A diario

Tus palabras las traigo
en la mitad de la lengua,
en ese punto donde disciernes
entre lo dulce y lo acerbo.

Los esponsales de nuestras almas
los traigo en las entrañas,
en ese punto donde emergen
vértigos e interrogantes.

Tu adiós lo traigo en la mitad del cráneo,
en ese punto donde se bifurcan
recuerdos buenos y malos,
en la consciencia donde
me enseñaste sin clemencia
que el amor es hambre,
donde bautizaste mi sed como conflicto,
sin saber que mi corazón es de ti adicto.

Nuestro presente. . . ese lo ahogo
a diario con mi hambre
en los ríos salados de mis ojos.