por especulación. Los simuladores podrán con algún éxito almacenar conocimientos en el niño pero jamás educarlos, porque para lo primero basta la mano anónima, para lo ultimo es menester sentimiento y personalidad. Los simuladores pueden tener ilustración y no pocas luces en la mente, los  maestros como Olivera Cortés tuvieron algo más: emoción y sentimiento. Las luces se nublan en la tormenta pero los sentimientos perviven con el ultimo suspiro. Los maestros son apasionados y soñadores, aman a todos y viven por un pueblo entero; los simuladores son mezquinos, quieren solo a sus cofrades y no viven sino para su rebaño.

 

    El maestro nace en cierta hora de grandeza y en cierto clima de libertad. Jamás se improvisa. Puede inaudito revelarse en el frente de la lucha o en el banco de la brega cuotidiana. Cuando nace un maestro con él adviene una estela, su corazón es el norte de sus actos y su cerebro ilumina horizontes y abre senderos en el infinito. En cambio el simulador nace también en un clima propicio en la hora y el tiempo preciso, en que la virtud de la sociedad se relaja y las facultades del maestro se embotan o anquilosan.

 

    El fracaso del maestro es el éxito del rutinario, la proporción de éste está en la magnitud de aquél; es la única y sincera felicidad que les anima y que les da fuerza para vivir. Sin la desgracia del genio languidecerían irremediablemente. A cada tanteo inútil del maestro el empírico cobra alientos de titán y su envanecimiento toca contornos apoteósicos que celebra con inusitado júbilo infantil. Ignorando el valor de un principio jamás le sirven o guardan devoción, lo explotan hasta el agotamiento y como aquellos cínicos taladores de bosques; que no conociendo el afán de plantar ponen fuego a los despojos para solazarse con el macabro incendio.. Nunca son constantes ni conocen los atributos de la lealtad. Cuando adviene alguna formula novedosa y boga en la moda de los términos del terruño están listos a enrolarse a lo que estiman el ultimo grito de la civilización abandonando los cánones que ayer nomás repuntaban la última palabra del progreso. Si alguien en sus filas osa rebelarse del mancornamiento lo denuncian como a disociador y si cae vencido en la jornada el oprobio de la afrenta le añade el estigma de cobarde.

 

   Otra vez repito: “ Feliz aquél hombre que puede desahogar sus tormentos con el llanto. Cuantos traumatismos o deformaciones interiores se evitarían si todos pudieran vaciar en sus lágrimas la amargura o el pesar que los corroe. Una tempestad en el mundo sidéreo del alma cuantos estragos ocasionarían si una lágrima no la condensara en rocío apacible. Las lágrimas se cuajan como perlas y toman su perfume de aquella flor del amor llamada la melancolía. Entonces una lágrima se hace bella y tiene el encanto de lo inefable y lo sublime del consuelo. Quien no ha llorado no conoce la elocuencia del amor ni la dulzura del consuelo. El amor como todo lo noble y grande tiene que alimentarse del dolor y extraer de él su tenacidad y firmeza, su lenguaje y su música. El llanto es el verbo del amor y la música su expresión rítmica. Sin ellos no puede haber un grande amor o todo amor noble está destinado a descender a la vulgaridad y perderse en la promiscuidad anónima”.

 

    “Cuando las lágrimas no vienen a orear el rostro febricitante, un llanto interno se desencadena haciendo gemir el alma como a un mártir y bullir al corazón como a un caldero. Sucede entonces lo horrible, el dolor y la amargura se exacerban, hincan, desgarran, corroen y se convulsionan en el silencio sin que una mano piadosa llegue a enjugar aquel llanto espiritual que ciega la vista y quema el rostro del alma. El llanto sin lágrimas es el más cruento, obra como un vendaval y arrasa inmisericorde como el fuego que arroja lavas o como el cierzo que congela. Pero como si todo esto no fuera sino un fecundizante o un fermento brota en el espíritu una flor de esperanza y aflora a la fisonomía el perfume del consuelo y la sonrisa del amor”.

    En esta ceremonia, en esta semblanza al Dr. Eleodoro Olivera Cortés, de “Cien Años de Amor”, de cien años de recuerdos, lloremos su ausencia porque la fe de los amantes no tiene más pura fuente que el manantial de un llanto sincero.

El Marañón es un río legendario. Más de mil kilómetros de montaña nevada le ofrece su caída nívea. Esa caída que es una visión de brillantes en la cima se desmadeja en hilos de plata, teracea los espejos de las lagunas y hace discurrir arroyos nacarinos por las vertientes . Una melodía de violines da un sabor virgiliano al escenario. Otras veces la tormenta con su azogada borrasca se desencadena como un diluvio y el fragor ronco de la tempestad se esparce como un mugido de fieras. Así se surte al nacer. Más abajo recoge esa música de los ríos tributarios con toda aquella su carga de historia y tradición. En ellos vertidos fueron el esplendor y la gloria de Chavín, Pumpa y Yaino con toda la remembranza de sus principales cortesanos y guerreros y la belleza de sus ñustas encantadoras. Pronto se torna caudaloso y su voz broncínea lleva resonancias cósmicas. En el invierno es apocalíptico, lleva en su cauce los huaicos de las quebradas y no pocas veces los bosques y los villorrios de sus orillas. Es un coloso enfurecido, un aquilón impetuoso que se contorciona como una tromba. Indómito y satánico azota y muerde, da latigazos y ramalazos, desgaja los cerros y se desenfrena como un tropel de potros desbocados veloz y voraz, despiadado e inclemente, con alaridos de dragón vence vallas y acomete la tierra virgen y con un sátiro cuaternario se contorsiona haciendo estremecer la selva con su lujuria demente. Un olor de humos y simiente, de levadura y cieno satura al ambiente. Y tras espasmo y próximo palingenésico el río se recoge a su cauce con toda aquella su carga de follaje y limo emprendiendo imperturbable su viaje al Atlántico.

De vez en cuando el viento estorba al río y le hace rabiar impaciencias, en los saltos y encañadas le hace mugir, en los remansos levanta olas y da a brotar un murmullo sórdido como el eco desvaído de un huracán. Otras veces el viento y el río en endemoniada urdimbre levantan trombas y siembran el terror. Se aquieta, y sobre la corriente apacible una brisa suave damasquina la superficie y la hace tersa, cunde la vena melódica y por doquier de la corriente brotan salmos e himnos, un murmullo de arpegios y sinfonías musicales surca sobre las aguas dando a flotar tonos de gaita o de laúd.

Por el Purhuay el río se ensancha y aquieta. En verano es límpido y terso, el sol le hace transparente, es un espejo bruñido en el que se reflejan el cielo y los celajes. Es una gasa recamada de brillantes o un palio de terciopelo que el céfiro en vaivenes leves hace ondular. Por sobre estas ondas apacibles alguna que otra orquídea navega su belleza nostálgica. Manchas de estambres y capullos de flores de azahar y de duraznos van mecidas en la corriente. Por encima bandadas de mariposas multicolores prestan la decoración de su embrujo. Así, fastuoso y perínclito como un monarca imperial se aleja del Purhuay, donde el oro de las playas, el aroma de los frutales, de la vainilla, del pavo de la canela, del tabaco y de la amapola han embriagado y exacerbado su fantasía.

Para adelante el río prosigue impertérrito y dejando Ancash y Uchupampa regresa al territorio de los Aguarunas, Antipas Huambisas expertos disecadores de pájaros y reducidores de cabezas humanas. Luego entra al cruce de la cordillera uniéndose con el Ucayalf que es un mar en la selva baja. El río va al nivel de la tierra conformando islas paradisiacas.

Entrando por la rutas de Yanabamba, Cordorhuasi o Llangama, el viajero desde una altura de más de mil metros ve en el oriente una sucesión infinita de cumbres y de abismos que se cruzan, desde nevados espléndidos, laderas ahítas, caminos vehementes, rutas abruptas, sendas y huellas imprecisas; más abajo lomedales ocres y valles de esmeralda. Una atmósfera especular mantiene el escenario como transverberada de luces Kaleidescópicas. Lo que para el viajero es una cuestión de geografía para el observador más atento o para el artista aquellas estampas de riquísimas variedades y tonalidades son la raíz, y la sabia de una cosmogonía, la fuente del mito y de la magia, la razón, de la religión y del arte.

Al fondo y tras la línea irídica del horizonte se extiende un mirage de ilusión, es la selva tropical donde están el país del Ambaya o del Dorado, el imperio del Paititi y la tierra de la vainilla y del tabaco. Es decir el reino de la fantasía y la maravilla del universo.

En el espacio de este escenario el cielo es grandioso. Los arreboles de la mañana o de la tarde son hiperbólicos y la vista contempla metáforas de color tintes férricos en ignición volcánica.

En este marco y en aquél fondo arrobador, en la margen izquierda del Marañón esta asentado el Purhuay anexo del distrito de Quichez en el norte de Ancash.

El villorrio en la colonia fue centro próspero de actividades industriales, en puerto para la Montaña. Convergían ahí los mineros de Pataz y Huacrachuco y de la cuenca aledaña del río, especialmente las minas de la quebrada de Actuy y de Acobamba. Era el mercado de transacción del oro. Españoles y portugueses establecieron el primitivo campamento minero, sus sucesores lo remozaron y construyeron para su comodidad solares y para la peonada rancherías de madera o de caña.

Había sólo una calle y a ambos lados estaban ubicados los establecimientos de comercio o las moradas de los principales con sus huertos.

Más abajo, en la desembocadura del Actuy habían más campamentos mineros para los obreros de la mina "Huamán" en especial y de los aledaños de Chingalpo y Acobamba.

En el río una multitud de canoas y balsas flotaban pendiente de sus amarras. No faltaron gabinetes de recreo armado sobre las balsas, eran como el refinamiento de lujo exótico. El río entonces era un remanso y daba la sensación de un basto lago, casi inmóvil, era un río acogedor. En sus playas se recogía el oro que los huaicos de las quebradas volcaran sobre ella. Las arenas del Purhuay eran como las arenas de oro de la fábula.

En este villorrio se dieron cita el destino aventurero y aguerrido de hombres osados, acicateados por la ambición de la riqueza y la codicia del oro, no les amedrentó la insalubridad del trópico ni las hecatombes telúricas.

Aparte del menester minero la vida social se reducía a cierta actividad familiar constituida por las clases dirigentes. El comercio del oro hizo próspera la dilación de aquellas familias. Muchas de ellas tenían sus casas en Quichez situado en la parte alta del Purhuay.

Aquél villorrio azotado por los sismos, por los aluviones y huaicos, fue constantemente destruido y constantemente reedificado. Al presente es un puerto fluvial, melancólico y despoblado, vive más de la evocación que de la acción. En las ruinas de aquel villorrio están los testimonios de sus grandeza y de su historia.

Ligado íntimamente al villorrio está el río Marañón. El río era la providencia de la zona. La carga de su limo cubría las playas con el oro de la ruta y en sus aguas los balseros aprendieron a luchar con las fuerzas de la naturaleza.

En éste villorrio germinó un poema de amor tan lleno de rubor y tan inocente que los propios protagonistas lo ignoraron mientras estuvieron juntos. La distancia, al uno le llegó de melancolía y comprendió que era el corazón el que hacía su reclamo; a la otra, la revelación del amor le llegó cuando la muerte le había arrebatado su prenda. Este poema que más pareciera un ensueño o una sonata lírica germinó en aquel escenario maravilloso. Los protagonistas que tanto se amaron no vieron ni el privilegio del coloquio, ni el arrobo de una mirada. Fue un amor angélico, casi irreal o algo así como solo la fragancia de un perfume lejano.

Más de mil obreros albergados en la aldea ofrecían su animación inusitada de gente alegre. Los domingos o feriados, los que no alcanzaban a Quichez o pasar a Vichus se divertían en los tambos y cantinas del Purhuay. Surtidos los bares y sabrosas las causas no había nada más halagador que buscar un refrigerio en ellos. El tambo de doña Herminia cobró fama por su elegancia y exquisitez. En ellos para su respaldo y prosperidad fue menester tener mozos de temple a prueba de fulleros y trampistas. En los demás bares el orden era cuestión de los propietarios o de la gobernación local, casi siempre débil y tolerante. De aquí las bataholas que se suscitaban y la celebridad que alcanzaron algunos malandrines en aquellas báquicas orgías.

Por muchos años no se olvidó la fama de dos taberneros zafios y redomados, expertos en frivolidades y truhanerías. fueron ellos el "Nato" Luis y el "Zambo" Campomanes.

Ambos advenedizos que hubieron llegado a probar fortuna en los cubiletes y juego de azar. Ellos montaron una taberna que llamaron "El dorado" e inventaron la "Lluvia de la Artesa". De un túnel acondicionando en lo alto de la taberna bajaba una lluvia de vino sobre la desnudez de las bayaderas que de pie dentro de las artesas ejecutaban cadencias al son de una música lasciva. A los parroquianos les era permitido tomar el vino que descendía por los labios o el cuerpo de las favoritas. Los otros podían tomar de las artesas. No menos suculento era el rendimiento de aquellas otras novedades llamadas "El Padrino" o "La Exclusiva". Cada vez que una nueva copetinera ingresaba al servicio de "El Dorado", se subastaba, y el favorecido se denominaba el "Padrino", con derecho sobre la "ahijada". Podía incluso llevarse una o dos noches por semana. Pero ese derecho expiraba al año. La exclusiva es una de las bellas copetineras que algún parroquiano la hubiera obtenido en la rifa de una de las noches de orgía. El beneficiario era el dueño exclusivo de la favorita en toda aquella juerga noctámbula.

Aquellas malicias y groserías enardecían la taberna de "El Dorado" y tenía rendida a la gente.

También en el Purhuay de ser célebres algunos bohíos donde los traficantes del oro aplacaban sus fatigas en las tertulias del placer. Andaluzas y criollas zalameras hacían las delicias de los parroquianos. No se ha olvidado la fama de Luz Ernestina y de la Bella Carmela. Mozas lozanas, la una venida de Andalucía con un solado y la otra de una comarca vecina. ambas eran un dechado de hermosura y la flor y nata de la farándula, era difícil olvidarlas.

Se las ansiaba y se les temía. Por muchos años estas mozas reinaron con un despotismo sin igual en el Purhuay. Los tambos, las cantinas y los bohíos eran los alicientes más gratos que estimulaban perseverar en tan alejada soledad. En el día el fragor del trabajo y en la noche la cantina con aquel su embrujo de vino y música. Los naipes y los dados encendían la ilusión y las apuestas menudeaban por doquier.

Otros grupos se apareaban al compás de una pastosa melodía y daban a aflorar la vena lírica y también la aventura. Los hombres encandilados por el alcohol tenían ritmos de acecho y conquista y la mujer tocada el ambiente se daba al baile con frenesí. Lindas las mancebas. Escotadas, las blusas sin mangas, el cabello lleno de collares, el traje ligero y a la andaluza. Torneados los brazos y las piernas, eran de odaliscas. Altas, duras y flexibles, amplio los pechos, erectos y exuberantes los senos impúdicos, las cinturas estrechas y amplias y macizas las caderas ondulantes. Eran una confitura. Altivas y hieráticas, pero transidas de lujuria esas mujeres ejecutaban en el baile movimientos de seducción, escudaban erotismos hasta en los más leves giros del ritmo. La magia de la ocasión las hechizaba y las hacía olvidar las fatigas de payadoras de oro de los arenales. El licor que habían apurado las hacía perder los últimos reductos del pudor. Entonces estas odaliscas eran un torbellino de contorsionistas que estremecían los instintos del varón.

Violentos con todo el ardor de la música los galanes alucinados por el deseo acometían impertérritos con movimientos de ronda, perseguían a la pareja, golpeaban el suelo y emitían voces de ansiedad que electrizaban.

Los primeros rayos de la aurora sorprendían a uno que otro parroquiano dormido bajo la copa de un jacarandá.

En la ceja de una eminencia que dominan el Purhuay se edificó un templo en honor a la Virgen de la Natividad. El mejor oro de las playas y de las minas fue empleada en la decoración de la calle. El venerable Padre Víctor de la Torre y Suárez que hubiera retocado el altar de la Santísima Virgen del Rosario del Templo de Santo Domingo de Yungay fue llevado al Pruhuay para que edificara la capilla. La obra fue una maravilla arquitectónica. Una miniatura donde de la riqueza del oro y la pedrería rivalizaban con el primor de los estilos. Lo plateresco y barroco se combinaron en conjuntos esplendentes. En las columnas salomónicas de los altares las hojarascas se adherían a los retorcidos y en los capiteles e intercolumnios habían cabezas de ángeles, en el altar se componía de dos cuerpos en el que lo barroco y churrigueresco se daban la mano. Los vanos lisos y los frisos exonerados con rosetas, ovarios, hojas, sarmientos y florones hacían un marco de nota. Dentro de este cuadro el altar de la Virgen con una hornacina cuajada de arabescos y tachonada de perlas y rubíes emergía grandiosa. Las jambas tenían columnas corintias con fustes de sarmientos. Por encima de la hornacina se elevaba una armazón de quimeras y florones y rosetas estilizadas.

Todo el altar de la virgen estaba revestido con pan de oro. Los altares laterales tenían retablos churigueresco tallados en madera. Un prolijo estuco y un profuso afiligranamiento daban a los altares tal fascinación que arrobaba al alma y la hacían remontar a mansiones angélicas.

Aquellos retablos estaban cuajados de rosas, azucenas de lirios tallados también en madera.

Para la época de su fulgor la capilla tenía bóveda de yeso estucada y tarceada, el piso íntegramente alfombrado. La campana fundida con el bronce de armaduras y con el oro del Purhuay emitía tonos de tal dulzura que llenaba al alma de dulces resonancias.

Al presente aquella capilla, varias veces sacudida por los terremotos, apenas es la sombra de la que fue. Los retablos caídos, raspando el oro de los frisos y paneles, sacados los lienzos, el techo descuidado, hace ver que aquella capilla fue saqueada.

De las estancias vecinas se han podido rescatar algunas reliquias, como rosetones de madera donde está pintada al óleo la virgen dolorosa.

La colonia española radicada en el Purhuay había hecho traer de Barcelona la efigie de la virgen y la instalación y consagración dio lugar a una festividad de diez días. De veinte leguas a la redonda acudió la gente a aquella celebración y los festejos y más diversos amenizaron los programas.

Bastaría citarse de un apunte que se conservan en los libros de la capilla que para aquella ocasión se gastó 80 quintales de cera y que se quemaron 30 castillos de bengala. No quedó en el Puruguay ni en los pueblos vecinos ni un cohetecillo ni una gota de licor. Cinco mil peregrinos se apiñaron en el Purhuay y alrededores. De bandas de músicos no cesaron de tocar y por los bohíos y las playas, por los cerros y las huertas las concertinas y las cajas roncadoras daban a resonar su música de fiesta.

Tal fue la solemnidad de aquel acontecimiento que la capilla de la virgen se convirtió en el centro del fervor religioso de la Colonia. Todos los años se intensificaba el culto, al pueblo que ahora, casi desaparecido, el Purhuay y la capilla varias veces reedificada, sigue atrayendo a sus devotos. Y fuera de que anualmente se celebraba la fiesta con todo esplendor, cada cinco años las poblaciones vecinas contribuían para su mejor solemnidad. Los devotos del "quinquenio" tomaban a su cargo el programa de la fiesta y los mayorales y muñidores de la Virgen arrebataban la capilla.

En las noches de fiesta se encendía los velones acomodados en todas las eminencias cercanas a la Capilla, así como en la calle principal del Puruhuay. Aquellos velones eran dedos o tres metros de alto por veinte centímetros de diámetro.

Las andas de un lujo sevillano ostentaban flores artificiales y adornos de pana y terciopelo. Lujosos mantones de Manila colgaban de las andas y en los pasamanos las ceras labradas llevaban lazos de cintas multicolores, el anda semejaba un banco de como 15 metros más de largo por tres de ancho. Santos varones de esmerado hábito blanco cargaban las andas y como los pies descalzos se balanceaban llevando en los hombros su carga alegórica. Había que tener fortuna para ser Santo Varón. Era un honor muy codiciado. Por delante de la procesión los acompañantes portaban velas labradas y cuadrillas de gente portaban grandes zahumerios.

La procesión era de día y de noche. La mayor parte los acompañantes llevaban sus ceras encendidas y los grandes velones colocados a 20 metros de distancia daban a flamear sus llamaradas.

Cuando la procesión debería ser en el río en la mañana celebraban la misa en la Capilla y después el sacerdote bajaba a la playa para bendecir las aguas del Marañón.

A las 9 de la noche comenzaba la procesión. Temprano sobre una balsa de 15 metros de largo por 4 de ancho se había acomodado las andas, donde la Virgen y sus Santos Varones estuvieron listos para el cortejo.

En otras balsas se instalaban las bandas de músicos y los acompañantes. En ambos lados de la orilla columnas de velones ofrecían su luminaria. Entre la distancia de uno y otro velón se extendían cables para sostener las ceras de las ofrendas. De una orilla a la otra una multitud de cables sostenían la luminaria de los cirios.

