José Elgarresta Ramirez de Haro

España

 

j.elgarresta@jet.es
 
Pound

 

El viejo Ezra dedicó su vida

a cuidar de otros artistas,

muchos de los cuales usaron su cuchillo contra él

cuando la ocasión lo requirió,

aunque otros le proporcionaron una gloria imperecedera

precisamente con aquellos de sus escritos que nadie entiende.

En definitiva, se hizo justicia con él

de la forma más absurda posible,

pero eso está en la naturaleza de las cosas

y así, cuando lo dejaron salir del manicomio

en que lo habían encerrado

por diferencias de criterio en cuestiones de economía,

él declaró que todo su país era un asilo de locos

y se fue a morir a Italia,

con lo cual su prestigio de loco genial

quedó firmemente cimentado en la inaccesibilidad de su obra.

"El bosque tiene que arder, para que crezca la hierba",

habría dicho él o, tal vez, Confucio

en alguna de sus traducciones

que tanto tenían de profecías,

aunque siempre es duro profetizarse a sí mismo,

pero ése es un riesgo de escribir y él tenía que conocerlo,

de manera que, probablemente,

se emborrachó a conciencia en Italia

y, como Li-Po, quiso abrazar una luna en el río.

Esta fue su vida y su sombra se confundió con la noche

y sus cantos con los de los grillos en el crepúsculo,

de forma que los poetas actuales no saben

si las palabras que emplean son suyas o de él,

pues ése es el destino de toda gran obra, que pertenece al universo.

Así, los poetas chinos cantan con su voz

y los poetas griegos

y los poetas medievales con su voz también

y los poetas de este siglo metálico,

a pesar de que a veces no saben lo que cantan,

porque la humanidad ya no se reconoce a sí misma.

Pero la poesía es sólo una,

aunque utilice muchas gargantas

y aunque utilice el caos, la oscuridad,

las contradicciones y la perplejidad de estar vivos.

En el escalofrío de la existencia somos un leve temblor, la luz nos ciega.

¿Dónde está la frontera entre la lucidez y la locura?

Rumiantes poderosos y estúpidos pacen hoy la hierba sobre su tumba,

con sus medios de información repletos de desinformación controlada

y su corte de bufones atentos a remover el cieno de la charca,

tan pronto como a alguien se le ocurre pensar.

Pero el viejo Ezra ya no puede ser detenido.

No, a un santo sólo se le puede encerrar en vida.

 

Sus restos son venerados, aunque se escupa sobre ellos.