de nuevo esta hora...

 

De nuevo esta hora como una paloma diminuta,

como ropa abandonada en el suelo.

Las quillas de los barcos me asoman en la espalda

y me arrastro por los pasillos de los hoteles,

que parecen una bruma descubierta mudamente,

embalajes ocasionados por una mudanza.

Me arrastro furibundo y dolorido como un ojo traicionado.

He crecido entre pocillos de cartón,

amaestrando poleas y raíces de silicio,

permaneciendo en los cines como un herrumbre,

mendigando en las cerrajerías,

repujando caras de dragones en la harina,

durmiendo en las estaciones de los trenes,

aprendiendo que los muertos se inquietan cuando no beben té,

cuando el consuelo llega como un trapo sucio.

Nerviosamente soy regido por los pasamanos,

por los saxofones que gritan espumas concéntricas.

Me ilusiona la templanza de los sastres,

de los obeliscos, de las enfermeras y los domingos.

Pero no olvido que Dios dijo “hágase la luz”,

porque él no era la luz.

Nosotros heredamos la oscuridad,

los volcanes abiertos como arterias derramadas,

las hojas de afeitar en medio de un beso.

Dios en esta hora es un vegetal en salmuera.