pozos profundos

 

En un entramado de huesos y cemento

una mano enloquece

persiguiendo la magnífica huella del mar.

Es necesario estar prevenido:

no hay mejor forma de quitarle la vida a un pájaro

que amarlo demasiado.

Un hombre con corazón de cedro palpita desacompasado;

la sonrisa asimétrica,

 asimétrico también el miedo, por fortuna.

Él hace una soga con restos de agua

y juega a enlazar pozos profundos

donde se esconde la prueba de un delito

que aún no ha sido cometido, pero lo será.

En una ciudad llena de ventanales

descubre una triste mirada detrás de largas pestañas

y luego a una mujer tan bella como el llanto

o como el ojo con que llora.

No hay ninguna duda,

sus piedras se han convertido en pálidos cristales.

Él confirma que la ama

como un músico a su instrumento.

Entonces ella se da cuenta

que una telaraña puede ser más efectiva que una guillotina,

que nunca ha visto a un violín dar acordes sin que alguien lo ejecute.

Ésta última palabra

le dibuja sobre el hombro

una hormiga de pólvora.

Él repite una vez más su amor

y hace estallar un sol inmenso.

No, no tanto.

Apenas un trozo de luz, chamuscado,

cayendo a los pies de ella

como un arco iris atragantado por un cuchillo.

Lo demás son pájaros sin vida.