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el monstruo marino Me endurece la piel armar collares
de arena, componer cajitas de música para
muñecas mutiladas. Me endurece la piel la vida, esta historia diaria que la historia dejará en olvido. Tengo manos de niño cuando quiero
sepultar al cielo, manos de relojero enamorado cuando palpo con apetito al tierno
prójimo, ese deseo sometido al enigma que es
el otro. Yo soy y eso es lo cierto; la verdad está hecha de cosas
pasajeras, paradojas de risas como piedras. Vivo, es decir, transito con la carne
calcinada. Es cuando no puedo amar sin ejercer
la antropofagia que me siento lejano, completamente impenetrable, completamente imperdonable. Me pregunto qué será el amor cuando no estemos atravesados por
el fuego y tengamos la medula sin desbordes. Acaso quedemos convertidos en lejanas fotografías que
transpiran inútiles sonrisas, convertidos en sueños postergados, defunciones anticipadas, piadosas obligaciones. Me pregunto cómo será la vida -si es que es- cuando tengamos el rocío cansado y la muerte mucho más crecida, casi ahí, tocándonos el hombro. Ser es ser un monstruo marino. Rectifico, ser es ser un
ángel con una sed insaciable. |