CUENTOS ANDINOS

Julio R. Olivera Oré

CAPITULO  I

 

"Cuentos Andinos" nace en el umbral de la ilusión, como la ansiedad de los buscadores de fortuna, tal vez como un himno al esfuerzo que se abre en un río atronador y un breñal de rocas milenarias como es el “Callejón de Huaylas “ y otros pueblos,enclavados en las cumbres de Ancash, de una parte del Perú.

                            Tal vez sea un inventario estético del paisaje natural que como los ríos ganarían tantas palmas con solo dar a admitir la carga de oro que brilla y navega en la corriente.

Legendaria y novelesca esta zona en el que el sabor bucólico del campo es poético y sortílega y hechicera la campiña, ha instado y gestado estos cuentos y leyendas como epopeya de amor, paisaje conspícuo de altura, para engalanar el arte y saciar la fantasía.  

 

AGUACERO DE PIEDRAS

El cateador

La blanca, cuycrudo y magistral, fueron descubiertas por don Shanti el más gentil cateador del pasado y maestro de muchas generaciones posteriores.

Conocía de palmo a palmo las zonas mineralizadas del lugar y la ley de los metales, pero lo que más conocía era el celo del mineral y la estación lunar en que se anunciaban, a lo lejos su olfato percibía la emanación del metal y podía asegurar sin confundir que es plata o antimonio, rastreaba la huella de los óxidos y ponía el oído en las fisuras de las rocas, examinaba la vegetación y el vuelo de las aves, paladeaba el agua de los charcos y chupaba las astilla de los breñales; deambulaba de un sitio a otro como un enagenado y luego alzando la frente sudorosa, señalaba la veta infalible.

Don Santiago era cientifico, sabía de la formación de los metales, su ancestro indio le había dejado aquella experiencia, conocía que sobre la superficie de tal o cual terreno mineralizado, que plantas se desarrollaban y cómo sabía que donde había grillo negro, había hierro y cobre y donde se posaba a cantar el togop, había infaliblemente plata..

Era un mago aquel don Shanti, tenía talismanes y huayruros, bebía infusiones de panizara e inquillpumas, no le faltó en la faltriquera la garra del puma o el huevo de una serpiente, un trozo de azufre y otro de alcanfor, pero el detector más exacto que utilizaba don Shanti era "el checo" que llevaba en la piccha arrullado en la fragancia de las hojas de coca, una a una aquellas hojas con extremada solemnidad las ponía en la boca, y luego de algunos conjuros y movimientos cabalísticos del "checo" iba tomando forma "el bolo" y "armándose" el embrujo, entonces don Shanti entraba en frenesí y comensaba "el cateo", recorría de uno a otro lado y el alcaloide de la coca hacía contacto con las emanaciones minerales de la plata sulfúrica, del oro telural, con el cobre selénico o con el tungsteno de cal y con ello don Shanti había descubierto la veta.

 

 

Pallasca minero

Una abigarrada colección de planos, de yacimientos y de esperanzas; una turba de cateadores y traficantes han invadido y asolado la zona, un desfile de visionarios acicateados por la ambición del "oro". Hombres y nombres que aún conmueven y emocionan: Fritz, Brades, Teófilo Claudett, Arturo Werthaman, Ernesto Henke, Frank Scott y Carlos Arnuzzi.

Luego el geólogo vidente, el topógrafo profesional, el teodolito de tres pies y su lente miope para fijar visuales y ubicar pertenencias, amparos ensoñados y queridos como pachorgo y piticocha, como consuso y pariachuco, huachara o chuquival, aracabo o maypur, como cuy crudo o carangay o como ogopito y magistral, nombres oraculares y cabalísticos como "osa madre" o "la aventura", "la casualidad" o "porfía", para alucinar y fascinar y engalanar la razón social.

Sigue el campamento escuálido con sus tambos y cantinas, la guitarra de "conchavino" o la concertina del feligrés, en los cafertines de velis nolis de las maricuchas o juanachas se dislocan las cinturas de los obreros en los esguinces y brazos de las bayaderas, y mientras los obreros agotan esfuerzo y sudor en el pique o socavón y sus tímpanos se atrofian con el retumbar de los martillos o el detonar de la dinamita, los gerentes o juegan "rocambor" o cortejan a las secretarias, y entre que en Lima, Chicago o Liverpool desembarca el patrimonio mineral de la riqueza de pallasca, la provincia se empobrece, nada queda para el lugar porque la patente municipal no se aplica o es muy parca, el carbón, el oro y el tungsteno de la fabulosa pallasca ha hecho la fortuna de extraños y la miseria de los nativos, masas enormes de lo que fueron hombres deambulan su silicosis y los borrachos y ladinos que sobreviven son una escoria amargada, de aquél maquiavélico cambalache va surgiendo una conciencia de protesta y rebeldía que va dinamizando el ritmo del nuevo trato por los canales de la justicia social.

El emporio es envidiable y la codicia y ambición tienden su torba asechanza, el descubrimiento de una nueva veta suscita un interés desorbitado para adelantarse a la delegación a formular el denuncio, en este afán reluce el puñal y el revólver riela el vértigo fatal, Shenedollé, Hank Ford y Emé, Gálvez, puente y tejada y muchos más murieron en aquella carrera alocada del "oro" o del "tungsteno".

  

   

FLORES EN LA CUMBRE

" La Pagra"

Por los cinco mil metros de altura garbean las más exóticas y bellas flores peruanas. Sobre un manto de esmeraldas y por entre los bellones del fino pajonal que la acuna y la mece está la planta de la "Pagra" de hojas suaves y lanceoladas. Aquellas hojas ledas y melancólicas son como la pana o el terciopelo o como la felpa de seda de armiño. El color de aquellas hojas es de las violetas o es del arrebol de un celaje o del tono argentado de la plata. aquellas hojas blondas y albas parecieran revestidas de encajes de nubes, suaves son como un soplo de espuma o de arrebol, tenues, parecieran de lirios.


Una rara y dulce melodía hay en aquél tono lácteo, de la malva, de ámbar o Nácar, el peciolo largo y juncal como el de un tulipán sostiene la maravilla de la flor que se abre espléndida dando a relucir aquél su color de oro de sol auroreal al centro en medio de un disco de tono lunar amarfilado.


Y la corola verde-azulino del cáliz se encarruja en los bordes para dar marco y relieve a un campo de oro reverberante formado por miles de apretujados estambres; la flor versicolor y rutilante fuera más de topacios o de haces de luz dorados; una caída de reflejos caleidoscópicos hace de la flor una maravilla luminiscente que deslumbra a la mente y traspasa al corazón.


Lo que más seduce y arroba es que la "Pagra" pareciera un infante o un querube con una carita rubia de serafín y su gorro de felpa. Una leyenda milenaria y bella que la tradición conserva y evoca narra que del furtivo beso de un ángel y de una ninfa brotó la "Pagra", de ahí su semblanza de niño, su caudal de inocencia, su albor inmaculado y la ilusión y emoción que despierta y cautiva, flor de un sublime amor, fruto inocente de una caricia, de la melodía de un ósculo o de la ambrosía de un beso, ensueño romántico que desvaneció el rayo o que perturbaron los maleficios de los duendes, gracia que se eclipsó al despuntar la aurora o reverberar un crepúsculo para no quedar sino como una flor de la melancolía o como la estela de una nostalgia, flor por eso más querida y más ambicionada.


Los galanes más Apuestos lo ponen a los pies de sus doncellas como homenaje del más puro constante, esforzado y casto amor y también como el símbolo de la felicidad y fecundidad, tomada la flor queda sellado el compromiso, ya nadie osará interferir al zagal y la novia no volverá a ser requerida ni por los más osados ni por los más poderosos, aquella flor es el símbolo de una constancia romántica y de una fidelidad inmarcesible.

 

"la Rima Rima"

Asociada a la alquitadrada "Pagra" esta la flor de la "rima rima" con sus trémulos pétalos verdes de begonia de puna, aquellos pétalos han acunado sones desde el tronar de las tormentas hasta el melifluo tono de las aves, de aquí el sortilegio de esta flor que da tonalidad y énfasis a los trovadores para recitar sus endechas y hacer hablar hasta los mudos, la rima rima capta el fragor de las tempestades y la música sideral de las armonías del universo, captó de las cascadas aquella su resonancia de ópera y de los arroyuelos del vergel el arpegio melodioso de una aria.

En el rumor de las fuentes encontró partituras sublimes para alucinar a la fantasía, los mancebos del lugar encuentran en la "rima rima" el embrujo de la elocuencia, el verbo lúcido para deslumbrar y conquistar gacelas, la oratoria para fascinar con la belleza de la palabra, cadencia y rima es el verbo y edulcurado el tono, no hay fortaleza que no se rinda y se entregue extasiada, es que no hay bella palabra que no contenga un bello pensamiento ni tesoro de elocuencia que no se extraiga de cofre de oro o de cantera de diamantes, y los bardos enamorados como los mirlos y las calandrias vierten su efusión en notas de dulce sonoridad y de luciente pedrería, y la palabra encandilada por el amor da a brotar voces deslumbrantes como el palio y brocados de los crepúsculos.

Como el arrullo o el melindre de las fuentes, como los espléndidos jiyeles de los lampos o como el dulce efluvio de las alboradas, luego cala hondo en la oda o en el madrigal y es elegante y fino en el piropo, sutil y ameno en el refrán, dulce y garbeador en los requiebros.

Tiene de maybur y aracabo el brillo del oro nativo y la grata melodía de aquél metal, tiene del bronce de magistral, tiene del tungsteno de consuso el fino y duro cincel que burila y pule y afilagrana el verso; tiene del éter y de la nubes de su cielo la maravilla de sus metáforas que exaltan la belleza y dan calidad al arte, y de los nevados y corrientes cristalinas tiene el brillante níveo y diáfano para el emporio de sus arcas y solaz de su dicción.

 

"El Guagor"

Un espinoso como verde de cactus es la planta agresiva y original que da a brotar a la flor del guagor, es del cinabrio o de la glosularia? hermosa, el sol del medio día se ha licuado en su cáliz y dado a reverberar tonos granates en engarce con el oro y la laca para engalanar la puna y hacer delirar a la fantasía.

La paleta de los pintores no lograría jamás aquel tono de fuego rojo anaranjado que flamea en el fondo de la flor, y sube en haces miríficos por entre pétalos transverberados, de allí han salido los bermellones de los crepúsculos que diademan las cumbres nevadas y los ocasos marinos.

El guagor pareciera un tulipán aclavelado y cerúleo con tonalidades de coral y opel en los bordes, en el fondo los tonos de zafír o de rubí están en una orgía y lujuria de color para acabar en el rojo de hoguera ardiente y en una vorágine dantesca, grandiosa y apoteósica es la flor.

La mirada se embriaga en sus tonalidades y en su hermosura el corazón se embarga, el doncel que brinda una flor de guagor no siente las punzadas de las espinas cuando las toma para ofrendarlas, y la requerida engalanada con el más exótico presente se identificará con ella; las espinas le preservarán de la codicia o de la ambición.

 

 

El Chamuchuy

Por sobre el tapiz verde de la jalca donde enseñorean los títulos reales la Pagra, la rima rima y el guagor, están los seductores chamuchuyes, florecillas humildes y vivaces que salpican el alfombrado de la puna con aquellos sus pétalos de oro o púrpura, el campo gélido o ahíto está como tachonado de topacios para decorar el escenario o albergar el consuelo, en algún festín sideral se vaciaron un cúmulo de estrellas incandescentes para engarzarse en el manto de esmeralda de los llanos de la jalca carece de tallo el chamuchuy, la flor surge y brota de entre el terso césped como un copo de nube amarilla o como trocitos de luna por sobre aquella sábana florida sobreviene el idilio pastoril más tierno y puro de las alturas haciendo rodar los cuerpos por entre pajonales y chamuchuyes, mas abajo y al calor del aprisco las parejas reeditan las escenas, y nada es más ensoñador que un pastor galante y una gacela en celo, el viajero que cruza la pampa tiene ante su vista un escenario fabuloso cuajado de florecillas maravillosas, camina entre un cielo estrellado o por las praderas de alguna alborada? virginales aquellas flores son de rocío, de copos de alba, de haces de luz o de fantasías de cierzo tornasolado? aquellas florecillas luminiscentes no están esparcidas al azar, ellas marcan las coordenadas del viajero y el laberinto que el pastor recorre a diario por entre el millar de rutas de la puna.

Una infinidad de sendas tientan y confunden, unas van a las cumbres otras a los abismos, pero otras más incitantes van a la deriva por entre un dédalo de huellas orilladas por el oro y el múrice de aquellas florecillas náuticas, otras rutas están marcadas.

La pastora que apacenta su rebaño puso de trecho en trecho sobre la corola de las flores hilachas de lana o hebras de su cabellera que el cholo advertirá al flamear el viento, otras hileras de chamuchuyes más cómplices y románticas guiñarán al galán y guiarán sus pasos hasta el albergue de alguna cueva donde la moza en una muelle alcoba de paja yacerá la tibia y jugosa confitura de su cuerpo virginal en espera del zagal enamorado.

 

 

 CACIQUES Y KURACAS

!agua, agua, agua!

El curaka Huaynamango en el gobierno pre-inka se las compuso para liberar a las mozas de chaupis, torongas, quichuas y checras de transportar agua en cántaros desde las lagunas encantadas de shullavara al poblado de Pallasca. Aquellas mozas bellas y macizas eran lindas y arrobadoras y cuando llevaban los cántaros al hombro dejaban admirar senos próvidos y cinturas fascinantes.

Huaynamango se prendó de las gacelas y las cuatro le impusieron la condición de ser suyas si se las liberaba de la esclavitud del agua y del fantasma de la sed, el curaka aceptó las condiciones y enseguida movilizó a su gente y tendió una red subterránea de cuatro canales a prueba de siglos para dar agua a los cuatro barrios donde habitaban sus dulcineas, de huacchumachay o de chonta, de tumabamba o pusacocha, no se sabe de que largas distancias llevó el agua a Pallasca aquél genio enamorado, los canales pasaban por discretos vergeles y llevaban cada una de ellos la fragancia inestimable de la Panisara, el Torongil, de la hierba Luisa e Inquillpuma.

Hizo de los cuatro barrios un edén florido, donde cada una de sus amantes le prodigaban sus encantos, la red de agua iba tatuada en medio del seno de cada una de las mujeres y debería transmitirse igual en la doncella primogénita de la estirpe, al correr del tiempo se secó una vertiente, por el éxodo de las primogénitas no había el plano para la relimpia, la sed y la sequía agobiaban. En algunos pozos una esponja mitigaba la sed, doña Hermelinda fina, última primogénita de la estirpe de Huaynamango casada en buenas nupcias con don Ángel Lagomecino hubo de irse a Chachapoyas a raíz de la expulsión de los jesuitas en la provincia, en la época del virrey Amat, ante la amenaza de sequía un lejano antecesor de don Nabucodonosor Ecobinarrobles se constituyó donde fina y tras un violento proceso judicial se tomó copia de la red de irrigación que escondían los opulentos, marfíleos y pundonorosos senos de la real dama.

