EL MARTILLO 
Cuando el trabajo, cuando lo cotidiano 
nos va y nos va golpeando, 
se abandonan los bellos disfraces con que un día 
jugamos a inmortales. Y el alma queda en nada. 
Y el hombre es sólo humano, repetible, cualquiera, 
anónimo y sagrado. 

 

Cuando el martillo, cuando lo duro y terco 
con tacto y metal seco 
ataca destellante, declara hasta la estrella, 
claro y seco, sonoro, totalmente inmediato, 
lo mínimo y precioso del centro diamantino, 
señala en mí el destino. 
Dando en el clavo, dando en firme verdades 
de claridad constante, 
pulveriza implacable la ganga de ideales 
y el yo que se inflacciona y espesa gasa a gasa 
la opacidad que esconde, durísima, en el fondo, 
mi pequeñez más pura. 
Dando iracundo, dando a luz con coraje, 
me forja mi atacante. 
Ya no soy quién con nombre. Ya todo lo doliente 
-la sombra que me sigue, la vida que aún me cuento-
trabajado, desnuda su principio intangible:
nadie es nadie si es hombre. 
Donde se calla, donde las vidas mudas 
fielmente se permutan 
y dan una por otra continuo testimonio 
de aliento sostenido, de corazón perpetuo, 
yo pongo mis pequeñas palabras para todos 
y una esperanza en alto. 

 

Donde los días, donde lo lento y largo, 
cuenta a cuenta es rezado, 
nacido para amar, para morir, aún canto 
y apenas perceptible mi voz corre en el fondo 
del mundo que sí existe, y es fugaz, y es hermoso. 
Soy, perdido, un amante. 

 

Canto la muerte. Canto, libre de engaños, 
los días y trabajos, 
los oficios humildes que rezan los obreros,
la dureza consciente, los héroes cotidianos, 
los hombres que se siguen sin alzar la cabeza, 
sin bajarla tampoco. 

 

Manda, martillo. Manda, aunque me duelas. 
Levanta en mí la estrella. 
Contra mí mismo lucho cuando busco ese estado 
de radiante conciencia, de humildad trascendente, 
y esa luz sin materia ni yo central clamante 
de un dolor bien tallado. 

 

Manda, implacable. Manda tú, necesario. 
Fórmarne con tu rayo. 
El aire es un halago cuando muevo los brazos 
transporto sin sentarme lo que otros  me entregaron 
me olvido de mi mismo, tomo y doy -iah!- respiro.
 Soy mortal; soy activo. 

 

Duro es mi tiempo. Duro y ciego es mi mundo. 
Mas yo seré más duro, 
golpeando sin odio, martillando verdades 
necesarias, sagradas, salvadores, terribles 
como un amor oculto que al fin dice su nombre, 
resulta ser combate. 
Duro es el sino. Duro, el vivir abrupto.
Duro es también el puño 
donde estoy apretando, y ocultando, y formando, 
mi voluntad, mi furia, mi decisión de entrega 
y el valor de ser hombre. 

 

Contra lo vago, contra lo dulce y triste 
que en lo ancho me desvive 
y en el agua sin forma de lo total irisa 
una leve sonrisa, quizá melancolía, 
propongo estrictamente, con una rabia heroica, 
lo claro, amargo y frío. 

 

Contra lo blando, contra los mil perdones,
 hoy mato corazones. 
Soy la luz y el martillo, soy el terco trabajo 
de los hombres cualquiera, y ese motor sin pausa 
que afirma y más afirma, golpe a golpe labrando 
la estatua colectiva. 

 

¡Pobre de ti! ¡Pobre de mi, que a veces, 
como tú, siento fiebre. 
agiganto mi pulso, me imagino que siempre 
durarán por intensos mis mínimos instantes,
lo mío y solo mío, lo ineludible y loco 
del verso que ahora apuesto! 
¡Pobre de mí! ¡Pobres de los que, pobres,
lloramos los sudores, 
creyéndonos divinos, gota a gota acabando 
en esa cristalina verdad que transparenta 
lo mucho que debemos, lo poco que valemos, 
la nada cle los nombres! 

 

Canta, martillo. Canta tú hasta matarme. 
Contra mí, sé constante, 
hasta hacerme y hacerme notar qué poco importo, 
y hacerme ver qué poco soy si soy quien se explica, 
y cómo cuanto existe se vuelve en mí plausible,
y es en mí, sin yo, vida. 

 

Canta, martillo. Canta claro verdades. 
Canta lo irremediable. 
He abrazado el dificil destino que me cumple. 
Soy como tú. Soy nadie. Soy un hombre clavado. 
Mas no cejes, martillo, por mucho que me queje. 
Sé mi estampa fulgente.