desvelo

Mis manos cual rastros ensangrentados

penetran las frases

como a un estupor sin potestades.

Jalan de mi escondite los besos tumefactos

al son de los edificios

y del lugar oscuro donde fui niño

y me hice hombre

o piedra en pena.

En la vertiente de un habitual eclipse

mi respiración toma una distancia de ébano y desaire.

La tierra con la que se cimienta al hombre

ha sido apaleada brutalmente;

los insectos y los arcángeles comparten la vergüenza.

El irreversible curso de los relojes

ejercita sus fusiles contra mi tórax

mientras el paladar es estuprado por alfileres.

A mi costado el mundo se agita como una ola

y el cuerpo de ella está en el inventario

donde descansa la penumbra de la habitación.

He dicho que es su cuerpo

y no logro saber

si es el suyo o el de otra.

No pongo los ojos en acto,

tampoco la pregunta;

sólo poseo una sospecha y no me importa.

“Lo único importante

es no morir de frío en una noche como esta”,

recuerdo que a orillas de junio

dijo la desnudez de un cuerpo.

Repito yo esa frase

mediante gestos voluptuosos.