Bip, bip, . . .

Estás a la distancia del marcar unos dígitos en el teléfono y el pulsar, presto igual que mi ansia, de tu localizador. A partir del primer bip te tengo, porque tu pronta llegada saboreo.

Empiezo a transpirar tu aroma y se llenan de fragancias en mi cuerpo las pomas.
Revolotean pájaros azules en mi vientre y el corazón pierde el ritmo, enloquece. Tiembla mi cuerpo tenso al saber que en tus dedos mi piel es exultante, que las piedras blancas y lisas de mi río son cieno moldeable en tus manos y delirios. Y los dedos míos desfallecen, huérfanos y fríos por volver a tocarte. Brisas invaden mis huecos cual augures de tormentas, repletos de néctar te esperan. El vértigo de pensarte se transforma en vórtice al esperarte.

Aguardo a que cruces el umbral de mi puerta, abriendo a tu paso con guadaña dulce la hierba seca en mis desoladas tierras. Aterrada estoy por el duelo en el que sé la muerte me espera.

Entre nosotros y el cielo, tienes razón, estorbará la piel de los cuerpos, límites impidiendo la fundición total de estos. Mientras tanto vienes.

El alborozo de nuestras carnes, muerte en gloria, está distante al sonido de tu localizador, un bip insignificante.