La "sentencia" mandó tatuar el plano en el seno de las cuatro doncellas más Apuestas de cada barrio y que la sucesión primogénita continuaría la tradición ininterrumpidamente, cuantas balas y manoplas se han gastado desde entonces cada vez que la sed de los zagales los llevaba a buscar en los senos de las doncellas la red de los puquiales, donde abrevar, y cuando no se hallaban las finas los zagales recorrían por los poblados aledaños en busca de la linfa, cabalgaban briosos corceles, los jinetes iban hieráticos y estatuarios, relucientes, con las cabelleras aceitadas y las frentes altas, empolvadas en el camino, llevaban costosas casacas de cuero, llena de botones; nuevas las botas de tubo, los jatos y los estribos con aderezos de plata y las espuelas roncadoras afiladas y deslumbrantes, del cinto pendía el revólver y una carabina de la frentera de la montura, parecían nuevos pegasos mitológicos o antiguos caballeros de las cruzadas, los caballos de raza, domados para lucirse en las justas patronales de los pueblos eran ejemplares valiosos, los lomos bien conformados, recias las grupas, ágiles y nerviosos los miembros, los cuellos fuertes y flexibles, los crines bien risados, los pechos turgentes y erguidos, las cabezas cortas y en alto y los belfos sensitivos, aquellos corceles eran legendarios.

Al entrar a las poblaciones los caballos acicalaban el paso y los jinetes acomodaban sus posturas, el trote atronaba el espacio y los cascos herrados hacían brotar chispas del empedrado de las calles, los jinetes encabritaban a los potros, los hacían relinchar o piafar dantescamente y con una habilidad extremada retenían a los enajenados animales logrando empalmar un paso galano y marcial, aquellos pasos emparejados eran como endechas y resonaban como himnos triunfales.

Las gentes atónitas de los poblados o huían o se escondían ante el rebullir de los cascos o al atronar de las carabinas.... !!los pallasquinos! !los pallasquinos! ! era la voz de alarma o el grito de ansiedad de algunas valerosas mujeres que desde sus balcones espectaban la entrada apoteósica de los jinetes y el cabrioleo elegante de los corceles, ya cuando el asedio o la conquista no era botín que satisfacía, la carrera volvía a empezar más anhelante y cruenta, los caballos crujían impaciencias, eran incontenibles, saltaban abismos y vallados, más volaban que corrían y de sus fauces y de sus pechos el viento desprendía espumas, como una flecha alada cruzaban los espacios y los jinetes traspasados de emoción con los ojos desorbitados tras la visión del !agua! acosaban a los brutos y en el vértigo de la velocidad parecían escuchar el eco del murmullo de alguna fuente que incitaba el empeño... y en tanto que el sol quemaba inclemente en los campos encandilados, se angostaban los vergeles y la resolana doblegaba a los centauros.

En el camino reseco y calcinado sonaban los cascos como voces crepitantes repercutiéndose en las cumbres y volviendo el eco a resonar !agua! agua !agua! en el galopar acompasado de los corceles parecía escucharse la modulación de !agua! agua! agua! y los jinetes absortos y traspasados jadeaban voces entrecortadas !agua! agua! agua! las miradas desorbitadas en el paroxismo de la ilusión parecían ver caudales de !agua! agua! agua!

 

 

El rapto

Legendaria es la fama de Tambamba, escenario ensoñador del paisaje, olímpico parnaso de los bates y templo de cupido en Pallasca, riñó allí un antecesor del príncipe Apu Pomachaico con el cacique Atun Osco y se quedó con la bella Llullu Urpe, princesa de marca Huamachuco, hermosura primaveral que en peregrinaje idílico acampara en Tambamba para pasar a Cuyubamba a prestar juramento de amor.

Mucho antes el emperador Huayna Capac cayó en Tambamba cautivo en los brazos de una ñusta del lugar, de este idilio real, nació el inca Apallasca Vilca Yupanqui Tukihuaraca, ahijado de don Francisco Pizarro y padre de Apu Pumachaico; Huayna Capac y Apu Pumachaico, hicieron un edén en Tambamba, las flores más bonitas y exóticas y los nidos de las avecillas más hermosas engalanaron el escenario, y las parejas enamoradas hallaron allí un lugar furtivo para la aventura amorosa, desde entonces Tambamba era el recinto del amor, cuando Gualbina sintió la curiosidad de conocer el paraje era porque le acosaba su radiante juventud.

En Pallasca, una guitarra y un revólver tenían igual o mayor valor que el arte de amar de Ovidio, uno y otro debería tener todo buen pallasquino, y mientras la melodía de las guitarras edulcoraba la campiña los tiros de un revolver hacían caer una estrella, y aquella dulce y tierna doncella fue codiciada por los galanes que merodeaban en los contornos.

Por las noches la casa de Gualbina fuera asediada por las serenatas de varios grupos de mancebos, laudaban endechas de amor, rivalizaban los cantares y las guitarras y concertinas emitían melodías cautivantes, otros grupos escalaban la morada y abriéndose paso con manoplas y bastones alzaban con Gualbina, por entre un cerco de serenatistas a tiros de pistola y golpes de cachiporra.

 

 

Cory Saya

la comunidad de Taule, de milenaria estirpe pre-inca es sucesora de aguerridas generaciones que siguen defendiendo los intereses de la comarca, un regimiento taulino por orden de Huayna Capac fue trasladado en misión especial a la región de Andahuaylas quedando desde entonces vínculos inolvidables.

Cory Saya, real primogénita del cacique de Taule por cortesía de linajes se educaba bajo el amparo de la comunidad de atacara, decíase de Cory Saya ser la más bella de cuantas hermosuras hubieran habido en Taule, jornada romántica y sugestiva para el iniciado en estas aventuras fuera aquél viaje de búsqueda de la belleza y de la dulcinea tras un largo recorrido emocionante el diletante se aproxima al escenario.

la ruta entrecruza colinas y avisora los oriflamas del océano y de la selva, mucho antes de Atacara se advierte que el río Pampas avienta un muslo por las playas de Huacuray.

Atacara está prendida en la pendiente, su capilla y su plazuela son los centros neurálgicos de donde brota la emoción vital, a un costado está Concoyllur, y el clán de turno que atiende a Cory Saya, le dicen dina y la tienen en Talavera, tras prolijas búsquedas, la tengo a la vista con uniforme de colegiala, sabe que soy amigo de la comunidad y me muestra su satisfacción, dina es una belleza india, de la más pura sangre kechua, robusta es un retoño lozano, su rostro redondo es cautivante, su torso exhúbero es arrobador, el arco de su frente es de una ñusta imperial y sus labios carnosos son de moras silvestres..

Los dieciséis años de dina son primaverales, todo en ella es superior a la fama, una vitalidad juvenil explosiva irradia de su ser y pareciera más un efluvio de melodías, esbelto el cuerpo egregio, los aires de Taule rimaron la elasticidad de sus flancos, su cara alegre de amapola es como el de un crepúsculo rosa y un halo de rubor de doncella hace de ella una hermosura deseable, sus ojos grises y tranquilos son más como un rocío o como un joyel de ágata, belleza inefable por perfecta excluye el deseo y suscita en el alma una sensación de sublimidad y de infinita evasión.

Yo he besado esa frente como quien besa a una vestal y besé sus labios trémulos como quien besa a un ángel, y dina sublimada por la emoción prometio más: no vivir sino para éste su providencial idilio, y aquella ñusta juvenil que nunca había besado presentía la nostalgia de que sus labios añorarán la ambrosía saboreada.

 

Las pepitas de Catalina

En Aracabo, a inmediaciones de Cabana Catalina Pashas laboraba en los molinetes y cada vez que advertía incrustado o suelto alguna chispa o pepita de oro insensiblemente se la echaba al seno, los mozos que las mismas faenas trabajaban con Catalina sabían de la predilección de ésta y al final de la jornada diaria con una discreción inaudita hendían las manos en el seno y soltaban allí el puñado de chispas, de paso aquellas manos topaban las "pepitas" de los senos y como si hubiera estallado una corriente aquellas manos salían electrizadas, en el camino los mozos se disputaban el privilegio de acompañarla y el asedio amoroso era creciente, Catalina que no alentaba a ninguno se creía obligada on sus "proveedores" a disimular por igual la zalamería de su sonrisa como gratitud compensatoria, Cata tenía veinte años y hacía cuatro que pallaba diariamente para si de veinte a treinta gramos de oro, la mina era un emporio y no se reparaba en menudencias, alta y esbelta era Catalina, una belleza campesina arrogante y turbadora, en la piel de canela el sol fulgía reflejos de ónix, sus piernas garbosas y fuertes, las caderas suculentas y el torso exhúbero, en el pecho enhiesto las dos pomas de los senos, duros y rebosantes, pugnaban por volar, y los pezones, es decir "las pepitas de oro" que superaban a los de Bethsabé en la pintura de Rembrandt, eran las falenas refulgentes de la lubricidad victoriosa, el cuerpo se había burilado en los molinetes de las minas y aquellas piernas que movían una mole de granito de diez quintales tenía a raya a sus pretendientes.

El dueño de las minas se enamoró de Catalina, es decir que ansió abrevar en fuente tan codiciada, se las arregló para que aquél quintal de cuarzo con chispas de oro que fuera el orgullo de su colección fuera a aumentar el tesoro de catalina.. una noche tropezó catalina con una jauría de sátiros que se habían apostado para asaltarla, el lazo que anuló sus brazos dejó libre los pies, aquellos pies que molían cuarzo, molieron costillas aquella noche, al siguiente día tuvieron que enyesar aquellos huesos y examinar las magulladuras que el lazo
hubiera causado en el torso de Catalina, y cuántos estuvieron en el acto se deslumbraron ante las "pepitas de oro" que llamaban a los senos de catalina, eran más próvidos y más ricos que los cuernos de la abundancia, aquellos senos de bronce pulido llevaban dos broches de rubí por pezones, los vecinos de Llactabamba celebraban el primero de mayo aquella antigua leyenda de las nupcias del sol con la primavera, don Anlogelio Soria hacia de sol y Catalina de primavera.

El platero Simón Espinoza, célebre descendiente de los orfebres Espinoza y Calamaca de Chunapampa confeccionó las sandalias de Catalina con hebras de oro maciso ribeteado los contornos con engarces de esmeraldas y rubíes, el correaje era una áurea cadena que remataba en broches de brillantes, una túnica de lino blanco flotaba por los hombros y el torso y una falda corta cubría las caderas, los brazos desnudos eran rebosantes y una diadema de perlas con borlas de hilo de oro a los lados ceñía la frente imperial, un mes antes Catalina había sido sometida a un masaje diario con ungüentos, resinas y yemas de huevos de canario mezclados con finísimo polvo de oro nativo, aquél cuerpo escultural tallado en cuarzo o marfil deslumbrante y espléndido, en medio de la espalda había un surco ensoñador que el sol encandilaba haciendo aflorar el deseo, de allí fluía aquél garbo sensual que seducía a la multitud.

La fiesta para entonces duraba ocho días y recorría de casa en casa llevando en andas a Catalina, en los solares se bailaba y las pallas de "la primavera" hacían la delicia de la mocería, en las noches proliferaba la aventura idílica, y Catalina que siguiendo la tradición acabaría casándose con con Aulegelio Soria prendía el geniceo ofreciendo la maravilla de sus encantos y rindiendo a los más avezados galanes, célebre los besos y abrazos de Catalina, los labios que ambicionaban su boca deberían recorrer el cuerpo, satisfacer la ansiedad de los pezones y acabar en los suyos ardientes y anhelantes, después de éstas caricias los varones favorecidos podían consolarse de sus magulladuras con el recuerdo de los gloriosos holocaustos..

El encomendero don Segismundo corrió en la subasta del castillo de Pashas consiguió que en la postguerra de Catalina se incluyera sus sandalias de oro, aquellas fueron a parar a España a cambio de un título de nobleza, y como don Aulogelio Soria fuera el señor del cacicazgo de Llactabamba, aquellos principados volvieron a unirse bajo los auspicios de Catequilla, divinidad rebelde instalada en nuestros lares, después de haber vaticinado.

  

ALEGORIAS PAGANAS

La orquídea y la shona

Nació en Hualalay el más vergel encantador de la campiña tauquina y cuando el botón del rosal estaba para abrirse se la llevaron a lima, aquella flor primaveral era un portento de hermosura, su aparición en la capital coincidió con la aparición de la exótica orquídea..

pero mientras que la orquídea era sólo inefable la shona era adorable, y en tanto que la orquídea podía suscitar la admiración la shona podía prodigar las más dulces caricias; y mientras que la orquídea transportaba al alma a lo sublime la shona transportaba la ilusión a un edén paradisial, la belleza de la orquídea era para el alborozo de la vista y glorificación del arte, la belleza de la shona deslumbraba la vista y magnificaba el placer sensorial, era la una la idolatría del artista, la otra era la idolatría del artista enamorado, apenas si a la orquídea se le podía dar un ósculo mental, en cambio a la shona se le podía besar a profusión, terso e impalpable los pétalos de la orquídea, suave el cútis de la shona y sensible al beso y la caricia, los colores de la orquídea fascinaban por su tono novedoso, los tintes de la shona eran de la primavera, aquellos arrobaban la mente, éstos embelesaban los sentidos, el más pequeño pétalo de la orquídea bastaría para engalanar una exposición de flores; un sólo seno de los de la shona habría sido suficiente para proclamar la excelsitud del arte y la maravilla de la belleza, la orquídea aquietaba el espíritu y lo transportaba al ensueño, la shona lo enajenaba y lo transportaba al deliquio amoroso.

En posesión de la orquídea se gozaba el placer de lo bello, en posesión de la shona se gozaba la gracia de la belleza y el placer imponderable de la creación artística.

 

Lilia

Con el recuerdo de sus aires de gacela y del alto encaje de su blusa al que una falda aleonada daba a su persona fisonomía de fiesta y de conquista...acampé en Talavera de la Reina.

Para este viaje traía su imagen para mi solaz y alborozo, la luminaria de sus ojos para las sendas oscuras, el clavel de sus labios para mis ósculos mentales y el rocío de su boca para refrescar mis fatigas.

Con mejores recados nadie como ella habría colmado mis mochillas, en Talavera la colonial encontré su cabellera en la espiga de sus trigales y en las flores del campo que salpicaban las praderas encontré la lozana primavera de su belleza divina, el sol diáfano y dorado tenía el resplandor de sus miradas y el céfiro galano y odorante la melodía de su garbo de bayadera.

En el día la florida campiña es una afiligranada acuarela, en las noches el cielo estrellado es ensoñador y sortílego, en los vergeles del prado cojo sus flores y siento en ellas la tersidad de sus mejillas y en los puñados de pétalos que mis manos abarcan, hundo mis labios en busca de sus besos..

El paisaje es evocador. El recuerdo suscita a la amada lejana y trae a la memoria al ser idolatrado y en la mente... aquella imagen se hace real, su compañía es una primicia angélica.

Por las noches aquella imagen es una blonda y tibia sensación que se arrulla a mi cuerpo como un copo de armiño o un lazo de lirio.

Y dormí así acompañado como duermen los querubines en el paraíso o las tórtolas en sus nidos de plumas, así debieron dormir Orfeo y Cupido en los opulentos senos de Eurídice o en los delicados brazos de Psiquis.

Al amanecer el trino de las aves del jardín me obsequia su himno matinal y por entre los intersticios de las puertas y ventanas se filtra el sol como una bandada de canarios, en la mañana es otra maravilla, igual que su rostro radiante y la música de su voz se deja oír.