El río estaba de gala. Todas las flores de los jardines y huertos habían sido cogidas para deshojarlos y echarlos al agua. Picadillos de papel y láminas de ceras de color flotaban entremezclados y una infinidad de lamparines de lata daban a flamear sus mechones de luz. Aquellos lamparines hacían acrobacias en las fluctuaciones del remanso.

En una de las noches del " quinquenio " un olor a azufre e incienso llenaba la comarca. En las cumbres aledañas a la Capilla donde no faltaban las Santísimas Cruces, al pie de ellas fogatas de azufre elevaban sus llamaradas azules con pinceladas rojas en su base. De vez en cuando un fantasma que llevaba en las manos una guadaña y en la otra un látigo saltaba sobre el fuego. Ese fantasma era una " Zampara ", esto es un "Vengador". Los peregrinos que habían acudido a aquella festividad haciendo un voto de penitencia, vestidos de blanco y con una capucha en la cabeza, los pies descalzos y las manos atadas a la espalda emprendían sus ascensión a las cruces.

Ahí la " Zampara " flagelaba a los penitentes hasta que se rindiera sus brazos o cayera exánime el penitente.

A lo lejos las imprecaciones de la " Zampara " y las lamentaciones de los peregrinos hacía estremecer.

Dos coros, formado el uno por varones y el otro por mujeres se acomodaban en la oscuridad y entonaban canciones doloridas. Muchos de estos coros irrumpían en llantos exacerbantes que hacían más triste y penosa la escena.

Los penitentes dispersos en su ascensión a las cruces o de regresos de ellas, después de cada estrofa repetían al estribillo de cada canción. Y estas voces eran más lamentos que una canción.

A las cuatro de la mañana las campanas anunciaban la misa de alba y los Santos Varones emprendían su recorrido por las cruces para auxiliar a las " Zamparas " y a los penitentes rendidos o maltrechos.

En las esferas superiores de la vida social del Puruhuay las familias se agrupaban en núcleos de intimidad muy escogida. Aislada y precaria aquellas reuniones tenían un sabor virgiliano. En algunas moradas aquellas reuniones cobraban realeza. Los caballeros rivalizaban en hidalguía y las damas en donosura. Esas reuniones eran un dije de orgullo social y estaban transidas del recuerdo de la patria o del solar lejano. El acorde de las guitarras y el aire de las melodías del terruño hermanaban a las familias y transportaban a los aleros de la infancia. Tenían esas festividades tal seducción que mas pareciera el recital de la felicidad o un concierto de poesía y música.

Entre otras honorables familias instaladas en el Purhuay estaba la de don Asunción Chávez Quiñones casado con doña Josefa de Ontaneda. De este matrimonio nació María Josefa el 12 de diciembre de 1700. Al cumplir diez años fue llevada a Lima a un colegio de religiosas. Alguna que otra vez la niña fue a pasar vacaciones al lado de sus padres. Pero en 1719 hubo de perder a su madre y tener a su padre enfermo con la fiebre del Purhuay. Para entonces tenía 19 años y se vio precisada acudir al lado de su padre.

La tradición ha conservado vivo recuerdo de María Josefa. Las personas que lo conocieron y los comentarios que hicieron entonces, tanto de su belleza como de la tragedia que pusiera fin a sus días han delineado un tipo excelso de mujer. Alta y estatutaria.... El rostro bello tanto para la ensoñación como para la adoración estaba como emergiendo de la abundante y fina cabellera. Una frente amplia y cándida como los ángeles, los ojos grises en piadosa imploración; las mejillas como amapolas frescas, la boca como un arrobo de flor, el torso exhubero como esculpido en ónix y las manos aladas y hostiales.

La voz dulce y pura tenía las tonalidades de la ternura angelical. Era el trino del ruiseñor en acorde con el canto de la alondra. Su predilección por las flores hacía de ella una flor más. A fuerza de estar en el jardín tenía una belleza y un perfume singular que a distancia se le presentía. A su lado se estaba como en arrobo o éxtasis o como ante una aparición extraordinaria.

María Josefa tenía la sublime melancolía de la flor, gracia divina que hace soñar más en las delicias del cielo que en los primores del mundo. Y como la flor no es más que un beso de luz y color, ella era el rubor seráfico o un recado de belleza para presentirla y gustarla en el empíreo.

Tal María Josefa. Paisaje, clima, mito, religión, familia, poesía y fábula contribuyeron hacer de ella primero un botón primaveral y luego una flor espléndida.

A María Josefa le gustó el Purhuay, le gustó la ilusión y el misterio que había en él, le cautivo el río señorial que en su niñez hubiera surcado carga a munda o cuando levanta el lomo hirsuto como un garfio o una tromba y se desencadena como un ciclón. Jamás se olvidó de aquel contraste entre la aridez de los yernos de Quichez y lo fértil y prodigioso del valle.

Su padrino don José Rodríguez Marín, rico comerciante de Llama, que hubiera tenido la amabilidad de ir por ella a Lima, le acompaño en el Purhuay, todo el tiempo que fue indispensable para el restablecimiento de don Asunción.

Cuando se fue María Josefa se quedó sólo con su padre. Tenían entre manos un trato de traspaso de sus negocios para dejar el valle. Entre tanto hubo de permanecer, unas veces en el Purhuay, otras en Quichez, en casa de sus familiares. La vida del campo le entretuvo e hizo de ella una mujer fuerte y valerosa. No obstante, el escenario estrecho y aislada hubo de hacerla nostálgica. El recuerdo en su vida de colegiala tuvo de evocación y creó en ella una fantasía cada vez más caudalosa. Propicia al ensueño logró forjar un mundo interior para liberarse del ostracismo.

Así vivía María Josefa : entre un escenario rudo y maravilloso y el miraje prodigioso de su fantasía. Sus amistades se disputaban el privilegio de su compañía, el pueblo lo adoraba. Pero donde era aclamada y venerada fue en el Sanatorio. Los indigentes y enfermos recibieron de ella su magnificencia y toda su angelical cuidado. Para María Josefa la atención a los enfermos era un placer. La llenaba de gozo saber que bajo sus cuidados la gente podía disfrutar de salud y volver a sus labores.

En el hogar de María Josefa era una hada. A todas las cosas les daba vida y animación, todo lo tenía ordenado y limpio y un encanto angélico emergía de aquella intimidad.

Don Hermenegildo Llanto, un hábil y horado agricultor del Purhuay logró expeditar el viaje del científico. Con ocho mulos de carga y dos peones de ayudantes el año 1786 emprendieron la partida. El primer día atravesaron Islan, pasaron por Taurija y se aposentaron en Urpay. Al siguiente día se dirigieron a Tayabamba donde llegaron después de dos días de jornada. En el trayecto el científico se interesó en el estudio de un canal de irrigación que servía a la andenería de Huarauya. A la cabecera de esta andenería descubrió una enorme piedra con petroglifos. Tres días después y pasando por la cumbre de Huajay Irea ahora denominado el Calvario ingresaron a Shupunko (Crisnejillas) - Aquí dieron descanso a la peara y dos días después pasando por Aira y Tampuc - ahora La Palma y Bellavista - acamparon en las orillas del Huallaga. Deslumbrado por la grandiosidad de la naturaleza el botánico anotó sus impresiones y escribió una carta a María Josefa despachándola con una de las tres palomas mensajeras con que aquella le hubiera enviado en el Puruhuay.

Dos días después se internaron a la maraña de la selva y asentaron su campamento en las inmediaciones de la tribu de los Chushucones. La cordialidad de los moradores y la excelencia del lugar les permitió hacer el centro de sus actividades. Desde ahí incursionaron a otros parajes que los guías conocían. Cuzsh era una población rústica asentado al rededor de las faldas de una loma. La cúspide había sido Chushuncon y de sus allegados y servidores. Al pie del cerro, las castañas y coníferas elevaban sus tallos corpulentos a una altura de más de 40 a 60 metros. Como a 10 metros de alto, mas o menos se hallaban terrazas de madera atadas a los árboles, y sobre los cuales les se asentaban pequeñas cabañas. El piso de cañas estaba cubierto con pieles de pumas y sajinos. Y de una terraza a otra se comunicaban con puentes colgantes también tapizados con cuero. Tanto las terrazas como los puentes tenían pasamanos de soga como una población flotante que les permitía vivir sin los rigores de la humedad del suelo y sin el acecho de las fieras. El científico de Hermfnigildo Llanto se instalaron en una de aquellas cabañas flotantes.

Hacía dos meses que el científico estuviera establecido en Cuzch recolectando y seleccionando las plantas y estudiando su conservación y embalsamiento.

Un día se acordó del Puruhuay y envió otra paloma con un mensaje a María Josefa. Aquella carta era una oda a la selva. Por su versión pasaron como en una posición viva animales fantásticos como la boa y la tarántula, fieras como el puma negro y el jaguar; peces raros como el paiche, el zungaro, achacubo y el carachama; caimanes y lagartos maravillosos; zachavacas, sajinos, huanganas, ronzocos monos blancos y tortugas originales; garzas reales, perdices azuladas, guacamayos y cayumberos exóticos; mariposas inverosímiles. Todas una fauna rara no clasificada aún. En cuanto a la flora de una variedad infinita, estaban allí el caucho, la shiringa, la balata, la gutapercha y aquel látex de la catahuma del que los salvajes hacen el " curaje ", veneno que usan en sus flechas. Los lianes y bejucos hacían la maraña de la selva, prodigiosos por lo duro, flexibles y largos y sobre todo raros como las fibras del humbo y chambirá que tienen la resistencia del acero y que se le denomina alambre vegetal. Maderas asombrosas como el "Shihuahuaco", más duro que el hierro; maderas hermosas como el palo de sangre, el palo santo, el palo de bálsamo; maderas como el "tahuan" y la "itahuba" que se enduran en el agua; ramas como el "cético" que cuando se frota produce fuego; chontas, ceibos y bombonajes de la palmeras para la industria casera; castañas gigantes, mucha de las cuales pasan de sesenta metros de alto y ofrecen a la industria familiar recursos inagotables.

 

Plantas sutiles llenas de perfume como el "comene" que sirve para la fabricación de explosivos; plantas medicinales como la copaiba, la quinina, las almendras, la cancha y el cedro rojo. Plantas caseras como el palo de balsa, el barbasco, y estupefacientes y alucinógeno como el "ayahuasca". Todo legendario y con una caída de flores maravillosas como las orquídeas y los tulipanes morados.

Los paisajes efusivos crepúsculos grandiosos, aguajes, bajíos y cochas cautivantes; vahos cargados de polen y clorofila, humos en fermentación, linfas llenas de fertilidad y en permanente fecundación. Lluvias torrenciales, tempestades donde el trueno y el rayo siembran el pavor; ríos caudalosos y desbordantes con lechos inestables que son al terror de las poblaciones ribereñas; poblaciones atónitas a merced de los huaicos y aluviones, bohíos álgidos amenazados siempre por los salvajes y las fieras cuando no por los reptiles.

En fin, aquella floresta voluptuosa y sensual hechicera y magnética, donde las flores del ishpingo esparce un perfume inervador y el sol cae sobre los hombros con sus peso de plomo incandescente y se va por los confines en oriflamas de topacio y púrpura dejando una orgía de tonos mágicos para el arrobo de la fantasía.

Floresta llena de vivencias y superstición, de fábula y misterio, de ensueño y poesía, enriquecida por la narración de los viajeros y la literatura selvática; floresta férvida donde no cabe sino el arrojo pugnaz y el romance puro y creador; floresta maravillosa que hace del hombre un ser proteico e idólatra.

Tal la misiva de Eusebio, el ensimismamiento telúrico en que se encontraba y la admiración y el deslumbramiento que te embargaba.

Sin embargo de sus preocupaciones no se olvidaba de María Josefa. A su lado se había sentido como inundado de melodías y le había parecido como que siempre hubiera vivido en tan bella compañía. La hermosura de la amiga con ser extraordinaria no era todo, había en ella un dulce candor en el alma y en el corazón una alborada de primavera. Al lado de ella se estaba como al lado de una flor o de un ángel, se vivía embelesado.

Y en ese estado del espíritu no cabía más sentimiento que la adoración. El amor no había perturbado sus sentidos, de ahí que jamás se le hubiera ocurrido formular una declaración amorosa. Alguna vez le había dicho que en Bilbao, en el oratorio de su casa, su madre veneraba una virgen y que toda la familia lo veneraba también, y que esa virgen se aparecía a ella. No lo había dicho como un cumplido sino como una referencia natural, la misma María Josefa no lo entendió de otra manera. Es posible que desde entonces Eusebio quedara fanatizado y María Josefa maravillada. Ninguno lo advirtió por que esa declaración estaba por encima de toda percepción.

Y ahora en plena selva recapitulaba las escenas del Purhuay y no alcanzaba separar la imagen de María Josefa de la imagen de las flores. Recordaba que cuando se paseaban por el campo tenía la impresión de estar como al lado de una guirnalda de lirios. La distancia y la evocación eran para él como un despertar a la realidad.

La ausencia de aquel ser angelical era un vacío para él, se dio cuenta que no podría vivir sin aquella beldad. Entonces su memoria reconstruyó la imagen querida y lo gravo en la mente y con ayuda de la imaginación edifico un altar para venerarlo ahí.

Idealizada de esa manera aquél ser excelso era la divinidad y la razón del culto angélico y apasionado de Eusebio. Pero todo esto referido en la misiva a María Josefa no era sino como un comentario, como una enviación y una plegaria. En ninguno de los paisajes de la costa se permitió insinuar su pasión y cuido que aquella misiva fuera mas una estampa de la selva y la narración de su estado espiritual una consecuencia de su exaltación.

 

La vida de los salvajes le tenía consternado. Pese a la riqueza de la naturaleza mostraba una pobreza absoluta. No se preocupaban del porvenir. Núcleos estrechados por el parentesco o por la alianza hacían causa común y se defendían de tribus más salvajes o emprendían conquistas para ampliar sus dominios. Las guerras cruentas eran de una ferocidad horripilante, mientras los cuernos y los tambores atronaban el espacio los combatientes se despedazaban. Los generales revestidos de la piel del puma o del otorongo recorrían el campo excitando a sus huestes y los lamentos de los heridos eran acallados con la maza o el garrote.

después de cuatro meses de estadía en la selva emprendía su regreso al Purhuay, cuando una imprevista ventura la frustro. Dos días de jornada y al tramontar una colina advirtieron que dos personas estaban atadas a un madero y al rededor mujeres embriagadas danzaban al son de una música salvaje, tras de ellas una fila de hombres armados también ejecutaban ritmos de baile, mientras que se alistaba una pira de fuego para quemar a las prisioneras. Eusebio ordenó a su gente disparar al aire para esparcir a los indígenas. En efecto a la detonación huyeron despavoridos.

Alguno que otro salvaje disparó su flecha, pero a la segunda detonación no quedó ninguno en la meseta. Cuando desataron a las prisioneras se dieron con la sorpresa de que eran mujeres, una de las cuales vestía con adornos ricos y era bastante bella. Los interpretes manifestaron que la mas bella de las jóvenes era una princesa que había sido raptada por los enemigos de su padre y que el rapto lo habían hecho cuando toda la tribu se hallaba a la caza de un par de otorongos, que en las noches anteriores habían asolado la estancia. El botánico tomó en sus brazos a la princesa y lo puso sobre la frontera de su cabalgadura y emprendieron la bajada rumbo a los dominios del Cacique, padre de la bella Cullcush.

Dos horas de caminata habrían transcurrido cuando de tras de los montes que circundaba el camino un centenar de selvícolas irrumpieron contra la comitiva en forma intempestiva derribando al botánico de un flechazo y apoderándose de la princesa. Era el ejercito del padre de Cullcush que al regresar de la cacería de los otorongos se había informado del rapto. Cullcush de inmediato protestó por el error y consternados del Cacique y sus gente por el equívoco prodigaron todos los recursos que estaban a su alcance para aliviar el daño causado al salvador de la princesa. Trasladada al palacio de Shogocondor, la bella Cullcush no se separó de la cabecera de su salvador y la fiebre del científico se refrescaba con sus lágrimas.

La estancia dispensaba a Eusebio estaba enguirnalelada. No hubo delicadeza que no se le hubiera prodigado. Los conjuros y hasta los sacrificios fueron cumplidos con unción y fe. La misma Cullcush que tuviera una voz dulce y amorosa le cantaba sus más tiernas e íntimas canciones. Tres indios que succionaron la herida de Eusebio murieron pronto y entonces se consideró salvado al científico. Pasado la fiebre el botánico diariamente tenía largos coloquios con don Hermenigildo Llanto y aquellos coloquio eran para evocar a María Josefa, la mayor virginal que le había inspirado la ilusión de amar con pureza y a quien no olvidaba. El recuerdo de aquel ser idolatrado le servía de sustento. Era este recuerdo una panacea para él. Y quería hacer saber al Purhuay el percance del que estaba saliendo lentamente; quería que María Josefa supiera que le tenía presente y que era la divinidad bajo cuyo amparo estaba restableciéndose.

Cullcush cada vez más bella y más engalanada se acercaba al científico para ofrecerle sus atenciones.Sus manos suaves descorrían las vendas de la herida y la curaban con tanta delicadeza que daba la sensación de no hacerlo.

Un día que el científico en agradecimiento de tanta atención, después que las manos de Cullcush hubieran terminado de limpiar su rostro, las tomó en las suyas y las besó. La princesa se arrodilló y tomando las dos manos de Eusebio las colmó y se hecho a llorar de alegría. Al siguiente se sacrificó un venado y Cullcush compartió con Eusebio una vianda preparada con el corazón del siervo. En la tarde la princesa ataviada de odalisca india ejecutó ante Eusebio una danza epitalámica al ritmo de un coro de vestales.

Al otro día sacado Eusebio a una plataforma de madera y ante él desfilaron el ejército y el pueblo en reconociendo del Príncipe Consorte. Eusebio asistió a todas las ceremonias de ese día como un autómata en la creencia de que era en homenaje a su persona por haber salvado la vida de Cullcush.

Aquella escena le deslumbró. Los soldados revestidos de una indumentaria guerrera portaban armas raras y su marcialidad subía de tono en los rictus bélicos que daban a sus rostros; los personajes de la nobleza llevaban distintivos originales y el pueblo vestido de gala entonaba canciones rituales. Luego desfilaron los menestrales y los fámulos portando sus obras maestras o los animales más estimados. Era la expresión de un mundo mágico, donde lo mítico y totémico tenían simbolismos expresivos.

Estas impresiones como el recuerdo constante que tenia de María Josefa habría querido hacer llegar el Purhuay, pero la última paloma mensajera que le quedaba se le había escapado el día en que cayó herido, privándote por consiguiente de ese medio de comunicación.

Por las mañanas el científico leía sus libros y después de almuerzo la estancia era invadida por la princesa y su corte. Ella y otras hermosas doncellas ejecutaban coreógrafas de ballet selvático. Cullcush, luego de despedir a su corte tomaba las manos de Eusebio de rodillas ante su lecho las colmaba de besos.

Y cuando éste se mostraba indiferente la princesa se llenaba de dolor y prorrumpía en llanto. Cullcush se había enamorado de Eusebio con tanta pasión que en su ignorancia del lenguaje quería expresarse con muestras materiales de afecto. El científico comprendió la pasión de Cullcush y la tuvo pena. Ya estaba enterado de que se le había dado como a novia y que sino se casaba había de ser enterrada viva. Indudablemente que el presentimiento de algo insólito daba a la princesa tan tono de melancolía que unido a la influencia mágica de la selva hacía de ella una mujer nostálgica.

Cullcush era lilial, como un estambre de orquídea era exótica, era dulce como un enjambre, era hermosa como arrobal de la aurora; la faz de ángel, los ojos ensoñadores, el cuello de ave sobre hombros de avellana, el tórax como una ensoñación sobre el que los senos apenas en esbozo se erectaban hacia arriba; la cintura como el de una baja y bien torneadas las extremidades era más para el arte que para el amor. Un vestido de mallas en el que se habían recamado una variedad de bellísimas mariposas le daba a Cullcush una majestad de diosa. Sus otros vestidos eran también riquísimos, llenos de oro, de turquesas y de plumas raras.

Eusebio parecía perder su vigor. Sus memorias no avanzaban por que perdía el aliento. Don Hermenegildo se empeñaba en recomendarle descanso. Poco a poco aquella fortaleza iba decayendo. Volvió a sobre venirle la fiebre y Cullcush no se apartaba de su lecho ni en el día ni en la noche.

En vano se hicieron nuevos conjuros y sacrificios. En el delirio de la fiebre sus labios musitaban el nombre de María Josefa. El 13 de Junio de 1774 dejaba de existir en brazos de la desesperada Cullcush.

Las exequias fueron solemnes. El cacique ordenó que todas la flores de la comarca fueran cogidas para rellenar la fosa de la tumba del sabio. Sobre esa tumba se levanto una Chullpa para las ofrendas y sacrificios.

