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la noche del fuego eterno Una mujer desclavada de su cuerpo da veinte campanadas entre mis huesos negros. El agua es capaz de dar miradas que pueden ignorar o enmudecer el hambre de
los perros. Se sienta la mujer a mi mesa, me danza con la lengua, me dispone descabelladamente entre clamores
que tienen prisa. El cielo dispara grietas que no
entendemos, luces furiosas como leones destemplados. La noche nos pide no tener espaldas, no tan calladamente, no sin juncos ni palmeras. “Es terrible la tristeza”,
dice. “Yo hago mejor el amor cuando estoy
triste”, digo y me persigno. Le despierto un nudo debajo de una flor, la devuelvo a sus mejores adjetivos. Me arranca de mis soluciones y escalo con un significado que ya no se parece a nada de lo que llevaba
en mis maletas. El cuerpo tiene caminos impensables, designios que cumplimos fiel y
salvajemente hasta enloquecer a gritos de placer y tener ese olor incomparable que tienen las putas que sudan
descaradamente, que tiene el dinero robado a los mendigos. Al final de la botella, sobre el espasmo de una ojera, nos juramos amor eterno; el mismo que a la maņana nos obliga a despedirnos para siempre. |