 

 

Elegías

Conocí el dulce dolor de la ausencia, el valor íntimo de una lágrima, el silencio de la soledad, el oriflama aperlado de las lejanías y la tristeza infinita de la espera, la melancolía, aquella bella flor del recuerdo y la nostalgia, aquella invocación de reclamo....hicieron de mi la vestal de un culto idólatra.

Y adoré más para valorar mejor; por que el bien es más codiciado cuando falta que cuando se tiene, conocí el valor del consuelo, de la ternura, de la esperanza y también sufrí el temor del olvido.

La hermana sor Manuela tuvo en aquél monasterio una piedad infinita para mi, puso costra de goma en mi cara para evitarme las molestias de la admiración, y en el oratorio y la biblioteca me recreaba encontrándote, en el oratorio te adoraba como a un ángel o a un dios y en la lectura de los clásicos encontraba el contacto de tus besos a traves de los versos de san Juan de la Cruz o de sor Teresa de Jesús.

Más tarde rehuí el oratorio y temí profanar el sagrado templo, me horrorizaba el recuerdo de Eloisa y me sentía desfallecer ante las alegorías paganas de las bóvedas e imágenes, que me daban la sensación de que aquellos fáunos y sátiros hubieran de desprenderse para perseguirme.

Huí del confesionario donde el tono de mi voz y la fragancia embriagadora de mi juventud hacía temblar la castidad de aquel venerable sacerdote, me recluí en la celda más tétrica para apagar el incendio de mis cirios y ocultar aquella mi belleza turbadora, y mis sienes en la loza áspera y fría no se serenaron y más bien percibían aquel olor sensual que brota del roce del granito con el pedernal.

Y cuando la soledad comenzaba a seducirme, me anunciaron tu retorno, y aquella flor clorótica del monasterio volvió a tener en tus brazos sus tintes de azucena y su efusión fué la efusión de la primavera y su fragancia el de los azahares en el bouquet de las novias.

 

 

El beso

En el kiosco del jardín guarnecido de mosquiteros, leíamos o nos besábamos, antes de los consejos de aquel sabio naturalista que visitara tu finca nos besábamos a profusión, intuíamos que el beso era una flor primaveral y el sortilegio que renueva la juventud.

Y no es que sólo fuera el contacto de los latidos sino y mucho más el concierto de los sentimientos del alma, toda la experiencia de los siglos y el refinamiento del arte cobra nuevas y más ardientes emociones, habitada y sumisa, sintiendo que el placer inunda, anhelaba sumergirse en sus latidos y desaparecer en su vorágine, nos transmutábamos, teníamos la sensación de absorbernos.

Y en verdad yo desaparecía en sus labios y me sentía engarzado en sus entrañas, y en el deleite de vivir aquella ilusión, me arrobaba, una atmósfera de ensueño nos tenía inmersos en la melodía de aquella sonata amorosa que deja el eco de un beso, recuerdo sus referencias a Shören Keirkegard, aquél autor del existencialismo, que hubiera pretendido escribir "los elementos de la teoría del beso" y que en París ensayara practicar.

El beso para ser tal, debería expresar una pasión, decía Shören según referías, pero tú, eximio estilista del beso le añadías el acto eucarístico, el sentimiento de la eternidad y la sensación de lo sublime, era así el beso "la comunión de dos almas en una sola eucaristía".

 

AÑORANZAS DE AMOR

Huataullo

Tras muchos años de esfuerzos en gabinetes y ateneos volvía don Eusebio al solar familiar en un plan de visita y vacaciones, Jovita, hija de su administrador, era una colegiala encantadora.

En Trujillo se había despabilado y fuera en la hacienda huataullo una primaveral belleza juvenil, don Eusebio la tomó de secretaria y bajaba a los temples de santa Ana en las riveras del marañón.. el trópico despertó a don Eusebio emociones nuevas y desconocidas, aquél personaje adusto y severo, pero intelecto o pura abstracción se iba compenetrando de la vitalidad y de la paligenecia de la selva, del aroma enervador de flores misteriosas, del efluvio voluptuoso de las aves, del color sensual del follaje rico, de la sombra protectora de los bosques, bajo cuya complicidad se fecundan los seres y los sátiros pululan tras las ninfas de las corrientes.

En la ondulación sensual de las lianas rememoraba el perfil lascivo de bayaderas y náyades en las pinturas de Poussin y Boucher del museo de louvre.

Los cogollos lozanos en brote exuberante tenían arrogancia de efebos y las mariposas multicolores se aposentaban en sus hombros como cortesanas vencidas por la lujuria.. las hojas sensitivas del follaje se adherían a su cuerpo envolviéndolo en su vaho odorante, los ramazones se enlongaban en abrazos voluptuosos y el polen afrodisíaco de las flores excitaban sus sentidos y le cargaban de deseos inconfesables.

El murmullo de los remansos y la melodía de las corrientes como una lejana canción de sílfides exaltaban su robusta juventud, y aquél arpegio de los zagales tremolaban en el bosque para dormir a las serpientes; se sumía en el vértigo de un sopor embriagador.

Y cerca o lejos de la pompa florestal los chacales y los tigres se ayuntaban en las hojarascas en tanto que en las cimeras de las frondas o bajo el palio de un sol abrazador se fecundaban las aves.

Al pie de los troncos añosos hacía días yacían entrelazados dos lascivas serpientes, mientras que los coleópteros caminaban emparejados y los cisnes refundían su vértigo por entre las aguas de los lagos absortos, el trópico es el altar del amor, ahí todo es enigma y maravilla y aquella Jovita sencilla y angelical y aquel hidalgo escéptico y cerebral fueron ganados por el paisaje.

Un buen día inadvertidamente se encontraron sus labios en un afán incansable de frescor y ternura, el idilio fue paradisiaco, el giro de aquél romance singular hubo de cambiar por los proyectos matrimoniales de la madre de don Eusebio, y una dama de calidad fue la consorte oficial de aquel paradigma de la hidalguía.

El matrimonio duró lo que dura la flor en un bouquet y don Eusebio hubo de regresar a su hacienda en busca de la soledad, para serenarse y fortalecerse, de la esposa no le quedó sino una visión de penumbra, mientras aquella fuera de calidad social Jovita era de calidad primaveral, la esposa había deslumbrado a la sociedad con su hermosura, Jovita deslumbraba a la naturaleza con sus encantos logró la paz de don Eusebio y consiguió que aquel genio no viera en ella sino la azucena eucarística ensoñada por él para dormirse en la delectación inefable de un ensueño angélico.

Jovita es un esmerilado prisma de ópalo y topacio, en ella los colores cálidos del rojo están en sus labios y del amarillo en el encandilado ámbar de su torso de ónix, en su rubor hay un carmín angélico que sólo un artista enamorado podría percibir y captar, una sonrisa de Jovita era un crepúsculo auroral y cuando esa sonrisa se cubría nimbaba en las almas el esplendor de la primavera, en su risa están los villancicos que los ángeles cantan cuando están enamorados, está también el sortilegio que excelsa y subyuga.

Todo fue ofrendado a Jovita, la pompa del trópico a sus pies y aquellas caras ilusiones de don Eusebio se pusieron de hinojos ante ella para venerar su belleza sin igual.

En éste portentoso escenario donde no hay más transición que la metamorfosis, se pierden las huellas de la proporción y de la historia y comienza el tiempo de la eternidad y el reino del misterio y el mito, aquí Jovita es como una diana, la ideal virgen de los bosques y la pureza más constante del amor, en realidad Jovita debería ser diana, porque belleza tan encantadora no se encuentra en la realidad sino a través de la concepción artística.

Y para admirar y amar a Jovita fuera menester tener una naturaleza poética para gozar debidamente del placer de aquella belleza, nunca se amará lo suficiente a una beldad tan deslumbradora como aquella de Jovita. Belleza que anega al corazón, que eclipsa los sentidos y ciega las facultades.

Y amándola desesperadamente siempre se le amará poco; porque una gracia tan extraordinaria no será suficientemente amada sino por santos y dioses.

Una a una se iba desprendiendo de las prendas de su atuendo y el resplandor de su desnudez poco a poco iluminaba la estancia, posaba a la vista su excelsitud y erguida como una estatua de cristal daba a admirar el tesoro inapreciable de su implacable belleza.. luego en las flexiones de los movimientos aquel cuerpo de hada o de ángel mostraban las alhajas de sus primaverales encantos de mujer, y las manos expertas, milímetro a milímetro recorrían por su cuerpo comprobando los quilates de cada una de aquellas joyas de arte.

Y además, de la elegante desnudez Jovita tenía la lozanía de la juventud, la belleza espléndida de la proporción y el encanto de una ternura indefinible, y sobre todo posaba también su ensueño, la plácida ventura de sus ilusiones, el halo de adoración y admiración que ungía de pudor aquella desnudez, y la pluma de un poeta como encantada por el fulgor de tanta maravilla anotaría e inventaría aquellas prendas con la emoción del frenesí del iniciado, aquellos apuntes guardarán incólumes un cúmulo de líneas iridiscentes para la escultura y otro tanto de color y melodía para engalanar y exaltar la pintura.

!Que ambrosia de sus senos! , su opulencia se hacían en su cara y eran más para el placer de una ensoñación que para saciar en el infinito deleite, tendida y ululante sobre los edredones azules de la alcoba parecía un gajo de luna o un coágulo de luz, las Venus o las majas desde Cabanel a Goya no tuvieron los capullos de las flores que engalanaban de color y tersidad la áurea luminiscencia de la desnudez de Jovita, en el torso los senos erguidos tenían verberaciones de ámbar y en el fondo de las gráciles caderas habían esbozos de arrullos de cuna, cada uno de sus miembros emitían tal melodía armónica que parecía la sinfonía de Shubert, que una escultura de Fidias o una pintura de Coussin.

El fuego de las pupilas de don Eusebio la transverberaba y el acorde del ritmo de sus hechizos la tenían transportada en un deliquio paradisial.. sus abrazos gráciles y cabalísticos como un dogal de armiño o de lirio enlazaban y galvanizaban su cuerpo traspasándola de embriaguez....y un salmo lejano acercaba su melodía para orquestar la partitura de amor que emitían los corazones enlazados.... evadidos del prosaísmo del mundo y transportados a las regiones del ensueño la emoción que aquél recogimiento brindaba, era algo así como el efluvio de una plegaria.

 

Doralisa

El geólogo Morris Scitovsky estudiaba los lavaderos de oro de Maybur, cuando su esposa conoció a Doralisa en aquél su campamento de Shindol, Litta, como así la llamaban a aquella excepcional gacela, era un capullo de dieciséis años, más linda que las flores del vergel y más luminosa que las estrellas, su lejano ancestro europeo se delataba en aquél su tinte de melancolía y nostalgia que hacían de ella una flor exótica.

La campiña exhuverante y próvida había hecho de Litta una mujer especial, alegre, rebosaba en ella la felicidad; en su voz argentada había el trino de las alondras y la ansiedad romántica de las gacelas, en su cara los tintes de perla y capulí le dieron un tono especial y en sus labios exquisitos afloraba la sonrisa como aurora crepuscular, en los hoyuelos de las mejillas se perdían las miradas de los admiradores y el cáliz de su boca siempre en dádiva era una incitación irresistible, el cuerpo grácil era juncal, en el busto los senos llenos, eran ensoñadores y por los flancos una línea sensual encendía el deseo haciendo delirar a los mancebos, pero lo que más embellecía a Litta no eran tanto sus formas impecables, sin aquella su alegría natural y fragancia erótica que hacía de ella una odalisca turbadora..

La mujer de Scitovsky que cobijara a Doralisa fue a pasar con ella una temporada en Cachicadán, en aquellas fuentes termales, Litta conoció a César Vallejo y a Tarnawiesqui, mientras el uno le recitaba endechas el otro hacía tintinear las esterlinas.

En lima en chacra alta, se instalaban los Scitovsky y con ellas Litta, tras las huellas de aquél astro, Vallejo se instaló también en la vecindad, el asedio del uno y la evasiva de la otra mantenían la lírica del romance hasta que en mayo de 1923 Litta decidió asistir a una festividad de Shindol, Vallejo se las compuso para emprender la jornada, Demócrito Brún, amigo de Vallejo y señor feudal de los lares de huarasácape y sus contornos facilitó el hospedaje y la movilidad, y el jolgorio en Shindol fue apoteósico y gloriosa la fiesta.

En las noches la luminaria de la cohetería y en el día los paseos en el campo hacían ensoñador y virgiliana la estadía romántica y novelesca, aquella fiesta marcó época y Litta celebridad, la musa popular cantó a ésta belleza y la bautizó de nuevo con el nombre de "la heraldos negros", y en verdad que aquella Litta, tenía de los heraldos negros el encanto melancólico que sublima y anega en una nostalgia metafísica pero que insta y alienta y "encabrita todas las ansias y todos los motivos".

Años más tarde se casó Litta con un comerciante principal, un señor de la banca capitalina celebró un trueque con el comerciante, pero Litta se rebeló y repudió a su consorte, la zalamería de Litta tenía en ascuas al vecindario, envuelta en un proceso judicial por celos y rivalidades dejó el lugar y llevó su hermosura a otros lares donde su belleza encontró un altar y su vocación romántica el escenario ensoñado para amar y ser amada, no antes deslumbró a la justicia.

 

Don Matías Lara y Espinosa

Llapo fuera célebre en el imperio y próspero en la colonia por sus valiosos yacimientos minerales, el cinabrio, el cobre y la blenda se excedían y rebalsaban y el azogue tan preciado para amalgamar el oro se escurría en hebras plateadas por entre las corrientes y cascadas, aquella riqueza hizo de Llapo una población notable, los catalanes monopolizaron el comercio y la actividad social y los andaluces sentaron tiendas por las campiñas agoreras de Cajamala Chacolla y Ancos, mientras que las minas repletaban los morrales el vino de chacolla acicateaba la fantasía y sustentaba el buen humor.

La riqueza de Llapo se lucía en sus casonas elegantes, en la decoración de sus templos, en la indumentaria de sus damas y en la reluciente ornamentación y tonosura de sus jesuitas, el venerable padre Eleorobarrutia fuera el más calificado soldado de toda la compañía, con la misma facilidad que sus manos de acero domaban los potros cerriles su verbo suave y fúlgido avasallaba, era el oráculo de la comunidad y el ídolo de las doncellas que conformaban los coros de la iglesia, entre la avenida del sol y el pasaje Lima está la iglesia del santuario, la Scala Celi ensoñada y el edén real que gozaran los privilegiados que conocían aquel botón secreto que abría las puertas a los subterráneos que conducían al monasterio de las monjas, en aquél discreto monasterio eran recluidas algunas jóvenes de calidad por su propia voluntad o por capricho familiar, estas doncellas languidecían entre la nostalgia y la melancolía o en la evocación de algún romance que la fatalidad truncó, para éstas desventuradas criaturas el padre Eleorobarrutia era un cordial pastor: su varonía augusta y lozana, su prestigio y celebridad, les hacía estremecer de felicidad.

Doña Angela Carbajal Carhuapoma y su hermana menor Grimaldina que se hubieran educado en lima recibían consideraciones por su beldad y riqueza, y cuando estuvieron en el pináculo de aquella su gloriosa juventud, aquel su noble antecesor don Austroberto fue sentenciado como traidor a la corona de los reyes de España por haber hecho protesta viril del maltrato a los aborígenes, aquella sentencia repudiaba a los Carbajal y condenaba a aquellas sus hermosas hijas a no poder contraer matrimonio.