La noticia de la muerte de Eusebio llenó de consternación a María Josefa. Sintió que algo se derrumba en ella. Se replegó a sus quehaceres llevando encima un cielo nublado y cuidando de no analizar o profundizar su estupor.

Aquella desgracia hizo aflorar en ella tesoros de ternura. Gustó de la oración sus más caras imploraciones. Una melancolía infinita invadía su ser y le cubría como un joyel nostálgico. Sus lágrimas cayeron como un rocío sobre las orquídeas de la montaña. Y se entregó al dolor para apurar aquellas sus notas de tristeza, soledad, angustia y aflicción.

Un insensible abandono le sobrevino con algo de inconsciencia, pero que le hacía más grato el sufrir por permitirle la gracia de la evocación. Ese abandono era como una fantasía orquestal que con sus acordes de pena lograban embriagarla y cautivarla. Y sin quererlo le venía a la memoria el recuerdo de las miradas de Eusebio y su fantasía se iluminaba de fanales flor de lisados y se poblada de melodías de oberturas sedantes.

Nacida en un solar apacible y en un dije de familia, el paisaje, el clima y la religión contribuyeron hacer de la niña primero un botón de primavera y luego una flor espléndida.

La conchucana tiene una belleza nostálgica llena de evocación y añoranza. No es que le falte alegría, sino que por poéticas, su emoción es más humana y angelical. Es una cosa de metafísica y sino. Su ancestro nativo y español le han dado un tinte mate y nácar y una cabellera áurea que orla como caída o que flota como lampos de luz. Sus ojos azules o pardos irradian un tono de ternura infinita y el cuerpo egregio es como un verso o un himno. Escultural, es una sublimación de formas hechizantes; dulce es una mistura de caricias o un filtro de mieles; suave; es un copo de nubes; exótica, es la orquídea que deslumbra o la prurrieta que subyuga. Y María Josefa a los veinte años era una ensoñación; radiante, era un nimbo de auroras o una gavilla de haces de sol; angelical, era un boceto de Murillo o una visión celestial, sutil, era un tibor de perfumes. El pueblo lo adoraba, los necios lo codiciaban y los hidalgos lo veneraban.

Nadie aún le había hablado de amor. Ellas misma se habría sorprendido que brotara en su alma otro sentimiento que no fuera el celestial y místico. Diez años de enclaustramiento había hecho de ella una vestal seráfica. Y toda su belleza de lirio y azahar lo había consagrado a su devoción religiosa no tenía nada para el mundo, ni habría para ella más horizontes que los espirituales.

Fue Eusebio que descorrió para ella las maravillas de un mundo desconocido, donde otros escenarios, otra música y la fragancia de otras flores le ofrecía su fragancia enervadora, en el canto de la alondra escuchaba la voz transida del reclamo; en la atmósfera el céfitoes daba a sentir el aroma de los capullos y del polen, y la propia luz solar que le envolvía en oro turgía su pecho haciéndola conturbar.

Se encontraba en una rara e inusitada transformación y frente un enigma impenetrable. Ante esta misteriosa revelación tembló como se tiembla al nacer o morir.

En un examen riguroso de conciencia no se encontró culpable, ni en el pensamiento ni en las obras. Jamás se había apartado de la honestidad y castidad y su propia belleza que fuera siempre ovacionada no le había envanecido no tentado para hacerlo más deslumbrante. Para ella, Eusebio fue un caballero gentil.

Hasta aquí el razonamiento de una doncella conmovida por la Epifanía de un nuevo mundo. Sin embargo aquel caballero había sido el verbo de un nuevo mensaje y la esfinge ante el que la virgen se estaba confrontando.

Pese al análisis y disección que María Josefa hiciera de sus sentimientos no pudo apartar de sí aquella melancolía que le sobreviniera por la desaparición de Eusebio. Melancolía a la que estuviera predispuesta desde su nacimiento en el Purhuay, donde el arrullo del río es premonitorio de aflicciones. Y quedé en ella aquella melancolía como el eco inconsútil de una lánguida melodía musical que no habría de cambiar, como no cambia la música sin que cambie el alma.

Así, la muerte de Eusebio, que aparentemente no hubiera afectado a María Josefa le sumió en una verdadera tribulación. Inexplicablemente se encontró como recogida en un absoluto aislamiento, dialogando con los niños, con las nubes y las estrellas. En estos contactos logro no solo la sabiduría de la naturaleza sino la apacible serenidad que regala la soledad. Y poco a poco conformó su experiencia con las sorpresas de la vida y templo su alma en los altibajos del destino, llevando insensiblemente de aquella amistad algo así como el halo de una estela o la melodía de una torva lejana.

Nadie sospechó que la muerte de Eusebio hubiera afectado a María Josefa; ella misma pensaba así. Y sin afectación alguna atendía sus ocupaciones cotidianas como si nada hubiera pasado. Sin embargo alguna que otra vez le sobre venía una tristeza infinita en la que se sentía desfallecer. Un caudal de lágrimas acudía a sus ojos y su llanto silencioso era como un rocío que le refrescaba o como una plegaria que le calmaba.

Cuantas veces le sobrevenía esta angustia prefería sufrirla en el río. En una canoa solfa navegar a la deriva y dar rienda suelta a sus lágrimas. Y la pena y la desolación de la virgen conmovía al río y le hacia emitir notas aflictivas. Y este dúo dolorido era una melodía apocalíptica que convulsionaba de tristeza a la comarca.

Estas escenas en vez de calmar renovaban su dolor por que la evocación recrudecía su amargura. Y el gran río como el fiel confidente de María Josefa le ofrecía sus ondas de esmeralda y las melodías de sus sonatas más íntimas para disipar su desolación.

Aquella doncella que no había conocido la dicha del amor conocía todas las gamas del sufrimiento, desde la punzada y el escozor hasta el suplicio y el tormento. Postrada y contristada por el dolor María Josefa no se revelaba no lo desechaba. Por el contrario lo consideraba como un tierno idilio, como el primer poema de su vida que le daba fuerza para vivir en su tristeza como arrobada en un delirio inefable.

Pero muerto Eusebio si no debiera recordarle como se le aconsejara su confesor, sin quererlo parecía estar bajo el influjo de la evocación. Así aparece cuarteadas que bajo el título de una sombra de un recuerdo insertamos a continuación, sin más arreglos que algunos retoques al estilo.

Para entonces don Asunción se había recuperado por completo y al volver a tomar en sus manos el giro de sus negocios María Josefa tenía la libertad de poder pasearse.

Pasaba así algunos días en Quichea en casa de unos familiares de su madre, otras veces en Uchus en casa de don Silvestre Flores donde podía departir con su hijas la intimidad de sus juventud. Para esta época María Josefa entraba a la plenitud de su belleza con tal esplendor que fascinaba.

Frente esta extraordinaria mujer había que admirar lo maravilloso de esta beldad y pensar en el primer de lo sublime. Ingenua como una flor no fue egoísta y con un desprendimiento absoluto no ocultó su hermosura, la llevaba al natural y sin malicia. Jamás le asaltó la idea de provocar la ovación y el aplauso. A su paso las cosas se bañaban de ilusión y el ambiente se saturaba del perfume de su juventud bondadosa por impulso natural sus ojos lindos miraban con cariño. La gente le veneraba, era la divinidad del lugar. Alguno que otro varón prorrumpía en lisonjas, pero la hierática inocencia de la virgen refrenaba sus ímpetus, se contentaban con presentarle su pleitesía, y, acaso les fuera más placentero este porte que romper el encantamiento que les hacía felices.

María Josefa era la virgen radiante, la figuración más excelsa de la divinidad angelical. Ella misma sentía la placidez de sus formas. Lo dejaba al natural y su atuendo llano daba a relucir y presentir su grácil euritmia. De no ser honesta y generosa se habría amado así misma. El espejo de las aguas le revelaba sus encantos, la admiración y la alabanza de la gente le hacia pensar en lo maravilloso de la beldad.

Pero en Carlos Gustavo se operaba un fenómeno morboso. El rechazado de María Josefa le exasperó impotente para superar su infortunio no pudo reprimir sus impulsos. Nefario, caliginoso y lascivo, la lujuria se desbordaba en él; sumergido a una crápula permanente había debilitado su cuerpo pero excitado su voluptuosidad. Una llama sádica quemaba sus carnes y se abrazaba al cuello haciendo jadear su sensualidad de saurio selvático. Este bastardo, ante el apogeo de la belleza de María Josefa volvió otra vez sus miradas de chacal sobre ella. Un vendaval de lascivia le envolvía como un torbellino y le tenía como maniático. Su bajeza moral le tenía sumido como en una crónica fibra erótica, donde un espejismo de lubricidad le tenía en imaginarias molicies. Desde ahí, de ese estado de insomnio o escalofrío delirante pretendía profanar la aureola de castidad de la virgen. Desde luego que para ello hubo de cambiar de táctica. Se alejó del circulo que rodeaba a María Josefa y no volvió acercarse ante ella. En la esfera de sus relaciones se hizo mesurado y después circunspecto.

No volvió a vérsele en la francachelas de las pulperías de campamento.

Pasaba por regenerado. Así logró conquistar la confianza de don Asunción en cuyo establecimiento comercial acabó de concentrar los "socorros" de la peonada.

La misma María Josefa no le tenía aversión. Se mostraba indiferente con él y la hartaba esa distancia, para no preocuparle y darle a entender su resolución inquebrantable de no permitirle mayor acercamiento.

La noticia de la muerte de Eusebio llenó de consternación a María Josefa. Sintió que algo se derrumba en ella. Se replegó a sus quehaceres llevando encima un cielo nublado y cuidando de no analizar o profundizar su estupor.

Aquella desgracia hizo aflorar en ella tesoros de ternura. Gustó de la oración sus más caras imploraciones. Una melancolía infinita invadía su ser y le cubría como un joyel nostálgico. Sus lágrimas cayeron como un rocío sobre las orquídeas de la montaña. Y se entregó al dolor para apurar aquellas sus notas de tristeza, soledad, angustia y aflicción.

Un insensible abandono le sobrevino con algo de inconsciencia, pero que le hacía más grato el sufrir por permitirle la gracia de la evocación. Ese abandono era como una fantasía orquestal que con sus acordes de pena lograban embriagarla y cautivarla. Y sin quererlo le venía a la memoria el recuerdo de las miradas de Eusebio y su fantasía se iluminaba de fanales flor de lisados y se poblada de melodías de oberturas sedantes.

Nacida en un solar apacible y en un dije de familia, el paisaje, el clima y la religión contribuyeron hacer de la niña primero un botón de primavera y luego una flor espléndida.

La conchucana tiene una belleza nostálgica llena de evocación y añoranza. No es que le falte alegría, sino que por poéticas, su emoción es más humana y angelical. Es una cosa de metafísica y sino. Su ancestro nativo y español le han dado un tinte mate y nácar y una cabellera áurea que orla como caída o que flota como lampos de luz. Sus ojos azules o pardos irradian un tono de ternura infinita y el cuerpo egregio es como un verso o un himno. Escultural, es una sublimación de formas hechizantes; dulce es una mistura de caricias o un filtro de mieles; suave; es un copo de nubes; exótica, es la orquídea que deslumbra o la prurrieta que subyuga. Y María Josefa a los veinte años era una ensoñación; radiante, era un nimbo de auroras o una gavilla de haces de sol; angelical, era un boceto de Murillo o una visión celestial, sutil, era un tibor de perfumes. El pueblo lo adoraba, los necios lo codiciaban y los hidalgos lo veneraban.

Nadie aún le había hablado de amor. Ellas misma se habría sorprendido que brotara en su alma otro sentimiento que no fuera el celestial y místico. Diez años de enclaustramiento había hecho de ella una vestal seráfica. Y toda su belleza de lirio y azahar lo había consagrado a su devoción religiosa no tenía nada para el mundo, ni habría para ella más horizontes que los espirituales.

Fue Eusebio que descorrió para ella las maravillas de un mundo desconocido, donde otros escenarios, otra música y la fragancia de otras flores le ofrecía su fragancia enervadora, en el canto de la alondra escuchaba la voz transida del reclamo; en la atmósfera el céfitoes daba a sentir el aroma de los capullos y del polen, y la propia luz solar que le envolvía en oro turgía su pecho haciéndola conturbar.

Se encontraba en una rara e inusitada transformación y frente un enigma impenetrable. Ante esta misteriosa revelación tembló como se tiembla al nacer o morir.

En un examen riguroso de conciencia no se encontró culpable, ni en el pensamiento ni en las obras. Jamás se había apartado de la honestidad y castidad y su propia belleza que fuera siempre ovacionada no le había envanecido no tentado para hacerlo más deslumbrante. Para ella, Eusebio fue un caballero gentil.

Hasta aquí el razonamiento de una doncella conmovida por la Epifanía de un nuevo mundo. Sin embargo aquel caballero había sido el verbo de un nuevo mensaje y la esfinge ante el que la virgen se estaba confrontando.

Pese al análisis y disección que María Josefa hiciera de sus sentimientos no pudo apartar de sí aquella melancolía que le sobreviniera por la desaparición de Eusebio. Melancolía a la que estuviera predispuesta desde su nacimiento en el Purhuay, donde el arrullo del río es premonitorio de aflicciones. Y quedé en ella aquella melancolía como el eco inconsútil de una lánguida melodía musical que no habría de cambiar, como no cambia la música sin que cambie el alma.

Así, la muerte de Eusebio, que aparentemente no hubiera afectado a María Josefa le sumió en una verdadera tribulación. Inexplicablemente se encontró como recogida en un absoluto aislamiento, dialogando con los niños, con las nubes y las estrellas. En estos contactos logro no solo la sabiduría de la naturaleza sino la apacible serenidad que regala la soledad. Y poco a poco conformó su experiencia con las sorpresas de la vida y templo su alma en los altibajos del destino, llevando insensiblemente de aquella amistad algo así como el halo de una estela o la melodía de una torva lejana.

Nadie sospechó que la muerte de Eusebio hubiera afectado a María Josefa; ella misma pensaba así. Y sin afectación alguna atendía sus ocupaciones cotidianas como si nada hubiera pasado. Sin embargo alguna que otra vez le sobre venía una tristeza infinita en la que se sentía desfallecer. Un caudal de lágrimas acudía a sus ojos y su llanto silencioso era como un rocío que le refrescaba o como una plegaria que le calmaba.

Cuantas veces le sobrevenía esta angustia prefería sufrirla en el río. En una canoa solfa navegar a la deriva y dar rienda suelta a sus lágrimas. Y la pena y la desolación de la virgen conmovía al río y le hacia emitir notas aflictivas. Y este dúo dolorido era una melodía apocalíptica que convulsionaba de tristeza a la comarca.

Estas escenas en vez de calmar renovaban su dolor por que la evocación recrudecía su amargura. Y el gran río como el fiel confidente de María Josefa le ofrecía sus ondas de esmeralda y las melodías de sus sonatas más íntimas para disipar su desolación.

Aquella doncella que no había conocido la dicha del amor conocía todas las gamas del sufrimiento, desde la punzada y el escozor hasta el suplicio y el tormento. Postrada y contristada por el dolor María Josefa no se revelaba no lo desechaba. Por el contrario lo consideraba como un tierno idilio, como el primer poema de su vida que le daba fuerza para vivir en su tristeza como arrobada en un delirio inefable.

Pero muerto Eusebio si no debiera recordarle como se le aconsejara su confesor, sin quererlo parecía estar bajo el influjo de la evocación. Así aparece cuarteadas que bajo el título de una sombra de un recuerdo insertamos a continuación, sin más arreglos que algunos retoques al estilo.

La plácida y sencilla inocencia de María Josefa se complicaba con el espejismo de una visión irresistible. Las emociones y sentimientos que le sobrevenían eran la revelación de un cambio en su existencia. Aquellos sus ojos de niña que admiraran la belleza de la flor por su tersura y color, ahora e embargaba por su significación simbólica. La melodía del canto del ruiseñor o de la alondra que otrora le alucinara por su sola dulce armonía, ahora le seducía por la fuerza de melancolía y reclamo de que están poseídos, y, la compañía de las amistades que antes le era natural e indiferente, ahora le inquietaba con temor y curiosidad; la misma religión a la que antes se hubiera entregado con inocencia, ahora acudía a ella para confiarle sus cuitas y pedir su intersección bienhechora y se entregaba con embriaguez a la pompa del culto, al fausto de la pedrería y del oro de los ornamentos. Sus miradas con qué efusión seguían la evolución de las volutas de los humos de los incensarios que se perdían en la hermosura y opulencia de os altares barrocos. Escuchaba con arrobamiento las voces del coro y e tono de angustia de la melodía le llegaba al alma como un fluido enervante, le transportaba a edenes paradisiacos, le hacia soñar y fantasear plácidamente.

Aquella música religiosa ya no le contristaba ni hacía aflorar los lises místicos de sus jardines interiores, por el contrario había en ella tal sortilegio de tonos, tal refinada vehemencia que hacia estremecer su ser en extrañas sensaciones de felicidad. Ella misma parecía haber cambiando con claridad cuan distante estaba de su niñez. Aquel capullo clorático de otrora que hubiera crecido bajo las arcadas silenciosas de aquel cuerpo incierto y tímido bajo el uniforme blanco de colegiala, aquellos sus ojos grandes y nostálgicos obligados a no alzarlos; aquellas sus manitas albas y hostiales siempre enguantadas y aquella su linda cara con el pudor y estupor de las caras de las novicias la parecía extraña. No lo podía reconocer. Aquella vestal infantil que era el ídolo de Sor Natividad, de quien recibiera el calor de la más acendrada ternura y a la que la hermana Alejandrina había perseguido para colmarla sus caricias histéricas, era una figura casi mítica que se perdía en la penumbra y se difuminaba como un celaje en el horizonte lejano. Sin embargo aquella visión e hacía temblar; envidiaba la serenidad angelical de aquella colegiala, la sencillez afelpada del alma, sus emociones y sentimientos especulares, sin manchas y sin complicaciones.

Extrañaba con ternura profunda aquella desaparición de su niñez considerando perdida sus tesoros juveniles, su inocencia virginal y su rubor de azucena. Aquella núbil colegiala que otrora representara los cuadros vivos de los autos sacramentos y que en verdad fuera un ángel emergiendo de una nube de lirios había sido el ídolo de la Comunidad Religiosa, el cordero Pascual de Paloma Eucarística y la visión seráfica que los arrobaba. En el escenario el canto o la declamación tenía tono angelicales y místicos y la voz cristalina e inmaculada había salido de los labios como una bandada de palomas o como una lluvia de jazmines. Esa voz angelical que recitara.

Aquella voz de su niñez era en verdad espiritual, desprendía al alma y la elevaba. Para la colegiala el sentido de aquellas estrofas de don Juan de la Cruz había sido el sentido espiritual místico, el clamor solitario de un alma amante, la ansiedad serática de la prometida del Señor y la maravillosa fantasía de la inocencia.

Ahora aquellos mismos versos tenían otro sentido y resonaban de otro modo. Aquella beatitud de las ideas se desquiciaba, se resquebrajaba y cedía a la tentación del mundo, aquellas palabras restallaban de euforia, eran ascuas que quemaban sus lirios y turgian su ser. El éxtasis místico a que otrora aquellos versos le conducían hoy esos mismos versos le llevaban a paroxismo y arrobamiento. Aquel amor seráfico de la colegiala que era solo una suave y lilial y cándida ternura del alma era ahora una vaga inquietud, un ardor abrazador del corazón. Y mientras la colegiala se presentaba a la evocación como una imagen tímida y celestial ahora su persona surgía como una imagen apasionada y poética.

Se encontraba ante la revelación de un nuevo mundo y donde la vida empieza en ese descubrimiento. Y como se llora al nacer María Josefa lloraba por eso, por el terror de lo desconocido, y sobre todo por la pérdida de aquella imagen de la colegiala. Y en su llanto había el dolor de los seres queridos que se nos van y el desconcierto que sobrecoge el cambio de vida. Nostalgia y esperanza eran los elementos de su aflicción. Y cuantas veces la memoria le traía el recuerdo de su niñez el llanto se prodigaba a raudales.

De estas confrontaciones emocionales María Josefa emergía como iluminada de candor y de ilusión. Y el recuerdo de la persona de Eusebio, de su ausencia y muerte fueron vivencias que le transportaban a otros mundos. Podía distinguir. Ahora la diferencia entre la sencilla simpatía y el afecto y entre el simple afecto y el cariño. Así supo que el amor era la obra maestra de al creación y que era más bello que el arte.

La melodía de una risa enamorada tenía más valor que todas las creaciones orquestase de los genios y que el arrebolo de una mirada amante tiene el maravilloso encanto que el mejor maestros no podría reproducir. Una frase o una palabra emitida por una persona enamorada es más elocuente y más sublime que todas las composiciones poéticas. Es que el amor es la primavera que renueva el ritmo de la vida y las alas con que la fantasía se remonta al cielo.

