blasfemia

Quiere el diente enamorarse de la fruta,

crecer quiere la bengala hasta ser sol,

pero los vasos vociferan sus quebrantos

y los péndulos de galgos tan voraces atraviesan el alba por su centro.

Entre madrugadas de alcoholes tumularios

los hombres blasfeman de sus mujeres

con predicados afligidos y profundos.

Remonta el síntoma su taxidermia por donde cruza un estampido,

un oleaje de carbones,

una altura metálica y salivosa.

Los hombres entonan su palidez,

las pestañas intermitentes donde se agolpan postes,

pedruscos de corrosivo golpe.

Pezones rojizos y filosos ondean

como estandartes vigorosos y tristíceos.

Con las venas en trenzados aquelarres

tantean la humedad desmesurada

sabiendo que la vida está obligada a correr

como corre un cuchillo por un cuello.

Entre enésimas paredes ojerosas

y estaños que podrían morir de pena,

los hombres blasfeman de sus mujeres,

del dolor de existir solitariamente en madrugada.