Don Matías Lara de Espinosa, noble delegado de su majestad en su visita de información, encontró en el monasterio a las Carbajal, a sus ojos expertos y a su afición por lo bello no escapó el hallazgo, don Matías hecho mano a las armas de la elocuencia y a las galas del arte; rezagó al padre Eleorobarrutia con aquél su verbo esmaltado lleno de sugestión y hechizo y las Carbajal de un edén pasaron a un empíreo.

En su recorrido por el callejón de Huaylas las bellísimas hermanas Carbajal conformaban la comitiva del delegado. Y en aquél escenario florido, Angela que fuera más una maga que una doncella de convento colmó el ensueño romántico de aquél bizarro hidalgo, no en vano era Angela una joya de ámbar, de ónix o de nácar, algo así tallado en perla al que los crepúsculos del paisaje daban un tinte de nostalgia y una hermosura de Mona Lisa, en sus labios la perfección se había saciado y logrado que sus besos transportaran al deleite infinito.

Cuando Angela cumplía en sus faenas especiales de la comitiva se quedaba Grimaldina con don Matías, era ella un dije escultural, de mármol o de alabastro; un lustre de porcelana destellaba en el cutis y en el pecho egregio los pezones de sus senos eran de guindas jugosas que los labios de don Matías no alcanzaban agotar, los encantos de Angela fluían y se irradiaban; los de Grimaldina se encontraban y se refundían en su mundo interior, sobre los colores de retama de Angela el sol se derretía y en los tonos azules de Grimaldina la luz cuajaba abalorios, mientras Angela era la inspiración del placer de los sentidos, Grimaldina era el numen del goce espiritual; en los áureos brazos de Angela se podía soñar venturas en los de Grimaldina la ventura era apoteósica y ensoñadora, la una era la maravilla de la pintura la otra era la melodía de la maravilla.

En la ciudad de los reyes don Matías encontró la gestionada cédula real que revocaba la sentencia de los Carbajal y casó a doña Angela y a doña Grimaldina con nobles peninsulares que tuvieron la fortuna de disfrutar de la riqueza como de la belleza de tan preciadas mujeres.

 

La marina

"ven conmigo embajador
y no tema tu arrogancia"
"adiós joven que te llevas hoy
el corazón y el alma"

El diálogo anuda destinos en la multitud alborozada que asiste a admirar la "conquista de México" en la representación teatral que se escenifica con lujo en la festividad patronal de conchucos, la marina es la más pura, bella y dulce gacela del lugar, escogida con primor de entre las más hermosas y codiciadas damiselas.

Antaño aquellas querubes salían de entre las celebridades de los Cortés, Encinas, Quiñones o Lara y fueran más doncellas etéreas y vestales espirituales que integraban el coro religioso, exquisitas y decantadas bellezas juveniles posteriores fueron el ramillete de donde salían marinas encantadoras para rendir y subyugar a los émulos de Hernán Cortés,!es un lirio divino o un cisne alado o una melodía azul aquella primaveral criatura!.

En el rostro todo el esplendor de la belleza, en el torso la majestad y la omnipotencia de la vida, y tras los tules el espejismo subyugante de la desnudez y el halo auroral de la turgencia de unos pechos celestiales, es un juego floral y una justa de elegancias, damas alquitaradas y caballeros hidalgos idealizan la festividad popular, y ataviada de tules y armiños la "Marina" con donaire real va en la barca con la prestancia de una princesa palatina, alada la caída del rostro satinado de un carmín inconsutil de ágata rosa, va esparciendo sonrisas y destellos arrobantes.

Boga el barco y recita ella la narración de la conquista y su voz almibarada va encendiendo el entusiasmo del inmenso gentío que le sigue, navega como por sobre un mar de multitudes enfervorizadas y mientras Hernán Cortés reverencia a la "Marina" desde su apuesto corcel los zagales se amotinan ante la barca para disputarse el honor de ser sus pajes.

"pasajeros valerosos
¿qué rumores son aquestos
y decidme a que son venidos
con ese rugido de truenos
a estas tierras mexicanas
a causarle asombro o miedo?".

y la palabra elocuente y mágica ora como un himno victorioso o melíflua y melancólica como un suspiro o un lamento, seductora y galana como el eco de una odalisca...va enajenando a los donceles.. y la "Marina" lirófora del verso, diva excelsa de la declamación modula arpegios inefables, y la palabra dulce y florida se ofrenda como un joyel o como una bandada de canarios o como perlas de un collar; cristalinas como las gotas del rocío, limpias como una patena, pulcras como un recital de ateneo y acicaladas de arabescos y filigranas de oro, marfil y diamante, otras veces esa palabra es caudalosa como un río de abalorios, es sensual y vehemente como el trino erógeno de los mirlos o como el suspiro y la ansiedad de las vírgenes en oración.

Anita Eugenia y lilia emperatriz fueron marinas de las más angelicales, salerosas, bellas y seductoras que realzaban la festividad local, Anita era la melodía y el verso, Lilia era el verso y la melodía del amor, esquiva como colibrí, Lilia el colibrí esquivo de la fantasía, terso de rosa de el cutis de Anita el de Lilia de lises blancos y de amapolas; el cutis de Anita reverberaba al sol, en el de Lilia el sol se embellecía......

 

 

CAPITULO   II 

 

El Diamante Azul de La Bohemia

 

Fue el más refinado bohemio de las tertulias yungainas de su tiempo. La madre fue muy rica y muy bella. Muerta en pleno esplendor quedó el hijo muy tierno y desamparado. Un familiar se ingenió la manera de hacerse heredero de aquella y Goyo hubo de crecer en medio de privaciones. Se vio obligado a emigrar.

 

El rigor de la vida del pobre hizo de él un hombre fuerte. Para ganarse el sustento pasó por muchas ocupaciones hasta llegar a ser barbero. Con la experiencia y la sabiduría de este oficio quiso probar fortuna. Tiempo después se presentó a la casa del familiar que detentaba sus bienes y le advirtió que había ido resuelto a recuperar el patrimonio materno y que desde ese instante habíase que tenerle como dueño. Y ante la consternación del familiar ordenó a los colonos que le siguieran. Así llegó Juan Gregorio a Huashcao. Ocho días festejaron aquél acontecimiento.

 

Goyo llegó a ser el ídolo de la hacienda. Fueron los campesinos que compusieron el nombre del amo. Para adelante dejó de llamarse Juan Gregorio para responder al de Goyo. Las fiestas del fundo recuperaron su celebridad. Todo fue remozado y hasta el rendimiento de las tierras lograron sus mejores alzas.

 

La sencillez del campo, la vida sin complicaciones, la inmensidad de los nevados, la magnificencia de los basamentos del Huascarán que se asentaba en sus dominios maravillaron a Juan Gregorio. Aquí se entregó a la ensoñación y a la música sin más compañía que Lilia su inseparable guitarra..

 

Aquél viejo instrumento familiar que la madre hubiera pulsado en el pináculo de su belleza era para él no sólo una reliquia, sino la fiel amada que la acompañaba desde su niñez. Había entre él y la guitarra tal entrañamiento que las cuerdas vibraban al sólo deseo del mago y como transidas por un delirio musical volcaban la idea y el sentimiento poblando el escenario de voces sortílegas. Aquella guitarra era una persona más en la familia. En siglos de arpegio había llegado a tal sensibilidad que parecía hablar: el eco de la voz era suficiente para hacerla vibrar. Al lado de ella no se estaba sólo.

 

Aquella guitarra era la gran amada y la sublime pasión de Goyo. Ante ella se estremecía y sentía que su ser se anegaba en arrobamiento de ternura y ésta emoción que se renovaba en cada encuentro le daba una gentilidad de galán. Era como el encuentro de los enamorados o como la cita furtiva esperada con ansiedad.

 

La tomaba en sus brazos con cariño y veneración, como se toma a una novia. Y la vibración de aquella guitarra como la fantasía del bardo no eran sino una sola melodía. El como enajenado y la guitarra como hechizada eran un sólo ser. Y mientras las yemas de los dedos se posaban como sabios en las cuerdas o corrían por los trastes como una bandada de libélulas los arpegios fluían como ósculos y el alma de Goyo entraba al paroxismo y éxtasis.

 

Jamás se supo porque aquella guitarra se llamaba Lilia. Su forma de mujer es acentuada. La escotadura tiene aquellas líneas ondulantes que forman la belleza del cuerpo. Festonada y decorada con incrustaciones de nácar resaltan en ella la abelia, la media luna, la mariposa Apolo y otros adornos de estilo oriental a base de la flor de lis. En la tapa posterior dos leones de pie sostienen una lira.

 

Esta guitarra estuvo en Arabia en una tienda de Tebuk y en las orgías de los sérralos de aquellos ardientes arenales, laudó melodías, nació el poemario erótico del desierto; cautiva en el castillo de Hussiff tuvo impostaciones de melancolía y los arrebatos del mar al estrellarse en aquella isla. Ben Abulá al término de la guerra de la liga con la media luna la llevó a Venecia y ahí la música nocturna sobre las aguas amortiguaron su angustia. Estuvo en la corte de Viena en poder de un noble español y la guitarra se impregnó de las nostálgicas del vals; llevada a Sevilla se contagió de los ritmos alegres de la región. Invadida España por Napoleón, el Conde de San Donas la llevo al Perú, y en su refugio de Yánac, aquella guitarra orquestó el idilio principesco de San Donas con la marquesa Carlota. A la suerte de los nobles la guitarra se quedó en Huashcao y allí la madre de Goyo vivió el mundo maravilloso de aquél madero. El instrumento prendado de la belleza de su dueña renovó su destino romántico y melodramó las escenas de gloria y quebranto de aquella excelsa mujer.

 

En Huashcao la guitarra en manos de Goyo gustó de la melodía cósmica, desde el arrullo del céfiro en las campiñas hasta el fragor de las tormentas en la cumbre nevada.

 

Erudita y legendaria con un caudal de tonos en su repertorio aquella guitarra es ahora un tesoro de quien escribe estas líneas. Se le dio a Juan Gregorio como prenda de quien al tomar como esposa a Milushka no volverla a las tertulias.

 

Muy poco cumplió el bardo esta promesa. Entre tanto la guitarra está como en espera. El aire o el eco del menor ruido la hace vibrar y rememorar.

 

Juan Gregorio tenía una regia apostura y una masculinidad plástica y musical. La cabeza erguida y el ceño firme, la riqueza de los músculos y su vehemente expresión le daban una talla de luchador. Era la concepción del "David" de Miguel Angel. Es fácil imaginarse la elegancia con que alternara en la vida social. Era el paradigma de la hidalguía.

 

En las tabernas no decaía su señorío. En sus manos las copas eran como cálices sagrados que habían de apurarse con reverencia. No contaba en sus ritos las maneras frívolas; y jamás descendió a la vulgaridad. Manipulaba las botellas y las copas como un artista.

 

Era el caballero cruzado de las bares y cantinas donde acudía abrevar la dosis diaria de fantasía que le era menester. Su fortaleza física le salvó de las escenas ridículas de los borrachos. Nunca perdió el equilibrio. Fue el catador más destacado y también el feligrés más constante del vino. Con que fruición escanciaba el tinto y con que elegancia lo brindaba, parecía que apurara rubíes o carbúnculos líquidos.

 

La pródiga naturaleza ha otorgado sus mejores galas a la mujer del "Callejón de Huaylas". Hermosa como un bouquet de lirios, tiene de la aurora su tinte rosa y del sol el oro mate de su brillo. La atmósfera le presta su tersidad y ensoñación y la campiña su refinamiento y elegancia. Esta mujer tiene de lo extraordinario que deslumbra y de lo bello lo que hace soñar. Sencilla como una flor de jazmín o cristalina como una gota de agua en el númen de los bardos y el tormento de los enamorados.

 

Amar a esta mujer en este edén es gozar del placer de la felicidad; llevar en el alma la melodía de su afecto, sentir el efluvio de su belleza y el embrujo de sus caricias, comprobar que la realidad supera a la fantasía y que el transporte del espíritu es un estado natural, es una gracia y un portento y también algo así como un tesoro que habrá de enriquecer toda una existencia.

 

En la arcaica escultura griega los dioses sonreían: era el atributo de la divinidad. En la mujer del Callejón de Huaylas no hay sonrisa sin mirada embelesada, ni mirada enamorada sin sonrisa angelical. Esta sonrisa es una efusión del ser, la imagen del alma o la sinfonía de sus más íntimos anhelos. Nada más bello ni más delicado que una sonrisa. Quien la da se sublima, quien la recibe se embriaga de felicidad.

 

El poder de la sonrisa es aquí inconmensurable. De la música tiene lo exquisito y extraordinario del preludio; pero más que de la música la sonrisa tiene aquí en los labios partituras de ósculos que ningún ser humano ha podido instrumentar. De la pintura tiene los tonos de arrebol que enternecen; pero más que de la pintura la sonrisa tiene aquí en las mejillas la sonrosada emoción de una ilusión que ningún pincel ha podido captar.. De la escultura tiene la pureza emotiva de sus líneas; pero más que de la escultura la sonrisa tiene aquí la dulzura enigmática del movimiento. De la literatura tiene el poder de la elocuencia; pero más que de la literatura la sonrisa tiene el sortilegio de un lenguaje que arrulla y deleita. Aquí una mirada penetra como un lampo de luz y dice endechas hasta en los arcanos del alma. Es el coloquio de los ángeles y el verbo de los dioses. Una mirada y una sonrisa que se cruzan forjan más poemas que todos los recursos de la orfebrería literaria.

 

Aquí en el punto de encuentro de dos miradas las almas comulgan mientras las sonrisas orquestan himnos nupciales. Aquí la sonrisa es el boceto de alguna flor que se nos ha abierto en el corazón o la luz de alguna ilusión que ha despertado en el alma. Aquí el sino del ser está en una sonrisa: prodigada ella el destino de los corazones esta sellado. Es que la sonrisa es la balada del ensueño y la entelequia del amor.

 

La mujer fue en la vida de Goyo una melodía más o una canción más. Buscó en ellas los matices de la belleza; de algunas tomó el garbo y la sonrisa, de otras acaso sólo la mirada o la música de su voz o bien la dulzura de la fisonomía. Jamás supo cuantas fueron sus amadas. De cada jolgorio salía con dos o más citas amorosas. Nunca hizo ostentación de su fortuna de galán.. Sus amantes le adoraron desde la veneración religiosa hasta la idolatría.

 

Jamás acabó de amar. Tubo la pasión de Poe. Cada mujer era una nueva revelación del arte. Y toda su actitud estaba condicionada por su euforia erótica. Se trataba de una potencia o una plenitud sensorial que le daba poderío y fuerza. Un rumor rugiente de sexo saturaba su vida. Algo mítico y legendario que daba a su persona una áurea de sensualidad que trascendía a principios metafísicos: amor y creación. Es decir el sentido de la vida para él. Por mucho que sublimó su erotismo o que lo hubiera transpuesto a la metáfora o al símbolo aquellas transfiguraciones dejaban un tono sutil impregnado de suaves efervescencias que hacían más penetrante é intima la ilusión.

 

Jamás tuvo vacío en el corazón. Vivió siempre amando. No era un mujeriego, ni buscaba la saciedad: perseguía la novedad en la belleza y en el arte. Era como un afán de perfección o una inquietud de encontrar donde diluirse. Esto es un estado de ascetismo místico.