No es que hubiera amado, ni que Eusebio hubiera sido la persona amada en nada habían entrado ni entraban los sentidos no. Ella no había en realidad sino soñado amar. Y Eusebio no era sino la voz que la despertaba o la mano que la conducía, pero una voz y una mano querida. Por eso Eusebio se le presentaba como una providencia. Muerto Eusebio llevaba en el alma la imagen poética del amigo y su evocación mantenía en ella tal estado de embriaguez espiritual que era un tesoro de felicidad para ella.

Tenía dos recuerdos de Eusebio. Sus cartas y las palomas mensajeras que hubiera llevado consigo a la selva. Para ello aquellas cosas tenían mucho de sagradas. Con que fruición releía las cartas y con que cariño besaba a las palomas que hubiera recibido la caricia de Eusebio. Los besaba y los arrullaba. Con ellas recorría los lugares preferidos y con ellas regresaba a su casa a esconder el cadáver de sus ilusiones.

El huerto en el que con Eusebio acudiera diariamente a vigilar los Almácigos resultó como un santuario para ella. La parcela en que crecía aquellas plantas fue cubierta con matas de violetas y cercado de rosales. La cabañita de cañas que hubieran levantado bajo la sombra de un jacarandá estaba cubierto por madre selvas. En ese huerto y en esa cabaña se refugiaba María Josefa a llorar su desgracia. Sola y alejada del rumor del villorrio, con su pena dentro del corazón y del alma sentía la inmensidad de la soledad y de abandono. Su propia desgracia parecía agradarse allí y cobrar un halo de santidad, e insensiblemente el llanto asomaba a sus ojos y de su pecho emergía entrecortados lamentos. Cuando este llanto no calmaba su pena y más bien la desesperaba y confundía sus palomas que casi siempre iban posadas en sus hombros también lloraban Sultán también emitía sus más lúgubres aullidos. Entonces María Josefa parecía despertar como de un arrobo y se daba cuenta que mientras Sultán le lamía las manos las palomas recogían en sus picos las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Así recobrada la calma y como si con su llanto hubiera mitigado sus penas se serenaba y llena de un fulgor angelical regresaba a su casa.

Aquellas visitas diarias al huerto eran como la plegaria cotidiana de aquél ser angelical. Las veces que no le acometía el llanto y se ocupara en leer y tejer escondida en la cabaña sentía un leve rumor de llanto que a instantes crecía y amenazaba estallar en tormenta. Eran el río en el céfiro. El río que el presentía a lejos y el céfiro que le envolvía en sus cautas melodías. Entonces María Josefa se acercaba a la corriente y hendía en el céfiro su silueta para aplacar aquellas tribulaciones.

Al frente del Puruhauy tenía a la vista los abruptos pendientes del ribazo por donde se había alejado Eusebio. Aquellas cumbres escarpadas con sus laberintos de moles y cerros, con su fragosa y ceñuda soledad eran una barrera infranqueable a su vista. Por ahí Eusebio había ingresado a la selva tenebrosa para no volver. En realidad ella no había amado a Eusebio. A su lado sólo había presentido la felicidad. Después de la trágica desaparición las misivas de Eusebio y las confidencias a don Hermengildo llanto hicieron aflorar su gran amor pasión. Eusebio la había amado pero ella ahora amaba a un...

Cuando alternara en el Puruhuay Eusebio jamás la había cortejado el científico dejaba su tono doctoral y su conversación con ella era sencilla y su tono humilde. Para ella aquellas palabras tenía la claridad del sol del villorrio, el aroma de los frutales y el perfume de las flores. Tan grande naturalidad la parecía una antigua y familiar melodía. De estos paseos María Josefa se retiraba como envuelta en la fragancia del amigo.

Cuan diferentes eran las maneras de ahora de los pretendientes que se le acercaban los unos le ofrecían su fortuna y las maravillas de una vida deslumbrante; los otros, sus títulos de nobleza y el fausto de su grandeza social, ninguna le ofrecía sus corazón o su alma. Los bardos y bohemio leudaban sus dotes y la alabanza exagerada le desfiguraba.

Así supo que era bella y que era codiciada, que nos la admiraban y que otros la apetecían. Pero esta belleza que no había sido holada debería ser devuelta a hacedor. Para nada le servía en el mundo. Muerto Eusebio no había para qué guardar su belleza, no para que alternar en el mundo. Sería profanar la memoria querida.

Después de algunos días de sosiego se había decidido hacer "penitencia" en el "quinquenio" próximo de la virgen. Cumplida su promesa y respuesta de los rigores de aquella dura prueba se entrega por entero a la religión.

En esta época de su vida su belleza cobró un esplendor más adorable y la iglesia se vio a remozar con encanto angélico de María Josefa. Su voz de contraído hacia estremecer. Sus recuerdos vocales que tenía tonalidades barrocas eran como abalorios de un salterio, como perlas de una torva. Más que canto era una plegaria musical.

La partitura gregoriana se había enriquecido con la expresión y con la gracia de la virgen. La belleza de María Josefa se transformaba en melodía. Su voz era como una escalada adulzurada que elevaba a las almas hacia el infinito. La ansiedad musical magnificaba al pecho abúrneo y por el cuelo de ámbar y azucena subía el canto como alondras eucarísticos. En los labios ardientes restallaba la voz como una música de ósculos y en los ojos se entornaban visiones edénicas y cielos especulares. Y sus manos, aquellas palomas albas y gráciles clamaban, se revolvían, eran como una lluvia de pétalos que urgieran el ritmo.

Sus dedos como estambres de lirios se convulsionaban en la pasión musical y su cuerpo inspirado era como una lira o como la cuerda inconsútil de un violín. El rostro alto echado atrás en el arrebato místico tenía expresiones inefables y la cabellera caía de la cabeza como un reflejo de brillantes; era otro arpegio musical. Y el canto angélico se hacia sortilegio para acabar en el éxtasis. Agotadas las canciones del devocionario María Josefa las completaba con arpegios originales.

María Josefa la religión hizo de su belleza y lozanía una flor arrobadora. Su dulzura y modestia aumentó la beligerancia de los galanes de la región y la tranquilidad del hogar se vio amenazada; pretendientes asediaban a Asunción o se apostaban al pie de los muros de su casa en las noches de serenata. Su padre íntegro al cumplimiento de su palabra no cedió y a María Josefa no le llegaba el clamor de sus admiradores. Se había refugiado en la religión, oraciones, ayunos y abstinencias hicieron de ella más una visión seráfica que una persona humana.

María Josefa se había familiarizado con el Huascarán. No le temía. En varios de sus viajes había gozado tanto de su límpida serenidad como de sus tenebrosas tempestades. Lo llenaba en el alma. Allí se había engarzado y la sentía cuando rezaba o cuando lloraba. Aquella mole de diamante indudablemente era del carbón de volcanes milenarios o de la cristalización de los crepúsculos del orbe. Era una maravilla y un enigma. Como maravilla exaltaba la fantasía con su opulencia y excelsitud y como enigma hacia estremecer de pavor cuando confrontaba a la tempestad. En su coraza de armiño o cromo se partía el rayo y el trueno se apoyaba. Resquebrajado, herido y sangrando hielo se levantaba cada vez más osado, cada vez más impoluto. De estas hecatombes son testimonios las huellas de destrucción que se avizoran en los valles.

Pero el Huascarán siempre invicto se yergue ufano y mirífico. En sus faldas hay palios damasquinados, sábanas cristalinas donde la visión se arroba, cuevas de laca donde las estalactitas de nieve sostienen voleadas de ámbar y se asientan en pisos de marfil. Son el paraíso de cristal para habitar al ensueño. En alguna que otra hoyada se han formado lagos especulares que desbordan a la imaginación y la fantasía. Por sobre esas aguas navegan su delirio las garzas azules. Al borde de estos lagos alza la "Tihya" su cimera de lirio. Otro era los trovadores y galanes escalaban estos lagos para coger las garzas y ofrecer "Tihya" a sus prometidas. Y muchas doncellas hubieron de morir heladas en busca de los amantes que no regresaron de la aventura.

María Josefa en sus diversos viajes había contemplado en toda su grandeza al Huascarán. En las noches desde su posada agreste había escuchado el estallar de los bólidos sobre las cumbres nevadas y había visto rodar avalanchas de nieve y tornábase las espolvoraciones con las luces de los relámpagos.

En las posadas de Llanganuco los viajeros rememoraban en las noches las leyendas del lugar. Ellos sabían de los tiempos. "collana" en que el Huascarán siendo joven no había tenido esta altura y que había sido habitada por una raza "chuqui" que cada vez se adaptaban medida que el Huascarán crecía. Una vez inaccesible la cumbre aquellos "chuquis" dejaron de abastecerse del valle. Sembraban en la nieve. Esa raza aún existe, había en esos palacios y cada vez edifica más alto su morada.

María Josefa había escuchado todos los mitos y las fábulas que los cenitales habían trasmitido. Cuentos de hadas, hazañas de genios y duendes, apariciones de seres fantásticos y de larvas terroríficas, intervenciones de lares y manes. Y ahora le venía la memoria aquellos relatos en toda su crudeza escalofriante.

Más adelante divisaron las lagunas de Llanganuco y les pareció los ojos hechizantes como un espejismo de vorágine, le atraía y precipitaba hacia aquellas aguas y lo que antes fueron espejos prístinos recamados de esmeraldas ,ahora un brillo de acero lo empañaba y las ondas parecían eslabones como garfios.

Se sintió trémula. Otras veces esas lagunas había sido un oasis de emoción para ella. La jornada por los lagos era encantador. Aquella belleza legendaria, adorada por los regnícolas, ensalzada por sabios y artistas, cantada por los bardos del lugar y los poetas del orbe era en efecto sublime. En sus aguas se reflejaban el cielo con todo su maravilla, el sol y luna en el tránsito de las horas le tornasolaban, la cumbre vecinas y los follajes de las riveras proyectaban su sombra, las aves reflejaban su vuelo en el espejo de las aguas y en el fondo como un Caleidoscopio brillaban abalorios y los crepúsculos presentaban su decoración y el Huascaran ofrecía el torrente de toda su riqueza. Una grandiosidad fantasmagórica tenía las lagunas. Y como para arrobar el alma una melodía de murmullos, como de pronto se elevaba de las ondas y se esparcía acariciadora. Era el cortejo del céfiro que al mecer las aguas de las lagunas entonaba sus canciones de ronda.

Inusitadamente al entrar a las lagunas se desencadenaba la tempestad. Una lluvia torrencial se cernía sobre ellos. María Josefa se cubría la cara con su manto y Angela trataba de proteger a su hijo que iba perdiendo la serenidad con os estampidos de la tormenta. Un rayo pasó en zigzag sobre ellos, atravesó los montes y fue a restallar en la laguna. Un olor de incendio y de pólvora suturaba el ambiente. Más abajo la neblina cerraba el paso y las sombras de la tarde tendían su manto lóbrego.

Caminaban como autómatas. María Josefa olvidaba de que iba en compañía de Angela y no escuchaba los comentarios que de la tormenta hacia ésta. Cansada del esfuerzo para conseguir un diálogo y pensando que María Josefa fuera víctima del "soroche" se acercó a ella vio un rostro sobrenatural. La cara iluminada de tinte rosa y en la frente una caudal de oro como diáfana resplandeciente. Lloraba y sus lágrimas que el frío congelaba rodaban como perlas de la Barbacoa a la laguna hundiéndose al fondo para emerger como una corona de jazmines por sobre la superficie bruñida del lago. Angela y su hijo se postraron de rodillas ante esa aparición y de sus corazones salían a sus labios plegarias emocionadas. En ese instante a naturaleza había enmudecido y parecía orar. Angela había visto el milagro de la transfiguración: estaba de rodillas ante una Santa María Josefa hizo una sena para proseguir, iba radiante o mejor caminaba como ausente de sí y aferrada a su rosario acabó de salir de las lagunas por entre veroles bastidores de quinual.

Don Canuto proseguía impertérrito tras su peara. Aguerrido en estos trajines por la cordillera no le llamó mayormente la atención la tormenta.

Pronto los viajeros avistaron al fondo el maravilloso paisaje del Callejón de
Huaylas. Se extendía en su magnificencia policroma. En las cumbre cromatismos de verde y ocre patinado y en las campañas una variedad de acuarelas y óleos que hacia subyugador el escenario. En los confines occidentales comenzaba a destacarse los arreboles vespertinos. El camino áspero en la bajada se llenaba de resonancias del río. La corriente azul se desbordaba sobre las rocas de su lecho y le sucedía un rumor de cristales. En las burbujas y espumas algún que otro rayo de luz poniente engarzaba sus luces de color.

De súbito eco del trote de una cabalgadura herrada se les acercaba y cada vez más próximo parecía aterrorizarlos. Instintivamente Sultán comenzó a gruñir y Don Canuto volvió atrás la mirada y advirtió la presencia de Caros Gustavo que con la mayor prepotencia le amonestó y luego le mostró un documento sellado por la Parroquia. Eran las proclamas para el matrimonio de María Josefa. El arriero que sabía del compromiso de Carlos Gustavo se alarmó que el encargo de doña Dolores fuera nada menos que María Josefa. Entre tanto ésta trató de huir y fustigó su cabalgadura, pero Carlos Gustavo se interpuso. Entonces María Josefa bajo del caballo y se abrazo a Angela.

Cuando Carlos Gustavo trato de arrancarla, Sultán se prendió de los pelos del truhán instante que aprovechó María Josefa para aventurarse a la corriente. Sultán, se aventó tras su ama, hizo lo posible para sacarla, pero en los padrones del caudaloso río María Josefa quedó aprisionada. Sultán volvió a la orilla y advirtiendo a su lado a presencia de Carlos Gustavo se lanzó contra él y le acometió a mordiscos y rasguños. Don Canuto y Angela quedaron atónitos y al acercarse a la corriente no vieron sino que sobre las espumas flotaban corolas de azahar y jazmín, Angela y su hijo prorrumpieron en un llanto dolorido...Carlos Gustavo no hizo nada por socorrer a María Josefa perseguido por Sultán trata de huir a Llanganuco pero los remolinos de agua del río se anteponían cada vez que se acercaba a la orilla.

En la mañana siguiente se le vio a Sultán en la enminencia desde donde se arrojara su ama.

Y así en los días se lo pasaba en guardia y por las noches corría tras la corriente dando los más agudos alaridos. Esta dolorosa escena se reeditó a diario y por muchos años. Otras noches Sultán se sentía feliz. Emitía expresiones de carió. Se le veía mover la cola con dulzura y lamer y algo así como a una efigie de cristal. Era María Josefa que traspasaba por al angustia de Sultán energía del fondo de la corriente para calmar el dolor de su fiel compañero.

Los viajeros enterados de la desgracia de María Josefa y de la fidelidad de Sultán compartían con éste su fiambre o le dejaban unas monedas con la que os vecinos proveían su sustento. Viejo y ciego, cada una más aferrado en su propósito de reflotar a su ama cayó en la alucinación. Un día le pareció que María Josefa emergía de las aguas e incontinente se aventó tras el espejismo del ama. Su cuerpo pesado cayó al torbellino del río y la corriente lo envolvió en su vértigo helado. Así murió Sultán. Aquella noche los viajeros vieron una hada de cofia blanca rescatar el cadáver de Sultán y enterrarlo en el montículo de donde se aventó y desde el cual por muchos años oteara la aparición de su ama. Aquella hada fue María Josefa.

A los pocos días de la desgracia de María Josefa Don Asunción y algunos familiares acudieron al lugar de la trágica escena. Luego de una minuciosa y exploración por la corriente se regresaron llevándose a Sultán. Y como éste al llegar al Puruhuay no encontrara a su ama en forma sigilosa emprendió el regreso a Llanganuco. Volvieron por él, pero fue en vano. Se enfurecía y amenazaba caer en rabia. Sus amos no tuvieron más que encargar a los vecinos que cuidaran a Sultán.

Cuentan los aledaños que de vez en cuando aquella hada reaparecer sobre la tumba de Sultán y que es ella como una escultura nívea y traslúcida o como un ángel de cristal. Otras veces toma la forma de un viajero y presta su compañía al transeúnte solitario para ayudarlo atravesar los mal pasos de la ruta o para auxiliarlo en las noches de tormenta. De súbito desaparece en un recodo y el viajero insensiblemente se siente seguro y confiado sin advertir de lo extraordinario de la compañía. Y aseguraban que no pocas veces se ha visto a María Josefa hacerse presente con Sultán ahí en el instante en que la avaricia y la ruindad del marido está agobiando a la mujer. Y los desatinados esposos infaliblemente han sentido el zarpazo de Sultán.

En homenaje de la doncella y la felicidad de Sultán se despertó un sentimiento de simpatía y veneración religiosa. Surgió un culto espontáneo en los pueblos vecinos, y, en el aniversario de su sacrificio había romerías a la ermita de María Josefa.

Con respecto a la ermita cuenta la tradición que los vecinos erigieron una hornacina en el sitio de donde se arrojara la doncella, pero que tantas veces como fue levantada, en las noches era destruida. María Josefa no quería más altar que la belleza natural de paisaje, ni más monumento que la eminencia donde yacían los restos de Sultán.

Una hornacina rústica en el cerro y una laja sobre la tumba son bastantes para encender una vela y recibir la limosna o fiambre que a diario tributan los viajeros. El culto a la mártir y a la fidelidad de Sultán. Y una tierna y pía, dulce y suave tonalidad de santidad angélica flota en el escenario incitando a la pureza y a la fidelidad. Tanto los transeúntes como los turistas de todo el mundo ascendieron ahítos a la montaña con la ilusión de visitar la ermita y de ofrendar su admiración y devoción.

Al frente de la ermita hay una mole pétrea que tiene en alto relieve una campana de granito. En la noche de a tragedia de María Josefa apareció aquella campana y dio a escuchar su voz melancólica herida por el lúgubre acontecimiento. Los vecinos y transeúntes aseguran que cada vez que al crueldad de los hombres se exacerbar aquella campana da su voz de alarma y condena. Y no hay viajero que no busque con afán aquel mágico gongo, levantado en alto para cautela del vecindario.

En Yanama Chico Don Canuto a la vez que denunció ante las autoridades la muerte de María Josefa entregó la alforja con los efectos de ésta. Entre las cosas que portaba se encontró pintado un tomo de las Moradas de Santa Teresa empastado en pergamino, Sultán en cuanto vio que las religiosas de ama fueran guardadas desapareció del lugar.

Las autoridades tan luego se hicieron cargo de Caros Gustavo en ese mismo instante lo remitieron a Yungay. Don Canuto y Angela se quedaron en a estancia porque la noche se oscurecía y en los contornos una lluvia torrencial comenzaba asolar el campo. En aquella noche una luminaria de meteoros se mantenía sobre la altura de la eminencia de donde se inmoló María Josefa.

Parecía como iluminado aquel escenario en tanto que el tenido lúgubre de una campana se hacía sentir cada vez que los truenos espaciaban su fragor. A ambos lados de Yanama Chico la tormenta tenía contorno de cataclismo.

Los desmoronamientos del Huascarán y del Huandoy se escuchaban atronadores y de las quebradas subía el alarido de los huaicos y aluviones. temblaba la tierra, ardía el espacio y un olor a pólvora invadía la atmósfera. Los nubarrones negros se contorsionaban como dragones o como lenguas de fuego de algún volcán o huracán. A media noche se aquietaba la naturaleza y por la desembocadura de Llanganuco en vez de la luminaria de os meteoros se veía una alborada anaranjada.

A amanecer los campos estaban cubiertos de granizo y de la bajada de Llanganuco salía a todas las direcciones un sin número de franjas de arco iris. El sol emergía del nevado en toda su grandiosidad. La mañana se destacaba espléndida, en tanto que por Sedán y Ancash, a ambos lados de Yungay, la catástrofe había aterrorizado al vecindario. La tragedia de María Josefa hizo estremecer la tierra.

Cuando las poblaciones de la ruta del Purhuay a Yungay se informaron de los pormenores de la vida y de a tragedia de María Josefa no dudaron que se trataba de una santa. Los pueblos tenían una visión clarividente. Flotaba en el ambiente un olor a santidad. Ya otra vez, por la misma ruta se había sentido igual sensación al paso de Santo Toribio de Mogrovejo. Y ahora, por doquier se alzaban cruces y hornacinas en homenaje a María Josefa y se le tributaba un culto fervoroso. La imaginación popular se pobló de anécdotas maravillosas. Apariciones, milagros y portentos mil, se narraban encendiendo la fe de las multitudes.

El culto a María Josefa tenía alborotado a los pueblos. Los padres de Convento de Santo Domingo de Yungay se alarmaron con aquel fanatismo al punto que encargaron a los "Extirpadores de idolatras" destruir las cruces y capillas de a ruta erigidas en honor de María Josefa.

