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Que los
cumplas feliz.... Mis cicatrices argentinas han cumplido
28 años de vida. Tanto tiempo y al mismo tiempo tan poco tiempo. Fue hace
mucho que la picana escribió su primer mensaje sobre mi cuerpo adolescente,
aunque en cuestiones de torturas y dolores el tiempo se mide de forma muy
diferente. El primer paso que di para
“conmemorar” el acontecimiento fue abrir el pequeño baúl en el
cual guardo las pocas señas de identidad de mi pasado que aún conservo, a las
que hacía mucho tiempo no visitaba por miedo a tener que enfrentarlas a mi
presente. Comencé a hurgar nerviosamente entre los
cachivaches con manos que temblaban y se negaban, y lo hacía con gran respeto
y veneración hacia ese ayer lleno de baches y de luces, de gritos y de
preguntas. Hice un rápido recuento de esos pedazos
de mí mismo: Una perinola
negra. 6 figuritas redondas Una pelota de goma roja
Un encendedor Zippo sin piedra Una pieza del mecano de
Horacio Una revista Billiken del 50 Una desteñida
escarapela de seda. 5 bolitas de vidrio y
una de acero Una entrada al Parque
Japonés Un balero de madera Una honda en perfecto
estado Una carta de amor nunca
entregada Un halagüeño boletín de
sexto grado Una foto blanquinegra
en uniforme La arrugada y
amarillenta carta de expulsión del Liceo Un pasaporte sin la
foto Una estrella de David
grabada en ónix Un cuaderno de poemas
tristes Una pregunta en tinta
china (¿Hombre u hongo?) Un reloj pulsera Mondaine Un boleto de tren de
Devoto a Retiro Un pañuelo con manchas
de sangre Una sortija de la
calesita. Un peso moneda nacional Un cuaderno lleno de
dolor Otro cuaderno lleno de
odio y rabia Y más
por el estilo. A medida que me
reencontraba con las cosas, éstas resucitaban y me intimaban a desenredar el
ovillo de los años, desnudando el cómo y el por qué de los hechos, lo que me
provocaba una desazón que dolía como si esos años fueran los clavos del
crucifijo y esos hechos las chimeneas de Auschwitz
o los puchos del torturador incendiándome el cuerpo y tallándome para siempre
la conciencia. Para serenarme - o
quién sabe para intentar fortalecer el vínculo con el ayer – intenté
construir una metáfora que fuera fiel reflejo de mi metamorfosis, y al mismo
tiempo telón de fondo de mi realidad. Un antes y un después que lo
dijera todo. Hurgando en mi memoria me encontré con el casi olvidado
eco de mi abuelo diciéndole a su nietito algo que entonces éste no podía
entender, y que hoy resume – ni más ni menos - mi antes y mi
después: “si te toca sufrir, que no sea en vano”. Nota al pie de página:
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