 

Inestable: era su nivel de excelencia. Jamás pensó amar a más de una mujer. Y fue así. Nunca tuvo pasiones simultáneas. El cambio era una cuestión de ritmo para él. Pensaba que una amante era un ser enajenado por la pasión y temía que al menor contacto con la realidad pudiera desfigurarse lo que justificaba aquél tacto para poder pasar a tiempo a otro amor. No es que buscara un arquetipo o que tuviera en la mente la imagen de una amada imaginaria; no. Cada amada era para él su primer amor, su único amor, la mujer excelsa y la dama ideal. Es por eso que jamás llegó al hartazgo.

 

El amor iluminó su existencia y le dio aquella ansia de eternidad que llevaba consigo. De aquí que cada uno de sus amores fueran indisolubles y también aquella su secreta gama de nostalgia y de embriaguez melancólica.

 

El origen de su amor provenía más de sus emociones espirituales que de su ansiedad física. Amar era para él estar en ensueño.

 

Ser amado, era algo que rebasaba a toda su ambición. Era como figurarse una deidad. Jamás supo de donde le venía la ansiedad de su pasión, menos se detuvo a meditar que aquello no fuera acaso más que la consecuencia de aquella tormentosa búsqueda de lo imposible o el encuentro sin esperanza con la belleza inigualada de su madre.

 

No era un neurótico; era normal. Aquél su universo rosa y fruición erótica le venía como compensación a la orfandad que le sobrevino a la muerte de su madre, a la consiguiente falta de cariño, a las privaciones y frustraciones de su niñez y a la ausencia de las primeras ilusiones que abren los horizontes de la vida.

 

Pese aquello de sus amores eternos y pasiones vitales no fue un esclavo de ellas, porque el siguiente amor le liberaba enseguida. No es que los olvidara; no. Algunas veces volvió por el aroma o la gracia de alguna de sus amadas. Y éste reencuentro le era acto más dulce.

 

Jamás fue obsceno. Pese al cúmulo de sus amoríos no cayó en la lujuria. Su honestidad regida más por principios morales que por convencionalismos le daba más prestancia. De aquí su perenclitud y aquél halo de seducción que le diera fama. En medio del fuego de la tentación tenía la suficiente valentía para poner la espada de Tristán entre su arrogancia de varón en celo y el vehemente arrebato de Afrodita.

 

Cada nuevo amor le servía para decantar la afición. En sus brazos la amada se anegaba en la ensoñación: era más una melodía que una carica. Y Goyo como si sólo pulsara acordes se entregaba al arrobo artístico. Por eso aquél su afán de elevar el escenario a regiones celestiales donde flotar y soñar.

 

Idealizó a la mujer tanto como idealizó al amor. Toda su pasión consistía en adorar más que en gozar. De ahí su metafísica amatoria y aquél estado de delirio en que vivió. Y su insaciable insatisfacción no se colmaría con todos los encantos de la tierra, sino más arriba, allá de la unión de las almas.

 

Para Goyo el amor no era más que un destello de la divinidad que una emoción del hombre, porque estimaba que el que ama está poseído de un dios y que el amor era una gracia celestial. De otro lado los amores de Goyo de grado en grado se ennoblecían: eran ya algo así como la melodía de un ensueño, más un culto o una devoción religiosa que la sublimación de un afecto.

 

Jamás rehuyó la lid del amor.. Admiraba a la que desechando prejuicios le declaraban su amor. No las desilusionó . Tuvo para ellas el fervor de su hidalguía galante y hasta la gentilidad de su admiración.

 

Un día Juan Gregorio conoció a Milushka, coronguina de auténtico abolengo conchucano que llegara a Yungay a cambiar de lugar. Cuando ella cumplió quince años su cabellera era una llamarada de fuego. Por mucho que se le sujetara pronto se soltaba y si se le ataba se enroscaba. Entonces por fuerza tenía que estar suelto. En los ojos grises de Milushka había tal luminosidad que se diría que eran ascuas vivas. Es indudable que de allí emanaba aquél tono de incendio que alumbraba y quemaba su exótico rostro. El cuerpo delgado, flexible y alto tenía movimientos excéntricos y algo así como un ritmo de oda flotaba de su ser. Era extraordinaria. Pronto hubo de alarmar al pueblo. Como frecuentemente se quejaba de que al anochecer le arrojaban "cenizas" tuvimos que vernos precisados a indagar. Efectivamente a las seis o siete de la tarde comenzaba el asedio. Se exorcizó la casa y se tomaron todas las precauciones del caso. Todo fue en vano. Y cuando alguna vez Milushka aseguró que un ser invisible trató de arrebatarle de la mano de su madre, nos vimos precisados a cambiarla de lugar.

 

Tal era Milushka. Algo había en ella de magia o embrujo. Una flor clorótica a la que un fuego interior hacía arder como un incienso. Éramos vecinos de goyo. Y la alta tensión de estos personajes acabó uniéndolos.

 

El matrimonio no truncó la bohemia del bardo. Milushka al lado de éste era como una gacela. No pretendió sacar ventajas de esta unión y jamás interfirió en la vocación romántica de su esposo. Juan Gregorio encontró en Milushka aquél inefable encanto que brota de la honestidad y felicidad; y para él, libertino y precario estos sentimientos fueron cordiales y la revelación de un mundo superior.

 

Allí dejó a Milushka como en un templo. No la mezcló en sus amoríos. Y este sibarita encontró una nueva forma de adorarse más allá de la belleza y del mundo: en la inmortalidad de las ideas de armonía y en lo inefable de los sentimientos de bondad. Sobre estas bases y conceptos que no se laxan con el hastío ni se enervan con el placer, edificó su hogar. Aquellos cimientos eran de diamantes hecho del carbón de todas sus pasiones. De aquí en medio del torbellino de sus amantes, vivió en su esposa el consuelo de su insatisfacción y el elemento de su vida.

 

Goyo no perdió su afición de bardo y músico y en el sustento de su bohemia acabó su patrimonio. La pobreza le dio la ventaja de seleccionar a sus amigos. Una apretada fila de juglares fieles y sinceros le rodearon y le hicieron olvidar su ruina. Reabrió su barbería y comenzó de nuevo su farándula hasta que su esposa le diera un hijo y otros más. Entonces Goyo emigró. Se estableció en Lima y fue el eje de la colonia.

 

La brega brusca de su actividad diaria hubo de minar su salud y su muerte sobrevino como el final de una de sus canciones.

 

La cultura de Juan Gregorio era exquisita. Fruto más de su intuición y práctica que de colegios y academias. Sus maneras tuvieron la benevolencia y simpatía que acerca y contagia; hacía plácida su conversación y amena su compañía. Por consiguiente sus principios filosóficos tenían que ser sencillos y por fuerza habían de conducirlo al idealismo. Tenía algunos principios familiares para convivir en soledad y otros para afrontar la vida. Un cortejo de normas sistematicales con cierto sentido poético.

 

Humorista y malabarista de la bohemia era dueño de tal libertad espiritual que se desbordaba en torrentes. Entre la seducción, las teorías de los filósofos y la ilusión de sus propias hipótesis prefería correr el riesgo de éstas que mancornarse en aquellas.

 

No era un fanático de la utopía ni un materialista craso. Le gustaba la linfa de la realidad para idealizarlo y elevarlo. Le seducía estar a tal altura espiritual porque pensaba que era mejor flotar.

 

Lo fugaz de la vida y lo inexorable del tiempo no le inquietaba, ni en nada afectaba el sentimiento del mañana y del porvenir en que vivía. Entendía que la vida era una luz inextinguible que se sostiene con el holocausto del hombre y que el enfrentamiento de las ideas de vida y muerte era cuestión de unidad. Jamás se desconsoló ni desilusionó con esta certidumbre. Por el contrario en los problemas que las contradicciones de la vida plantean, encontraba razones para creer. No admitía la vida como un aterrador aprendizaje de la muerte, sino como la experiencia donde el hombre inteligente supera y moldea el mundo.

 

De aquí que sólo el destino de ese holocausto, es decir el estilo de vida, podía sostener una digna y decorosa existencia y hasta darle el sentimiento de inmortalidad que informan las nociones del mañana y del porvenir. Entonces lo que importaba era el estilo para gobernar su vida y no vivir en divorcio con ella. El estilo como un medio y un fin y la rebelión como una aspiración y orden a la justicia. Entendido que la rebelión va hacia la revolución, es decir hacia la evolución y el infinito donde convergen las nociones de música y amor con toda aquella su gama de poesía lírica y sortilegio romántico y desde cuya posición se contempla la belleza y el arte como valores eternos que se siente y vive.

 

Y para Goyo, ningún estilo como la bohemia resolvía mejor el problema de vivir. La bohemia como un principio metafísico y una fórmula dialéctica: esto es el enfrentamiento al mundo desde un punto de vista del sentido del buen humor que del trágico. La bohemia ensanchó su fantasía y creó escenarios maravillosos donde una melodía de unidad gobierna y rehace el mundo sin cesar.

 

En la orfandad de Juan Gregorio, es donde se encuentra la mística de su personalidad. La muerte súbita de la madre en pleno esplendor, la desesperación y el dolor del abandono al comienzo de la vida, el mito de la hermosura de aquella mujer, fueron impresiones tan hondas que jamás se apartaron de su mente. Amor, belleza y muerte, una mixtura diabólica o un satánico licor para alocar o desesperar a la humanidad. Fueron también las primeras emociones que lo llevaron a las tabernas a sumirse en la embriaguez. Para adelante el vino habría de ser su sustento y también el elemento de su regeneración y salvación.

 

El vino calmaba su ansiedad y le producía el goce de gustar y sentir el placer para luego evadirse en el transporte del alma. Y alli en aquél mundo de ensueños era feliz. Su fantasía se enriquecía y su vena bohemia cobraba un lirismo desbordante. Acaso fuera ilógico, en este estado de embriaguez sostener que hubiera conseguido un estado de imperturbabilidad y ataraxia es decir un placer natural que hubiera sido la base de aquellas sus teorías de convivencia regidas por la armonía que por la autoridad.

 

En la taberna encontró una comunidad de seres desgraciados a los que capitaneó y dio luces para no degradarse. Creó una mística y delineó una liturgia. Sostenía que beber y embriagarse era una primicia de escogidos que lograban a través de los vapores del licor remontarse purificados a mansiones edénicas donde una visión de ensueños anegaba el alma y el corazón en deliquios inefables. Tal era la taberna para Goyo. Que vale más decía como Omar Khayyam, hacer examen de conciencia sentado en una taberna o posternarse en una mezquita con el alma ausente?

 

Jamás se supo si del vino pasó a la mujer o fue a la inversa. Menos si la música le impulsó en el arrebato del tono al arrebato de la embriaguez o que la embriaguez hubiera influido en el refinamiento de los acordes y en aquella melodía etérea en que vivió envuelto el trovador. Y como Omar Khayyam, su maestro favorito, trato de buscar la verdad en el fondo de los placeres de la vida, a través del vino, de la mujer y la música. De aquí su estética epicuriana, sus hábitos a lo Aristófanes o Lucrecio, su propensión al placer de los sentidos y al goce de la vida, su refinamiento en el amor, sus postulados éticos y aquél su platonismo y estoicismo mental y también su prestancia de Petronio.

 

Y aquél fabulador y soñador se hundía en la molicie como en un soliloquio melódico. Su despertar a la realidad era su nostalgia diaria y su melancolía temperamental que hicieran de él "el diamante azul de la bohemia". Ahí encontró a Heráclito y con él supo todo lo que fluye se va y lo que queda es la pena o el recuerdo o la ilusión del ser.

 

Así llegó a esa tormentosa mística amatoria, a aquél estado de mistificación a aquella sed de embriaguez que lo llevaron a ser un gimnosofista calificado y un bohemio de raro engarce con el panteísmo y ascetismo indio. Aquí le asistió otro de sus maestros predilectos, Rabindranath Tagore, artífice de la armonía universal y poeta de las bellezas de la naturaleza que cautivara al bardo. Y que con Omar Kayyam hicieron de él un iniciado. No avanzó más. Le bastó y le colmó con creces la poética tagoriana. Y rastreando a Omar se remontó hasta Saadissy, talladores y cinceladores del verso iranio. Ahí se quedó por satisfacción y por convicción y por haber encontrado tal similitud con su mística andina de indio de una sumisión rebelde y de una serenidad olímpica de dios.

 

Es de estos contactos que le vino el gusto oriental. Encontró los nombres para sus hijos Jashi, Rabrindanat y Milushka.

 

Su vocación artística se reveló en la música. Guitarrista eximio arrancó al instrumento las armonías más arrobadoras, cantó con ella el recuerdo de la madre, aquella belleza espléndida que deslumbrara a las generaciones que tuvieron la suerte de admirarla.

 

Cantó su melancolía y su anhelo, su pena y su gozo, al paisaje que le ofrecía su escenario y a la mujer que le brindaba su belleza. Así hizo aflorar en él al músico y al poeta nativo que llevaba en su naturaleza,. Los maestros Cordero y Ramos, celebridades de aquél conjunto, trasportaban al pentagrama las creaciones melódicas del bardo.

 

Improvisador jocundo, payador y fantaseador, elegante caballero y ensalmador, experto en requiebros, gorjeador de piropos, zalamero y admirador devastó la jerga de ventorrillo y la ironía de las coplas de cafetín por ofrecer endechas sutiles y villancicos arrobadores. Vencedor de todas las justas, no tuvo rival. El mismo Mister Flaco, ilustre bardo caracino lo tenía por maestro. Su producción, acaso sin saberlo tenía mucho de simbolismo y expresionismo. Influido por las quenas y las antaras, por los huaicos y las heladas, por la belleza del paisaje y de la mujer sus sensaciones fueron más táctiles y su estilo más plástico que conceptual. Sus personajes fueron reales, pero dando a unos un sabor ficticio y siendo casi siempre él mismo el protagonista de todas sus creaciones. Romántico hasta el decadentismo y bohemio por naturaleza en su musa del vino, la mujer y la música que fueron los ingredientes primordiales.

 

Pero su obra maestra fue sin duda la serenata. Original y deslumbrador con un atuendo de ocasión y con un séquito distinguido se acomodaba al pie de un balcón o de una ventana para ofrendar sus epigramas sutiles y sus duchísimas melodías.. Escenográfico, su cuerpo era algo así como la sétima cuerda de Lilia, su guitarra, vibraba tanto o más, se convulsionaba en la efusión musical, era una lira de acordes maravillosos. Mientras el timbre de su voz y la música de su instrumento hendían el espacio y despabilaban el sueño de las doncellas, sentía que su cuerpo se transmutaba. Sus manos enfervorizadas estaban prendidas en "Lilia" y con una habilidad genial la pulsaba ora tierna y suave como si algo desfalleciera, ora arrebatada y violenta como si algo habría de estallar. Era una pirotécnica musical. Los sonidos ascendían como ascuas de rubí o como alboradas de aurora, como lluvias de rosas o como bandadas de mirlos. La voz golosa y profunda era alucinante; sus impostaciones arrobaban y consternaba sus falsetes traviesos y jocundos.

