Mi patria es el cordón de la
vereda
No tengo una patria en el sentido a mi entender
excluyente y malsano que no pocos le atribuyen. Soy con mucho
orgullo e igual honor un ciudadano de mis recuerdos; un nacional de
las calles que acogieron sin quejarse los desafinados silbidos que
cometí con nocturnidad y alevosía para entretener a mis miedos
mientras caminaba sobre las horas y los días en dirección al
mañana; un latifundiario de la puesta del sol contemplada desde los techos
de mi adolecencia; un elector consuetudinario del PMJM (Partido de
las Mariposas, Jazmines y Magnolias). Y a esa patria chica,
hecha de silencios y deseos, de temblores y
sonrisas, la bordé punto por punto con amor de artesano,
sin que sus cimientos luzcan banderas sucias de sangre; sin que en ella
se veneren epopeyas cargadas de traiciones; sin fronteras que tiendan un
abismo intransponible entre ellos y nosotros; entre amigos y enemigos; entre
vivos y muertos; entre justos y pecadores. En mi patria - esa
patria sin nombre ni apellido, sin Galtieri ni Videla, sin Mussolini ni
Franco, sin Hitler ni Torquemada, sin Fujimori ni Bin Laden, sin Bush ni
Stalin, sin ladrones ni villanos, sin dueños de la verdad, sin
esclavos y sin amos - la amistad no requiere pasaporte y el amor
al entorno no se mide ni se pesa, ni mucho menos los valores morales se
defienden desde los ignominiosos sótanos de la ESMA, o desde los
oscuros cuarteles franquistas de la Benemérita, o desde los calabozos de la
Gestapo, o desde las jaulas de Guantánamo, o desde la saña asesina de ETA; ni
sus hijos son enterrados en cementerios clandestinos, ni sus héroes son
Perón o Menem, Franco o Primo de Rivera, Hitler o Goebbels, McCarthy o
Murdoch, Aznar o Berlusconi. Sí, no es mía la
"PATRIA" de los grandiosos himnos y de sus bien
dibujados símbolos, porque en sus nombres han muerto más inocentes que
todas las víctimas de todas las pestes, de todos los terremotos, maremotos y
diluvios.
La patria que está
por sobre todas las cosas es la morgue de la libertad, la muerte en vida
de todos los principios y valores por los cuales vale la pena vivir. La patria que es el
suelo que pisamos, que es el el árbol que miramos, que es la
semilla que plantamos, es la cuna de la esperanza. La patria por la cual
se mata y se muere no es una patria sino una gran desgracia, una horrible
mentira, una enorme vergüenza. La patria por la cual
se vive y se construye es la patria de gente como la gente; de gente que ante
todo es gente y no soldado; de gente que ante todo es gente y no
gendarme; de gente que ante todo es gente y no verdugo. La patria que
solamente se alimenta de himnos y de héroes es una patria sin honor ni
valor, y una patria sin honor ni valor es una patria huérfana, es una patria
sin patria. La patria de los
niños y de los ancianos es la patria de la patria. La otra, la que se
hinca ante la bandera y los escudos y admite a los
torturadores y a los nacionalismos enfermos terminales de patriotismo
infeccioso, es un gran basural repleto de porquería que huele a lo que
realmente es, ni más ni menos. El fanatismo patriótico genera monstruos genéticamente humanos políticamente insensibles genéricamente desalmados y absolutamente inelegibles para gobernar los estados de desamor en que por su culpa se debate la sociedad agonizante.
segunda puerta izquierda pero recordar al terminar de rezar de apretar el gatillo y tirar la cadena. |