Bob T. Morrison

España

bobmorrison@terra.es

AL OESTE

(Texto basado en el poema Uruguay o el Infierno de Charles Bukowski)

 

 

El sol aplastaba la arena. La ligera brisa que, mañana a mañana, limaba el paisaje, había desaparecido. El aire estaba muerto; el polvo iba de aquí para allá a lomos de las moscas. Nada o, pocas cosas, habían cambiado: todo estaba sucio y lleno de arena.

         Llegué por la tarde, acompañado por el reflejo fucsia de las nubes; me despedí de mi compañero de viaje. Me deseó suerte y, apretando con fuerza la mano, me dijo:

         ¾Pásese a visitarme algún día, cuando todo ese feo asunto haya terminado.

Y sonrió enseñándome sus dientes falsos.

         La cantina estaba en la plaza del pueblo. Entré y pedí que me sirvieran algo fuerte, no recuerdo qué. La barra era larga, de madera, y estaba repleta de vasos. Un espejo enorme colgaba de la pared al lado de una cabeza de toro. Las mesas estaban vacías; sólo una silla ocupada por un parroquiano que dormitaba ruidosamente.

         A la hora prevista aparecí en la iglesia: el cura y el muchacho chillaban. Sabía que llevaban varios días peleados.

         El cura, cogiéndose de los faldones, decía:

         ¾Eso que me pides es imposible.

         Y el muchacho se desgañitaba, llorando de rabia, sobre el derecho de su madre a un funeral católico.

         Llegaron a un lamentable acuerdo: no habría funeral en la iglesia, ni palabras, ni consejos en cómo sobrellevar el dolor, pero el cura pronunciaría un pequeño responso en el cementerio.

         ¾Hay que guardar las formas ¾murmuraba al tiempo que lanzaba bendiciones a diestro y siniestro.

         El joven se preguntaba si, el hecho de trasladarse al cementerio, encarecería la cuenta.

         Yo era el amigo; aquello me importaba. Pero lo que me importaba estaba muerto.

En el campo santo el cura rezó; instantes después terminó todo. Le agradecí su gesto bajo el calor.

Subimos al coche y nos largamos.

El muchacho ¾hijo de la muerta¾ me prometió que se pondría en contacto conmigo.

La lápida es muy importante me contaba. Pero yo sabía que mentía y, de haber una lápida, la pondría el amigo.

Subí arriba y puse la radio y bajé las cortinas.