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El señor de CampobelloAntonio Bou |
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Creciente el tropical domingo, vio
aparecer en el horizonte a Lápida. La misma Lápida que viera surgir de las
brumas madrugadoras antes del desalojo de Puerta de Tierra y la mudanza
forzada a la repartición de San Mateo. Lápida suya y de sus francos padres
venidos a morir ahogados de confianza en aquella isla blanca, provisional
efugio de ángeles y arcángeles, garza dormida, bellísima quimera, sitio donde
nace el día, fragmento del Atlante, ciudad fantástica de espumas, jardín
encantado, búcaro de flores, joyel, jardín indiano, perla de occidente,
libertad sagrada, pueblo que su voz levanta, plácida barquilla, según las
gautierianas de la hembra. Lápida que le dice Brígida, después del asalto de
la desgracia, a la que San Juan llaman. El solitario señor de Campobello
despertó diligente a prepararse para la comunión del domingo. Había ayunado.
No probaría bocado hasta la hora del almuerzo, o quién sabe. Dejó las sábanas
y se desvistió sin prisa. Tenía la mente en blanco como todos los domingos.
Blanco de eucaristía, de novio, de flores perfumadas, jazmines, gardenias,
azucenas. Tenía la mente en blanco mientras se palpaba las formas de guerrero
atrevido recubiertas de una capa translucente de material orgánico
impermeable que escudaba la interior delicadeza. Se lavó primero por dentro
hasta que el agua fresca comenzó a salir clara. Sumergió luego la total
tersura en el calor del agua, ya sintiéndose limpio de antemano, blanco y
vacío. Se regodeó en la profunda bañera de patas de león, siempre con la
mente en blanco, sin despegarse de su propia esencia, sin el más leve cruce
impuro en las neuronas. Estuvo tanto tiempo como creyó prudente honrando el
sacramento, hasta que saltó como potrillo salpicando los vidrios, empañando
espejos y cristales, san Juan de los bautizos, sin inmutarse ante la fresca
brisa mañanera del mocho, que por las entreabiertas celosías se filtraba. Elías el otro también se levantó
temprano y se arregló de uniforme de gala para la misa. Ayunaba desde la
medianoche. Tarareando una nana de la infancia, al frescor de la madrugada,
sacaba brillo a medallas y hebillas. Desembobinaba los oscuros pensamientos
con aquella sencilla faena que le brindaba el gusto de ver algo terminado. Su
larga vida de aparejador y enjarciador de buques no la sentía ni en rastros
los domingos, séptimos del descanso y del Señor. Armar, montar, equipar,
guarnecer, guarnir le ocupaban rígidos la semana. El domingo por obligación
se ataviaba, se adornaba, se vestía. Un día de no arreglar el juego, de no
amarrar, de no manipular fraudulentamente la carrera. Día de erigirse o
construirse santo aunque de forma pasajera. De lucir aparejos. De perifollos,
trajes y vestimentas. De avíos y carruajes. No de engañifa, artimaña y
chanchullo como los otros. El tercer Elías no iba a la misa ni se
molestó en asearse. A lo suyo como trabajador honrado que no reconocía
fiestas. No en paz sino indignado por los injuriosos sucesos de los últimos
días. Siempre dispuesto y atrevido, a pasos extremo lentos, Allen arriba. Ya
el sol recorría Lápida con ansias devoradoras mientras las mujeres devotas
con los planchados y bordados linos perfumaban las calles, las mantillas al
cuello, los raudos abanicos desdoblados, y quizás un clavel punzó en el
escote o en el moño. Por allí los mendigos a cada paso extendiendo las manos
pordioseras. El semihombre del patín. La señora de las piernas de jamón. La
mísera maternidad rubia con ojos verdes allí postrada y dos canitos
barrigones a fuerza de lombrices, uno voraz al pecho, otro llorando de hambre
al lado. Todo normal, todo adecuado perfectamente a lo que de Lápida se
espera un Domingo de Ramos. Guardias carabineros en cada esquina. Caballeros
de impecable dril de El Mundo Elegante aferrados a los Imparciales
matutinos. Piragüero despachando sangre sobre nieve. Para matar el calor de
febrero, los soles de Cuaresma reverberando. El tercero pide una de frambuesa
por alivio a la neuralgia. Hay tiempo, hay tanto tiempo en Lápida el domingo.
La mano se le hiela, le rechinan los dientes por dentera, no por temor aunque
valientes teman. La plaza de Colón en frescas sombras,
desierta a aquella hora. Por donde sale el sol llega el de Campobello tras de
oír la santa misa. Se acerca a la base de la estatua y contempla los relieves
patinados de polvorientos verdes que recuentan la gesta del descubrimiento.
Elías de Campobello, siempre en el mejor de los sentidos la mente en blanco,
repasa versos casi olvidados para marcar a su manera el tiempo. Caballero
perfecto y terrible en albura plena, tres o cuatro palomas le hacen juego.
Por eso, en aquel día que abordaron las naves castellanas a tus bellas
riberas, patria mía, tus tribus aborígenes, dominando el temor que las
llevara al seno oscuro de tus selvas vírgenes, tranquilas contemplaron
regresando apacibles a tu orilla, como los brazos de la cruz se alzaron bajo
el rojo estandarte de Castilla. Tarda en llegar el otro Elías, hace un
instante comulgaban hombro con hombro en Catedral, consumiendo como hermanos
la transubstanciada forma. Pura amistad vehemente unió los hombres que apostó
el abismo, del indio rudo en la tostada frente cayó la onda sagrada del
bautismo. Entra a la íntima plaza un jíbaro con su
cuatro trinando rara y sentida mazurca de otros tiempos. Aparecen tras él
algunos viejos ceremoniosos, pava en mano, pálidos y escuetos, con errantes
pupilas pavonadas como ciegos. Elías de Campobello abre algo más sus grandes
ojos negros, una imperceptible sonrisa se dibuja en los labios entreabiertos.
