la noche del fuego eterno

Una mujer desclavada de su cuerpo

da veinte campanadas entre mis huesos negros.

El agua es capaz de dar miradas

que pueden ignorar o enmudecer el hambre de los perros.

Se sienta la mujer a mi mesa,

me danza con la lengua,

me dispone descabelladamente entre clamores que tienen prisa.

El cielo dispara grietas que no entendemos,

luces furiosas como leones destemplados.

La noche nos pide no tener espaldas,

no tan calladamente,

no sin juncos ni palmeras.

“Es terrible la tristeza”, dice.

“Yo hago mejor el amor cuando estoy triste”,

digo y me persigno.

Le despierto un nudo debajo de una flor,

la devuelvo a sus mejores adjetivos.

Me arranca de mis soluciones

y escalo con un significado

que ya no se parece a nada de lo que llevaba en mis maletas.

El cuerpo tiene caminos impensables,

designios que cumplimos fiel y salvajemente

hasta enloquecer a gritos de placer

y tener ese olor incomparable

que tienen las putas que sudan descaradamente,

que tiene el dinero robado a los mendigos.

Al final de la botella,

sobre el espasmo de una ojera,

nos juramos amor eterno;

el mismo que a la maņana

nos obliga a despedirnos para siempre.