 

Para éstas serenatas tenía el esmero de elegir las canciones y la música apropiada, acicalaba la voz, pulía las caídas y sabía edulcararlas de tonos dulces y tonos sortílegos. Entonces su vena lírica estallaba en himnos o sonrisas, en penas o llantos que hacía estremecer al auditorio y transfigurar al bardo. Goyo no era ya sino una cuerda en vibración o un ser enajenado. Y la melodía que brotaba iba saturando el escenario, contagiando su dulzura y rindiendo a las doncellas en un sueño angélico.

 

Otras veces la ronda nocturna recalaba al pie del cementerio. El campo santo que se levanta como una pirámide ofrece plataformas concéntricas donde las hileras de nichos y mausoleos son un portento arquitectural. En el día es imponente y en la noche es solemne. Al pie de aquella verja de hierro y al frente de aquella fría escalinata de granito pulido la voz de Juan Gregorio desgarraba al alma y destrozaba al corazón. La música aflictiva recorría todos los resortes del dolor, era una elegía lacertante en el que la angustia y la desesperación parecían rezumar la tragedia y la desolación del huérfano y el sentimiento de los hombres tocados por el recuerdo de los seres perdidos. En aquella soledad donde el silencio tiene una mística y el escenario en las noches es mágico, la oración musical del bardo era un lamento de dolor y también un reclamo al destino cruel que cegó a la madre querida. Y mientras la melodía era cada vez más dolorida, musitaba voces sortílegas en la esperanza de ver surgir la figura querida y emitía exhalaciones en que parecía escaparse el alma para ir al encuentro del ser invocado

 

Juan Gregorio no conoció modelos y no trató de imitar a nadie .Ignoró la sintaxis gramatical y la métrica poética, por lo que su producción es más un material en bruto. Así su estilo perdulario y su despreocupación literaria, sin escuelas y sin istmos, de aquí también su sencillez lírica, tan clara y tenue que no admitió artificio alguno. Sus composiciones por consiguiente tenían que estar exentas de escuelas y alambicamientos. Todo se reducía a una perspectiva de asonancias y metáforas que giraban en torno de un ritmo interno que le franqueaba el metro libre; y en cuanto a la medida le bastaba someterlo a la prueba de la respiración.. De otra manera no habría podido expresar su fantasía. Sus recursos semánticos fueron también sencillos, más parecían el aura que circunda el paisaje, de ahí sus figuras en verde o azul, su redundancia de céfiro, su rutilante brillantez de sol o nieve, su profundidad de cima o cumbre, su vaporicidad y evanescencia de nube, su palabrería de juglar y hasta sus mariposeantes licencias de bohemio.

 

Su apetencia de absoluto y de unidad formó en él aquella talla del hombre absurdo y rebelde, y consecuentemente hubo de incursionar por el anarquismo literario.

 

De aquí su estilo insurgente sin control de las escuelas o de la moral y de la razón de clase; atento sólo a aquella maravillosa armonía de las imágenes y las cosas del compás del automatismo psíquico que llevara a André Bretón enarbolar la bandera de los "campos magnéticos surrealistas" para afirmar el dominio de la experiencia de la vida interior.

 

Su rima era isócrona. Por consecuencia antitética y por el fondo de contrapunto de la plástica y no por originalidad había a distancias una consonancia de tonos para animar el movimiento que para hacer armonía de voces. Le habría resultado ingrata la tarea de adocenar vocablos para ajustar consonancias, puntos y medidas.

 

Le bastaba un elemento premonitor para llevar el compás de una frase o de un período. Por lo demás su ritmo era algo así como la métrica de la geometría de las plantas o como el concierto de tono en el calor de las flores o como el ritmo del trino de las aves en su canto a la aurora. La melodía y el placer resultante a más cuestión de un juego de cadencias y pausas de las unidades rítmicas y de la musicalidad interna en función de la emoción.

 

Se advierte también en la composición del bardo la prevalencia de las ideas verbales y el uso de palabras poco definidas engarzadas en una sintaxis y cuajada de elipses. La presencia de ideas en círculo de idéntico sentido, el tono inspirado e irregular, ora intenso o leve, el colorido chillón, severo o átono, sus vehementes claro oscuros, el misterio o tenebrosidad de su dicroismo, sus caídas o suspensos, su soltura irreal o tirantez estudiada o espontánea están mostrando no al escritor erudito sino al juglar del pueblo.

 

Tal el estilo llano o enmarañado en el que los tesoros literarios se desperdician o no se aprovechan bien en el que lo natural está por encima del dibujo y pulimento. Por el contrario se notaba en su estilo algún esfuerzo disimulado. Su falta de conocimiento lo exponía a buscar de los epítetos y posición retórica.

 

Y sin cultura suficiente para escribir y atenido sólo a la idea de que la composición es libre y no patrimonio privado de doctos se permitió ensayar apuntes con las brozas que los literatos arrojan a los canastos. Pordiosero, mendigando migajas de color en los crepúsculos, recogiendo brumas de tono en las puertas de las filarmónicas y hurgando figuras y ritmos en los desechos que los ateneos arrojan, Juan Gregorio ha querido alentar al pueblo o a aquella masa ignota, sin noción de sintaxis desamparada de maestros y bibliotecas a expresarse como es, libre, sin eufemismos y con toda aquella pobreza que da el abandono. En vez de hallar la elegante pulcritud del artista de escuela, se encuentra sólo la composición raída del hombre del pueblo y en vez de la pluma florida la mano ruda y encallecida del obrero

 

Así pues las composiciones de Goyo, "El Diamante Azul de la Bohemia", como lo llamaban, fueron estilizadas para serenatas o acomodadas para la juerga. Si sufrieron mutilaciones o transposiciones, adquirieron fisonomía especial al entrar al folklore. Toca a los exegetas de Goyo hacer la exposición sistemática de sus conciertos más íntimos de cantor y músico..........

CAPITULO  III

 

Un Beso en los Andes

A Valerie Coimbra

 

              Entre los resquicios de las cumbres de Ancash Juan Gregorio, lee en los surcos de los campos que cultiva y ausculta en las entrañas de las minas que orada. Sus antepasados aguerridos caudillos de la Revolución Francesa llegaron al Perú expulsados por el golpe de Estado del 18 Brumario de 1789. Los Andes le ofrecieron una plataforma inconmensurable a la tea libertaria de sus ideales. Rebeldes a la domesticidad jamás descendieron de su orgulloso retiro. Juan Gregorio, ultimo sobreviviente de esta raza indómita tenia forzosamente que vivir un destino agitado; el pasado heroico y mártir, el ambiente soberbio y hosco tenían que hacer su obra.

 

         La fibra de las almas grandes viene de muy lejos y va muy allá, por eso sienten más intensamente la vida y quieren vivir más. En Juan Gregorio la vida se ha radicado como una vehemencia angustiosa y la montaña ha impreso su carácter huraño y contemplativo. De aquí su curiosidad insatisfecha, su actitud mística y su agitada inquietud espiritual. En torno suyo el elemento humano se ha estado evadiendo y en su escenario ha repercutido solo el eco de la piedra y de la naturaleza. Los sinfines ilimitados del horizonte despertaron en su fantasía un anhelo casi morboso de lejanías y de ensueños. Este aguilucho hecho para habitar los riscos más abstractos y elevados del pensamiento vivía hasta hace poco una intensa vida imaginativa, interrogando diariamente a la naturaleza y buscando a los hombres en el fondo de su alma. Vencido por la tortura introspectiva del análisis se iba consumiendo una efusión mística hasta que un día su afán de infinito le llevó a tentar horizontes nuevos por el valle del Santa. Las magníficas partituras melódicas del río urgieron su curiosidad y ansió conocer los esteros y las playas donde la música del río acaso meciera sus ondas armónicas en estancias edénicas y auditorios embelezados. Y conoció paisajes adorables, panoramas magnificentes, estampas floridas, verdaderos nidos del ensueño y de la pasión. En los poblados risueños sintió hálitos y exhalaciones extrañas a su ser; una rara afición social le acometió y dio a su figura huraña el placer de recorrer por los rancios salones en una inadvertida pulcritud de modales. Sorprendido ante este nuevo aspecto de su vida y embriagado en sus formas se dio la satisfacción de conocer aquellas urbes y estudiar aquella sociedad compleja en cuyo seno presentía latir no se que extraños mirajes de felicidad. Después de haber recorrido todo el valle y ascendido a las entrañas de donde brota el río, buscó para su albergue las faldas de la montaña más alta e impoluta. La cumbre gigantesca y el río sensorial le sirvieron de mentores. La Mirada avizora del uno y la experiencia cosmopolita del otro no le fueron recursos de poca estima. Y en sus incursiones el valle jamás apartó la vista de sus émulos: El Huascarán y El Santa .

 

       De niño y a través de sus lecturas de la historia había soñado con ser military; Bolivar, Salaverry y Castilla le incitaban a ello. Tal afición creció al penetrar la aventurera vida nacional y considerar la inquieta y luchadora vida militar. Esta vocación nacida del sentimiento y cariño a la patria habría prosperado si Juan Gregorio ni hubiera estimado que el culto a la patria se rinde no solo en las filas del sacerdocio sino también en las del apostolado civil, en cuyos más bastos horizontes era menester infiltrar el verdadero amor, nutrido del sentimiento telúrico de la tierra, animado de sus posibilidades y afanoso de una fisonomía y personalidad. Para inquietud semejante no eran a propósito los severos marcos de la actividad militar, por lo que tentó otros planos en que su concepto cívico, la amplitud que da la libertad decidió servir a su patria dándose a ellos con un fervor de humanista, estudiando al ciudadano en su plena actividad funcional, robusteciendo el sentimiento del honor, de la responsabilidad y de la vitalidad y, abrigando la esperanza de que la divulgación de la verdad y del derecho habrían de redimir a la sociedad de la arbitrariedad y violencia. En este aspecto de su vida Juan Gregorio se amparó al clima efusivo y romántico de los maestros del renacimiento: Erasmo, Luís Vives y Montaigne y, recorrió el panorama de las doctrinas de Wunt, Claudio Bernad, Freud, Adler, Bardiaeff, Yung, Spencer y Carrel.

 

          A través de la filosofía había Juan Gregorio conocido al hombre y a la sola fuerza lógica de los principios filogenéticos y teleológicos había pensado en el hombre abstracto, en el tipo de hombre universal y clásico, sincero y franco consigo y con los demás, altruista y magnánimo. El hombre natural de la selva cohibido por la soledad y el hombre civilizado de la urbe deformado, cambiaron su apreciación y concepto de él.

 

        A través de la caracterología y sociología advirtió curiosas modalidades de la naturaleza del hombre y tuvo que hacer frente en el ambiente social en que vivía a tipos seudo excéntricos o inverosímilmente naturales, a seres forzadamente racionales o convencionalmente informales, a pulquérrimos insoportables y a estrafalarios encantadores, a una suerte de tipos deliberadamente exóticos o vulgares, paradójicamente satíricos o humoristas, supremamente ridículos o trágicamente severos o festivos. En este comercio difícil de los hombres tuvo que librar cruentas batallas. La cumbre y el río fueron sus maestros de estrategia y mediante ellos se armó de una personalidad social y aprendió el tesoro de su verdadera personalidad y, emprendió la obligada lucha diaria oponiendo a la necia vulgaridad del medio su estilizada indiferencia mezclada de grandeza y magnanimidad y dando a soportar a aquellos seres mancornados a la vanidad y el orgullo su olvido absoluto y olímpico de ellos. En las contadas treguas de estas luchas Juan Gregorio se dio al amor y gustó como aquellos generales romanos llevar en su carro de victoria los encantos de una mujer, no sólo para orgullo suyo y reposo de su alma, sino, sobre todo, para renovarse en la emoción estética que aquél sentimiento importa y entregarse a la tarea grata de forjar un amor limpio y puro con los elementos más caros del arte y con las ilusiones más tiernas del amor.

 

          Una caravana alegre de excursionistas irrumpía la estancia de Juan Gregorio; la graciosa algarabía de las muchachas, sus bellezas tiernas e inquietantes pusieron sobre la severidad del poblado una nota de encanto y sugestión. A la cabeza del grupo colonial estaba una joven profesora. A su belleza natural y sus modales académicos se aunaba la emoción de la felicidad y del entusiasmo. Un secreto capricho o un afán oculto de nuevos horizontes alentaban a aquella joven profesora, en quien la belleza de su persona cobraba relieves insospechados ente la expresión de su belleza  espiritual. Su dicción clásica y sus movimientos elegantes advertían a la mujer pulcra, burilada en los ateneos y academias universitarias. No se respetaba en aquella mujer hermosa el empeño que prima en la mujer intelecta de lucir sus dotes espirituales con olvido de su belleza física. Una justa proporción o un maravilloso  equilibrio entre ambas dotes hacían de esta mujer algo excepcional, un ser capaz de empeñar toda la ambición y de acicatear toda la codicia.

 

        Para Juan Gregorio no era extraña la mujer, pero le interesaba el tipo de la mujer algo intelecta, aquél exquisito problema hecha de fascinación y misterio de flor de limo y perfumes mentales. Acostumbrado a la ley de la montaña oteó el hallazgo y la quiso para si. La nació para la aureola de sus ilusiones y la satisfacción de sus anhelos de romance. El mismo día y con ocasión de un ágape a las visitants puso sitio a la plaza e impuso su rendición con aquella brava osadía del ande, sin más recursos que la del espejismo y la mágia que ponen los seres en el estado natural. Milushka atosigada con los protocolos, maravillada con los formulismos cánones sociales, deshumanizada a fuerza de fantásticas utopías despertó el contacto de aquella recia naturaleza, casi primitiva de Juan Gregorio y reparó en los frutos maduros de la montaña una belleza insospechada, campos bastos de observación y enseñanza, no advertidos claramente desde el gabinete o los cubiles de la elucubración.

 

       Magnificados por el escenario y el paisaje más excelso y grandílocuo del valle despertó el alma sensitiva y nostálgica de Milushka y se estremeció el espíritu sereno y cabiloso de Juan Gregorio. Milushka reparó en Juan Gregorio un filón de oro legítimo y acometió con denuedo aquella veta casi virgen. Ante los primeros signos de esta pasión temblaron estas almas como flores que sacudidas por un vendaval tocan sus corolas en raros estremecimientos de placer y de dicha. Y surgió el amor en aquellos dos seres en el que vibraba en el corazón del uno la lira de un poeta y se agitaba en el cerebro del otro las alas de un filósofo. Floreció el amor como en un bello jardín de ensueños. Al contacto de estas dos almas se ensancharon los horizontes del mundo. Y el idilio marcó un “evo en los Andes”. Desde entonces un rubí fulgente puso tinte de aurora sobre el torso ambarino de las cumbres. El romance tejió primero un poema de tonalidades suaves de acuarela con claridades de aurora y penumbras de noche estrellada; más tarde puso sobre el cuadro brochazos rojos, tintes violetas, bermellones oscuros vencidos de pasión. Milushka, sabia en el amor, se dio al amante con la misma conciencia placentera conque se abre la corola de una flor o la caricia solar; Juan Gregorio enamorado de la belleza exótica y enervante de la amada se entregó como un ángel a la caricia de un ensueño inefable. Sus almas se sumergieron en los mirajes de una ilusión de dulce fascinación con tanta fruición que los más ardientes placeres de la lujuria carnal se adormecieron.

