RUIDOS DEL SILENCIO

                           I

Aplasté la montaña con el cuerpo quebrado
y me dispuse a escuchar los ruidos del silencio.
Observé las sombras inquietas de los árboles inmóviles
y el plumaje imposible de los pájaros que vuelan más
alto.
También conversé largo con las hormigas
y soplé intensamente para odiar las denegridas nubes.
Cerré  los ojos por un instante,
me dejé adivinar la destreza del insecto
e hice danzar el eco de los fierros estrellados.

                          II

¡Ah!, tú, Dios, que has torcido al árbol
para enseñarnos la grandeza del humilde,
déjame ver cómo la ventisca sacude los matojos
y no a la piedra arrebozada en el polvo,
y cómo doblega hasta el desprecio al humo errante
de las majestuosas chimeneas

                          III

¿Qué silencio es el que busco?
¿Qué silencio es el que escapa de los ruidos del
silencio?
He puesto candado a los ojos para oírme más adentro
y he tirado imprudente las llaves
entre los pájaros incansables
y los techos herrumbrosos castigados
por el martillo de todas las primaveras.
Estuve incluso en la fiesta de unas flores
que bailaban cadenciosas
con el murmullo de la brisa. 
Más aún, descendí asido a una rama ondulante
por un río de guirnaldas.
Todo era mi silencio roto por los ruidos
Todo eran los ruidos de mi silencio

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