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blasfemia Quiere el diente enamorarse de la fruta, crecer quiere la bengala hasta ser sol, pero los vasos vociferan sus quebrantos y los péndulos de galgos tan voraces
atraviesan el alba por su centro. Entre madrugadas de alcoholes tumularios los hombres blasfeman de sus mujeres con predicados afligidos y profundos. Remonta el síntoma su taxidermia por
donde cruza un estampido, un oleaje de carbones, una altura metálica y salivosa. Los hombres entonan su palidez, las pestañas intermitentes donde se
agolpan postes, pedruscos de corrosivo golpe. Pezones rojizos y filosos ondean como estandartes vigorosos y tristíceos. Con las venas en trenzados aquelarres tantean la humedad desmesurada sabiendo que la vida está obligada a
correr como corre un cuchillo por un cuello. Entre enésimas paredes ojerosas y estaños que podrían morir de pena, los hombres blasfeman de sus mujeres, del dolor de existir solitariamente en
madrugada. |