YA NO

Ya no quise oír al grillo
y le escondí el canto,
pero en el canto
se vinieron trenes furiosos
cada hora;
en la ventana,
un mantel blanco eterno,
muchas lámparas  temblando
con las  lluvias escorzadas
en las calles
y las flores -¡ah, las flores!-
oscilando en las alturas,
embriagadas de beber la  brisa.  
Se vinieron plegarias
y pasiones autumnales,
se vinieron viajes astrales
a los territorios más extremos
de mi memoria.
Entonces,
ya no quise oír al grillo
y le devolví el canto.

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