Pero fue en vano, a los pocos días eran levantadas otra vez y los "Extirpadores" se veían amenazados y perseguidos. Entonces un hábil e inteligente dominico concibió la idea de sustituir la imagen de María Josefa con la de la Santísima Virgen María. En efecto, en uno de los aniversarios de María Josefa que se celebraran en una ermita de Huaraz-Cucho, al amanecer de ese día vieron los indios una admirable Virgen emergiendo del marco donde estuviera la imagen de María Josefa. Era evidente que se trataba de un milagro. A esa Virgen el pueblo la llama "La Mácula" y volcó su fe en ella. Más tarde ese cuadro fue retirado y llevado al templo de Yungay. Los indígenas hicieron muchas tentativas para recuperarlo. Pero se es convenció que tanto para la Virgen como para sus fieles era mayor honor tenerlo en el templo. Entonces el templo se vio invadido por la indiada y el altar de la Mácula abarrotada con las ofrendas para Sultán. Un amago de incendio en el templo sirvió para que la Mácula pasara a ser guardada.

Y cerca de los siglos ese cuadro permaneció guardado en los archivos de los paisajes hasta que el venerable párroco Dr. Don Víctor Suárez lo sacó a la sacristía. En verdad ese cuadro era maravilloso.

Una pintura clásica en la que indudablemente el artista a la vez que fuera un maestro de calidad fue duda un iluminado de la fe, porque la Virgen resplandecía de divinidad y penetraba al alma de los que lo contemplaban. Esa misma Virgen recibió el retoque que dejaran en el lienzo la oración de los fieles y el fanatismo de los devotos de María Josefa. Ese cuadro era legendario. Por él hubo de sufrir ultrajes e injusticias el venerable párroco Suárez, porque un político que se hubiera aficionado del cuadro pretendió arrebatarlo bajo el pretexto de mandarlo restaurar. La energía negativa del sacerdote defendió una reliquia del templo, pero a poco hubo de perder su parroquia a la que por más de treinta años se hubiera consagrado.

No obstante el tiempo en las cruces de la ruta y sobre todo en la ermita de Llanganuco no se extinguió el culto a María Josefa, más bien crecía. El Padre Agustín de la Rivarola que recorriera la ruta hurgando los rastros de Santo Toribio al subir a Llanganuco tropezó con la ermita de María Josefa y en todo o algo de la jornada hasta Quinchez, las cruces del camino se erigían a su memoria. En el Purhuay encontró otra ermita.

Don Eleazar Quijano, alférez de la Virgen de la Natividad de la Capilla del Purhuay, había pintado al óleo la imagen de María Josefa con una toca de novia teniendo a sus pies a las palomas mensajeras y Sután. Indudablemente que se trataba de a copia de un retrato origina que el mismo Quijano, según versión que se conservara aún en aquella época, había hecho de María Josefa, ha pedido de su padre. No obstante la toca, la fisonomía era verdaderamente angelical. Aún cuando la frente pulcra, tranquila y despejada y las mejillas liliales no expresaran más que dulzura, en sus miradas y su boca había melancolía.

En este matiz consistía. El cuadro parecía dar a escuchar el diálogo espiritual entre a Virgen y Sultán, en tanto que una atmósfera de tonos religiosos timbraba y hacía genial la composición.

El informe de los milagros atribuidos a María Josefa fue entregado por el Padre Rivarcía al Convento de Santo Domingo de Yungay y desde el Tucumán envió a sus amigos de los "Conchucos" estampas de María Josefa que reproducían el óleo del Purhuay. Aquel mensaje fue recibido con júbilo.

Agotadas las estampas ni la memoria ni la veneración a la mártir han desaparecido. El venerable Presbítero Don Víctor Fortunato Suárez Flores, que nos hubiera franqueado los archivos de la Iglesia de Yungay nos refería que aún en estos tiempos las gentes de su parroquia mandaban decir misas por la memoria de la mártir.

El Marañón es nostálgico por naturaleza. Recorre llevando el recuerdo de cosas y escenas que no volverán jamás.

De aquí su vena melancólica y su nota metafísica. Tiene ternuras de doncella. Toma los lirios y las amapolas de las orillas, coge guirnaldas armoniosos y caricias apasionadas. Tachona de rocío a las flores y ramajes, les viste de tules y cristales y esparce cadencias transidas de cariño y deseo. Surge una sílfide o una ninfa y el río lo toma como el una novia, lo mece en sus ondas, le engalana de palios y abalorios y le hace sonar en lerdos ritmos de sonata, le recuesta en su lecho de diamantes y le cubre con brocados de sol diáfano o reflejos aperlados de luna y luego de hacerlo girar en compás de minueto por sobre la caída de los remolinos o refunde por entre edredones de esmerada. Y un rumor de cadencias nupciales brota en el murmullo.

El Marañón que estuviera enamorado de María Josefa tenía requiebros y gentilezas de galán. Tendía sobre la arena encandilada un manto de aguas tranquilas para ofrecerse tibio. Quieto y tranquilo, era como una fuente absorta y apacible que atraía; limpio y cristalino, era como un espejo bruñido donde la imagen de la amada reflejaba la infinita dulzura de su belleza. Una tenue brisa hacía ondular irisaciones y relucir lentejuelas como sobre un palio de seda. Y un leve murmullo brotaba de la corriente y se esparcía como una melodía tierna y cautivante. Y cuando María Josefa se bañaba en él, el río le ofrecía sus ondas suaves.

Era un remanso estático donde la corriente parecía detenerse como en un sueño de arrobo o éxtasis. A la salida María Josefa se sentía feliz, el río le había nutrido de todo el polen y perfume de las flores recogido por sus aguas. Y el río ufano y satisfecho volvía a correr dando a escuchar melodías alegres.

Enamorado. Ante María Josefa se acicalaba en el porte. Apolineo, era un junco de platino sobre el que el sol había vaciado todo su oro y la luna su púrpura aperlada. Gozoso desplegaba el garbo de sus aguas y ejecutaba movimientos de cisne o entonaba himnos bucólicos. Otras veces el río se mostraba celoso, se enfurecía cuando María Josefa se acercaba a sus orillas con algún amigo. Ramalazos de agua chicoteaban la orilla o se levantaban olas como garfios o se araban surcos como boas dementes. Un alarido cósmico llenaba de pánico al escenario.

No pocas veces el río gemía de impaciencias. La amada esquiva no detenía su paso o sus miradas no se hundían en su cauce o ausente no había recados de ella. Entonces el río se tornaba melancólico y lloraba de pena y dolor.

Pero el río estaba seguro de su conquista. Su poder de seducción era infalible. Había penetrado en el espíritu de María Josefa y esperaba sólo la hora del desposorios. Nada ni nadie podría detenerlo.

Cuando María Josefa se fugó del Purhuay el río no se alarmó. Sus ondas recibían el informe de su itinerario. Y cuando e Yanamayo le confirmó la tragedia se contorsionó de dolor y por mucho tiempo sus aguas entonaron elegías lúgubres y a chocar con los peñascos, quebradas y montes la elegía telúrico se hacía más efectiva.

El Yanamayo se forma con los deshielos orientales del Huascarán. En la noche de la tragedia recorrió su lecho con estrépito y furia e ingresó al Marañón convulsionado. El río recibió al noticia en esa carga despavorida, entonces se desesperó. Sus aguas se levantaran como trombas y asolaron las playas o se embalsaron y saltó en avalanchas invadiendo y barriendo la tierra y haciendo temblar la quebrada.

En el Purhuay un ramalazo de agua cayó sobre el barrio de las tabernas y asoló la casa de Caros Gustavo dejando sobre un lodo mefítico. Por más abajo el río se fue dando alaridos salvajes.

Desde hacía años que el río se había enamorado de María Josefa y la gente vio con recelo esta revelación. Le había echado el ojo. El río se adentra en el ser, resuena en el alma y aparece a la vista como un espejismo fascinador y cuando sus aguas han probado el cuerpo y le ha gustado no hay nada que lo salve.

A la muerte de María Josefa el río se hizo histórico. Reía y sollozaba, daba carcajadas y lamentos; su estruendo tenía sarcasmos y crispaciones tremebundas.

Era un coloso demente. Así, delirante y obsceno recorrió hasta el Atlántico. Estaba seguro que en las profundidades del mar se reuniría con María Josefa para una metamorfosis edénica. Y así fue. El uno recorrió la selva y la otra el valle del Santa para reunirse en el Pacífico.

La noticia de que Carlos Gustavo hubiera celebrado la anunciación de su matrimonio acabó de decirle la fuga de María Josefa con Doña Dolores cambiaron la manera más sigilosa de hacerlo. Estaban al acecho de un arriero honrado que viajara a la costa. María Josefa disimulaba en su casa y no daba a sospechar. Un bolsón con algunos libros y menesteres de oración era todo lo que a diario tenía entre su casa y la escuela. Entre tanto doña Dolores tenía listo el envío y una ropa de indígena para el disfraz del viaje.

Don Canuto Castillo era un arriero nuevo para la región antiguo calador de minas en Tarica y Chacas acabó de arriero en el Purhuay. Doña Dolores vio en él al hombre providencial y logró su confianza. Le rogó conducir a su sobrina hasta Yungay y le abonó una buena suma por el cuidado y el alquiler de una acémila. Y a las dos de la mañana del 7 de junio de 1730 la peana con su carga de coca emprendía la ascensión de Quichez. El ayudante iba por delante una veces y obras dejaba pasar la peara para controlar la seguridad de la carga. Don Canuto y María Josefa iban atrás en sus cabalgaduras. Como a las cinco de la mañana pasaron Quinchez y advirtieron que Sultán se les hubiera extraviado en la población. Una hora más tarde los alcanzó. Con algunos intervalos de descanso ese día acompañaron a las 6 de la tarde en las goteras de Sihuas. Doña Dolores había sido muy pródiga con Don Canuto. Le había aviado de provisiones con abundancia y en los posados el ayudante y María Josefa preparaban el Yantar y el fiambre para el almuerzo del siguiente día. El ocho de junio pasaban por Sihuas en las primeras horas de a mañana y tomando el camino de la quebrada ingresaron a Chullin. Pernoctaron ahí en casa de don Claudio Santa Cruz, hombre destacado del lugar que les prestara la más asidua atención. Era muy amigo de Don Canuto y apreciaba en mucho de los mazos de tabaco que éste le trajera en obsequio. Al siguiente día prosiguiendo su viaje pasaron por Huachucallán y emprendieron la subida a Palo-Seco. De Sihuas hasta pie de Chimchobamba el clima templado y el paisaje florido sirvió de sedante a María Josefa, le compensaba el tránsito escabroso y frío de Mishito en las alturas de Quichez y Sihuas. Y la ruta por la orilla del río le traía la memoria del Puruhauy.

La subida a Paloseco fue lenta. El viento y el frío de la estación les incomodaban. La pascana se organizó en Viñauya por que a Don Canuto se negó entrar a Pomabamba. El día once prosiguiendo su ruta hicieron un alto en Quisuar. En este lugar se les incorporó una cara joven llamada Angela Tunay que se dirija a Yungay en compañía de un hijo como de trece años. Las alquerías del lugar ofrecen ahí una inusitada emoción virgiliana y el espíritu cobra arrestos para ascender a Yanagaja y bajar el tambo de Chinguel, que es la antesala de Tineo, a cincuenta Kilómetros de Pomabamba. La aldea es acogedora. Había allí arrieros de diversos lugares y con diversas rutas. Don Canuto que encontrara aquí antiguos camaradas alternó con ellos unas horas; en seguida se recogió para revisar el forraje de su peara. Angela trataba de ganar la confianza de María Josefa. El relato de sus penurias conmovió a las víspera y se compadeció de aquella mujer que dejando a una niña de cuatro años había emprendido tan pesada jornada para ir a Yungay auxiliar a un familiar que de regreso de la Costa se hallaba enfermo en el hospital. Angela sabía cocinar, lavar y planchar. Como doméstica de una familia honorable había aprendido estos menesteres y confiaba que con ello podía adquirir algunos recursos para ayudar al enfermo. Además Angela tenía una conversación muy amena y un tono adulzorado en la voz que revelaba proceder de alguna esfera social distinguida. Su gracia natural le ganaba simpatías. Joven aún no habría pasado de los 30 años, era una mestiza agradable, sus ojos melancólicos, el oval de su cara y el perfecto esbozo de sus labios realzaban su apelada fisonomía. Un lunar discreto sobre los labios le daba un hechizo singular. El cuerpo esbelto endurecido en el trabajo era escultural. María Josefa simpatizó con Angela y encontró en ella una excelente compañera y aún cuando no le reveló quien le prometió ponerla en contacto con la familia Béjar en Yungay donde podría alojarse y trabajar. Entre tanto le pidió le aceptara unas monedas que contenía un pequeño bolso. Después de este acto de desprendimiento María Josefa pareció quitarse un peso. Aquel tesoro le incomodaba. De nada habría de servirle. Y Angela se conmovió por aquel rasgo de caridad y con lágrimas en los ojos agradeció el obsequio. María Josefa también lloro. Aquella noche la estancia se ilumino en un lampo de luz y Angela sorprendida y asustada llamó y despertó a su compañera y le parecía que ese lampo de luz salía de las pupilas de María Josefa.

Al siguiente día emprendieron la subida por la encanada hasta Pampa Machay. Pesada a ruta y abrupta la ascensión. En las cuevas de esta posada natural se quedaron tanto por que Don Canuto no quería fatigar a la peara como por que quería pastearnos ahí. Aquella noche Angela no dejó de entretener con su conversación a María Josefa hasta que el granizado de un búho les quitó el buen humor. María Josefa invitó a rezar el rosario y Angela quedó admirada de la devoción que ponía su compañera en la oración y mucho más cuando a la lumbre de una vela vio sacar de entre su ropa una cruz de oro para besarla.

A las seis de la mañana del día trece volvieron a emprender el viaje. La senda risueña al amanecer se oía maravillosa a esa hora. En el oriente la aurora con su caudal de oro extendiendo un halo de marfil; en el limpio cielo azul reverberaban aún las estrellas y sobre los próximos nevados el crepúsculo de la mañana reflejaba toda su gala de armiño y grama.

Era sublime la naturaleza. La grandiosidad del espectro solar sobrecogía a las almas. Así absortas estas mujeres viajaban como arrobados hasta que el doblar un farallón del escabroso camino se alzó de una de las cumbres un búho y sobrevoló por encima de ellas. Los ladridos de Sultán ahuyentó a esa ave, pero en el ánimo de las viajeras quedo un presentimiento penetrante. A eso de las once de la mañana una suerte de lagunitas para llegar al Portachuelo les ofrecía un nuevo espectáculo. La escarcha de la orilla de las lagunas parecían abalorios y por sobre los Andes azuladas navegaban aves acuáticas. El sol era esplendoroso: refulgían brillos de topacios y se extendían en vibraciones luminiscentes. El cielo cada vez más cerca y más amplio parecía absorverlos y el horizonte se ensanchaba difuminando sus contornos en un hechizo de caudal rosa y violeta. En el Portachuelo el escenario era más grandioso. Se estaba allí como en una atalaya. Para Angela aquella altura le era familiar. Allá en su terruño desde las cimas de Vicos había visto los crepúsculos marinos en toda su grandiosidad fantasmagórica. Y aquí en el Portachuelo veía salir al sol de un cúmulo de nimbos de rosa y expandirse en halos anaranjados por entre una espolvoración de oro. Para María Josefa que muchas veces había transpuesto el Portachuelo admirando estampas de crisopeya damasquinada esta vez había tonos de turquesa que hacia pastoral y melancólico los confines hiperbóreos del escenario, le traía el recuerdo del Puruhuay cuando sobre las ondas del Marañón en Huaylly los primeros o los últimos rayos del sol enjugaban al río de pedrería y brocados refulgentes.

Esta evocación le contristó y el soberbio paisaje se adentraba en ella con toda su grandiosidad, pero también con todo el frío de la altura nevada. Y bajaba así nostálgica y penetrada del hielo, sintiendo en el alma que algo se le helaba.

En la vera de su ruta había espejos de agua nevada y los repechos de las rocas colgaban hilos de agua congelada a los que los rayos solares le daba coloración.

Cerca del sendero y recostados en la cresta de los cerros, ruinas preincas persistían en la inclemencia. No habrían de cejar. Los caserones estaban en espera de los retoños de la raza entre tanto habitaban allí fantasmas para ahuyentar a los blasfemos. Otros eran sus moradores, con los pies descalzos y el pecho desnudo dominaron al Huascarán. El celoso estaba estrangulado en las manos de granito de los indios.

La consideración de que en Ancash se diera el contraste de existir núcleos campesinos atrasadísimos y que evolucionaran en diez años hasta formar una comunidad cooperativa modelo, de un lado, y de otro, de que comunidades campesinas prósperas hubieran evolucionado hasta el extremo de desaparecer como núcleos agrarios para alistarse en las fábricas en algunos casos y en otros sencillamente se hubieran extinguido por la expansión de las haciendas, del urbanismo, ausentismo o éxodo, nos ha determinado hace la investigación histórica de aquellos cambios.

 

Lo importante es encontrar los elementos que cambian. Sabemos que los cambios culturales son consecuencia de los desplazamientos de población, más bien que de los desarrollos evolucionarios, que es “la simple conducta del movimiento de la sociedad generada por la integración cotidiana de los hombres, la revolución es el resultado de maduración de las condiciones de desarrollo de cada formación social”.

 

         En 1885 la sublevación de Atusparia consiguió la supresión de la Contribución Indígena y en el oncenio de 1919 a 1929, el gobierno del señor Leguía se vio obligado a expropiar las haciendas de  Vilcabamba y Huayopuquio en la provincia de Pomabamba para entregárselos a los feudatarios sublevados. En el período de 1950 a 1960, los feudatarios de la hacienda de Vicos, en un alarde de cooperativismo, compraron la hacienda del que eran yanaconas. En los años de 1961 a 1971, las Comunidades Campesinas de Cotaparaco, Huayllampa, fundan una Cooperativa con el nombre de “Atusparia”, adquiriendo en compra la hacienda “Utcuyacu”, por Resolución 715 – 71.

 

         La inafectabilidad del patrimonio constituyó un excelente baluarte de lucha. Desde ahí empezó la invasión sin tregua a las haciendas y infundios.

 

         Los sindicatos mineros que apoyaban a la comunidad por fraternidad y por principio doctrinario, es un factor más en la independencia del indio. Las escuelas, las asociaciones, la vialidad y la radio completan y contribuyen a los cambios de nivel y no faltan líderes calificados.

 

         Adivinen las nuevas industrias, los campesinos ingresan a las minas, a los  hornos de fundición, se hacen pescadores y empresarios. Desde allí alternan en la cotización del mercado de valores. Los partidos políticos dialogan con los sindicatos, demandan su apoyo en el juego transnacional consiguen algunos escaños en el Parlamento Nacional.

 


 

Tomaron así  la intención de hacer la historia de la evolución de las comunidades campesinas y sus movimientos a través de los factores que lo han conformado como la naturaleza, el ayllu y la hacienda, la minería, la agresión de la oligarquía, la exacción y la violencia del latifundio, la industria, la vialidad,  las escuelas y ellos sindicatos, en fin, todo lo que ha sido decisivo en los cambios del nivel, incluso su ignorancia  y rebajamiento, que cuando colmó el abuso y la agresión hizo estallar la rebelión y la violencia campesina.

Con el estudio y revisión de estos factores podremos comprender mejor al campesino y explicar los fenómenos del cambios de nivel que han alcanzado.

En el departamento de Ancash no se ha emprendido aún una investigación sobre los movimientos campesinos, de aquí que este trabajo abra una etapa al conocimiento de la realidad social de aquella región .Es indudable que  debido a que a sido marginada la clase campesina  y su condición humana depauperada y proletarizada haya sido un factor para que no se advirtiera su presencia  en la transformación social de su país.

 

Ancash campesino posiblemente no sea más que un  “ayllu” en la gran familia peruana que se está movilizando y transformando. Pero en esta movilización y transformación existen peculiaridades que han sido el motor de cambio donde por primera vez en el país el campesino logró  lotizar haciendas como las de Vilcabamba y Huayo puquio, en 1924 y 1928 en elevar una Cooperativa Modelo como en el caso de Vicos de 1950 a1960.

 

Y con el nuevo derecho agrario el campesinado de Ancash  ha encontrado el instrumento de sus más antiguas luchas de cambio en el régimen de la propiedad y tenencia de la tierra, instrumentos con el cual las grandes mayorías campesinas se están incorporando al organismo de la nueva sociedad nacional.

En el curso de nuestra exposición se verá si la vida rural o campesina se desenvuelve a través de sus patrones tradicionales o esos patrones tradicionales van cediendo a otros factores o sencillamente que los cambios de nivel  son la consiguiente reacción de  las masas subyugadas o que eso, incluso, es el resultado de la evolución  de sus matrices institucionales colectivas y de su cosmovisión mágica- religiosa del mundo.

Si un concepto sobre la organización de familia, no se puede concebir el régimen de la tierra en el departamento, ni menos el sistema de su régimen político.