Gana el poeta, no obstante, y la música dulce sólo servirá de fondo. Después,
ya roto del temor el dique, la llama del amor lució esplendente, la dulce
hermana del primer cacique llamó su esposo al paladín de oriente. Pero la
música atrae a las gentes que no sabemos de donde salen. No agobian al poeta
del corazón puro, no le hacen perder el hilo de los versos que silencioso se
canta. Y tú fuiste el joyel que traspasaba el casto beso de su amor primero,
del señorial cintillo de Agüeybana a la corona del monarca ibero. En hora así parece que pierde Lápida su
olor a flores muertas tras soles truncos. Regente la armonía estructura en
único lienzo la inmortal belleza donde fluyen las notas y los signos que nos
hacen. Mas dobla la esquina del Cristo, Allen arriba, la rosa negra de
Detroit a la que mano aleve o malditos adoquines le desencajan el mofle,
arrastra calle abajo el estampido del resquebrajado tripero de la pipa
miseranda. La calle se va cerrando desde la Fortaleza como hoja larga de
moriviví. Al poner trancas y pasar pestillos las gentes recuerdan lo que se
cuenta del nefasto de Cumberland y los fallidos del francés y el inglés,
menos ruidosos que los aspaventosos cañonazos de Miles. De no estar viva la
experiencia guerrera en los anales de Lápida, no hubiesen reconocido los
lapidarios el endemoniado ruido como inconveniente de poca monta y le hubiese
costado al negro Packard sin sordina llegar vivo hasta el callejón del
Gámbaro. Pero de allí no pasa sin que alguien por
la paz de Lápida haga un gesto. El tercero sin encomendarse a nadie saca el
arma y hace dos disparos que detienen la marcha estrepitosa de la carroza de
los triquitraques. Como el satisfecho de misión cumplida da la espalda
mientras el moriviví retorna automático a sus originales tensiones y
comienzan a abrirse puertas y persianas nuevamente. El chofer de la máquina
de los infiernos va tras el tirador que ya a punto de abordar sin prisa un
carro público. Elías de Riggs baja del carro y lo rodean curiosos. Dos
guardias por cabeza en proporción se juntan en menos de lo que se pela un
huevo. La plaza de Colón se vacía sobre el círculo, todos menos los músicos
impasibles que no detienen la mazurca. Elias de Campobello se deja ver por
Elías de Riggs y éste lo llama porque lo recuerda hace unos minutos de
rodillas ante el altar mayor. Con ojos desconcertados parece Riggs pedirle
ayuda que no necesita. Campobello rompe el círculo sin hallar la menor
resistencia y va hacia él atraído por atávicos impulsos e inusitadas
sensaciones, la diestra en el bolsillo empuñando el rígido revólver. Al
acercársele, casi lo abraza Riggs electrizado por tanto candor. Campobello,
conmovido por la melliza albura del comulgante, le hace dos disparos casi a
quemarropa con la 38 que le rompen la cara y le abren el pecho para verse con
él mañana en el paraíso. Ya los llevan codo con codo y esposados
a los dos disparantes al cuartel de la calle de san Francisco, mientras el
herido se desangra tiñendo de rosado arterial los adoquines. Mañana cantarán
a viva voz los Imparciales el mayestático atentado y el linchamiento por la
policía de los presuntos perpetrantes del sangriento crimen. Va años que rompo noches apostado frente
a esta casa que llaman de todos los cristales. Estoy aquí velando esta puerta
desde que uno de los policías del cuartel de la calle de san Francisco
confesó en su lecho de muerte que a Elías de Campobello lo habían canjeado
por un borracho que había muerto de un infarto esa mañana en el cuartel. En
el mismo carro de fuego del coronel había regresado Campobello, antes de
ponerse el sol, de vuelta a esta su casa que vigilamos. Y de vigilar, para mí
que hago el mejor turno. A estas horas de la madrugada se levanta
Brígida a hervir agua. Cuela café y me ofrece. Ya tengo confianza, y a esas
horas todavía oscuras nadie va a saber que paso a la cocina y compartimos
nuestro rato. No habla mucho Brígida. Casi siempre canta versos que se sabe
de carretilla. Dios debió sonreír viendo a su hechura hacer del paria hermano
cariñoso, y del ángel tomar la investidura al realizar un acto tan hermoso,
canta ahora. De vez en cuando balbucea apenas comprensibles razonamientos
sobre el agua cuando hierve. Sobre el calor que se le aplica. Sobre las
burbujas que se alzan y explotan. —Millares de burbujas— y sonríe como si
yo no pudiera comprenderla —todas a lo mismo sin que haya sido necesario
ponerse de acuerdo de antemano. Me deja con la boca llena de galletas de soda con mantequilla danesa. Sube a los altos miradores de esta casa santurcina que llaman de todos los cristales, con dos cubos de agua caliente. Sin dejar en las zarzas del camino ni un jirón de tu blanca vestidura, va cantando. Será el agua para el señor de Campobello quien bajará otra vez, como me ha confiado Brígida de solo a solo, cuando estalle la paz. |