PASAJERO

 

Subes al impertérrito ferrocarril de la vida,

y en cada estación te bajas

para dialogar con el hastío.

Y en cada túnel de la noche sueñas de prisa

porque

-aún en la oscuridad-

flotan pensamientos.

 

Al principio,

cuando querías devorarte el mundo

en un instante,

no cerrabas los ojos en los túneles.

No lo hacías, por ese afán que abrigabas

de ser pasajero de todos los ferrocarriles

del universo.

 

Y descendías para conversar

con el guardavías de tu destino.

Mas, luego corrías presuroso hasta el andén.

 

Es que odiabas quedarte solo en la distancia,

mientras el tren de la vida iba en busca

de nuevas estaciones.

 

Ahora ya no desciendes de ese carro

de los recuerdos idos,

porque no ignoras que tu lentitud en este instante

es abismante.

¿O será acaso que el ferrocarril corre más raudo?

 

Quizás.

Y por eso odias ahora ser pasajero

de cualquier tren.

Y temes a los túneles de cada noche.

Y sientes miedo de quedarte dormido

antes que emerja la máquina

desde tus tinieblas.

Porque ahí sí escucharás

sólo el ruido isócrono e intolerable de los fierros.

 

En ese momento bajarás angustiado

en la estación de un pueblo desconocido.

Y verás desde el andén

-con impotencia senil-

alejarse para siempre

aquel ferrocarril repleto

de otros pasajeros presurosos.

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