 

        Aportó Milushka a esta pasión el abolengo romántico de sus antepasados, refinado hasta la espiritualidad, con pleno dominio del placer hasta el pensamiento y la mistificación. Su belleza nostálgica tenía todo el primor y encanto de las formas estilizadas captadas en horas de adoración por las pupilas febricitantes de su ancestro galante. En la armonía floreciente de su cuerpo, en cuyas líneas de luz ponía irisaciones mágicas había flexiones crepitantes llenas de estremecimiento de pasión. En su mirar suave y tierno, avasallador y encandilado había el efluvio de no sé que lejanos vértigos. Una luz áurea emanaba de aquellas pupilas de cuarzo gris, dormían en el fondo de ella los fulgores de todas las auroras y celajes más tenues de medio día. En sus labios extraordinariamente sensitivos y deliciosamente encarnados floreció la sonrisa enigmática con un sabor de añejas efusiones idílicas, incitantes de las más atrevidas e inverosímiles locuras. En el cuello estatuario y en el pecho opulento no se que ocultas y antiguas ansiedades se consumían como el fuego lento y expirante de los incendios en los viejos pebeteros orientales. El resplandor  mágico y turbador que emanaba de todo su ser estaba denunciando el encanto quintaesenciado y la belleza refinada e impecable a través de rancias galanterías blasonadas de su nobleza. En sus antepasados se contaba un principio de la sangre real de los Canchas que urdieron la leyenda romántica de Shanoc y Humaraya en las estribaciones del Norte andino. Sus más próximos ascendientes evacuaron la montaña y llegaron a las playas del Santa, donde la música del río y las melodías de las lagunas se estrechaban y reclamaban en una fuerza telúrica irresistible. Y al pie de las ondas armónicas de Cójup acamparon impávidos de admiración y emoción. Fruto de un verdadero amor, cristalización de una pasión romántica efectiva advino Milushka excelsa, optima y primorosa Su infancia surgió entre las alburas y celajes de pureza. Creció como una flor mística, austera y sensitiva y, floreció con el encanto de una rosa monacal y la gravedad bella de una vestal misteriosa y neurótica. Y con esa voz de rosa blanca y pura de las vírgenes llenas de música de flauta y de dulzuras de arrebol daba la impresión de que al hablar brotaran de sus labios corolas de flores y volaran de su pecho torcaces procelarias

 

       Yo no sé que afán de vuelo tenían aquellos labios rojos y temblorosos en los que se escondía el secreto de las alas del cóndor y la habilidad de los de una garza. Daban en su actitud iconográfica la impresión de posar para viajes largos, hacia colmenares lejanos y exóticos. Jamás se desplegaron aquellos labios sin una ternura lilial y sus movimientos tuvieron la elegancia majestuosa del vuelo de las águilas, la pulcritud alba y señorial de las palomas, la sutilidad estilizada de las golondrinas. Labios húmedos y sensitivos donde el beso enamorado encendió luminarias con las alas de cantáridas y pétalos de amapola, tenían la rara sugestión de postrar ensueños y levantar ilusiones y un dulce imperio de mandar adorarlos y seguirlos sin  discernimiento. Labios excelsos, prodigiosos en la dádiva y sabios en la caricia. Jamás el hastío o la languidez turbaron su serenidad victoriosa. Como dos ascuas rojas iluminaron el fuego de la pasión y alentaron como heraldos en las lides más fragorosas del idilio.

 

       La gracia augusta de una ligera curva ponía sobre la nariz aguileña de Milushka el prestigio de toda una célebre historia de amor y el sello de una raza dominadora. Daba que soñar en la corte galante de los Borbones y pensar en la arrogancia lúbrica de las águilas. Bajo aquellos arcos de acusada sensualidad las bóvedas nasales se henchían voluptuosamente, se plegaban vehementes de lujuria. Las tupidas y largas pestañas de los ojos daban a aquella nariz algo así como la fuerza de alas poderosas que empujaran una quilla de marfil en un océano irídico. Persuasiva y sensitiva, refinada en la astucia, hecha para la delección del olfato y saborear el perfume de las flores más fragantes y sutiles y, transmutar en esencias los cuerpos más adorados no escapaba su anhelo ni el aroma tenue de la inocencia, ni el vaho enervante y fatal de la pasión.

 

      Esta mujer excelsa hecha para el arrobo del amor angélico y las glorias de la pasión tembló ante la vista de la personalidad casi salvaje de Juan Gregorio; se dio a gustar este nuevo fruto exótico, a enriquecer sus arcas con el oro nativo del amante filé y rendida. Generosa y soñadora por estirpe escanció en los labios del amado filtros añejos, sumos efervescentes, esencias antiguas que le venían de sus estancias lejanas y fabulosas y, dio a probar las más nuevas e ingeniosas mixturas espumantes y ambaradas, extrañamente novedosas y tentadoras.

 

     Juan Gregorio se sumergió en la ronda apacible del afecto sintiéndose desfallecer de felicidad en la caricia y viendo filtrarse en su alma el fuego hechizado de las pupilas de la amante tierna e inocente como el nuevo reflejo de una perla virgen o el fulgor sereno de una joya noble.

 

     Los amantes se entregaron a un vértigo pasional, frenético y avasallador. Y no obstante lo romántico del lance no delinearon un programa, tentaron los ritos de los códigos del amor oriental, apuraron las formulas estilizadas y caballerescas del medio evo, saborearon la encendida fe y delicado gusto del renacimiento, llegaron a las lindes y términos de la pasión burguesa, pomposa y señorial y se almibararon en las anchas playas del amor proletario, soñador, libre y aventurero.

 

      El trato cordial cobró contornos grandílocuos. Los más insignificantes episodios de este amor fueron magnificados por el porte dechado y gentil de Juan Gregorio y por la pulcra y delicada emoción de Milushka. Ninguna caricia fue solicitada por derecho, ninguna fue concedida por deber, conquistada con la más tierna y exquisita manera se dio la ofrenda en original regalo, en obsequio suntuoso y acrecedor. Los amantes lograron dar a su pasión el encanto y el hechizo del primer día de amor. Se amaban como si recién empezaran a hacerlo, abundaban en tan sutiles y distinguidos cumplidos que era difícil reparar quien de los dos era el requerido. Se adelantaban con soltura y garbo a satisfacerse los más exigentes caprichos, se adivinaban los deseos más recónditos. En sus pláticas espaciosas y barrocas discernían sobre el amor, filosofaban sobre la felicidad y rastreaban la ilusión hasta en sus más extraños y lejanos mirajes. La filosofía y la poesía se humanizaban en aquél solaz devaneo, la idea básica del uno y la nota armónica del otro ponían concierto y alcanzaban orquestar aquél amor en extrañas modalidades, en notas mágicas, en fantasías sortílegas.

 

      Había en aquel amor no se que rara conciencia de felicidad y el encanto secreto de vivir una aventura.

 

Como en aquellas óperas Wagnerianas el calderón o el silencio elevan la majestad de la obra, así como aquellos amantes después de largos y frenéticos efluvios entrenaban períodos ascéticos, casi místicos en cuyas partituras la nostalgia y la melancolía primero, los bríos de la juventud y las ansias de la pasión después acicateaban la emoción en una rara melodía de sonatas de amor. En estos períodos, verdaderas treguas de las campañas de amor, los amantes se entregaban al campo en un abandono de dulce emoción eglógica, en un afán de renuevo y purificación. Esta inmersión en la pura linfa de la naturaleza difuminaba los fondos pardos de la pasión romántica con pinceladas claras, con tonos especulares, suaves y ligeros.

 

     En los intervalos de aquél amor los amantes se entregaban a la lectura, pasión favorita de ambos y se escribían cartas elegantes y floridas, verdaderas epístolas del amor en que escanciaban el alma embriagada y volcaban los filtros del corazón. Con una secreta maestría pulsaban la lira del silencio arrancando de aquél arpegio notas de verdadera unción amorosa y haciendo brotar con ella el amor más puro y encendido no alcanzado sino otrora por Filis y Demofoon, por Ulises y Penélope, por Leodemia y Protesilas en aquellas largas ausencias en que las amadas se abrazaban en el fuego de la fe y la constancia, de la pasión y ansias entrañables.

 

     A la manera de Castor y Polux, de Pilades y Herminaina, de Febo y Palas amaron con pureza y castidad y apuraron su pasión con tanto frenesí ora en el magnífico paisaje de la naturaleza como Dafnis y Clóe o en el tráfago de las urbes indiferentes como Des Grieux y Manón.

 

     El ambiente y la pasión estaban transformando la personalidad de los amantes en un nuevo ser. Milushka inconcientemente se adapta, se disolvía en él como un perfume y tenia escorzos de esclava, resabios de eco y tintes de sombra del hombre a quien se entregaba en un vértigo de ventura e interrogación. Esta dependencia le rebajaba a un nivel de encantos ensoñados y le hacia gozar y sufrir las tormentas del celo y las torturas de la duda. En sus horas de reflexión pretendía rebelarse y entonces sentía en su alma luchar los resabios burgueses con la ilusión moderna y le sublevaba esta inquietud al punto que le advertía, le aguijoneaba los resquemores de retaguardia y le sublevaba esta inquietud  al punto que le advenía cierto tono de melancolía y contradicción femenina como en aquella Elena de Yuchkevitch, en “Salida del Circo”.

 

     Mujer moderna forjada en la soledad y hecha para las grandes batallas de reivindicación femenina, estimaba el matrimonio a una cadena enmohecida que había que reformar y dar vida. El amor no era tampoco su objetivo, sólo una aventura en cuya etapa o lucha se afana así misma, por descubrir su personalidad kantiana del amor, amaba por principio y artista por naturaleza hacia del amor una obra de arte bastante para embellecer la vida y dar al alma el acicate de la ilusión. Y había que ver la orgía voluptuosa y emocional que ponía en juego en estos arrestos de mujer belicosa, simulando algunas veces el tipo de mujer feudal solo para acrecentar la intrepidez, la bravura y tenacidad del amante y gozar el placer del éxito de sus encantos de joven, almibarados con los halagos del refinamiento de su temperamento artístico. Después de estos largos periodos de embrujo y hechizo Milushka se abría paso con el mismo espíritu denodado de Josefa, heroína de la mujer moderna en “Trabajo” de Ysle Frapán y por encima de su amor se entregaba al ejercicio de su profesión con igual pasión que Lansolevo de Colette Yvert en “Primicias de la Ciencia”. Rendida pero no desengañada del trabajo volvia Milushka a los aleros de su nido de amor con una ansiedad y vocación de amante moderna en quien la dulzura del amor, la ternura del trato exigen una correspondencia democrática y como aquella Ada dé Emblée, de un cuento de Pitigrille, huía de lo legendario y maravilloso, de lo protocolario y estilizado del amor al cariño sincero, natural, franco, sin remilgos ni ditirambos, con una sed de emociones frescas, claras especulares se entregaban a la aventura del amor esperando sólo la cordial comprensión y el fruto sano del afecto en los que su libertad y personalidad no sufrieran el despotismo y la tiranía del amante.

 

      Tipo de mujer distinta a las de Turguenev y Chejov desarrollaba un programa de acción en la cátedra, en los clubes literarios y sociales y hasta en los círculos religiosos. Su belleza honda y firme provocaba respeto y admiración mezclado del temor de aquella desconfianza poblana de los centros poco acostumbrados a las luchas de clase. Las mismas asociaciones religiosas se extrañaban de su exaltación y acaso sospechaban y desconfiaban que aquella alma atormentada por la inquietude de la duda llegara a los altares no sólo a buscar la paz sino entregarse al misticismo religioso en su ansiedad de nuevas fuentes de placer y refinamiento.

 

      Sin apercibirse de la fuerza ponderosa de fascinación, su persona se daba al amante y a la sociedad con un altruismo heroico digna de una mártir o de una heroína. Como aquella Diana Wassilko de Emil Ludwing espoleaba la ambición de su amante, le provocaba grandes estímulos, daba animo para desarrollar las facultades, lograba poner en el espíritu los acicates de la emulación, la tentación de la grandeza y la voluptuosidad del éxito. Con que placer se informaba del progreso de su obra y con que secreto comedimiento volvía atenazar el espíritu, armarlo de osadía y valor para la lucha. Su orgullo de mujer y su ambición de amante cobraban relieves anecdóticos en este empeño en los que ponía toda la fuerza de sus hechizos y toda la ternura de su pasión. Y para magnificar al ser amado y elevarlo hasta un nivel de distinción y relieve aspirados, no reparaba en sacrificio alguno, ponía al servicio de su pasión su musa de poeta, sus ensueños de ventura, el sortilegio y la magia de su hermosura, la sugestión de sus más caras prendas de mujer. En esta dádiva hacendada, en este renunciamiento de sus ideales de libertad e independencia, ponía todo el embrujo de su seducción, todo el arte exquisito de su sensibilidad, gozando junto con el amante de una verdadera dicha con la clara visión de que este placer servía a la sublimación y exaltación del ser amado y la secreta esperanza de mejores días de arrobo y frenesí.

 

      Y acaso como aquellas madres espartanas o troncos legendarios se desprendían de sus frutos para dejar que aquellos defiendan y fructifiquen la tierra, asistía con una melancolía mezclada de pena y dulzura a la metamorfosis del amado. Segura de que había logrado su obra, sin vanidad pero si con orgullo, con toda la vehemencia de quien aprovecha la última ocasión. Milushka se entregaba al amante victoriosa con una pasión religiosa casi mística, con una pagana voluptuosidad casi lúbrica. Para este supremo goce sacaba las últimas reservas de hechizo y ponía en juego sus más caros recursos de esteta del amor y con una maestría sabia arrancaba del amante grandes veneros de emoción, soberbias notas de amor, torrentes de melodía en las que se anegaba y diluía en un raro placer de acabamiento, cobrando alientos sólo para seguir pulsando aquella lira hasta su total enervamiento.

 

      De este transporte y hebetamiento Milushka surgía como un ser Nuevo, sin los fermentos de la pasión, sin que los lazos de la esclava. Vacías las ánforas, laxas las cuerdas de la lira no tenía otro empeño que reconstruir su vida. Y el amante, aquél vencedor y héroe de trascendental lucha romántica, debería alejarse para cumplir la obra del destino y para no tiranizar a la amada rendida.

 

       Así fue que Milushka se ausentó, acaso a su pesar y sintiendo dejar tras si al hombre que adoró y dio sus más preciados tesoros. Juan Gregorio se sumió en una angustia lacerante y en una melancolía casi casi histórica.. Se dio a la evocación y al recuerdo con una voluptuosidad frenética de extraños y fascinantes mirajes. No se que panteísmo idílico le poseyó. Amó el césped donde reposó la amada, veneró a la planta que le brindó su sombra y se dio a la pasión de los encajes, de las flores disecadas, de los rizos atados y de todos aquellos recuerdos conque Milushka le había obsequiado y en los que creía encontrar palpitando el corazón, exhalando la fragancia turbadora de la mujer amada.