Las hordas de cazadores o de recolectores para poder defenderse y ayudarse en los peligros y fatigas estrechan su unión. Esta unión va haciéndose cada vez más afín por, la intimidad y necesidad colectiva, que eran lazos de simpatía y afecto que están en la sangre y en el alma. Las nuevas generaciones serán así, sangre de su cuerpo y alma de su alma. Cuando se asientan y sé sedentarizan esos grupos constituyen células familiares. Los une el recuerdo de sus correrías de cazadores y recolectores. Afincados están al pie de sus “ircas” y con un “huían” que los cobija de la intemperie. Luego la familia se expande o crece.  Primero la labranza de la tierra y luego la familia  son los ejes con que se mueve aquella sociedad naciente.  El sol y mama pacha entran en el campo de la filosofía de entonces y que unido al concepto de familia dan un tipo y una mentalidad colectivista y comunitaria. La tierra es de todos los del grupo y el hombre es de una casta, ayllu y ayne. Bajo el concepto del “ayne” el hombre tiene sentimientos de solidaridad con el grupo. Cada hombre o cada grupo está por ello, no debería decirse obligado, si no preparado para ayudarse recíprocamente..y si alguna vez, alguien no puede devolver un servicio utiliza la  “minca”, en donde otro hará el  trabajo que no pudo hacerlo él. La “minca” en su acepción más propia, es una ayuda de trabajo. Con este sistema de trabajo se compensa la escasez de la mano de obra. Bajo el sistema de la “minca” en Corongo, Aco y Cuzca, una cuadrilla de “mincas”, en un solo día desyerban diez o doce parcelas de maíz o trigo de distintas personas.

 

Cuando alguien no puede devolver la “minca2, en aquellos lugares se hace uso del “rantin”, es decir del reemplazante.

 

El padre, es la autoridad de la familia; más la autoridad de todas las familias del ayllu, es el “auquillo2, es decir el abuelo, y un consejo de los abuelos es la autoridad suprema.

 

El hijo, no solo dice padre a su progenitor, lo dice también a los hermanos de su padre. Entonces los lazos familiares se hacen más estrechos e íntimos. igual ocurre con la hija respecto de la hermana de su madre. Crece la familia y con lazos de sangre  se establecen en un paraje. Es el “marka”, la aldea, la futura población. “marka” es entonces el poblado que agrupa a una población formada por familias emparentadas. El emparentamiento que en un comienzo es endógeno, se ensancha. Primero es el varón que trae como mujer a la hija de otra “marca2 o parcialidad, luego se extiende esta facultad y un foráneo se instala con una mujer de la “marca”, y mas tarde familias foráneas se acercan ala “marka” y se adhieren alas costumbres.

El ayllu primitivo sustentado en el escenario de la “marka”, es decir connaturalizado con el lugar, con las costumbres y los anhelos del grupo; aquel ayllu con sentido místico y legendario, apegado a sus apachetas y connotas, sin dejar sus bases metafísicas, va extendiéndose o ensanchándose. La “marka” vecino tiene iguales ancestros e iguales aspiraciones. Bulle en este sentimiento  comunitario que da al concepto de propiedad de la tierra y de los demás recursos naturales, de los vínculos de sangre y de la familiaridad y de los institutos del “aine” y la minca.

 

Este concepto de ayllu y esta evolución es común a todas las parcialidades de Ancash. El sentido actual en poco ha variado.

 

Los ciclos agrarios y constelares imprimieron sus ritmos en la naturaleza del ayllu. Aquella fuerza telúrica que a diario se renueva y que se manifiesta como acción, fue el fiel ordenador de la comunidad y el eje de su organización y función. Aquel sentimiento cósmico y aquella concepción de la familia, estructuraron el ayllu clásico, en el que el hombre siente a la comunidad como alma y ve al mundo a través de una conciencia de fraternidad y solidaridad. Se diría la metafísica del más decantado socialismo.

 

En la Gramatica y Vocabulario Quechua, editado en Sevilla en 1603, y en el arte y vocabulario de la lengua general del Perú, de francisco del canto (1614) la palabra ayllu es parcialidad o bando .polo le da igual significación. Mas Cieza, lo estima como tribu. Santillan como barrio .en cambio E. Lanchan entiende por ayllu a un grupo de parientes consanguíneos.

 

El Dr. Julio C. Tello en su discurso de 1935, decía que el ayllu era no sólo una célula social, si no un sentimiento íntimo por el lugar donde se ha nacido, como el amor del hijo por su madre, como el vínculo de gratitud por la tierra que vivifica.

 

Sociológicamente el ayllu designa una agrupación social unida por

 

una misma institución; constituyendo una unidad consanguínea y territorial, jurídicamente es una comunidad y sujeto de derecho. Muchas veces, en una comunidad, o mejor en una parcialidad; o para ser más exactos, en una “marka”, o bien en una ciudad, se instalaban dos ayllus, uno en la parte alta y otra en la parte baja, para el mejor gobierno o administración. En Corongo, los barrios de “Tapca” o alto, y “Uran parte” o baj, tienen dos jueves de aguas con sus respectivos “campos” y alguaciles, que reparten el agua para el regadío y vigilan las sementeras. Ambos bandos rivalizan en la mejor administración y en la celebración de la festividad religiosa. Rivalidad, emulación y planificación en el trabajo que muchas veces estalla en verdaderas luchas campales.

 

Dentro de su evolución el ayllu y su significación meramente generalógica va asentándose y habrá de ser la raíz de la unidad o de la gran poblado comunal: “Llacta”, derivado de la partícula “Lla” que adverbialmente significa extensión, es el poblado originario. La desinencia “ta” la limita y la hace suya: “Llactaruna”, es el hombre del poblado o del pueblo” “Llactamasi” es el compoblano “Marka” y “Llacta”, marcan el paso de la evolución de los “clanes” y grupos “hórdicos” primitivos. En el orden económico. La evolución trasciende a que el esfuerzo común se canaliza a fines sociales.

 

Es indudable, antes que la “marka” en su origen fue la “pachaca” el centro de la actividad social de la familia. La “Pachaca”, es la “callpa” desbrazada, es decir el terreno labrado. Lo que induce hacer ingresar el concepto “valor” en la tierra. De importancia en la economía y sociología. Aquella “Pachacha” habría de ser el elemento de una rudimentaria propiedad individual. Cunow, aún cuando trata de asimilar la “marka” peruana a la alemana, conviene en que la “Pachacha” antecedió a la “marka” antecedente que no tuvo la “marka” alemana.

 

Políticamente aparece el “sinchi”, es decir el jefe. El más fuerte y posteriormente el más idóneo, el “camayoc” y no pocas veces fue la mujer, la “Kapullana”, la gobernadora.

 

         La “pachaca” en el ayllu hubo de tener mayor significación que la sencilla roturación de la tierra, siendo la  base de la propiedad familiar tenía que estar regimentada. De aquí que aquel labrador no podía ni debía libremente abandonar su “pachaca” porque ello habría afectado a la comunidad. La “Pachaca”, que es el primer sentimiento de apego a la tierra, no creó sin embargo, el sentimiento de dominio exclusivo quiritario. La rotación de los cultivos de las “pachacas”, por razones técnicas, dio a surgir, más bien el sentido de la posesión, que la misma familia volvía a trabajar su “pachaca” en la siguiente rotación. Entonces la propiedad tenía que ser del Inca, el Jefe Supremos del Imperio, dando, así oportunidad al “ayllu” de la Constitución del Estado y más tarde a su expansión por América.

 

Si el hombre es eminentemente agrícola y pecuario, que estima a la tierra como a una providencia, que la venera  y la adora y cuando cría casi convive con sus animales, la mujer comparte ese sentimiento. También ama y venera a la tierra, hombro a hombro trabaja con el marido y cuando soltera coopera en los trabajos de familia.

 

         Es posible que en las épocas de las hordas hubiera la mujer estado sujeta a un hetarismo o a una promiscuidad. En la legislación del incanato se encuentra prohibiciones y penas contra el incesto. Por razones políticas el Inka Túpac Yupanqui expidió una resolución autorizando a los Inkas el matrimonio entre hermanos. Pero el ayllu clan se afinca en la tierra y aparece el abolengo familiar y sus relaciones con otro grupo.

 

Comienzan las anexiones tribales, se establece algo así como una confederación y llega a la monarquía, dando paso a la familia imperial o al ayllu imperial, en el que la mujer tiene un papel preponderante. La endogamia no importa hetarismo, porque tal endogamia no importa hetarismo, porque tal endogamia se refiere a que las parejas son miembros de un grupo y no entre miembros de la familia. Prueba también la endogamia de los ayllus la ley VII, de 1618, dictada por Felipe III.

 

         Por razones de crianza, la mujer en el período de las hordas tiene a su cuidado a sus hijos. El padre, cazador o recolector, pudo no volver adquiere así una autoridad en su familia. Pero en su evolución el ayllu horda establece normas y presta a la mujer una consideración que su reaparecer y los hijos crecen bajo el amparo de la madre. La madre, condición lo requiere. Es  la madre del hijo la persona entrañable, el ser que comparte sus alegrías y sus penas. De aquí que incluso en el Imperio Inka se tenía apenas noticias remotas del carácter matriarcal del ayllu. En la época de la Conquista, los españoles encontraron el sistema patronímico como regla. En nada amengua el sistema el hecho que Cieza de León en el levantamiento de Canas (Zapata), se hubieran encontrado mujeres esforzadas, como las amazonas. Pues, es tal la fidelidad de la mujer india, que cuando ve amenazado a su esposo se interpone con valentía y en las guerras estaba a su lado para abastecerlo e incitarlo al arrojo.

 

         El respeto a la mujer, por ser el ser que no sólo comparte con las fatigas de varón sino porque es el objeto de su veneración, fue en el indio un fuerte sentimiento de cohesión y fuerza que la impulso a las más pesadas fatigas. Markhan ha recopilado una canción india que traduce el respeto y el hondo sentimiento por la mujer.

 

         Este sentimiento por la mujer india está perfectamente expresado por Alberto Ballón Landa.

         Una de las características que más define la cultura de un pueblo; es el trato y la distinción que se merece la mujer en la sociedad y en el progreso.

 

         El culto al amor le venía al aborigen desde el mito hasta el idilio cortesano. Las parejas de amantes saliendo de los lagos y la pasión encendida desde el humilde runa hasta la nobleza principescas.

 

         El amor lleva consigo las artes. En Ollanta, la pasión amorosa tiene la sublimación, que tanto la trama como el estilo tienen una elevación artística tales que rivalizan con las mejores producciones de Occidente.

 

Y como Ollanta nos hubiera llegado en la forma dramática, generó el más decantado de todas las formas literarias, dice mucho de su valor artístico y de la elevación de los sentimientos de aquellos tiempos.

 

         Todos los cronistas e historiadores están de acuerdo en señalar que el gobierno incaico estuvo organizado a base del ayllu, el que entrar a los consorcios territoriales llegó a unificar un gobierno sólido.

 

         El paso del ayllu horda al ayllu clan se organizan con el nombre de los lugares donde se instalan o con el de sus huacas o pacarinas o con el hombre de algún antepasado epónimo con el de alguna divinidad legendaria. Estas relaciones y esta articulación histórico – social se hacen más notables con las anexiones y, con las transformaciones del gobierno y el régimen de la propiedad.

 

         En este período el ayllu está bajo el gobierno inmediato de los curacas o apus, que  a su vez reciben su autoridad al Jefe Supremo. Es indudable que aquellos jefes inmediatos en un comienzo salieron por elección.

 

         Tales agrupaciones llegaron a ser en los albores de los estados Regionales: Huaylas, Conchucos, Huaraz y Huaris.

 

         El Dr. Román Alzamora dice que la carencia de la propiedad privada como regla o como principio hizo innecesaria una legislación sobre el particular. Existió más bien una profusa legislación municipal que se ocupaba a la posesión y delimitación de los pueblos; una ley agraria que se ocupaba de la división de la tierra, una ley del servicio público, una ley de la hermandad que legislaba sobre la ayuda mutua, una ley de mitas que reglamentaba la rotación en el trabajo y una ley del trabajo que proscribía el ocio y que hasta lo condenaba con la pena de muerte.

 

         Dentro de su mentalidad el aborigen estimó que la tierra era una divinidad no susceptible de apropiación individual, por lo que hubo de ser colectiva. A base de este concepto se desenvolvió toda la relación de hombre – tierra y todo convergía en ese sentido. En las estaciones climatéricas del año y en esa rotación constante y uniforme encontró su ritmo la religión y el cultivo de la tierra, ritmo que pasó a las actividades de la vida administrativa y política del imperio, que a la postre culminara con una modalidad especial. Una de las primeras actividades como el “chaco” (cacería) tenía que hacerse en los meses que el reglamento señalaba, la segunda de las actividades era el reparto de las tierras o sea el “chacracona-cuy”, luego el mes de las siembras y desyerbos, las cosechas, el reparto de las cosechas. Y cada una de estas actividades era presidida por una festividad, como aquella celebre de Inti – Raymi, que se celebraba en el Cuzco.

 

         San Martín creó el departamento de Huaylas. Salaverry, el 12 de junio de 1835, agregó a Huaylas de Huanuco; y el 28 de febrero de 1838, el Mariscal Don Agustín Gamarra le cambió  el nombre poniéndole Ancash.

 

         Los campesinos reunidos en las REDUCCIONES o en las COMPOSICIONES estrechan sus vínculos ancestrales y renuevan su régimen ayllal.

 

La tierra y los pastos les son comunes y vuelve el reparto a implantarse como regla, aunque aquel reparto les confirme en la posesión de la tierra.

 

Sólo cuando vaca por muerte se le da a otro comunero que no tiene.

 

Es de estas instituciones que nació la COMUNIDAD DE INDÍGENAS, hoy Comunidades Campesinas (1). Coetáneamente a las Comunidades de Indígenas nace el latifundio:

 

a)     Del reparto hecho a los españoles en la Conquista.

b)     De las encomiendas vacantes, posteriormente adquiridas por la Corona.

c)     De las tierras de los Curacas y Caciques (2).

 

Ambos sistemas coexisten simultáneamente, desde la Colonia hasta la fecha declarada o sórdica los ha mantenido en rivalidad.

 

La Comunidad defiéndese de la ambición expansionista del latifundio o el latifundio resistiendo a la acometida cada vez más aguerrida de la Comunidad.

 

         La República pretendió abolir a las Comunidades de Indígenas, bien sea por estimar que era un reducto retrogrado o por estimularlos con el incentivo del sentimiento de la propiedad individual. Pero las comunidades resistieron a la ley y a la ambición de los depredadores.

 

         En la República se abolieron por Decreto de 27 de Agosto de 1821, de San Martín, el “Tributo” y el “Servicio personal” Por Decreto Supremo del siguiente día. En cambio se creó la “Contribución de Indígenas”. Por Resolución Suprema de 17 de noviembre de  1831, que el Mariscal Castillo hubiera de derogar por Decreto Dictatorial del 5 de Junio de 1854.

 

Si el Virrey no respetó en cierta manera el régimen de propiedad en las Comunidades (“reducciones”) en la República exabruptamente por Decreto de Bolívar de 8 de abril de 1824, introdujo la propiedad individual en las Comunidades Campesinas, autorizando el reparto de las tierras comunales. Esta autorización dio lugar a que los latifundistas se ensañaran y a que se cometieran abusos con los bienes de las Comunidades, por lo que el congreso constituyente el 3 de Agosto de 1827 ordenó la suspensión de las ventas de las tierras de la Comunidad. Pero por Ley de 31 de Marzo de 1828 se reconoció la propiedad de las tierras a los indígenas que las poseyeran por reparto y sin contradicción y se autorizó vender sus bienes a los indígenas que supieran leer y escribir.

 

         En Ancash, en torno de los Curacazgos se establecen las Comunidades Campesinas. Así el Curaca Pumapacha, tenía jurisdicción en Macatey en Tarica; Pumapa-paquillay en Huaraz; Marcona y Collas en Recuay; Aija y Pampas; Coracora; Susuy en Huambacho, etc.

 

         En este estado surge en todo el país un afán por acaparar la propiedad de las comunidades, porque el latifundio ofrecía al dueño, las ventajas de la explotación del indio, como yanacón, aparcero o pongo, que permitía mayor producción y mayores ganancias. Hasta que la Resolución Legislativa del 11 de octubre de 1893 dispuso que los indígenas de toda la República, son legítimos propietarios de las tierras que actualmente están en posesión. Sin embargo de esta disposición el indígena refirió mantener sus hábitos comunitarios, hasta que el Código de Aguas, en su Art. 235, le admite como a Persona Jurídica y más tarde el Código Civil en sus Arts. 70 y 74, le da amplio reconocimiento, a base del Art. 58 de la Constitución de 1920. en el Art. 207 de la C. Se prescribe que las Comunidades de Indígenas tienen existencia legal y personería jurídica y en el Art. 209 se dispone que la propiedad de las comunidades es imprescriptible e inajenable, como inembargable. Por ley 8124 se creó en el Ministerio de Salud la Dirección de Asuntos Indígenas. Finalmente por Decreto Supremo de 2 de Junio de 1961; acabó de perfeccionarse la estructura legal de las Comunidades de Indígenas, disponiendo entre otras cosas. (Art. 6°) quienes son comuneros.

 

         No obstante las leyes de protección, la comunidad siempre ha sido víctima de la oligarquía latifundista. Pero no sólo que ha resistido, sino que ha sobrepasado a todas las previsiones del colonialismo, porque la base de su fortaleza es el colectivismo, principio rector que considera la producción como un fenómeno colectivo y cuyo aprovechamiento debe alcanzar a la comunidad.

 

         Sabemos que los diversos sistemas de explotación de la tierra, a través de un proceso histórico, crearon dos institución es; la Hacienda y la Comunidad, como dos instituciones agrícolas independientes, no obstante esta independencia fue aparente, pues si queremos descubrir un modo de producción agrícola, entre hacienda y comunidad existen intimas relaciones:

 

         Consideramos a la hacienda n sólo como una gran propiedad, sino fundamentalmente, como un conjunto de relaciones económicas y sociales de explotación precapitalista. Este conjunto de relaciones, las hemos encontrado en todas las propiedades cuyas extensiones superficiales varían en las 14 y 178 hectáreas. Las relaciones de producción son las que se establecen entre los hombre en el proceso de producción de bienes materiales.

 

         El hacendado fue dueño y propietario de la tierra y el campesino de un modo u otro vinculado a ella, luego la tierra es la principal condición de producción. En base de monopolio de propiedad que ejercía el hacendado sobre la tierra, funcionando todo un sistema de explotación que se basaba en la renta de la tierra, que es el pago que hubo de dar el campesino no propietario al hacendado, por las tierras de cultivo y de pastos que usufructuaban. Renta en trabajo o prestación personal que don personal que predominó entre las primeras fases del feudalismo. Renta de la tierra en especies; y renta de la tierra en dinero, son los campesinos denominados arrendatarios, y a los que pagaban en trabajo y en especies se les llamaba hacienda – runas, gentes de las haciendas.

 

         El nativo es una simiente de fecundas luchas de liberación. No bien la conquista lo expolió, surgieron para oponerse al abuso Titu Yupanqui, Apo Maita, Manco Inca y Cahuide. Poco después, en 1537, el soldado Sebastián Torres, que hubiera obtenido la encomienda de Conchucos, cuando pretendió recargar el TRIBUTO, provocó una sublevación en contra suya, que lo condujo a la pena de muerte (3).

         Aparte de otras sublevaciones que surgieron en Ancash, tanto en la Colonia como en la República, y que haremos referencia en este trabajo, es oportuno hacer el examen del levantamiento de los campesinos de la hacienda “Huapra”, que usufructaba en Carhuaz, la familia López Mejia.

En 1958 reducrecía el litigio entre los señores López Mejía y el Párroco de La Soledad, del Cercado de Huaraz. “Huapra” era una enfiteusis que, y al estar el Párroco de la Soledad, había caducado. De suerte que los campesinos se encontraban ante dos amos, cada uno de los cuales se ingeniaba para sacar mejor provecho de la hacienda, y cada uno de los cuales exaccionaba cada vez más a los colonos. Pero “Huapra”, que es vecina a Vicos, tenía en la Escuela de aquella comunidad alumnos que al correr del tiempo no se valieron de los métodos Vicos, sino que aprovechando la ocasión de un abuso de sus amos en 1959, se alzaron contra los patrones y rechazaron a la fuerza pública que fue a prestar garantías a la hacienda. En esta jornada murieron dos colonos, que fueron los mártires y que consagraron una posesión que no se les volvió a discutir; primero por miedo al levantamiento de las comunidades y más tarde a la llegada de la Reforma Agraria.

 

         Entre que el hacendado tenía la ambición de retener al indio para valerse de la mano de obra gratuita y las minas que necesitaban de esa mano de obra gratuita y barata, hubo de librarse contiendas. Las mismas contiendas tuvieron que librarse con los “enganchadores” que llevaban los peones a las haciendas de la costa.

