|
Conmiseración
Cuando te fuiste ancló
un velamen carmín
en lo alto y colapsó la
bóveda celeste en mi suelo.
Intenté decirte adiós
y el vocablo en la humedad
de mis ojos se perdió.
Miré a las estrellas dudando
si tambaleaban por ellas
o por mi llanto.
Me agoté enamorando a la luna
para conquistarte de un tajo.
Hoy seduzco al silencio
y platico con la muerte,
pero tus golpes a mi puerta duelen.
Me enluta tu lamento,
me sacude tu suspiro gélido,
me apenan tus lágrimas acerbas
por lo que has perdido.
¿Yo? . . . ya ves, en las aguas
de Narciso me idolatro,
por haberte amado tanto.
|