 

     Sin embargo de la ausencia el amor siguió viviendo del recuerdo y nutriéndose de la esperanza. Se escribieron cartas tiernas y conmovedoras, dulces y apacibles, ardientes y apasionadas, transidas de amor, rendidas de adoración, verdaderas epístolas de amor en las que trazaron imágenes dignas del bronce y del mármol, figuras que harían honor a cualquier artífice del pensamiento. Juan Gregorio escribió sobre el valor de la constancia y la virtud de la fidelidad, filosofó sobre la inmortalidad del amor y la belleza, de la abnegación y del sacrificio; Milushka forjó las melificas, esculpió versos flamígeros, cinceló rimas aladas y fragantes, llenas de dulzura y rendidas de nostalgia

 

     De vez en cuando en las planas elegantes de las cartas de Milushka, Juan Gregorio entreveía alguna sombra, otras veces veía brillar las luces de algún astro desconocido. Y sin embargo de estar acostumbrado a las tormentas de la cordillera tembló ante estos nuevos fenómenos de su pasión. La sombra le pareció la oscuridad insondable de las resquebrajaduras y vericuetos de la Montaña y aquél súbito resplandor del lampo de alguna estrella fugaz o la ráfaga de un bólido celeste. Juan Gregorio, aquél pedernal de roca enhiesta, se descorazonó ante el pensamiento sólo de saberse abandonado. Envuelto en el manto de su inocencia y cegado por la luz prístina de sus ilusiones no se había cuidado del olvido, ni reparó en la maldad.

 

     Cuando mas  tarde la amada arreaba definitivamente sus heraldos de pasión y se perdía en el silencio y el olvido no la culpó, ni la maldijo. Por el contrario se avergonzó de si mismo. Temió por la pureza de sus sueños, que se sospechara de su honradez emotiva y que se desvaneciera aquél ideal del amor que era el sostén de su vida. Se recriminó de no haber anegado a la amada con el caudal de todas sus luces y de no haberla cautivado en aquella morada brillante  de su ensueño azul. No se consoló del olvido de no haber vaciado en los tibores de su cariño con toda la áurea riqueza de sus refulgentes ilusiones. Sin embargo en esta desgracia Juan Gregorio encontró no se que sabor de felicidad y su alma atormentada reverberó como un diamante Negro en cuya embriaguez nostálgica la imagen de la amada vivió engarzada como una perla inefable. Y volvió así, otra vez, aquella Venus divina y virginal acaso inconcientemente perversa y fatal a ser el ídolo de un idilio extinto. Pero de  un idilio en el que la mano del engaño no asomaría su mano torva.

 

     Al contrario del dolor Juan Gregorio tornose otra vez aguerrido y místico, extremadamente meditativo. Sólo y abandonado volvió su mirada al Ande, su maestro excelso, invencible e inmutable, clemente como todopoderoso inaccesible. Y se abrazó a su osatura gigantesca en una sed de llanto y consuelo. Se desahogó con desborde hasta hacer brotar de su corazón linfas cristalinas y especulares como aquellas aguas impolutas que destilan de la corteza nívea de la cordillera, en un afán eterno de purificación. Prendido en la escamadura de su riqueza se abatió ante la roca furioso de lucha y de sacrificio.

 

    Su maestro el Ande le exhortaba a vivir solo, pero su corazón se ahogaba de aflicción. Desde su cima augusta veía a su maestro levantarse la tempestad y sabía de que elementos se formaban. Por eso no las temía y se detenía en medio de la tormenta. No sabiendo de las ciénegas la moral del Ande era inexorable. No sabía del engaño porque no tenía matorrales donde se aposentaran las serpientes y era inaccesible en su cúspide donde solo se llegaba volando como el ave y no arrastrándose como la oruga. Su maestro el Ande estaba acostumbrado al olvido. No huyeron del paisaje la primavera fragante, el alba impoluta y los vésperos alados?. Y sobre su orfandad solitaria no se desencadenó  la tormenta y el rayo no destalló en su frente incendiando sus más bellos ensueños de amor? Sin embargo ni se consumía ni se afligía. Nunca siguió a sus amantes. Ellas volverían. No quiso jamás quemar sus plantas en aquellas huellas de ingratitud no obstante saber que el granito se lustra en la tormenta y no se encharca en el lodo. Y exhortó a Juan Gregorio acudir al olvido. Olvida a la mujer, no olvides el amor, le decía. El olvido pone un manto de misterio al pasado, borra las sombras de la ingratitud y da al amor una aureola de santidad. Por eso olvidar a la mujer amada hasta es una forma de adorarla.

 

   Trepó a lo más alto de las cumbres para medir desde allá la extensión y profundidad de su desgracia. En la cima su cerebro despertó y se apagaron en aquella atmósfera todas sus llamas de pasión erótica, volaron sus recuerdos como aves azotadas por el cierzo.

 

    Anhelaba descubrir el germen morboso del mal y sorprender la gestación del engaño y olvido para extirparlo y aniquilarlo. Haber sido herido por el amor no era una razón para temerlo, antes bien había un deber de proteger la inocencia y la ventura de las almas.

 

Cuando la brutal realidad del olvido le advirtió el alejamiento definitivo de Milushka se creyó morir; apartó la vista de su conciencia, huyó de la montaña; luchó con la persecución fatal del recuerdo; borró el paisaje azul-albo de sus ilusiones y ensueños donde a señorear volvía la imagen tentadora, abrió las esclusas de sus termas interiores para evitar que en sus ondas volviera aquella figura venusina a deslumbrar con su desnudez y a vencer con su hechizo. Puso velos a sus cielos límpidos y especulares para que en ellos no volviera a serpentear las luces mágicas del fuego de aquellas pupilas ígneas y febricitantes. Quemó sus bosques sagrados para ahuyentar la emboscada del pecado y escapar al embrujo del cántico matinal de las alondras. Taló sus jardines, volcó sus maceteros, rompió ánforas para acallar el deseo abrasador que otrora la lujuria de los estambres de las flores en sus efluvios voluptuosos.

 

       Habituado al análisis implacable de su conciencia acometió al extraño fenómeno de su dolor con una voracidad inclemente. Hizo sondeos peligrosos, sumersiones exacerbantes, difíciles y atrevidas en el agitado piélago de su alma. Agudizó su facultad cenestésica y rastreó en lo extraconciente con un fervor salvaje, rozando la maleza y arrancar de raíz los últimos vestigios ocultos e inhibitorios. Y puso disqués  a las mórbidas manifestaciones de su supremacía, a sus desplazamientos fallidos; purificó su contenido nítrico y curó su malestar hipnagónico y subyacente. Violentó su contenido y forzó la inducción; llevó la introspección hasta el enervamiento, desmenuzó el fenómeno y despejó el engaño de la ilusión y la fantasía de la alucinación, eliminó de su mente la persecución eidética, fatal e inclemente en el que la imagen de la amada asomaba en todo su sortilegio tentador de belleza ineluctable. Seccionó las vértebras más caras y amputó los miembros más hermosos infectados por el virus del engaño, lacerados por la fuerza del dolor. Con mano firme y severa cortó y arrojó quistes, hizo lavados corrosivos y astringentes. Disoció las más bellas concepciones de su amor y enhebró sus dispersas ilusiones en síntesis simbólicas. No fue menester en esta tarea el auxilio de la anestesia. Sobrábale valor y estímulos para resistir la acción demoledora del análisis y la obra destructora del bisturí. Vencido por el vértigo de la expiación y la sed de martirio no se amilanó ni ante la disección de todos sus ensueños ni ante la ruina total de toda su vida.

 

       Algunos años después y tras un largo período de renuevo y construcción Milushka se preparaba a renunciar su vida célibe. Despaciosa y largamente, meditando con empeño de filósofo y afán de artista se proponía cultivar en los campos fértiles del matrimonio nuevas plantas de ilusión, ansió introducir nuevos cánones y hacer brotar de aquellos surcos frutos nuevos, dar al mundo el perfume de flores adorantes y lozanas sin los melifluos tonos y decaído vigor de las plantas de invernadero.

 

      Urgida por su sino y expuesta en el vértigo de su fantasía nómada y luchadora, vivía acosada por la curiosidad y el misterio. Le tentaba el matrimonio; aquellos graves problemas que yacían en la incógnita le apuraban y esperaban. Desde su posición liberal y democrática había combatido los estrechos campos en que se debatía el matrimonio y tratado de dar vida a aquella institución social que languidecía y expiraba en las fauces de tremendos prejuicios. No obstante su prédica audaz, incisiva y constructiva quería dar el ejemplo: prefería el poema que se vive al que se sueña y por eso haría de su vida un drama. No acudiría al matrimonio con aquellas necedades vulgares de resolver un problema social ni de llenar una exigencia protocolaria, se encaminaba a reformarlo y a militar en aquellas filas, imbuida de renuevo y reforma. Si bastante le era conocido el prólogo de su obra no sabría de cuantas partes habría de ser el drama a vivir aún cuando su hábiles manos tuvieran ya esbozado la trama, aquella trama que resumía su pasado grandioso y glorioso y que encarnaba sus sueños de mujer moderna animada de los encantos femeninos de su sexo y de las fantasía excelsa de su espíritu selecto. Los celos, el hastío la incomprensión, el cambio, el divorcio y el adulterio desde su forma ideal hasta el hecho brutal reclamaban una mano experta que le señalara la ruta de la felicidad, de la virtud y decoro. Y Milushka extendía su diestra armonizadora y ofrendaría su exquisito corazón para labrar un edén conyugal libre de las taras y mezquindades en que hoy se debate.

 

No sería ella una nueva hurí ni su esposo un Sultán de un minúsculo harén. Tampoco estaría en su plan el tipo de las Cornelias romanas, las Románticas de Tolstoy, las Rutinarias de Balzac, lo prosaico de mujer inglesa y alemana o lo aritmético de la yanqui y lo teatral de la mujer latina. Otro era el esquema de esposa y el del matrimonio que a diario plantea la crisis actual y que con marcado acento recusa el concepto de maquinaria conyugal o de idilio poético. Más humano y menos platónico son las exigencias actuales y toca a esta generación estructurar una institución matrimonial donde el ensueño del amor no fracase ni las energías humanas se emboten en la concupiscencia, malogrando los estímulos de la aspiración y el trabajo y restando vigor a las energías sociales que reclaman el progreso.

 

      Lo complejo del matrimonio y el problema de la familia atraían con voracidad, psiquismo o fisico-quimismo que en extraña convulsión le empujaba a la fusión del protoplasma. Sabía que en aquél estado de coloide o catálisis, se angostarían sus células, pero tendrían el orgullo y la conciencia de asistir a la creación de un nuevo mundo: la familia, organismo que a su parecer urgía educar desde las primeras convulsiones del ser en las entrañas maternas. Como habría de gozar en esta concreción. Verse proyectado en un nuevo ser, trasunto de su felicidad y de su ideal, señalarle el sendero del bien y nutrirlo de su doctrina y la poesía venerada y acariciada. Qué Fuentes de placer y qué voluptuosidades le esperaban? Con impaciencia esperaría el retoño de su ser y cuanta imaginación derrochaba al pensar si en la Mirada y sonrisa de su hijo habría más que el aporte bio-síquico de sus padres sino también el lejano esplendor de sus luces y apasionados amores y la dulce semblanza del amante que transfundiendo su ser, convulsionándolo hasta la epilepsia y el éxtasis. No sin razón pensaba que el amor transfunde al amante en el ser amado y que la pasión crea un estado indeleble en el ser; pero, debería ser un amor y una pasión grande y avasalladora, capaz de imprimir una tonalidad eterna en el alma y de perennizar una sensación en la carne. Sólo así y entonces éstos estados devendrían en herencia, por haber encarnado y se transmitirían a la posteridad con la fuerza potente que lo creó. No dudaba que tales delicias le esperaban y lo anhelaba sin temor, sin sentirse culpable de infidelidad, porque honradamente estimado sólo a ella le pertenecía el tesoro de su pasado, aquél tesoro forjado por sus manos de orfebre y su alma de artista.

 

     Qué suaves, pías y filiales satisfacciones le esperaban?. Toda su vida de mujer amante y artista habría de reflejarse en su hijo. De no tener el programa de sus ideas y principios un buen día diría a su hijo: en la formación de tu ser hay más que tus padres carnales, están las almas que adoré y me adoraron imprimiendo en mi naturaleza ritmos alados de fantasías y emociones de la más rendida pulcritud y distinción. Pero acaso, si tal declaración fuera de su plan de mujer de acción y combate, no tendría el motivo de acallar ocultas satisfacciones de proclamar que en la paternidad de su hijo entran sus más caros amantes. Tal revelación, por avanzada y molesta, ni siquiera tendría la novedad de la invención, puesto que es axiomático que en medio de la cultura y sociabilidad una generación se debe a otra en su prolongación, cultura e influencia. Ya en la antigüedad se recomendaba a las madres grávidas de tener a la vista modelos de arte y belleza para forjar con su influencia la euritmia del nuevo ser. Pero no sé porque en Milushka se radicaba con tal fuerza aquella influencia. Sin duda que su rica imaginación y recia naturaleza guardaban con esmero su pasado poema como un escenario panorámico en el cual se desenvolvía su mundo interior y del cual saldrían sus frutos trasuntando a la belleza captada en sus horas de arrobo y floración y dando a revivir el pasado idilio genitor de nuevos y dulces placeres. Esta visión del futuro debería darle la satisfacción de hechizo, llena de nuevas reminiscencias y de melodiosas vibraciones del pasado. Su hijo sería el diapasón de aquél arpegio divino, de su corazón y cada una de sus modalidades le pondría de hinojos ante el recuerdo, por lo que la evocación es la adoración del pasado. Pero el pasado tiene el milagro de ser vivo y presente pasado. No. En Milushka el pasado tiene el milagro de ser vivo y presente. Viven en ella sus impresiones en actualidad de concierto y melodía y tienen la virtud de manos providenciales. Y su pasado y sus horas de amor vividos otrora seguirían embelleciendo su vida y moldeando a los seres que salen de sus manos y entrañas.

 

       El mismo Juan Gregorio se encontraba absorto ante las nuevas preocupaciones que estremecían a Milushka y también ansiaba verla formando familia, llevando a la práctica sus ideas y experiencias, perpetuando aquél ser de distinción y excepción. Ansiaba saberla madre para ver como germinaría en ella aquellos grandes y nobles sentimientos que sabia alimentar y que sin duda le sublimarían dando a su frente aquella aureola de santidad.. Le acusaba el interés de ver la nueva simiente y de observar si en tal obra reconocía sus caracteres vaciadas con generosidad en aquella ánfora de su madre. No sé que extraño derecho de paternidad inquietaba a Juan Gregorio. Paternidad espiritual y metafísica in disputada e indisputable, más  legítima y más noble. La única de la que se puede tener orgullo y no dudar.

 

     Harta de teorías, acabado los esquemas y diagramas de su nueva vida, cumplida su tarea de prédica y después de haber ofrecido los abundantes frutos de su intelecto ansiaba arrancar a su vientre virgen frutos de selección capaces de continuar y superar su apostolado. Nada sería estéril en su ser. Todas sus facultades deberían dar su fruto, pero darlas con amor, con arte, con la clara conciencia de que se goza y crea.

 

     Promediaba la estación veraniega en la capital y aquella mujer paradojal que tuviera el gusto de escoger el periodo solar, como aquellas mariposas que solo abren las alas a la luz, tenía el capricho de casarse. Porqué? Ella lo sabía era el primer paso de su obra de rendición.

    El mundo no es un carnaval ni Milushka quería embriagarse de él. En medio del barullo de un primer día de carnaval daba el comienzo del orden. Ante los altares de un templo que como alumna frecuentara, sus hombros recibieron el yugo conyugal de manos de un anciano y amigo sacerdote y sus dotes quedaron bajo la argolla del anillo que las manos temblorosas del esposo colocaran. Juan Gregorio asistió a aquella extraña ceremonia. Desde su retiro lejano, noticiado por las crónicas locales…