         Para conciliar los intereses en la mano de obra, los minero se hacian hacendados. Es el caso de las haciendas de Tambo Real y de Urcón, que tenían las mimnas de Magistral en Conchucos y las de Vesubio. En Chacas. Los mineros de Tucochira en Chiquián abrían el interés de la masa indígena con salarios alucinantes. Las haciendas se iban despoblando los hacendados hubieron de prohibir ese éxodo obligando a las mujeres de los ausentistas a trabajos forzados y dando caza como animales a los peones que salían de los términos de la hacienda.

         Hasta que un “renegado” como Luis Pardo acaudilló a esos indios perseguidos e hizo una batida a los hacendados. Algo más: Luis Pardo quizo moralizar al hacendado y al Indio: Al hacendado obligándolo a dar trato humano a los indios, y a los indios dándoles conciencia de dignidad

         El feudalismo como sistema opuesto al colectivismo concentra la propiedad y absorbe a la pequeña convirtiendo a los campesinos en siervos. Es antidemocrático y antieconómico, porque priva la propiedad al que trabaja y porque establece monopolios odiosos. Lo que constituye una rémora y un freno al libre juego de la libertad.

 

         El feudalismo quita al campesino aquel sentimiento ancestral de amor a la tierra. La tierra que no es suya, es como si acariciara lo ajeno o venerara una divinidad prostituida.

 

         El feudalismo introdujo el tráfico de la tierra, es decir para el nativo como si se tratara del tráfico de los más íntimos ensueños de su vida. Y el tráfico de la tierra acaba en extremos destructivos. Pues, quien vende su propiedad es como si vendiera su alma  y la soberanía de la nación en que vive. Para el indígena es aquel, traficante y antipatria.

 

         El feudalismo no estimula la producción. La estanca con grave prejuicio para el progreso y las necesidades sociales. Mientras que con el colectivismo los indígenas se abastecían de sobra, al presente, con menos población, importamos alimentos a un costo de 200 millones de dólares por año.

 

         El feudalismo conduce al absolutismo y a la oligarquía. Feudalismo y colectivismo son dos mentalidades opuestas. El uno individualista en sí y para sí, el otro de masas: por la comunidad y para la comunidad.

 

Es decir el egoísmo como principio en el uno, en el otro el titruísmo como sentimiento fraterno.

 

         La conquista del Perú tuvo su origen en un contrato. Esto es, que fue financiado por una sociedad en forma privada, por lo que poco se obedecía a la corona, cuya bandera se tomó como respaldo. De esta suerte, en nada se tuvo en seria consideración cuando se trató de repartir la tierra entre los conquistadores.

 

         En la República – en sus albores – la nobleza se rindió a Bolívar para conservar sus privilegios feudales. Y en la República se fundó la Sociedad Nacional Agraria que agrupó a la dorada nobleza colonial con los nuevos detentadores liberales.

         En medio de la aridez de la literatura femenista de nuestra época y nuestra Región la producción de  "Ensayos" me ha llegado como un venero de oásis y se ha extendido hacia mi ansiedad como una cristalina y tersa fuente sensorial en cuya claridad y pureza sus colaboradores han escanciado el aroma de sus perfumes y dejado sobre sus ondas vaciados venustianos en una rara floración de ninfas y sirenas.

"Ensayos" apareció en momentos en que la bancarrota del feminismo ancashino se avecinaba. El funambulismo de la moda y el malabarismo de la demagogia modernista con toda la magia de sus hechizos estaba ya defraudando las gestas de la verdadera ética feminista. Ideologicamente muestra mujer se perdia en la vacuidad. Sin grandes acicates en el alma y profundos sentimientos en el corazón se entregó al modernismo pensando acaso que asi servia a la civilización. Y descendió a los aleros escondidos de la sensualidad, a los placeres frondosos del placer, en cuyas lianas las pasiones aludan los acordes de embriagadoras orgias cabalisticas y donde el ideal se pierde tras el vértigo loco de las raudas alegrias, en la más grata inconciencia de la vida, como un rayo de luz perdido en las tinieblas o como una gota de rocio en el capullo de una flor. Dulcemente, voluptuosamente en la blonda cabellera de la noche o entre el opulento búcaro de una rosa.

      El modernismo es al feminismo lo que Calibán a Ariel. Es la mueca quebrada que no alcanza a dibujar el arco inefable de la sonrisa. El modernismo es la mutación de la cultura, el feminismo la cultura en toda su acción reinvidicadora. El uno medra el otro asciende.Los traficantes del modernismo exponen en las ferias de la moda barata sensibleria del sentimiento tratando de suplantar la verdadera sentimentalidad que le lleva al alterocentrismo del despecho de todo cálculo o prédica diatirámbica.

     Entiendo que la cultura de la mujer no debe ser extraña a la del hombre y que la armonia que la naturaleza ha impuesto a la humanidad obligue a una mutual comprensión. En este empeño solo la experiencia de las propias inquietudes pueden dar esa unidad sin apartar al hombre de todas las consideraciones que debe a la mujer y a éste de todos los derechos que le incumbe. Estimado asi no debe entenderse la nueva cultura como una polarización de la mujer hacia el hombre o como una insurgencia vital de superación sobre él. La primera porque empaña el encanto y belleza de su sensibilidad natural, lo segundo porque le quita la bondad que le sublimiza. Miro la reivindicación y emancipación de la mujer como el discernimiento natural de sus derechos para ella y como el incremento de estimulos para el hombre.

      . Mi silencio ha sido deliberado. Abstraido en el brote de sentimientos nuevos en mi alma circunscrito mi atención de análisis de mis emociones. He querido sincerar el anhelo de mi espíritu con el aliento que lo impulsa, buscar la raíz de lo que tan lozanamente aparece en mi. como ventura o como illusion. Asi, recogida el alma, suspendidos los impulsos del corazón ha querido descubrir los causes de donde viene todo el raudal de esperanzas y la melodía de ensueños que empurpuran estas horas de mi vida. Cuanto más intensa es mi observación más profundo véo los misterios de mis inquietudes al punto de que cuanto más me adentro descubro que mayores son los enigmas que desfilan ante mi. Perdido en medio de estos laberintos de mi alma, solo el efluvio de dulcísimas melodias me han guiado hacia el lugar de donde música tan amena viene en acojo de encantos y hechizos. Cerca los umbrales de arpegio tan mágico me he detenido ante una salva de himnos y aleluyas, ante un nimbo de auroras y silencio más apacible de las grandes germinaciones emocionales. Tiernamente y simbólicamente en almas fecundo gesto de Prometéo o en el más frenético ósculo nupcial de las náyades. Como un coro de querubines que entornaran el desposorio de las flores en las horas del crepúsculo.

       

 

                  Si goce acaso no sabria decirlo. Del goce tenía una idea, pero la sensación de la felicidad me cegó. Aspiré de tus besos muchos mundos de ensueños y en tus brazos senti la emoción de todas las venturas. Su voz me trajo la cadencia de mis más intimas partituras y sus pupilas iluminaron mis senderos boceteados. En una hora de amor bruñó con sus miradas auroras para todos mis años y sus besos orquestaron la música para todos mis conciertos. Muchos cielos, muchos mundos discurriste para mi en un rato de arrobo. Hiciste eterna la pasion de un instante fugaz. Un latido de tu corazón junto al mio encendió muchas llamas de amor. Nuestros cuerpos en un abrazo dibujaron lineas curvas, arcos rítmicos, suaves sombras anhelantes de eternidad, siluetas etéreas, bustos esfumantes, vaporosos. Y nuestras manos amada mia entrelzadas en un monográma sinbólico aprisionaron diez corazones entre las yemas de sus dedos. Y en tus venas todos mis jugos se transfundieron y los tuyos me llegaron con nuevo riego de amor. Yo no sé cuanto tiempo estuvieron mis manos sobre las tuyas. Lánguidas, misticas, con sus corolas vencidas por la emoción sentí que se separaban de los tuyos rendidas pero no hastiadas, febricitantes, especulares y translucidas, obsesivas de un éxtasis pasional.

 

             Y en ritmo desplegado de alas de golondrinas rosadas tus labios llegaron trayéndome el fulgor de todas las primaveras y enlazaron a los mios en una efusion de romances y de alturas. Con las alas desplegadas rumorosas y nupciales no se cuantos cielos ascendimos , tramontamos muchas cimas doceladas de calices tiernos de azahar y al llegara a las arcadas atesonadas de los jardines afrodisiacos visiones miríficas hebetaron nuestros sentidos. Yo no se cuanto tiempo crepitaron nuestras alas en sus puertas.  Muchos siglos de placer trancurrieron en el restallante aletear de nuestras ansias. El caudal impetuoso de nuestras venas se desbordo en torrentes de águilas rojas que hendieran el espacio azul en un afanoso vuelo de fecundación. Y una fuga de sinfonías plumbeas se diluía en las alturas aventadas por una brisa histérica, cargada de aromas incandecentes. Con una dulce lasitud espiritual, distendido languidamente el ánimo esfumante como copos de nubes blancas que se discipan al céfiro descendimos lentamente a los vergeles de amor donde nos habiamos remontado. Muchas rosas sus pétalos habian sacudido a nuestros pies y como una alfombra de felpas de armiño las flores posternadas uncieron sus corollas a nuestro idilio.

      

Mi alma está inmovil, es un “Pedazo de Ande” que dormita. Se ha abismado en un contrafuerte. Un jajo de luna, “siete cabritas” y bastan para colmar su felicidad. Y allá sobre el arco celeste donde un “muro Blanco” recorta la silueta de la toca de una monja, un rubor de cadencias musita el dia como un eco perdido de una dulce Ave-María.

 

      Estas líneas me dan la sensación de una escaleras por donde mi alma está descendiendo a la realidad. Por eso me son ingratas. Yo, de no parecer descortez para ti, viviría ensimismado en el idilio romántico de éstas mis horas de arrobamiento recordatorio, en el que aspiro tus fragancias y beso tus labios de coral.

 

Esta carta se me esta hacienda odiosa; pone una mancha negra en el pulcro armiño de mis sueños. Ni siquiera finge la silueta de una penumbra que pudiera significar su relieve azul en el campo verde del paisaje.

 

El trobellino de la “Underwood” entona una canción forzada. El teclado gorgea como ave dolorida. Gime con un chirrido amargo, con el dolor ácido de bisagras. Guiña irónica. Bosteza y sueña huascaranes.

 

     Y sin embargo de todo esto te escribo. Te escribo por una bastardía pueríl y fátua, por creer que la dicha confesada es más grande que la que se oculta. Además y acaso es un consuelo que me disculpa, créo que al referirte mis albricias, éstas han de aumentar de júbilo.

 

Va, pués esta carta para tí, en la confianza que me has de disculpar la debilidad de haberla escrito, de no haber resistido a la tentación de notoriedad, indiscreta y dadivosa, como una colegiala en asueto, esta carta va llevando en el alma su retozón de niño, para luego pedirte un verso, un verso forjado con los cinceles nuevos de tu amor, bruñidos por la esplendente luminosidad de tu euforia juvenil.

    

          Mis ideas en el amor no pocas veces tienen ocurrencias geométricas, gustan exhibir sus aristas de pirámides truncadas, sus lados de trapecios irregulares. Te privas y cortas los vuelos más`sidéreos de tus ensueños.

 

          Se me antoja creer que calcúlas con una tabla pitagórica la magnitud de mi cariño y que cuantas palabras te dice mi pasión arrobada la guardas con la misma emoción que un dicionario cuida de las palabras de la academia.

 

          Simétrica y pulcra como una ánfora de escencias orientales; eurítmica y contrapuntísca como una Minerva o una fuga musical, sabes hacer elegnte las horas de estancia a tu lado y cumples con poner un poco de la flor de tu juventud en los búcaros de nuestra alma. Logras que tu compañia nos preste alivio y consuelo y que nuestra ansiedad se sature de tus perfumes. Pero si todo esto haces no puedes borrar el sello de helenismo que hay en tus maneras; medio clásica y dostoral, tu amor semeja la diadema infinita de una piedad casi campesina, afanosa de seducción, rebosando armonía en el gesto, ritmo de euforia en la expresion y belleza de arrebol en las pupilas. Una piedad suave como hecha de languideces y de fragancias de rosas de otoño se desprende de tu amor envolviendo la atmósfera en un tinte dilicuescente de violetas. Por eso resulta tu passion como aquella familia de orquídeas que desprenden de las mañanas el perfume del heliotropo, al medio día el del clavel y por la noche el de la lila; cambiando asi de entusiasmo y de fé como una brisa fluvial ligera y traviesa, armoniosa y dulce, pero que no por refrescar y gromar deja de ser veleidosa

 

           Perdona el juicio amada mia. No es sin duda la ponderación severa de la crítica; estoy muy interesado y afectado para creer que el esbozo apuntado séa una pruedente observación. Defiendo mis ilusiones y no tolero se disipen los tonos más leves de los mirajes de mis ensueños. Eso es todo; la lucha por la vida de mi amor. Perdona mi darwinismo.

 

          Cada vez que llevaba a tu lado mi escondida pasión, observaba que lo mirabas atónita, desorbitada. Te ha asustado y te asusta la llama que has encendido en mi. Tus sentimientos se embotan y con alejarlos de mi te apresurabas y apresuras a embriagarme con el narcótico de tu charla sabrosa, dicharandera y cubista. Esto me tiene asustado, porque temo que tu amor no séa sino literatura. Arabescos de lenguaje, ensayos de retórica, exaltaciones de poeta, sutileza y giros atrevidos que envueltos en gasa y tules me dan la ilusion de que es tu corazón el que me cautiva.

 

Yo no créo jamás en que la literatura pueda crear el amor. La busca, no la créa. El amor nos sorprende como una ráfaga, nos hiere con su luz y nos encandila. Las grandes pasiones no se buscan, nos llegan al alma como un sino, como una fatalidad. Por eso mi bien amada pitonisa, soy celoso de mi bien.

          El destino me deparó tus encantos y no los quiero dejar. Impunemente no se me priva de lo que es mio. Sino por tí, por mi debes estar segura de que nuestro amor no naufragará. Esto no como consuelo sino como firme derrotero de felicidad.

    

 

                                 Mentiría si no te confesase, que aún sigue en mi alma la tempestad haciendo sus estragos. El ácido con que me has probado es demasiado fuerte para resistirlo. Ahora mi corazón está convertido en una sola lágrima.

 

                 Bruscamente arrancaste mi alma. Te la llevaste por la polvorienta carretera, esparciéndola entre los espinos y hundiéndola en los barrancos. Lo quisiste así. Tuvo éxito tu acrobacia y finalmente tu triunfo en una llamada telefónica que mereció el aplauso de solo tu orgullo.

 

                 Roto el fino cristal de mi ideal, no me queda otra cosa que guardar esos despojos con su tremenda lección de fracaso. Una vez más, surge en mi el convencimiento de mi inferioridad. MI capacidad por la posesión de cosas infinitamente superiores.

 

                 Si te sientes ofendido, no te empeñes en pensar que tu mundo se circunscribe o termina con el amor de una mujer insignificante; de una mujer cuya “pasión linda con el ocaso que ha lapidado tus ensueños idílicos. Mas arriba te están reservando mayores sorpresas; el amanecer de muchas almas y el fresco de sus climas espirituales.

 

                 Nadie más que yo sería la vulgar comerciante – como crees – que tomó una balanza de alquiler para medir tu moral. Felizmente en asuntos efectivos no he merecido la cooperación de una voluntad ajena. Por que nadie como uno mismo puede apreciar tal o cual sentimiento. Si alguna vez, en un medio inquietante engañoso y malsano, consulte y medí las consecuencias, fue precisamente, porque no se amoldaba a mi espíritu de Ande y porque sabía que mi soledad daba oportunidad a que se cebaran los maleficios. Y es la acrisolada mano de un maestro y amigo que me condujo, entre el bullicio, donde los rubores serranos hasta el barniz capitalino.

 

                 No he empañado  mi pensamiento tomándote como a unos de tantos vulgares que rondan en pos de una víctima. No! Te he querido con la misma susceptibilidad que me inspiraste la tarde que te conocí. Yo antes que tu, te hice entrever mi cariño bajo la fronda afectuosa de los árboles o la limpidez de un cielo azul porque la naturaleza es bella y generosa y contrasta con el egoísmo de unos ojos escrutadores. Varias veces hemos estado por el campo. Pero esa mañana pensando mejor el día trágico que empezó impidiéndome ir a misa, resultó agravándose. Tenía que estallar por algún sitio. El estrago es para mi horrible.

 

              El instante de tu vida que vino a parlamentar nuestro amor merecido todos mis cultos. Y prueba mi rendición la explicación que te envió. Es el faro que generosamente se esfuerza en salvarme del naufragio. Pero aún alcanzo la orilla; aún el día demora en romper este lobreguez. Y si antes una bendición, te voy a ser un castigo, quiero perecer entre el furor de la horrible tempestad.

 

              El destino muchas veces, se somete a la sabía medida de las circunstancias; de él salen las normas para el futuro. El mío lo se bien; sin embargo llamé a tu puerta anhelante de un segundo amor y en un momento de olvido hiciste un paréntesis en mi vida para liberarme de la cárcel sombría de mis penas.

              

 

                            El amor no existe sino en la forma de pasión; es desbordante y excesivo, más instintivo que reflexivo, más decidido que tímido. Inconstrastable e imponderable. Es su clima. Se toma al amor por sorpresa, jamás por asedio. La exaltación es su temperamento. Toda prudencia degenera el cálculo; se mercantiliza. La vehemencia marca la cima del amor. La prudencia crea al tipo honesto, pero nunca al virtuoso. El primero es doméstico y doctrinarista, el último es profético y simbolista. El honesto podrá ser una amante dulce, pero jamás un apóstol del corazón; alcanzará a decorar su dicha de alegrías, pero nunca logrará matizar la felicidad con el ensueño poético del alma.

 

              El honesto puede ser el convencido del amor, pero jamás el iluminado de él. Puede transar cuando peligra su dicha, pero no será inflexible cuando se le escatima. En la tempestad cerrará sus puertas; nunca osará exponerse con serenidad al avanzar por encima de la tormenta. Los honestos son incrédulos por naturaleza; niegan que Pablo hubiera sido martirizado por Nerón y que Jesús hubiera caminado por sobre el mar como dice San Juan.

 

              La pasión amorosa es una fuerza que crea y renueva. Es edificante y transmutante. Toda otra forma de amor es una emboscada de la lujuria sensual, cuanto más disimulada más lasciva. Sólo los visionarios del amor alcanzan gozar de la magnifica sublimidad de ésta emoción, porque solo ellos colocan su ideal por sobre alturas espirituales a las que se afanan ascender oro por entre las brumas espesas del dolor o las constelaciones luminosas de la felicidad.

 

              Yo no entiendo otra forma de amor. Por eso cuando me doy en él me doy excesiva y inexcusablemente, confiado en que mis ideales no habrán de perder el brillo de sus aristas. En este empeño no pocas veces voy contra la deriva y el reflujo y arrastro con estoicismo hacia las playas mi barca azotada pero no vencida. Cuando los alureles se refunden en la quimera mis heraldos se aderezan con la belleza fragorosa de las luchas libradas.

 

              Cuando te conocí no reparé en que tus formas plásticas tuvieran una seducción estética irresistible, ni este descubrimiento asocié en mi la preferencia de Rubens por las pastosas y exuberantes líneas femeninas. Te admiré como a una Afrodita de Cnido o de Milo, pero jamás como a una  Venus de Médicis. Me extasié como Correggio ante su Dánae y gocé la exquisita y quinta esenciada castidad del arte de Rafael. Advertí en ti aquel tipo de belleza espiritual creado más para inmaterializar la vida que para plasmarla. En las líneas tersa y rosa de caritmia delicada y elegante el ritmo muscular desborda sus melodías y como de una cuerda lírica vibran los poemas de dulcísima y embriagadora ternura. Grave graciosamente, como el Stabat de Pergolesi o el Ave María de Gounod.

 

              De ahí que al llegar a tu lado no reparar en ti una víctima sino una estela visionaria que habría de poner luz en mi camino. Los temperamentos románticos ofrendan negligentes en el templo de Venus. Ajan la emoción viva y sana de la vida. Son víctimas que van al Holocausto con el temor de vírgenes esclavas. Las románticas deben culminar su ideal para ser irresistibles; deben llegar triunfantes al himeneo a donde el espíritu dejan sus despojos materiales para elevarse más arriba en las del ensueño....

 

              Sin embargo mentiría si no te manifestara también la poderosa atracción que sugieres a semejanza de la Forniana de Rafael, al que debe añadirse el gusto del corte de tu indumentaria que con una su disposición cubre de ralesa formas y descubre dechadas desnudeces provocativas de la mas cara doración. Pero todo esto se depura lo esencial e inmaterial que hay en ti, que te hace impalpable yetérea como las vírgenes de Rossetti y Botticilli.

 

              El amor evolucionado se aleja de la sensualidad. Cuando mas se idealiza da mayor importancia a los elementos estéticos que los materiales y por mucho que en el arrebato artístico salten los resavios plásticos no podrán sino con el seño del espíritu, donde el fuego de voluptiosidad se transfunde en una plegaria de dulcísimos himeneos místicos. Esto no quiere decir que mi amor sea exclusivamente intelectual o cerebral, que sea místico o epiléptico. No es fuertemente afectivo. Tiene su base en el corazón y su vértice en el espíritu. Se centra y gusta saberse capaz de contener a la bestia y proferir al algo que todo hombre lleva en sí.

