el monstruo marino

Me endurece la piel armar collares de arena,

componer cajitas de música para muñecas mutiladas.

Me endurece la piel la vida,

esta historia diaria

que la historia dejará en olvido.

Tengo manos de niño cuando quiero sepultar al cielo,

manos de relojero enamorado

cuando palpo con apetito al tierno prójimo,

ese deseo sometido al enigma que es el otro.

Yo soy

y eso es lo cierto;

la verdad está hecha de cosas pasajeras,

paradojas de risas como piedras.

Vivo,

es decir, transito con la carne calcinada.

Es cuando no puedo amar sin ejercer la antropofagia

que me siento lejano,

completamente impenetrable,

completamente imperdonable.

Me pregunto qué será el amor

cuando no estemos atravesados por el fuego

y tengamos la medula sin desbordes.

Acaso quedemos convertidos

en lejanas fotografías que transpiran inútiles sonrisas,

convertidos en sueños postergados,

defunciones anticipadas,

piadosas obligaciones.

Me pregunto cómo será la vida 

-si es que es-

cuando tengamos el rocío cansado

y la muerte mucho más crecida,

casi ahí, tocándonos el hombro.

Ser es ser un monstruo marino.

Rectifico,

ser es ser un ángel con una sed insaciable.