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Lazos
No me apioles en contrato
que al romperse juzgue
a uno de los dos de ingrato.
No quiero mi identidad
en normas de hombre perder
al convertirme en tu mujer.
No rotules mi dedo con la
argolla, marcando la mano
que me anuncie tu esposa.
No mutiles mi nombre
en corona de azahares,
que en el camino al altar
entre juramentos y pestilencia
a flores rehuso disiparme.
Quiero perenne nuestro ahora,
lucir por siempre en desnudez
núbil el tapiz de tus sales.
Bañarme a diario en los pozos
rojos de los susurros inaudibles
de tu rostro;
magia que al roce de dos que
son libres nace.
Llevar así, siempre llenos
de frutos con perfecta
corola los puños.
Y portar en la lengua,
eternamente, el grito que en
el éxtasis llena tu boca,
inaugurando ecos,
llamándome tu señora.
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