                            Agradezco el fino desprendimiento de tus joyas espirituales han llegado a mi en todo su falgor a deslumbrarme y embriagarme de sus riquezas. Ya columbrada al conocerte que ocultabas a mis ojos un tesoro amontonado acaso con dolor y sacrificio, pero de todas maneras llenaban tus cofres de una pedrería brillantísima. La posesión de algunos bienes da al espíritu cierta dignidad no sentida por el miserable o el palurdo. Cuando no se ha cruzado con orgullo por los caminos de la pobreza es más seguro que se ha enfangado en la mas abominable servidumbre. La riqueza cuando no ceba la vanidad redime de la domesticidad hambrienta. Por eso al conocerte presentí que habrías de entender, como solo entienden los iniciados, que en mi se incubaba los átomos de una roca capaz de engastar al diamante de tu alma. Y sabía yo que al llegar a ti habría de entrar a uno de esos refugios donde los genios ocultan su riqueza.

 

              La dignidad en el amor es un fulgor de luz en el espíritu; ilumina los laberintos del alma dispersando el marconamiento de los pensamientos abyectos que se refunden en la sombra. Sin dignidad no hay honor. La consecuencia consigo y con los demás, que implica valor fuerza capaz de hacer brotar del cielo la más inefable perlería. No se concebiría la gloria sin un desprendimiento de valor, como no se concebiría el amor sin la prueba de un sacrificio. El valor en la dignidad como un sacrificio en el amor son las únicas elocuencias que convencen. Como el agua fuerte toca a los metales la sinceridad toca a la dignidad. Es un espejo. No se puede eludir. El sincero prefiere llevar en dignidad como una cruz antes que mancharla con una traición. Sobre su escudo lleva encendido una tea e inscrito un lema: con dignidad hasta la cicuta es dulce, sin ella todo éxito es una vergüenza.

 

              Los valerosos rinden culto al honor y ofician en los ritos de la sinceridad. Su para ello fuera necesario el sacrificio se entregarían con una sensualidad de las más beatíficas visiones.

     

                            En este instante quisiera apagar mi vida como se apagan los “oseram” que suple a la luz del día para sumergirlo enteramente entre la oscuridad que insulta a la soledad que reprende.- Del timbo “en que vivo a la “nada” no hay mucha distancia.

 

              Me insinúas a quemar todo.- Empezaré por quemar los planos que te llevaron mi alma y las cosas que tienen relación o procedencia mía, y no un objeto que no tiene culpa alguna para ser el blanco de su ira. Quemaré mis angustias motivadas y tu ausencia, quemará la ansiedad que espero tu llegada, y convertida en un puñado de ceniza, rodaré hacia la nada.

 

              Sé que molesto e interrumpo el curso de tu felicidad por esto, y no por ironía ni celo, quiero abreviar tus fastidios. No me interesa la calidad de un “suplente” ojalá pueda darte la felicidad que no podría jamás. Piensa el tiempo que nos conocemos y lejos de entendernos mejor vamos en desacuerdo obtuso. Mis palabras tienen una interpretación desmedida es por eso que me hablas de “abyecciones” y cosas por el estilo. Es demás pensar que yo pueda comprenderte ni muchos menos que alguien no entienda. Mi naturaleza sicológica enfermiza e incomprensible haría desgraciado al ser mas nobilísimo. No espero nada, mi interioridad mal podría ofrecerte algo. Ni necesitas saber todo lo que se ahoga en mi corazón.

                            No sé porque vuelvo a escuchar una voz que me dice como antes : “NO dejes naufragar tus esperanzas ni que tus mejores días vayan lejos .... vuelva a la hora ... vive el minuto ... no sentirás sola, porque quien sabe a tu paso halles un corazón ansioso de dicha .... Tal vez está cerca.. búscalo... te espera! Tu amor ya no será huérfano .. no habrá tanta soledad en tu alma... ni tu vida será imposible.

 

              Con la seguridad que me ofrecía esta voz, querida fui en pos del que me esperaba. Creí encontrarlo .. pensé hacer posible mi vida ... con sólo 28 pétalos correspondientes al total de mi vida, que no llegué pensó llegar a “aquella”  a entregarme en ofrenda única, perpetua, y delirante-... Pero por poco y mísero solo alcanzaron el sitial de un mercado. Ni siquiera para darse ... sino para venderse.

 

              Si vendida mejor que asilada, porque la compasión puede asilar una flor que no le corresponde ... y más tarde sus pétalos pueden sofocar su regazo.... Vendida porque el comprador puede poner todo el cuidado que requiera una flor exótica, aunque no bella... En un mercado, porque quizás ahí me espera con toda su riqueza. Tal vez está cerca.. voy a darme en pétalos a cambio de su dinero...

 

              ¿Y si está lejos.. voy por perdidas tierras... En busca de las orillas innombradas... Sin hacer naufragar mi esperanza... aunque con mucha soledad en mi alma.. oí “aquel” para destilarme en una paga ofrenda de juventud...

 

              Que sino es gota de veneno, será una droga divina que faltó en mis anteriores búsquedas.... Mi velero, izará droga divina que faltó en mis anteriores búsquedas... mi velero izará en su pena en mi ofrenda delirante, única y perpetua. Si está ansioso de dicha.. me dará grana .... con la loca ansiedad de juventud... oriental... con la rareza de las cosas pocos conocidas.... y sedosa... con toda la suavidad y dulzura que requiera para no lastimar su cuerpo .... y como vuelvo a escuchar aquella embrujada voz “me dejas naufragar tu esperanza.....” Voy en mi velero donde aquel... para darnos mutuamente amor por amor.... Ya con más pétalos.

 

              Mientras tanto sigue asilando flores en tu invernadero, flores que jamás conocieron el sitial  de un mercado. Aún seguirás hallando muchas ... igual a aquellas que ya dejaron de ser en tu jardín y que hoy palpitan como un reguero de lágrimas... Ya entonces “mañana o más tarde” hallarán la respuesta “viendo que el bouquet se avino mas en el tablado de una feria, que en el altar donde quizás pudo empezar a deshojarse en una tragedia.

                            Desde que una de tus cartas me trajera la noticia de que me dedicabas tu “ofrenda” evolución devenía en mi más que una promesa. Y mis horas han vivido una espera inquietante y me figuraba ya atribuido en unos versos, comentado por el lector, envidioso por tus admiradores y el preferido de la poetista y de la dulce mujer que hay en ti.

 

              .... Yo que nutría mi espíritu con el filtro mágico de tus rimas y que la ataviaba con el tisú índigo que fingen tus versos tenía la ansiedad de que llegara “ofrenda” para engañarme con sus joyas y dar a vivir a mi alma un día de fiesta vestida con el nuevo jinete alado que tejiera la amada con hilos de ensueño a recamara con brillantes de prístino fulgor.

 

              Cada vez que la fortuna ponía a mis manos algunos de tus versos la apuraba como una golosina y su miel me brindaba emociones tan fecundas como si del panal de tus rimas naciera la mariposa mas tierna de la ilusión.

 

              Tanto así me han gustado tus versos que ya no sólo las leía sino las recitaba contrito sin mas auditorio que un alma escondida de fé y un corazón posternado de cariño, insatisfecho y cada vez más rendido una a una tus rimas han vuelto a ser el maná dormitaba ensoñada. Y creía que el sortilegio el milagro no se daría sino para aquel que cruzaba el desierto en pos de la prometida. Por eso esperaba que llegara “ofrenda” dentro de su estuche de terciopelo granate portando una dedicatoria atada al risón de su cintilla azul.

 

              Esa era mi ambición; poner en mis arcas la riqueza que tu arte con los más caros metales del lenguaje fundiera en el calor más romántico de tu pasión. Vasos ánforas, esculturas y filigramas labradas a la lumbre del amor, buriladas con el más limpio ópalo o alabastro de Castilla y engastados de turquesas y perlerías legítima en las que guardas la delicada esencia de tu espíritu y sirven además, para mi regalo y deleito, para libar en mis horas de nostalgia la ambrosia de tu recuerdo y el licor generoso de la belleza

 

              Cuando llegó “evolución” busqué tus versos. Ninguno dedicado a mí, ninguno suscrito por la amada. “Ofrenda” más que por tus iniciales fue identificado por el lujo y el botto de sus brocados por su brocado de púrpuras, por la apostura de su garbo, por la turgencia de sus tejidos por la sedosa de sus carnes floridas e impalpables por su melodía suaves, perfumada e infinita.

 

              Cuanto más bella encontré a “ofrenda” sentí más porque viniera anónima. Sobre todo porque venía así a destruir mis ilusiones. Sin embargo de que así llegaba por ser tuya y el fruto del verbor hecho belleza por la virtud generatriz del arte y el amor la tomé a “ofrenda” con mucho más amor de quien recoge a una criatura expósita.

 

              De aquí mi evolución por Dumas hijo. Aneo cuya Margarita realiza el más heroico prodigio de virtud en el empeño de que la amada olvida su pasado. Los cuidados y la dignidad que pone en el amante en adorar a su bien subliman la bondad del homero y borra el tinte de sacrificio que hay en toda abnegación santa.

      

              Yo te sé de choque y vanguardia pertenece a una generación de avanzada estirpe de mujeres que no comulgan con los antiguos ritos de una burguesía decadente. Eros, acaso sin saberlo, iconoclasta e insurgente. Los dioses y los ídolos sociales han perdido valor ya significación en tu credo; los prejuicios y protocolos no te restan prestancia en la audacia con que tiendes el brazo desnudo en la brega. Fruto refulgente de un equilibrio social, tiendes a la visionaria del ensueño por horizontes nuevos apenas vislumbrados a la lambre de la ilusión. Para ti el valor de la esperanza y del porvenir tienen una actualidad real, no se refunden ni en las brumas de un consuelo sedante ni en las lejanías inabarcables de los espejismos corpusculares.

 

              Moderna sin afectación romántica en tu afán dionisia y agorero de una nuera aurora me arrastraste a tus tiendas de campaña sin sospecharlo. Vi el pendón de tus ideales flamear sobre tu escudo y me enrolé a ellos. En sus filas he vivido horas alegres y he compartido a tu lado. Los éxitos del amor, el dulzor perfumado de nuestros proyectos de dicha y felicidad.

 

              Vivía mal entre sorpresa cada vez más emocionante hasta que me llegó “ofrenda”. Fui sincero, con ella, amoroso sin ostentación. Me faltó acaso algún refinamiento cortés para conocerla en su orgullo femenino. Me confieso culpable por negligencia, pero no por intención. Entendí que contigo la franqueza era una obligación religiosa, por eso te manifesté un parecer mío. De lo contrario no habría obtenido perturbar tu tranquilidad con mis juicios.

        

 

              Me es barato y demasiado ridículo la persona que quiera adjudicarse una victoria, porque ni siquiera hubo lucha. Otra cosa es que su inconfesada ilusión lo persiga. De todos modos el fracaso es irremisible. En casa, mi amigos los de mas acá están firmemente convencidos de que mi tipo ideal fue siempre un hombre de personalidad superior y no alguno de los vulgares con quienes uno tropieza a cada rato. Aparte de esto no ignoran que tu llegaste a constituir mi vida, porque colmaste todas mis ambiciones. Jamás mi tía y mis amigas me dijeron una sola palabra desfavorable por ti no obstante que las últimas en estos casos son consejeras y sacan pero en la quierita.

 

              Verdad que cuanto se despierta en la mujer la corriente amatoria nos puede gustar cualquier hombre; sin embargo entre los muchos que atisban desde la esquina, se elige al que parece mejor. En los centros de coeducación se anula este sentimiento, porque la fretenización nos hace parecer a todos igual sin llamar la atención ninguno. Pero, así las ideas mudaran o se tiene nuevas concepciones. Desde este instante preocupa el tipo ideal “corazón” y “cerebro” y empieza la búsqueda infatigable de aquel a quien se puede dar uno, íntegramente. Y si el hallazgo fue feliz no hay porque retroceder.

 

              El artista o creador será tan exquisito que aún no se deja sentir a sus horas de esculpir. Un tiempo después, uno siente la plasmación de su yo..... que se ha dado a su obra .... A este no sé que indescriptible va añadiendo día a día los tintes de su pasión. A quien pertenece esta obra. Al que lo tomó informe o al que pensando reformarlo puede destruirlo.

                            “Soy isla perdida, tus besos, olas que vienen acariciarme de continuo. “En breve mis heliotos completarán mi cuadro nutritivo”... Son las angustias de mi urgas de tus cartas del 19 de este mes que ponen de actualidad la emoción que viene sintiendo nuestros espíritus.

 

              Sin embargo de la cantidad de todos nuestros afectos por todas partes se filtra en nosotros la angustia y el amor madura de los frutos, el aroma cargado de dulcísimas esencias, la melodía musical pletórica de ritmos grávidos, escondidos de pasión, iluminados por la fiebre del delirio idílico.

 

              La primavera de nuestro amor da a la atmósfera y a las cosas una densidad de fragancias embriagadoras: nuestros pechos no respiran sino el sutil perfume de las flores. Por todas partes el temblor virginal de la naturaleza nos acosa con su excitación sensual; nuestras vidas se agitan o se adormecen dentro de un estremecimiento voluptuoso era sumergiéndonos a la embriaguez de los sentidos era elevándose por entre perfumes y fanales encandilados al placer del recogimiento místico, donde la voluptuosidad toma contornos de sublime quietud.

 

              Tu gracia y gentilidad delicada pone una lánguida ebriedad en las cosas, un temblor de ósculos en los labios y un estremecimiento místico en el pecho. Tus angustias y confidencias, tus anhelos y temores; tu abandono a mis caricias te transmutan en un ser nuevo alado de una caudirutilante.

 

              Ascultural y poderosamente fascinadora tus senos se dilatan en curvas irresistibles, tus brazos se extienden en una ansiedad invocatriz, dejando de verse por la translúcida tela el ánfora decorado de tu cuerpo en el que desborda como botones de magnolias la perlada intuminencia de tus pechos intactos e intocados.

 

              No sé entonces que emoción nos embriaga. Nos sentimos ebrios sin haber libado; angustiados en plena euforia. Nos sentimos próximos al rumos cristalino de manantiales frescos donde abrevar la sed y sin embargo de acercarnos a la fuente desfallecemos en el ardor sofocante de la hora.

 

              Y la emoción con sus olas enmarejada incesante nos invade, corre por nuestro cuerpo en vapores abrasadores, incitadores de flouxuosidades exasperadas de contorsiones elásticas, espirales vertiginosas y vehemente.

 

              Nuestro mirar tembloroso explora la belleza oculta bajo la suavidad de la seda o el espero del paleto. En nuestros ojos la pasión se hace fosforescente y el destello cobra llamaradas rojas, fuego devorador o incendiario. Son oídos por una ansiedad oculta, nos tortura el deseo erigen nuestros nervios armonías violentas, palpitan y avientan a la estancia superifera ascuas rojas, bermellones de fuego, imaciencias exaltadas rugidos tenebrosos, música salvajes y primitivas.

 

              Todo se contagia de embriaguez. Los viejos retratos de familia languidecen las flores de las ánforas se desmaya, la bóveda se esfuma, la estera del piso, se estereotipa y los sofás con sus almohadones tangentes y nervioso posan somnolientos su suavidad lasciva y cómplice.

 

              Tus palabras vibran melodías a la manera de un recital en un torneo florar y arrullan como alondras abrigadas en un solo nido. En su aliento el perfume fragante de las flores de la primavera y el aroma nupcial de los jazmines y naranjos se extienden sobre el corazón y el alma con una suavidad de terciopelo, con una dulzura de miel y con un calor tibio de cuerpo fresco y sabroso.

 

              ¿Qué diré de tus ojos donde relampaguen el fulgor de muchos astros encadenados y que de tu fantasía que divaga en el pensamiento y las delicias de los goces más puros y delicados.

 

              Si el fuego de tus ojos te encandila y los mirajes de tu imaginación tratan veloces en tus sienes, tus manos afiebradas por la pasión se encrispan convulsas, tu respiración se hace anhelante, tus labios se inflaman en una rabiosa dulzura de granadas abiertas por la excesiva vitalidad, tu talle se siembra en curvas de atrevida voluptuosidad con un candor ingenuo y con una rosadio casto que da a tu ser escorzos de ninfa y pone sobre tu cuello estatuario ansiedad, febril, turbación ardorosa y desosegada.

 

              Cuando la ternura nos diga en un abrazo una nerviosa y ardiente emoción nos asalta, venciéndonos a la caricia al beso consolador ya la dulzura enigmática de su arrobo en cuyo placer el amor cobra esperanzas y la pasión el milagro de mayores promesas de ventura y felicidad fatigados pero no hastiados, envueltos en la belleza de la hora y en la furiosa avidez de su ebriedad apuramos en el beso de aquellas horas y en el placer de los que no vendrán como si la intensidad del presente pretendiera perpetuar la emoción a arrancar un fruto las ardientes linfas del placer.

 

              Sin embargo de la salvaje llama de la pasión que enciende nuestros pechos, y el ardoroso beso que quema el frescor de nuestros labios, nuestros espíritus se dan a la ventura con el impudor desnudo de las flores, con la inocencia de los mirlos en el campo, sin malicia y sin maldad, con el fervor del místico, y la ardiente idolatría del creyente que tiene la virtud mas bien de purificar el corazón y de poner brillo y lustro al alma.

 

              Por eso..... y.... son para nosotros aras sobre las cuales nuestros espíritus templaron su pureza en la mas arriesgada prueba del amor, y en las más vehemente ansiedad de la pasión.

 

              Por eso nuestro idilio, es heroico, en medio de las llamas tiene la frescura de la rosa. Nuestro idilio es angèlico azotados por las arenas lujuriantes nos remontamos en sus valores hacia confines sidéreos. Nuestro idilio es único y trascendente: su pasión es superior al de los más famosos amantes de la historia.

 

              Es fruto del amor la castidad de nuestro idilio. La cimiento bastardo levantará sobre los surcos plantas trepadoras pero jamás la cimera angustia de un árbol.

 

              Nuestras delicciones espirituales nos mantienen así propicios al ensueño inocente y angelical. Estamos colocados en un plano en el fulgor de las imágenes puras constituyen un seguro a la emboscada de la lascivia; y gozamos a su amardo la felicidad y la paz que brinda el amor digno no acompañado por la malicia ni incitado por la mezquindad.

 

              Sin embargo sobre la alcoba blanda de tu alma en cuya “suavidad oriental” estás ensoñando un poema dejo a su abrigo “sedoso y grano” la inquietud curiosa y apasionada de. m vida.

               Te encontré un día y mi alma se detuvo en tus aleros. En el cariño has venido acercando dada vez a mí. Tu alma no me ha regateado sus favores. Y cada vez que has estampado en el papel o modulado en los labios tu vencimiento y me entrega ni he abusado ni me ufanado de tus exaltaciones. Celos de mi bien me he colocado en el fornido medio de tu frenesí, sacrificando la ventura de una hora  a la felicidad de toda mi vida ahogando mi orgullo a la libertad de tu alma, al respecto de tu personalidad, sin cuyo atributo, la mujer moderna pierde su encanto y hechizo.

 

              El amor verdadero, aquella síntesis psico-física de comprensión y anhelo no se obtiene  sino al azar. Nuestra época está afanosa de dar cierta ciudadanía a lo que aún patrimonio de unos cuantos elegidos.

 

              No se llega por saltos al santuario del amor, ni es para quienes evaden el dolor o se excusan ante la inminencia de la amargura o el desengaño. Las almas denodadas, sueltas de todo prejuicio, moldeadas en el fuego de la lucha, en el rigor del dolor y la impiedad de la indiferencia o el olvido, estas almas osadas y libres, son las únicas capaces de llegar al amor, verdadero a la felicidad real, porque solo ellas han tenido el coraje de encender en las tinieblas un lampo de cariño y de sufrir en la prueba la compresión o el desengaño, solo ellas por su bondad, inquietud, por su apego a la belleza, por su fe y esperanza en el triunfo del corazón, por su libertad de ave, pueden estilizar al amor, hacer un verdadero arte de él, poniéndolo la gracia de los ángeles, los exquisitos de la elegancia, la supremacía de la distinción, el perfume delicado de la flor, la melodía de un coro de vírgenes. Estas almas aleccionadas en la experiencia tienen la riqueza y el tesoro que ningún sortilegio puede sustituir.

 

              La naturaleza tiene el ritmo de una ley, al compás de método. Cuando no se llega en la hora justa sólo el azar puede hacerlo. Y yo no sé si con el mérito del sufrimiento o la fortuna del elegido estoy a tu lado compartiendo el perfume y la más gracia de tus rosas, el ensueño y la quietud de tus ideales.

 Cumberland, Maryland, 2007