Gabriela Simone

 

gabysimone@datafull.com

 

Mi universo

 

No había para ella otra persona mejor en el mundo. Era el más sabio, el más inteligente, el más dulce. Pero era muy reservado y revelaba poco o nada de su vida íntima, apenas unos detalles comentados al pasar, como en un descuido.

 

Lo conocía desde hacía mucho tiempo; mas era incapaz de precisar el momento exacto en que se había fijado en él.

 

“Uno más del montón”, pensó, la primera vez que lo vio.

 

Con el correr del tiempo y al escucharlo hablar, se dio cuenta de que no le resultaba indiferente, de que había algo en su voz  que despertaba en ella quién sabe qué sensaciones cuidadosamente ocultas.

 

Así, puntada tras puntada, fue hilvanando un tímido esbozo de su forma de ser. Y lo que vio le gustó. Y su admiración por él comenzó a crecer a pasos agigantados. Y se transformó en algo más que una simple admiración.

 

Por casualidad, una vez entablaron conversación. Hablaron sobre el arte, sobre la vida, sobre el amor. Y dio una puntadita más a su costura: la puntada del corazón. Descubrió que aquél era bello, plagado de  sentimientos buenos, profundos, inimaginables en un hombre postmoderno. Descubrió que tenía corazón, y eso fue lo mejor que le había pasado en los últimos tiempos.

 

Flotaba en el aire a causa de él. Se alejaba progresivamente de la realidad hasta vivir en un estado de semiinconsciencia. Él por sí solo constituía todo su universo y, en su ausencia, éste se desmoronaba como un castillo de naipes.

 

Desayunar, viajar en colectivo, pasar su tarjeta identificatoria y concentrarse en las planillas que debía completar se habían convertido para ella en todo un desafío: no lograba unir más de dos pensamientos coherentes, era incapaz de responder  su jefe una simple pregunta por sí o por no.

 

Llegar a casa era una odisea. Prepararse la cena parecía una tarea destinada a los grandes maestros del arte culinario: el plato giraba en el microondas a la par de sus pensamientos. El piiiip del horno a microondas la trajo a la realidad, pero sólo por algunos segundos. Cuando hubo reconectado sus ideas, el guiso ya se había enfriado y tuvo que calentarlo nuevamente. Nuevamente se enfrió. Nuevamente lo calentó y, vencida por el sueño, no logró cenar.

 

Platos y tazas se acumulaban en la pileta, la cocina, las mesas, las sillas y hasta en el piso. Se mezclaban los restos de café con los de salsa filetto. El olor de los ceniceros sin vaciar se confundía con el del alcohol que emanaban las infinitas botellas abiertas, con el del encierro propio de los lugares sin ventilación, en fin, con el del abandono.

 

Estaba tendido en la cama mirando la tele, cuando su celular sonó una vez, dos veces, insoportables cuatro veces. Al fin, pudo localizarlo,  sumergido en el monte de ropa que diariamente crecía cuando se probaba vestidos, polleras y blusas, y ninguno parecía ser lo suficientemente provocador para él. “¡Es él!”, gritó, aunque sólo la escuchó su cocker dorada.

 

Su voz sonaba maravillosa, pese a lo poco que lo oía a través del bullicio del noticiero, los ladridos de Pulky y la alarma del microondas, que anunciaba que su séptimo café estaba listo.

 

- ¿Cómo estás? ¿Todo en orden?

 

- Sí. ¿Vos?

 

- Bien. Te llamaba  porque como ayer te vi discutiendo con Aráoz y hoy no fuiste, pensé que te habían echado.

 

- Ah, no. No pasó nada.

 

- Bueno, me alegro. Nos vemos mañana.

 

-         Sí, chau, hasta mañana – y la comunicación se cortó.

-          

Un nerviosismo violento sacudía su cuerpo. No había forma de que colocara correctamente el auricular del teléfono. No podía dar crédito a lo que acababa de suceder: “¡Me llamó! ¡Me llamó!”, se repetía maquinalmente.

 

Nuevos bríos la impulsaron al día siguiente. Pidió “Hasta Retiro” en la boletería del Subte y, cuando estaba intentando abrirse paso en el mare mágnum de gente que cruza la Avenida del Libertador a esas horas matinales, casi quedó varada entre un señor con muletas y una señora que empujaba un cochecito y llevaba dos niños pequeños de la mano. Pese a todo, llegó a la oficina una hora antes porque había confundido el número seis con el número siete de su despertador.

 

Cada vez que ingresaba alguien, la puerta producía un fuerte chirrido. Y esto la sobresaltaba. Si alguien pronunciaba su nombre, ella se envaraba en la silla y giraba frenéticamente la cabeza. Incesantemente lo buscaba.

 

Eternos fueron los minutos escudriñando, necesitando su presencia. El teléfono sonó. Su “Hola” fue una mala traducción de su súplica desesperada: “Por favor, que sea él”.

 

El cielo atendió su ruego. Efectivamente él era.

 

- ¿Vamos a almorzar juntos?

 

-         ¡Dale! – el corazón saltaba en su pecho.

-          

No volvió al trabajo, ni al día siguiente, ni al otro, ni la otra semana. Ni nunca más.

 

Años más tarde, todo lo que se supo de ella fue que, queriendo imitar a su poetisa preferida, buscó su mismo fin. Jamás se descubrieron sus motivos. Debieron ser conjeturados, inferidos, adivinados.

 

Las palabras dichas en ese almuerzo fueron confiadas a las débiles olas que van a morir en las costas rioplatenses. Aquéllas las protegieron, la acunaron y la invitaron a dormir siempre con ellas.