Los cuchillos
Ambos miramos la noche que entra a
bocanadas por la ventana. Es seguro que no vemos lo mismo. No entiendo como
mirar la noche no te da ganas de salir corriendo, de abrazar a cada uno que
pasa por la calle y pedirle que te cuente su historia, o tratar de subirte a
las ventanas iluminadas y olisquear las vidas ajenas. La noche me pone
contento. Pero a ti no. Seguramente no vemos lo mismo cuando miramos la
noche. No se me ocurre otra
manera de explicar por qué tenemos tan distintas sensaciones. La noche te pone débil, frágil. Es como si el alma se te
entorpeciera por motivos astronómicos. Entonces dejas abandonados tus libros
infinitamente abiertos sobre la mesa a la espera de que tomes algún apunte en
los cuadernos donde anotas las poesías que te escribo y te recuestas junto a
mi. Justo como estas haciendo ahora. Y
una y otra vez me preguntas por cosas absolutamente insolubles e
inexistentes. Me preguntas por el futuro. Insistes en que te gustaría que yo
me decidiera y finalmente viviéramos juntos. Lo dices de nuevos como si acaso
ya no lo hubiera escuchado cien millones de veces. Acaso tantas como las que he visto esta publicidad que
pasan por televisión y en la que me concentro porque no tengo nada para
decir. Me preguntas qué es el futuro. Yo entonces siento ganas de
levantarte con una mano y colocarte contra una de las puertas. Iría a buscar
una preciosa caja de madera, tal vez con forrada por dentro con fieltro rojo.
Sacaría de allí doce cuchillos filosos y punzantes y los comenzaría a arrojar
como hacen los que lanzan cuchillos en los circos. Pero esta forma de
explicarte mi idea del futuro es peligrosa pues siempre que lo pienso tengo
la tentación de hacer que alguno de los cuchillos se clave en alguna de tus
partes vitales. Así que te beso a cuenta de otro beso. Te desbordo de principios,
de una desmesura tibia y enternecida. No digo ni una sola palabra. Prefiero
este lenguaje primitivo donde la piel siempre da buenas razones. Entonces tú
te prefieres quedarte de pie en la ventana, poniendo toda la noche en las
espaldas. En fondo se parecen tanto, que tal vez no te guste mirar la noche
porque tienes miedo de mirarte a ti misma. Te escucho agregar más razones como quien agrega agua en
una jarra para poner flores. Lo haces con ese desgano amaestrado con que se
hacen cotidianamente un montón de cosas inútiles. Te escucho hablar
nuevamente sobre el futuro. Como siempre, mezclas los temas y terminas
hablando del amor. Yo te calmo a fuerza de besos pequeñitos y sonrisas que se
te prenden del cuello. Tus labios se abren como un horizonte y tus piernas
son una forma inesperada del sol. La verdad es que no sé cuanto más pueda
llevar esto a fuerza de poemas y sin hablar. Pienso que tal vez mañana tenga
que dedicar un poco de tiempo a buscar
dónde venden esos cuchillos como los que usan en los circos. |