Bob T. Morrison

España

bobmorrison@terra.es

IPSIUS

 

 

Sentía el calor intenso en los párpados y supo que tenía fiebre, no por los cientos de pequeñas gotas que recorrían su frente, sino por el excesivo calor en la entrepierna. Miró al techo, y,  al tragar saliva, el dolor recorrió su garganta. Tosió de forma exagerada; entre la tenue luz de la madrugada contempló el viejo baúl que había pertenecido a su abuela. Soñó que estaba muerta, vestida con un largo tul blanco. Desechó las imágenes que se habían formado en su mente.

         Al tocarse el cuerpo lo notó caliente y el pijama aún conservaba la humedad de la noche. Se quejó de una aguda punzada en la nuca. Al echar un nuevo vistazo a la habitación, supo que el tiempo había transcurrido; las sombras, ahora mucho más alargadas, se recortaban en las baldosas. Sin embargo se apercibió de algo extraño en la estancia: en el ángulo derecho continuaba, impertérrita, la sombra. La luz que entraba por la ventana no la había hecho retroceder, y durante un instante tuvo la impresión que de aquel lugar provenía un murmullo. Agudizó el oído y, entre el ensueño de la fiebre, creyó escuchar:

         Dominus Noster Jesus Christus te Absolvat; et Ego Auctoritate Ipsius.

         Titubeó unos momentos y volvió a sumergirse en la enfermedad. Se despertó sin tener la sensación de haber dormido. No estaba sólo: dos hombres, con uniformes de enfermeros, le miraban atentamente. Uno le miraba a los ojos con el oftalmoscopio; después le introdujo un frío objeto en la boca. Sonrió con esfuerzo y dijo: tiene los nódulos linfáticos inflamados.

         Al tragar sintió como la saliva resbalaba por los arcos del paladar. Noto un agudo dolor; percibía cierta tirantez en la campanilla, como si un cordoncillo tirara de ella.

         A varios metros de él ellos cambiaban impresiones, pero no escuchó nada. Hizo un pequeño esfuerzo con la cabeza, como si deseara que las orejas se alargasen por encima de la cama. Pero ya habían dejado su charla; pero de la sombra, estática, uniforme, escuchó:

         Dominus Noster Jesus Christus te Absolvat; et Ego Auctoritate Ipsius.

         Movió los dedos de los pies, pero no las rodillas; sus piernas quedaron ancladas en el colchón, sudorosas. La respiración convulsionaba su pecho que tiraba de la piel. Unos pinchazos en la ingle le hicieron pensar que los nervios se habían anudado y, poco apoco, se estrechaban. Pasó su mano por el cuello y sintió el calor agotador de su mente. Pensó que en las venas corría la sangre hirviendo, formando extrañas burbujas. Forzó los párpados, pero apenas pudo entreabrirlos. Se fijó en la reacción que producían las sombras cuando eran dominadas por la luz. Se encontraba cansado, abatido; la sangre penetraba en los músculos distendidos, desgarrándolos.

         La sombra permanecía allí, ocultando el ángulo de la habitación, falseando la luz. Y pudo oír:

         Dominus Noster Jesus Christus te Absolvat; et Ego Autoritate Ipsius.

         Una lágrima surcó la mejilla siguiendo el curso del rostro. Percibió que el lecho desaparecía de su sueño, produciéndole un vacío, un vértigo. Cayó; sólo deseaba que la soga rompiera su nuca.