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¿Qué clase de amor era el suyo? Quisiera olvidar sus palabras, acostumbrarme a
que no eran más que eso: palabras, juegos del aire. Pero no puedo dejar de
pensar en lo que María Elena solía decirme cuando estábamos a solas, luego de
hacer el amor, ella descansando entre mis brazos, tibia y húmeda como un mar
de flores amarillas: -Te amo. Te amo de una manera transparente, como si nosotros
hubiéramos inventado el amor. Mientras tú me ames yo haré de la vida un lugar
para amarte y estaré junto a ti. Y aún si no me amas, te amaría igual. Este amor
que siento por ti me hace capaz de vencer cualquier cosa, porque no deseo
sino estar viva para amarte. Algún día Dios sentirá envidia de cómo te amo. El día que le dije a mi madre, entre tazas de té y rodajas de pan
casero con manteca y mermelada de higo, que estaba decidido a casarme con
María Elena, se puso muy mal. El corazón pareció acelerársele hasta lo
imposible. Respiraba espantosamente, se ahogaba. Nunca la había visto
así. Temí que se muriera. Me dijo que no le parecía justo que después de cuarenta
años de haberme educado, de haberme dado todo, de haberme cuidado como a un
ángel, yo decidiera darle mi amor a una desconocida que quien sabe si me
amaba lo suficiente. Le respondí que hacía ya tres años que conocía a María
Elena y traté de mostrarle que ella realmente me amaba. Mi madre argumentó
que tres años no eran nada contra todo el tiempo que ella había estado al
lado mío, haciendo siempre de madre y de padre para mí. Supongo que tenía razón. Llegué
a pensar que era un traidor, un mal hijo. Pero no podía dejar de sentir que
mi destino estaba junto a María Elena. Lo había sentido así desde la primera
vez que entré a una tienda para
comprar un hilo azul y ella me atendió
con esos ojos brillantes e inquietos y esa sonrisa deliciosa que siempre tuvo.
Así fue como después –hasta que luego de meses de juntar valor y
desesperación la esperé a la salida del trabajo para invitarla a tomar un
café- volví una y otra vez a comprar cosas innecesarias que escondía debajo
de las tablas del piso de mi cama. No me atrevía a dárselas a mi madre porque
me regañaría por malgastar el dinero. Tampoco me atrevía a tirarlas porque
eran cosas que habían sido tocadas por sus manos. A veces sacaba un alfiler o
un elástico y me los pegaba con cinta adhesiva debajo de la ropa, para sentir
que la tenía cerca de mí. El día que le hice a mi madre la confesión de que
uniría mi vida a la de María Elena, llevaba un botón naranja pegado sobre uno
de mis brazos. Mi madre no quería entender razones. Al final, ya convencida de lo irreversible
de mi decisión, me pidió que invitara
a cenar a María Elena y si ella comprobaba que el amor de esa muchacha era
tan fuerte como decía, entonces ella no se opondría. Acepté. En primer
lugar porque a María Elena le encantaba cómo cocinaba mi madre, a pesar de
que pocas veces había venido a casa. En segundo lugar, porque para quien
observara a María Elena, para quien la escuchara, era imposible no darse
cuenta que realmente me amaba con un amor a toda prueba. Esa noche, tras un breve aperitivo, mi madre sirvió una sopa de queso
roquefort y cebolla, que era mi preferida. El plato principal era uno a base
de papa, queso, nueces y damascos, que era el preferido de María Elena. La
sopa estaba deliciosa. A María Elena también le pareció lo mismo. Pero a la
tercer cucharada su cabeza cayó sobre el plato, salpicando todo a su
alrededor. Me asusté. Miré a mi madre y se sonreía con esa sonrisa que solía
usar para decir, sin hablar, que ella tenía la razón. Levanté la cabeza de
María Elena y me di cuenta que pesaba mucho. Miré nuevamente a mi madre y
continuaba sonriendo. Dejé caer la cara de María Elena entre la sopa. Le
toqué el cuello buscándole algún latido, pero era obvio que estaba muerta. Me
molesta tener que admitirlo, pero mi madre tenía razón. El amor que María
Elena tenía por mí no era tan fuerte como decía. Ni siquiera le sirvió para
soportar un poco de veneno en la sopa. |