Ella no ha
entendido nada
Hace unos días la he vuelto a ver. Se sorprendió, como si acaso ese
encuentro casual fuera algo totalmente imposible. Pude darme cuenta entonces
que ella no había comprendido nada de nada, que tal vez nunca comprendería.
En definitiva, todo seguía igual que cuando rompimos y ella cruzaba frente a
mi edificio, mirando hacia mi apartamento con una mirada que aún en el
recuerdo más borroso me provoca escalofríos. Cometió ese error que cometen las mariposas al acercarse demasiado
a una llama encendida. Ella tomaba sus
primeras clases de Filosofía en la Facultad. No puedo creer que le haya
seducido yo, un cansado y oscuro profesor treinta años mayor que ella. Creo
que le sedujo la ilusión de con un poco de amor podría salvar a un hombre,
sacarlo de su pesimismo, de sus tinieblas. La sedujo la tonta creencia de que
el amor todo lo redime. No tuvo en cuenta que una tarea así seguramente estaba más allá de sus
fuerzas. Traté de advertírselo algunas veces. Por lo menos al comienzo. Luego
creo que la fui dejando hacer, sólo por el placer de verla fracasar. No tuvo
en cuenta que esta larga eternidad de bares y comida barata, que toda esta
eternidad de dudas y cinismo no podía
haber pasado sin dejar su huella. Se entregó de una manera verdadera y absoluta. Yo, en cambio, jugaba
como juega un animal que acaba de cazar un insecto que ya no puede escapar.
Ella estaba cegada por una ebriedad
tan absurda como peligrosa. Creo haberle recordado que el amor es ese estado
que hace que el hombre vea las cosas como no son. Supongo que fue en vano. Y luego de deliciosos juegos de palabras terminamos una tarde en mi
habitación, desnudos y jadeantes entre el olor a tabaco de pipa que se ha
adherido a cada cosa de mi universo, incluida mi ropa y mi piel. Su inocencia
incluyó ese sabor achocolatado dentro de su fascinación. Hubo otras noches
más en que se sintió toda una mujer por estar junto a un hombre mayor. Por mi
parte, volví a comprobar que la Filosofía seguía siendo más útil para
llevarme jovencitas a la cama que para ser feliz. Pero no dejo de reconocer que su mirada transparente y enamorada me
llenaba de miedo. Podía ver allí, como en la forma en que a veces preparaba
un café o una salsa, que había entre nosotros una distancia infinita que
nunca terminaríamos de cruzar. Ella
pertenecía a un mundo de luz al que me era imposible acceder. Nunca la amé,
es cierto; pero quise hacerlo y lo hubiera logrado si hubiera existido alguna
esperanza. Temí que un día despertara de su ensoñación y terminara huyendo de
ese espejismo que ella se había inventado. Fue así como, por temor a que huyera de la verdadera degradación de mi
alma, se me ocurrió decirle todas aquellas barbaridades que había pensado
meticulosamente para lastimarla como nunca lastimé a nadie. Se sintió sucia,
asqueada, traicionada, envilecida. Se sintió manoseada, un trapo maloliente
en el que un hombre hubiera dejado caer su semen. Los días siguiente no la vi en Facultad.
Una semana más tarde recibí un llamado suyo con una voz quebrada y
angustiosa. -Deja mis cosas con el portero, así podré pasar a buscarlas. -¿Eso quieres? –pregunté sólo por ejercitar mi despiadado
personaje, por ver cómo se quebraba una vez más. -Creo que es lo mejor, ¿no? –respondió ella comenzando el llanto
y esperando que yo tratara de devolvernos al paraíso perdido, al menos a ese
que había existido en la pureza de su amor. -Bien; si así lo deseas, así lo haré –respondí y colgué sin
decir ninguna palabra más, sin siquiera darle lugar a utilizar sus lágrimas
como chantaje o como desahogo. Al día siguiente la vi pasar por la vereda frente a mi edificio. No
era extraño pues ya antes de conocernos ella volvía por allí a su casa luego
de trabajar. Miraba hacia mi departamento con una mirada angustiosa, que
mostraba que algo dentro de ella se había quebrado. Durante unos días
permanecí mirándola desde mi ventana a oscuras, sin que pudiera verme. Sus
ojos parecían preguntar cómo era que yo fui capaz de tanta maldad, de haberle
despedazado el alma. Ahí comencé a comprender que ella no había entendido
nada de lo ocurrido. Luego opté por salir al balcón a la hora en que ella
pasaba. Entonces se ponía a llorar y
caminaba mirando el suelo, agachando la cabeza para que los otros peatones no
vieran su cara humedecida. Terminé de convencerme de que no había comprendido nada porque a los
pocos días dejé de verla pasar por
allí. Yo la extrañaba, supongo que como extraña un perro alguien que acaba de
perder el suyo y nunca ha tenido uno anteriormente. Pero terminé por
acostumbrarme nuevamente a mis cenas solitarias y a tener otra vez todo el
tiempo del mundo para trabajar. Hace unos días fui a comprar un medicamento a una farmacia de mi
barrio -unas calles más abajo de donde vivo- y cuando iba a entrar me crucé
con ella que pasaba. Había cambiado su recorrido. Sus ojos se asombraron como
si se hubiera cruzado con un monstruo inexplicable. Yo no pude más que
lamentar que aún siguiera sin comprender. No me atreví a cruzar palabra con ella, me pareció un acto
inútil y que podía acabar en un escándalo. Ahora,
aunque no ha regresado a los cursos de la Universidad, ha vuelto a caminar
por la vereda frente a mi edificio. Pero ya no mira para aquí, hacia el
séptimo piso donde yo la observo en la penumbra, sin que me vea, fumando este
tabaco que tanto le gustaba. Soy yo el que ahora la mira tratando de
preguntar por qué maldita razón no comprendió que si aquella noche le partí
el alma a tablazos, que si le llené todos sus dulces sueños de una oscuridad
abominable, fue para que de esa manera ella pudiera estar un poco más cerca
de esta cosa oscura y sin felicidad en la que me he venido convirtiendo poco
a poco; para que su alma, al fin oscurecida, se acercara más a la mía y
pudiéramos así eliminar esa distancia que hacía de nuestro amor una cosa
sórdida y sin futuro. |