|
los costados de pie Resbalo de mis campanarios
manoteando un huerto
de manzanos y uno que otro muerto
tan querido que me abotona las camisas. “Tendrás la vida, la muerte”, me dijeron, no me dejaron elegir
el oficio. Me saco un hueso y se
lo muestro a la luna para ver si la boba
se enamora, para comprobar que
fui hecho de blancores profundísimos. La esperanza me
despacha un número, una vigilia donde un
piano da gracias por los dedos recibidos, y yo casi me pongo a
llorar de la emoción. He caído de mis
campanarios y de mi cama; he caído de mi
cáscara, que aún me sangra. Pero no acepto que
pretendan notificar mi defunción. Pongo mis costados de
pie, junto lo que queda de
mi lengua y me pongo a cantar
sobre las crines de un hospital, sobre el domicilio de
un derrumbamiento. Es implacable el
oficio de estar vivo, pero mi casa no está
en venta, ni me alquilo. |